miércoles, 1 de noviembre de 2023

UN MAL DÍA LO TIENE CUALQUIERA

Al menos, eso dice la sabiduría popular. Pero duele tanto cuando te levantas desenfocado, y por delante tienes un largo día de tristeza y de soledad. Sí, estamos a uno de noviembre, el día de difuntos, y desde hace unos cuantos años, se ha convertido para mí en una fecha de reflexión, casi más importante que el mismo año nuevo.

Se supone que he dormido, tan solo con varios sueños extraños, y tan profundos que me ha sorprendido muchísimo despertarme, en primer lugar vivo, y en segundo, en esta realidad. Antes de cerrar los ojos, estuve haciendo un pequeño balance vital, que ya empezó de todas formas unas horas antes, mientras redactaba el relato final para el Microctubre. Me he dado cuenta de que los de la última semana, en esencia, hablan de la muerte. Será que no estoy demasiado animado en conjunto.


Quizás sea porque añoro muchísimo a mi abuelo y a mi padre, que me abandonaron hace más de veinte años, pero siguen igual o más presentes que la última vez que nos vimos. Uno de ellos murió en paz, con el cuerpo más o menos entero, y acompañado de la familia, en una triste habitación de hospital. Quizás por eso nunca ha podido regresar, se perdió por el camino. Y el otro, en medio de los más atroces dolores, con la mente perdida por la morfina, y solo en su habitación, mientras que mi madre preparaba la comida. Fue el electricista, que estaba realizando unas reparaciones en la casa, quien descubrió su cadáver. Los dos han dejado un vacío inmenso en mi corazón, que se hace incluso más profundo según voy envejeciendo.

Ojo, y eso que no me quejo, en esta vida tengo casi todas mis necesidades cubiertas, vamos, la pirámide de Maslow al completo. Pero hago trampas en el amor, he dividido mi corazón entre dos personas, que se complementan, se mezclan y reparten las tareas. Ambas son tan necesarias para mí como el respirar. Quién sabe, igual en unos meses, las cosas cambian para bien, aunque soy criatura de presente, y por añadidura bastante desconfiado con el futuro. Nada me garantiza, por ejemplo, que mis recurrentes jaquecas no sean provocadas por una malformación profunda en las arterias del cerebro, que hasta ahora no haya sido descubierta, y que pueda morir de un momento a otro por un aneurisma. ¡Qué positivo estoy!

Y todo esto, para deciros que me siento profundamente solo, en el edificio semi desierto. Ni siquiera la música me hace hoy mucha compañía. Por eso, prefiero alejarme de las redes, y seguir adelante, como un burro con anteojeras, mientras suena una dulce música de jazz, y el frío se apodera de mi cuerpo.