domingo, 30 de julio de 2023

RIÑA DE GATOS

Mañana sale de nuevo una carta. No he podido resistirme a la tentación, y encima vi un vestido precioso. Esa fue la excusa, sin duda alguna. Porque lo cierto es que la echo mucho de menos. Me acostumbré a pensar en ella durante tantos años, que es como si fuera una droga, o una adicción. Durante el día es más sencillo, retiré sus fotos del dormitorio, y el dibujo que tanto me gustaba; los peluches que compartimos son otra historia. Aunque el del pingüino tiene nueva dueña, y se va a convertir en parte de un regalo de cumpleaños.

No me ha respondido a la carta, ni tampoco lo espero en cierto tiempo. Creo que las cosas han cambiado entre nosotros, pero no creo que sea un final. Que ya no sea la mujer de mis sueños, que no beba los vientos por ella, no significa que no la siga queriendo, de manera distinta, como una buena amiga. La distancia, sigo pensando que nos hizo mucho daño. Sin contar con su pánico al compromiso, después de sus malas experiencias. El no poder darle un simple abrazo cuando lo ha necesitado tampoco ha ayudado, pero yo no hice más que permanecer en el sitio que ella me ordenó. ¡Con la de veces que tuve ganas, en los últimos cinco años, de ir a verla, siquiera un fin de semana!

Cuanto más pienso en ello, menos la entiendo. Le parecía bien mi constante devoción, mis mensajes, regalos, pequeñas muestras de lo que sentía por ella. Pero siempre surgía una excusa para evitar el viaje. Y ahora ya es demasiado tarde.

Ella fue mi refugio frente a la soledad, mi último gran amor. Creo que la distancia fue una de las cosas que más me atrajo, sin olvidarnos de su vulnerabilidad, de su necesidad de cariño. Su inseguridad. Pero era como estar manejando constantemente una bomba de relojería, con guantes de boxeo, y encima sin gafas. Y claro, pasó lo que tenía que pasar. Su ataque de celos. El bloqueo. Salvo que esta vez reaccioné. Me planté en mi sitio, al grito del "No pasarán". Y le escribí una carta, dolorosa pero sincera. Dejando las cosas claras. Y esperando su respuesta.

¿El silencio sirve como respuesta?

Mucho me temo que sí. 

Y mis sentimientos, mis recuerdos, se siguen peleando, como gatos encaramados en un tejado...



¿POR QUÉ ESCRIBO?


Dicen que la noche es para dormir, y no se equivocan. ¡Que me lo digan a mí, desde hace más de veinte años vengo alternando jornadas diurnas y nocturnas! Es un rollazo, porque te cambia todos los biorritmos, dejas de ver a la familia, a los amigos, pierdes el contacto con mucha gente, y llega un momento en el que de puro cansancio no sabes si estás despierto o dormido.

Es en esos momentos de ensoñación, cuando bullen las ideas.

A veces, se convierten en poemas, o en escritos vagamente inquietantes como este, quien por suerte no llegará a mucha gente. Al menos si seguimos con la tónica habitual. Como mucho, unas pocas personas lo verán (basta con consultar las estadísticas del blog), pero en todo caso, ninguna reacciona; y de dejar escrito un comentario, mejor ni hablamos.

Entonces, si cuento tan poco con su repercusión, ¿por qué sigo escribiendo?

Quizás como manera de romper la soledad que me amenaza, dormido y despierto. Cada uno de mis escritos es como el mensaje lanzado al mar por el náufrago en una botella de cristal. Pero también una forma de aclararme las ideas, y de ser sincero conmigo mismo.

Escribo porque me gusta, porque me hace sentir vivo, y porque no sé hacer otra cosa. Y porque se me da bastante bien, en las palabras encuentro mi camino y mi forma de expresión.

Hace muchos años, cantaba en voz baja alguno de los éxitos de Mecano o de Hombres G; incluso fui unas cuantas veces a un karaoke con amigos... Ahora, ni se me ocurriría. Tampoco soy capaz de tocar ningún instrumento (quitando la puta flauta que usábamos de pequeños en las clases de música del colegio, que nunca se me dio bien). 

