Mañana sale de nuevo una carta. No he podido resistirme a la tentación, y encima vi un vestido precioso. Esa fue la excusa, sin duda alguna. Porque lo cierto es que la echo mucho de menos. Me acostumbré a pensar en ella durante tantos años, que es como si fuera una droga, o una adicción. Durante el día es más sencillo, retiré sus fotos del dormitorio, y el dibujo que tanto me gustaba; los peluches que compartimos son otra historia. Aunque el del pingüino tiene nueva dueña, y se va a convertir en parte de un regalo de cumpleaños.
No me ha respondido a la carta, ni tampoco lo espero en cierto tiempo. Creo que las cosas han cambiado entre nosotros, pero no creo que sea un final. Que ya no sea la mujer de mis sueños, que no beba los vientos por ella, no significa que no la siga queriendo, de manera distinta, como una buena amiga. La distancia, sigo pensando que nos hizo mucho daño. Sin contar con su pánico al compromiso, después de sus malas experiencias. El no poder darle un simple abrazo cuando lo ha necesitado tampoco ha ayudado, pero yo no hice más que permanecer en el sitio que ella me ordenó. ¡Con la de veces que tuve ganas, en los últimos cinco años, de ir a verla, siquiera un fin de semana!
Ella fue mi refugio frente a la soledad, mi último gran amor. Creo que la distancia fue una de las cosas que más me atrajo, sin olvidarnos de su vulnerabilidad, de su necesidad de cariño. Su inseguridad. Pero era como estar manejando constantemente una bomba de relojería, con guantes de boxeo, y encima sin gafas. Y claro, pasó lo que tenía que pasar. Su ataque de celos. El bloqueo. Salvo que esta vez reaccioné. Me planté en mi sitio, al grito del "No pasarán". Y le escribí una carta, dolorosa pero sincera. Dejando las cosas claras. Y esperando su respuesta.
¿El silencio sirve como respuesta?
Mucho me temo que sí.
Y mis sentimientos, mis recuerdos, se siguen peleando, como gatos encaramados en un tejado...







