SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 5: SIETELECHES
Cálido mes
de junio en Madrid. La ventana de mi despacho da a los jardines de la
Comunidad. Y cada tarde, a las 18:30 (una hora menos en Canarias), los veo
pasar. Primero suena el chirrido de la puerta de entrada, y luego, se escucha
el cansino arrastrar de unos pies que han recorrido muchos kilómetros a lo
largo de su vida, y una respiración gastada y herrumbrosa hace los coros.
Acompañado del mudo trote de unas patas pequeñas, y el sonido de tres
cascabeles. Entraban en escena Don Celestino y “Sieteleches”.
Lentamente,
muy lentamente, la extraña pareja recorre el camino de acceso, “Sieteleches”
siempre inspeccionándolo todo, como si fuera un soldado en territorio enemigo,
que se para en cada intersección, y con un par de veloces movimientos de rabo,
le indica a Celestino que puede seguir adelante. Y éste, bien entrenado por su
perruno compañero, aprovecha aquellos momentos para recuperar el fuelle, y
seguir caminando, pasito a pasito, hasta llegar a su objetivo veraniego: el
segundo banco a la derecha, donde el sol no molesta a aquellas horas de la
tarde. Cuando Celestino ocupa su lugar bajo la luz dorada, “Sieteleches” se
dedica a sus obligaciones caninas: husmear todos los rincones de la extensión
de arena, como si fuera de su exclusiva propiedad, marcar con pequeñas gotas de
clara orina “sus árboles”, comer toneladas de hierba, perseguir algún pájaro;
todo esto, regresando cada cinco minutos para comprobar cómo se encuentra
Celestino, llevándole de vez en cuando un pequeño “informe material” de sus
actividades: un puñado de hojas, algo de tierra, las plumas de un pájaro, un
caracol...
Sieteleches
es, como habrás adivinado, un perro mestizo, con todo el cuerpo blanco, menos
las orejas, que son marrones, y varias grandes manchas negras en el lomo. Casi
nunca ladra. Es amistoso con los demás perros y con los niños, pero le tiene
bastante manía a los niñatos de la calle que se cuelan en el jardín a última
hora de la tarde para hacer un botellón.
Y Celestino es un hombre anciano, con los ochenta ampliamente superados, el pelo escaso y muy blanco, un solo ojo brillante y azul (el otro lo tiene tapado por un parche de cuero), su Txapela negra, y su bastón de empuñadura de plata con forma de cabeza de bulldog. Casi siempre viste con una de esas rebecas de abuelo en tonos de marrones, pantalones de lana marrones (con cinturón negro), camisa blanca, calcetines y zapatos negros recién lustrados. Siempre va limpio, y huele a Álvarez Gómez...
Todas las tardes, tengo un poco de miedo de que llegue la última parte del ritual, pues es cuando “Sieteleches”, obediente, hace sus necesidades sobre la arena, cerca del banco, y Celestino tiene que agacharse, trabajosamente, para recogerlo. En una de aquellas recogidas, Celestino perdió el equilibrio, y se cayó de bruces sobre la arena. El parque estaba vacío, y me faltó tiempo para coger las llaves de casa, salir dando un portazo (que seguramente habrá despertado a “Chiqui”, nuestro gatazo comprensivo), y correr los cien metros lisos, hasta que llegué al pie del banco. El anciano estaba gimiendo suavemente, pero no tenía más que pequeños cortes superficiales en la frente, y un morado en la mejilla derecha. Le ayudé a incorporarse despacio, y conseguí sentarlo en el banco. No pesaba casi nada. “¿Se encuentra usted bien?”, le pregunté, sintiéndome un poco tonto por decirle eso a una persona acababa de besar el suelo en plan Papa, pero fallando en el aterrizaje... “Tranquilo, hijo, que estoy bien”, me respondió, una vez recostado en el banco.
Sin embargo, muy bien no debía de estar, pues
le estaba saliendo un hilillo de sangre de la nariz... “No se preocupe, que voy
a buscar ayuda”, le dije, segundos antes de salir otra vez corriendo del
jardín, y entrar en la farmacia que se encuentra en el mismo bloque.
- “Necesito ayuda en el jardín... Un señor se ha caído, y
está sangrando”. Rosario, la boticaria, cogió su botiquín de primeros auxilios
y, tras dejar a Mónica, la auxiliar, al mando, me siguió rápidamente...
- “Buenas tardes, señor. ¿Qué tal está?”, le preguntó,
mientras le restañaba la sangre con un par de gasas mojadas en agua
oxigenada...
- “Bien, bien, vamos tirando, he tenido un percance, pero
este chico tan amable me está ayudando”.
Chico...
Hacía más de 25 años que me llamaron así por última vez... pero me gusta... A
través de una serie de preguntas, nos enteramos de que se llama Celestino,
tiene 89 años, fue militar de carrera (jubilado con el grado de teniente) y de
que su perro, un mestizo vivaracho, se llama “Sieteleches, porque es una mezcla
de muchas razas, incluyendo una parte de Husky en los ojos... Menuda juerga que
tuvieron sus progenitores”. Del examen preliminar, Rosario deduce que él se
encuentra bien, “sano y alimentado, y con las facultades mentales perfectas. No
precisa más atención por el momento, y no hay lesiones de gravedad”. Por lo
tanto, todo quedó en un susto, en el comienzo de una amistad...