Durante un tiempo pensé que mi forma de comunicación era la fotografía, pero al revisar algunos de esos álbumes, llenos de paisajes o de ciudades sin alma, y de imágenes de desconocidos cuyos nombres se ha llevado el viento, comprendí que tampoco era mi camino. Sí, todavía sigo haciendo fotos, en los viajes, o cuando voy a una exposición. Y muchas de ellas las comparto. Se van acumulando en carpetas dentro de la tarjeta de memoria del móvil, no he sido capaz de sacarlas de ese limbo...

Quizás por eso escribo, porque me gusta, y se me da bastante bien según mis lectores cero y algunos amigos. Es también una forma de pensar, de reflexionar y evaluar los cambios que van teniendo lugar en tu vida, de sentir cerca a los seres queridos, o aquellas personas que se han ido metiendo en tu corazón... y que no sabes si deseas que se vayan...

No, ya no son poemas, no me nacen más que estos pequeños monólogos. Para la poesía hay que estar enamorado, o muy dolido, y yo me encuentro en una situación distinta. Vivo, pero intento no sentir, no ilusionarme con la menor muestra de cariño, no enamorarme de nuevo, y por supuesto, no volver a entregar mi corazón y mi alma. Necesito antes aprender a quererme a mí mismo. 

Y de momento me siento como el mensaje de esas tapas de yogur, en las que siempre encuentras un "sigue buscando"...

RESURGIENDO

Segunda noche, cuatro por delante. Y casi nada ha cambiado. O quizás todo. De ese amor imposible, pero tan fuerte que me ha servido de ancla durante tantos años, poco queda ya. Tan solo el rescoldo, brasas que se niegan a apagarse, quizás como único remedio para huir de la soledad.

Llevo toda la vida huyendo de ella, enamorándome como antídoto, intentando compartir sentimientos y emociones, vulnerando una y otra vez los límites de la amistad, que por otra parte siempre me costaba tanto encontrar. He buscado mi camino en ojos de todos los colores, en caras tan variadas que incluso las confundo, en cuerpos tan distintos. De algunas de ellas, recuerdo los nombres o cómo me hacían sentir; a otras muchas se las ha llevado el viento. La única vez que fui (temporalmente) correspondido terminó en traición, abandono y tragedia, años he tardado en recuperarme.

No es la mejor idea enamorarse, como siempre sin esperanza, enlazar niñas, adolescentes y mujeres desde mi más tierna infancia, para evitar la soledad. Ahora lo veo (más) claro. Pero es el fruto de un largo procedimiento de aprendizaje, de ensayo y error, del que de momento prefiero mantenerme alejado.

Hace ya una semana y media de mi última carta a mi hermosa dama... y en secreto ya me he puesto a escribirle otra a ratitos. Que la llegue a terminar, o incluso que la envíe, es algo que no tengo decidido. He sido bueno, noble y generoso, el amigo fiel y el enamorado que siempre está allí; pero nunca he obtenido nada a cambio. Un libro y dos pijamas, que casi tuve que mendigar, igual que las pequeñas muestras de su atención. Sí, debe ser muy sencillo dejarse querer; y yo era tan feliz por quererla.

Pero he aprendido la lección: que el amor debe tener correspondencia. Y que la primera persona a quien debo aprender a querer y a respetar soy yo mismo. El gran olvidado. El que siempre ha pasado a segundo o tercer lugar.  No,  no estoy saliendo con nadie, y dudo mucho que lo haga en una larga temporada. Antes tengo que aprender tantas cosas, menos mal que cuento con una magnífica terapeuta...

Lo cual no significa que no sea capaz de querer en este momento, que lo soy, pero de manera distinta: como amigo, como hijo, como tío, como hermano, como mascota gatuna, quizás incluso de otras maneras que no me veo capaz de verbalizar. En vez de centralizarlo todo en una sola persona, estoy diversificando afectos. Y me va bastante bien. He aprendido a valorar la reciprocidad, y la importancia de compartir momentos. 

No me veo conviviendo con alguien, llevo muchos años ya durmiendo en mi cama de noventa y tengo la vida hecha, a mi gusto, imagen y semejanza. Eso de tener a alguien con quien compartir viajes, exposiciones, teatros, cines, lecturas, incluso fines de semana y vacaciones (pero luego cada uno a su casita, nene) me parece una gran idea. Quizás la única relación que vale la pena.

Porque el amor, incluso con minúsculas, está en nuestra naturaleza, y tal vez sea incluso esa capacidad de amar (y de ser amados) lo que nos convierte en seres humanos.

