Madrugada. El camión de limpieza está regando por segunda vez la calle, pero en la otra acera, una parejita muy joven y muy borracha está sentada en el suelo, entre dos coches. Hace un par de horas, el estado de la chica ya era lamentable, mientras se preparaba un porro entre los coches. No debe tener más de 22 años, y el chico por el estilo. ¿Qué demonios impulsa a dos niños a ponerse en ese estado, un viernes a las 4.25? ¿Qué tipo de vida les espera? ¿No tienen nada mejor que hacer? ¿En qué estado llegarán a sus casas?
¿Y a mí que coño me importa?
Quizás sea porque veo las cosas desde la experiencia que me dan los 53 años sobre esta tierra tan extraña, o porque siempre he sido un extranjero, incluso un extraño. Que yo recuerde, tan solo un par de veces en todo este tiempo me he puesto tan borracho como están ellos, amaneciendo incluso una noche en el cuarto de baño, abrazado a la taza, con un hilo de vómito entre los labios. ¡Pero conseguimos esa camiseta que te daban en el Rastatoo, si te tomabas 10 copas! Mi colega, un antiguo amigo a quien no veo hace más de dos décadas, emprendió un nuevo camino.
En cuanto a las drogas, bueno, algún que otro porro compartí con los compañeros del cuartel, durante mi paso por las Boinas Verdes, en la Base de San Pedro, muy cerca de Madrid. GOE 1, COE 11. Posiblemente los meses más frustrantes y absurdos de toda mi vida. Allí, entre durísimos entrenamientos, con pista americana incluida (de los que no participaba por una operación de la rodilla izquierda que nunca terminó de curar del todo bien), era muy frecuente el consumo de alcohol y de drogas en la cantina de la base. Más de una vez, las mesas cuadradas aparecían completamente llenas de botellines de cerveza, y vi a varios compañeros, uniformados por supuesto, y fuera de servicio, terminar borrachos como cubas...
Con esto quiero decir que no siempre he sido un ángel, y dudo mucho que lo sea ahora. Pero sí me precio de haber perdido el control debido al alcohol tan solo 2 o 3 veces. Ni siquiera en las escasísimas ocasiones que me fui de fiesta por Malasaña con los "colegas" en mis últimos años de instituto, llegué a emborracharme como la parejita de antes, que se han ido dando tumbos por la calle.
Nunca he sido un gran bebedor, de joven me gustaba el vodka con zumo de piña o de naranja, o bien el tequila sunrise, con su melocotón y su granadina. Al no poder tolerar ninguna bebida con gas, me libré de los cubata de garrafón, o del infame kalimocho artesanal en cualquier aparcamiento frente a un centro comercial o en las plazas y calles oscuras del centro de Madrid. Ahora, tengo en casa una botella de Malibú en el armario del pasillo, de vez en cuando me tomo una copa con zumo de naranja y una buena cantidad de hielo, mientras veo una película en Movistar.
Para muchos, habré sido un aguafiestas, un aburrido, o incluso el raro del grupo, para mi ex sin duda lo era. Por eso siempre procuraba limitar mis interacciones sociales, y con un deseo de mantener el control, la lucidez, de mi cuerpo y de mi mente.
Eso sí, durante muchos años estuve fumando como un carretero, empecé a los 13, con un tabaco negro infame, H.Upman, que le regaló un paciente ceutí a mi padre, que era médico. Con la muerte de mi padre, entre pavorosos sufrimientos debidos a un cáncer de lengua, que se lo llevó por delante en poco más de 6 meses, dejé de fumar durante 10 años. Volví un par de años, el primer cigarrillo fue por puro aburrimiento en el umbral de la nave de HRT. Primero le pedí uno a la señora de la limpieza, luego a un compañero, y allí me enganché de nuevo. Luego, lo volví a dejar cuando nacieron mis sobrinas, y desde entonces llevo más de 9 años limpio.
Me incomoda cada día más el olor que deja el tabaco sobre la ropa y la piel de quienes me rodean, huyo de los fumadores, incluso de mi chica si está fumando. Luego, no hay nada que no se arregle con un par de buenas gárgaras de Listerine, pero besar esa boca con aliento a humo no me entusiasma, y ella lo sabe. Por eso evita fumar aquellos días en que nos vemos.
Son ya las 4.44 de la madrugada, esas cifras capicúas me han acompañado muchos años. Me suelo despertar varias veces por noche. Hubo una temporada que lo hacía a las 2.22, a las 3.33 y a las 4.44, de manera sistemática. Ahora, simplemente me cuesta horrores conciliar el sueño, y me persiguen las pesadillas. Cambiar de turno cada semana no ayuda. Pero me hace ilusión, en madrugadas como esta, pensar que estoy protegiendo, en la distancia y de manera virtual, los sueños de la mujer a quien amo, aunque ese sería un buen tema para otra reflexión.
Y mientras me preparo para abrir de nuevo el libro de lectura, cosa que haré en cuanto publique este escrito, sigo el rastro de la pareja en las cámaras de seguridad que apuntan a la calle y dan la vuelta casi a todo el edificio. Soy el vigilante que acecha en la madrugada. Soy el guardián de la noche sin luna ni estrellas. Soy la figura que se funde entre la niebla.
¡Soy el puto Batman!