Al tener las
tardes libres, decidí descansar un rato, tomar el fresco, y pasarlo hablando
con Celestino, y jugando con “Sieteleches”. Aquella fue la primera de muchas
tardes, y en esos momentos robados al presente continuo, “porque los viejos ya
no tenemos pasado ni futuro, un día estás... y otro no”, fue surgiendo una
complicidad. Él me recordaba a mi abuelo, fallecido en el 2000, y yo tenía
cierto parecido con su hijo, que vive en San Sebastián, y se pasa un par de
veces al año por Madrid, “porque no tenemos una relación demasiado cordial”.
Durante seis meses, todas las tardes hablábamos una hora, aprovechando el buen
tiempo al principio, y cuando comenzaron las lluvias, trasladamos la tertulia a
mi casa, aunque eso no dejaba de representar cierta complejidad, por
“Sieteleches” y nuestro gatazo negro y vacilón, “Chiqui”. La reunión de las dos
mascotas fue algo complicado: se persiguieron por media casa, saltando encima
de la mesa del comedor, y con toda una sinfonía de maullidos, bufidos y
ladridos, que terminó en cinco minutos, cuando se desvaneció el periodo de
actividad de “Chiqui”. A partir del segundo encuentro, cada uno de ellos se
quedaba tumbado a los pies de su mascota humana, pero sin dejar de vigilarse
mutuamente...
Pasamos casi
todo el tiempo hablando, en ocasiones me pide que le lea algún artículo del
periódico, “porque mi vista ya no es como antes”, o un capítulo de mi última
novela, y me daba la impresión de estar interactuando con un viejo amigo.
Escuchaba atentamente sus historias, su participación en la Guerra Civil en el
bando nacional, su matrimonio “con una malagueña salerosa de muy buen ver”, del
que nacieron dos hijos, uno de ellos murió en la estación de Atocha el 11-M,
sus aficiones (“pasear, dormir, escuchar la radio, hacer crucigramas... y
cuando puedo, leer un ratico”) y otras muchas cosas. Resulta que éramos casi
vecinos, porque él vivía en la escalera 3, Bajo-A, aunque su casa era mucho más
pequeña que la mía. Unas veces en el jardín, otras en el salón o en mi cocina,
convertimos nuestras charlas en tradición.
Pero todo
terminó el 12 de octubre del año pasado. Aquella tarde, estuve fuera de casa, y
pensé que Celestino ya habría dado el paseo con “Sieteleches”. Pero el
miércoles 13, solamente acudió a la cita el perro. Parecía muy nervioso,
alterado, y dedicó casi dos horas en hacer viajes entre el jardín y su casa
llevando toda una serie de objetos en la boca (hojas, palitos, alguna flor
tardía, un poco de tierra). El día 14, no vino ninguno de los dos y,
preocupado, le pedí a nuestro portero, David, que me acompañé a casa de
Celestino. Y lo que nos encontramos en el pequeño salón, al abrir la puerta, es
algo que difícilmente podré olvidar en muchos años...
Celestino
estaba sentado en su sillón de orejas, con la boina puesta, el parche sobre el
ojo, y las manos en el regazo. Tenía las piernas tapadas por una manta a
cuadros escocesa, y sus zapatillas de felpa. Llevaba muerto dos días, y el
óbito se produjo, según la autopsia, por causas naturales. Siempre impresiona
la primera vez que te encuentras con un cadáver, pero si es el de una persona a
la que estimas, es mucho peor, aunque no sea un familiar directo...
De todas
formas, lo que nos dejó a David y a mí con la boca abierta fue la multitud de
objetos que estaban a sus pies: un puñado de hojas del jardín, otro de hierba,
una ardilla muerta, un topillo, un bocado de tierra, el bastón de paseo, los
zapatos especiales, una botella de agua, otra manta escocesa, el periódico y
las gafas de lectura... y, entre todas aquellas ofrendas, “Sieteleches”. Creo
que el perruno compañero le había llevado a su amo todas aquellas cosas que le
gustaban, intentando que reaccionase, que volviera incluso de la muerte, que no
le dejase solo... pero sin conseguirlo...
Tuvimos que
avisar a la Policía, se presentó una patrulla con el forense... Cuando su casa
se llenó de gente, “Sieteleches” empezó a gemir de forma lastimera, y fue muy
difícil separarte de Celestino. Dos días después, llegó el hijo, y organizó la
incineración. Estábamos los cinco: el cura, el técnico de la funeraria, el hijo
(llamado Francisco), “Sieteleches” y yo... El hijo recogió las cenizas, y nunca
más volví a verle... “Sieteleches” se quedó con nosotros, aunque tuve que
dormir varias noches en el cuarto de invitados, porque mi mujer se pilló un
cabreo monumental... Semanas después
puso en venta la casa, hicieron una gran reforma, y nada quedó de mi vecino.
Salvo
“Sieteleches”, claro. Las cunas están la una junto a la otra, y perro y gato
pasan casi todo el día hablando de sus cosas, tramando maldades, y el único
conflicto surge cuando deciden a quién le toca que le pase la carda antes. Otro
cambio apreciable es que en el despacho tengo dos sillas de invitados, en las
que se sientan “Chiqui” y “Sieteleches”. Y ahora, son dos las cabezas que se
alzan, y dos ronquidos los que se interrumpen, cada vez que dejo de escribir...
Todas las tardes, al filo de las seis y media, voy al jardín, me siento en el
banco de Celestino, y dejo que “Sieteleches” efectúe su inspección, y de vez en
cuando, me parece que Celestino está aquí, a mi lado, disfrutando del último
sol...