LA ÚLTIMA CARTA

En este momento, acabo de terminar una carta muy importante, que puede ser la última que le escriba a mi bella dama. Porque implica un final y un principio, tan solo si a ella le parece oportuno. Es el momento de la verdad, de dejarlo claro entre nosotros, sinceramente ya no puedo más. Me he cansado de tantos comportamientos extraños, de esos celos enfermizos e injustificados, de los silencios, de dejarme en visto en cualquier plataforma, de no recibir nunca una triste carta después de 24 meses. De dos tristes postales y un par de libros en casi 7 años. De darlo todo.

No.

La pelota está en su campo. De ella depende seguir adelante con nuestra amistad, y nada más, o romper la baraja como hacen los magos.

Dice mi madre, que para estas cosas es muy sabia, que hasta el aire quiere correspondencia. Y que las cosas claras y el chocolate espeso. Ambas afirmaciones tienen sentido en este caso.

Vale, puede que parezca un poco cobarde el mandar una carta, como las de antes, en vez de un correo electrónico o una simple llamada, pero sé que de todas formas no iba a descolgar el teléfono. Y resulta de lo más adecuado que pueda avanzar y retroceder en la lectura.

No, no hay ninguna otra. Es más, dudo mucho que la haya en mucho tiempo. No estoy dispuesto a cometer los mismos errores. Básicamente a entregar el corazón sin pedir nada a cambio y sin ser correspondido.

Porque tengo otra persona a quien mimar. A quien conocer. A quien apreciar. A quien descubrir. Alguien muy especial, que siempre va a estar a mi lado, y que en cierto modo ha sido permanentemente olvidado y relegado a un segundo o tercer plano durante estos últimos años.

Yo mismo.

Y quién sabe, si dentro de equis meses, o años, cuando complete el proceso de reconstrucción, surge alguien.

Pero será en unas condiciones de igualdad, de paridad. Se acabó, para siempre, el amor loco, terco, incondicional, que te hace darlo todo sin pedir nada a cambio.

De vez en cuando, una sana dosis de egoísmo y de crecimiento personal es de lo más recomendable...


BUSCANDO EL CAMINO

Cansado de buscar, tan solo queda una opción: encontrar tu propio camino. Que puede no ser el más acertado ni el que tiene menos curvas, pero al menos es el tuyo. Así que ni santas ni diablas, ni pecadoras, ni mujeres escogidas al azar, ni dejarte llevar por los sentimientos o las emociones.

Se terminó la época de los amores impulsivos, de confundir la amistad con algo más.

De necesitar ese sentimiento maldito, el amor, para huir de la soledad. Que en el fondo, no deja de ser una buena amiga, y una realidad. Porque estás solo cuando naces, pero mucho más cuando mueres. El resto del camino, eso que llamamos vida, es una aventura, en la que se alternan los jugadores, se rompen grandes amistades, se olvidan nombres, se mezclan caras, te despides de grandes amores. Ciao, au revoir.

Embarcado en la aventura de tratar de olvidar a mi hermosa dama, tampoco deseo volver a caer en la trampa de unos ojos marrones o azules o verdes, de una melena larga o corta, de uno cuerpo fibroso o tirando a delgado.

No.

Me cansé.

Ha llegado el momento de descubrirme a mi mismo, de quererme un poco más. De no depender de otros para ser feliz.

¿Lo conseguiré? Es muy pronto para decirlo. Pero estoy en ello...

HACIA EL COMIENZO

En el silencio de la tarde, se van acumulando las palabras no pronunciadas, las preguntas sin respuesta, los sentimientos que lentamente te desbordan. Vale que es un juego, bastante cruel, que se ha venido prolongando durante mucho tiempo. Y mis mensajes son recibidos con la más completa indiferencia, como si no valieran ni siquiera la tinta virtual que invierto en escribirlos, o el aire que respiro para convertirlos en sonidos. Y no llegan las respuestas, mas que con cuenta gotas o por sorpresa.

Dar y recibir. Ese debería ser el trato. Salvo que uno de nosotros lo da todo, sin pedir nada a cambio, sin esperar ni tan siquiera una respuesta o una emoción, como si esa fuera desde hace años su única obligación, dar, dar, y dar. Cartas, pequeños detalles, libros, muestras de cariño. Diarias. Semanales. Poco importa.


