Esta no es mi fecha favorita del año, coño, que estamos en Madrid. Tanto Jalouín, tanta tontería, tantos niños llamando a los timbres, muchos de ellos acompañados de los padres, con la cantinela del “¡Truco o trato, truco o trato!” Pero si hasta los más preparados se traen calabazas de plástico del chino, perdón del bazar oriental, que decir lo otro está mal visto: es discriminación por razón de origen.
Lo más divertido es que cuando les
pides truco, no saben lo que hacer, como mucho un pequeño truco de magia, se
comen un huevo crudo, hacen aparecer un pañuelo que llevaban escondido en la
manga o dan una voltereta hacia atrás.
Vamos, deseando estoy que
empiecen a venir los pequeños monstruos del edificio, criaturas adorables como
los del cuarto izquierda. Cinco tienen ni más ni menos, que se llevan un año
entre uno y otro. Cuando uno no llora, el otro se caga, el tercero mete un
balonazo en plena siesta y el cuarto tira los potitos al suelo. El último no
cuenta, es demasiado pequeño... ¡¡¡Pero llorar sí que sabe!!!
O los mellizos del octavo
izquierda. Diez años cada uno de pura maldad, que se empeñan en asustar a mi
pobre Fifí, un adorable chihuahua Toy cuando coincidimos en el ascensor. Es
verlos y se pone a temblar como una hoja... y me cuesta más de media hora
calmarle.
Pero vamos, que los peores son
la parejita del noveno B, que se llevan siete años y sin embargo ambos son de
la piel de Satanás. Bajan dando botes por la escalera a cualquier hora del día
o de la noche, llaman a todos los telefonillos de madrugada, abren los buzones
y tiran las cartas por el suelo.
¿Y los padres? ¿Qué me dices de
los padres, que acentúan esta manía del dichoso Jalouín con los concursos de
disfraces y de decoración del edificio? Tenemos una nueva presidenta de la
mancomunidad, y ha declarado jornada de puertas abiertas entre los cuatro
edificios, y que se dará un premio al rellano con pasarela mejor decorado. Y no
creas que es una tontería. ¡Un vale para un fin de semana romántico en un hotel
con spa! ¡Y toda la maldita comisión tiene que recorrer los edificios tomando
notas y juzgando lo que ven! Pero ya se enterarán, cuando lleguen a mi piso...
Me he gastado una pasta, pero
valdrá la pena. Soy una criatura sociable, pero me he agenciado el mejor
disfraz. Me he puesto unos pañales gigantes de la residencia de ancianos en la
que trabajo, sujetos con tirantes, luego uno de esos cuchillos de pega que
salen a ambos lados de la cabeza, y tengo el pecho manchado de sangre falsa. Mi
señora, vestida de monja, sostiene la bandeja de polvoroncitos y se queda al
lado mío en la puerta de entrada. Hemos preferido dejarla abierta, que hoy está
desfilando por aquí medio edificio. Y lo tengo todo preparado para las visitas,
que serán muchas, ya que he puesto carteles en los tablones de anuncios de los
edificios, sobre las chuches sorpresa y el premio al mejor disfraz, que por
algo soy el vicepresidente de la mancomunidad...
¡Va a ser una noche de lo más
interesante, con casi toda la mancomunidad colocada por el LSD y además con
diarrea! Una de esas noches que salen en los periódicos... Me parece que ya
oigo a los seis hermanos gritando y dando botes por los pasillos de su casa, y
en el piso superior ya están los padres aporreando la entrada del único cuarto
de baño, ¡porque se cagan vivos!
Este va a ser un Jalouín inolvidable.