Y tú, recibes, como una diosa displicente que en su momento dijo amarme, pero a quien con el paso de los años se le ha pasado el arroz emocional, y la misma capacidad de manifestar cariño o amor. Al menos por mí. Y yo, tan contento, porque amándote, en la distancia, mi corazón seguía latiendo, se sentía vivo, pero seguro, ya que vivir en distintas ciudades y tus repetidas negativas a todos mis planes de ir a verte (algunos de ellos manifestados casi semanalmente desde hace dos años) hacían que fuera seguro.

Una fiera princesa, altiva y ausente, envuelta en capas y capas de misterio (¡Hay tantas cosas que no sé de ti!), en esa perpetua aura de soledad y de tristeza. Ese ser casi mágico, por quien me he mantenido tantas noches en vela. Esa entidad casi todopoderosa, que con un simple mensaje, qué digo, con un simple visto de whatssap o de messenger, me devolvía la alegría al final de una larga jornada. Esa mujer que me moría por estrechar en mis brazos, y besar, y demostrarle que existía un mundo mejor para ella, para los dos.

Si en todos estos años, tan solo he recibido dos postales; y a mis veinticuatro meses de cartas, no has respondido ni con una sola letra. Eso sí, siempre prestando atención al más mínimo detalle, revisando los mensajes como si fueran bombas de relojería para que no te sentasen mal, para no ofenderte. Esos celos, casi patológicos, por los que tenía que esconderte si quedaba para comer o merendar con una amiga. Sí, tengo amigas, algunas de ellas de toda la vida, otras más recientes pero casi mágicas, que están allí, que me escuchan, que dan la talla y me quieren, a su manera. Esa dedicación casi absoluta, pero que en el fondo no me aportaba nada... me ha dejado agotado y sin fuerzas.

Pues no, mi altiva y bella dama. Me he cansado. De mensajes sin respuesta. De magros comentarios. De vistos inapelables. De planes inviables. De tristezas y de miedos. Y sí, te sigo queriendo a mi lado, soy así de tonto, pero como a una querida amiga, no ya como mi Dama o la Dueña de mis pensamientos. Si te parece bien, seguimos la partida, pero con nuevas reglas. Y si no, pues se acabó. Lo siento muchísimo, pero es así.

No, por supuesto que no me he enamorado de otra mujer. No necesito una sustituta, como he ido encadenando a lo largo de los años, esos amores imposibles que me daban la vida. Prefiero cerrar el corazón con estas palabras, enfrentarme a la soledad, y seguir viviendo, reconstruyéndome, poco a poco. Quién sabe, igual dentro de un tiempo, me siento seguro, confiado, y encuentro a alguien a quien querer. 

Me sigue dando miedo poner la palabra amar. 

Pero alguien real, cercano, perfecto para ir al cine una tarde, o a merendar un fin de semana. Alguien que me motive a hacer planes de viajes, o con quien disfrutar del atardecer. Cuya voz pueda escuchar al otro lado del teléfono, o mejor incluso, sentir la vibración del aire en mi oreja, en mi cuello. Y saber que el futuro no importa, y que el presente está hecho de pequeños momentos... Que viviremos juntos.

TODO Y NADA

Sentimientos, esos pequeños hijos de puta especializados en complicarnos la vida. Poco importa que sean hacia un hombre, una mujer, un perro, un gato, una causa o una pasión. Incluso me valen los que provocan el fútbol, los toros y la política. De lo que se trata, en todo caso, es de sentir, de encontrar esa causa, ese ideal, por el que vale la pena seguir luchando, respirando, viviendo, un día más.

En mi caso, y desde que tengo uso de razón (lo cual tampoco quiere decir mucho, pero queda bien), ha sido el Amor, con A mayúscula, el que me ha estado moviendo. O al menos eso creía yo.

Ahora, pienso que ha sido un miedo patológico a la soledad. A esa que nos acompaña, sobre todo, en el momento de la muerte. A comprobar que todo en tu vida no ha tenido sentido.

Por eso, ha sido una constante búsqueda. Nombres, caras, cuerpos, se suceden, se mezclan, se complementan. Niñas, adolescentes, mujeres; cada una en su momento adecuado; y por un tiempo nada preciso. Fases de una existencia.


¿Amores de juventud, o de madurez? Poco importa. La única diferencia es la propia experiencia que te ha ido dando la vida, el poso que ha dejado en ti. 

Ahora, quizás en este preciso momento, todo y nada deja de tener sentido, lógica, el mal y el bien son relativos. Quizás por eso, cuando son más las dudas que las certezas; cuando voy cumpliendo metas y cerrando objetivos, me pregunto por el sentido último, no de la Vida en general (que para eso, tú puedes hacerlo sin problema), sino de la mía. Soy muchas cosas: amante, tío, hermano, hijo, amigo; un buen trabajador en lo mío; y creo que por encima de todo, un Forjador de Historias. Poco importa el éxito que pueda tener con ellas, ni mucho menos el resultado económico (no todos podemos ser Pérez Reverte o J.K.Rowling). A través de ellas, de esas palabras, lanzo mensajes, pensamientos y sueños. Algunos de ellos, durante unos minutos, alcanzan su objetivo, y luego son olvidados. Pero durante esos segundos mágicos, se ha producido esa comunión entre las almas. El resto es historia. Como el amor, que nos acompaña desde el mismo principio de los tiempos.

¿Y si mi necesidad, casi patológica, de amar (que no a la fuerza de ser amado), no fuera más que una manifestación de mi propia inseguridad, y de ese miedo a la soledad, del que hemos hablado antes? Se juntan los nombres y las caras, los cuerpos y las mentes (algunas de ellas tan brillantes), los recuerdos y los sueños (que a veces se confunden en uno solo). Pero de todo ese batiburrillo, solamente emerjo yo. 

Un ser humano, asustado, que busca un camino, que tal vez debe llevarme a la raíz de todo. Y que empieza a asumir que la soledad es precisamente aquello que nos define. Ya que poco importa lo que hagamos o lo que creamos ser o conseguir a lo largo de toda nuestra vida. Siempre estaremos solos, con nuestros miedos, nuestros pensamientos, nuestras dudas, nuestros sueños. Que podremos querer compartir con otra persona, que nos complete y a quien completemos, o cualquier otra definición casi perfecta e inamovible del Amor, ese gran mentiroso... Durante ese breve tiempo que es la vida, puesto que en el momento de la muerte conoceremos la soledad definitiva.

No te engañes, nadie va a morir por ti; sin importar lo mucho que te quiera, ni la compañía que te haga. La Verdad, es que estamos solos ante la vida, ante la muerte... Y que hace ya mucho tiempo que le he perdido el miedo a dejar de existir...


EL NÁUFRAGO

Muchos son los naufragios de quien se deja llevar por las corrientes del amor, esas que te arrastran sin redención posible, que te aíslan del mundo real y te arrojan a los brazos y a las manos de aquellas mujeres que te roban el corazón sin darte cuenta. En mi estado civil, deberían poner "ENAMORADO", en mayúsculas y con todas sus letras, porque me es difícil pensar en una época de mi vida en que mi corazón estuviera vacante.

Es más, incluso algunas veces, varias imágenes, siempre idealizadas pero de mujeres reales, se han batido en duelo por mi alma. Poco importan los nombres ya, se los puede llevar el viento, pero no lo que aprendí de cada una de ellas, esas ganas de vivir que me contagiaron, y esos sueños que nunca se hicieron realidad, salvo quizás en una ocasión. Pero incluso esta, especialmente esta, desapareció de mi vida por una traición, me arrancó el alma, y me dejó sumido en la más absoluta tristeza.

Amores de juventud, amores de madurez... ¿Cuál es la diferencia? Tal vez que eres consciente del grado de irrealidad que los acompaña. De una aprendí a mirar al océano con los ojos entornados. De otra a acariciar la hierba del parque. Una tercera me enseñó el sabor de los besos. La cuarta me hizo soñar tanto con otros tiempos y otras vidas, que incluso le escribí una novela, imaginando cómo habría sido todo si el Destino hubiera barajado mejor las cartas, y si por supuesto ella me hubiera querido. Aquél fue mi mayor amor, nacido en las orillas del Mediterráneo, en una mañana de sol.

Seis, siete, ocho quizás, nombres de niñas, de adolescentes, de mujeres; siempre lo más adecuado a mi edad en aquél momento. Personas de las que en ocasiones no me queda una triste foto. Ni siquiera de aquella que me hizo escribir el primer verso. Criaturas que me han acompañado durante tanto tiempo, quizás antes incluso de mi propio nacimiento. Almas antiguas que se vuelven a encontrar. Sueños de luna llena, o mejor aún, de un eclipse de sol, donde el día y la noche se tocan, se hacen uno... y todo es posible... Incluso el amor.