domingo, 30 de julio de 2023

HACIA EL COMIENZO

En el silencio de la tarde, se van acumulando las palabras no pronunciadas, las preguntas sin respuesta, los sentimientos que lentamente te desbordan. Vale que es un juego, bastante cruel, que se ha venido prolongando durante mucho tiempo. Y mis mensajes son recibidos con la más completa indiferencia, como si no valieran ni siquiera la tinta virtual que invierto en escribirlos, o el aire que respiro para convertirlos en sonidos. Y no llegan las respuestas, mas que con cuenta gotas o por sorpresa.

Dar y recibir. Ese debería ser el trato. Salvo que uno de nosotros lo da todo, sin pedir nada a cambio, sin esperar ni tan siquiera una respuesta o una emoción, como si esa fuera desde hace años su única obligación, dar, dar, y dar. Cartas, pequeños detalles, libros, muestras de cariño. Diarias. Semanales. Poco importa.


Y tú, recibes, como una diosa displicente que en su momento dijo amarme, pero a quien con el paso de los años se le ha pasado el arroz emocional, y la misma capacidad de manifestar cariño o amor. Al menos por mí. Y yo, tan contento, porque amándote, en la distancia, mi corazón seguía latiendo, se sentía vivo, pero seguro, ya que vivir en distintas ciudades y tus repetidas negativas a todos mis planes de ir a verte (algunos de ellos manifestados casi semanalmente desde hace dos años) hacían que fuera seguro.

Una fiera princesa, altiva y ausente, envuelta en capas y capas de misterio (¡Hay tantas cosas que no sé de ti!), en esa perpetua aura de soledad y de tristeza. Ese ser casi mágico, por quien me he mantenido tantas noches en vela. Esa entidad casi todopoderosa, que con un simple mensaje, qué digo, con un simple visto de whatssap o de messenger, me devolvía la alegría al final de una larga jornada. Esa mujer que me moría por estrechar en mis brazos, y besar, y demostrarle que existía un mundo mejor para ella, para los dos.

Si en todos estos años, tan solo he recibido dos postales; y a mis veinticuatro meses de cartas, no has respondido ni con una sola letra. Eso sí, siempre prestando atención al más mínimo detalle, revisando los mensajes como si fueran bombas de relojería para que no te sentasen mal, para no ofenderte. Esos celos, casi patológicos, por los que tenía que esconderte si quedaba para comer o merendar con una amiga. Sí, tengo amigas, algunas de ellas de toda la vida, otras más recientes pero casi mágicas, que están allí, que me escuchan, que dan la talla y me quieren, a su manera. Esa dedicación casi absoluta, pero que en el fondo no me aportaba nada... me ha dejado agotado y sin fuerzas.

Pues no, mi altiva y bella dama. Me he cansado. De mensajes sin respuesta. De magros comentarios. De vistos inapelables. De planes inviables. De tristezas y de miedos. Y sí, te sigo queriendo a mi lado, soy así de tonto, pero como a una querida amiga, no ya como mi Dama o la Dueña de mis pensamientos. Si te parece bien, seguimos la partida, pero con nuevas reglas. Y si no, pues se acabó. Lo siento muchísimo, pero es así.

No, por supuesto que no me he enamorado de otra mujer. No necesito una sustituta, como he ido encadenando a lo largo de los años, esos amores imposibles que me daban la vida. Prefiero cerrar el corazón con estas palabras, enfrentarme a la soledad, y seguir viviendo, reconstruyéndome, poco a poco. Quién sabe, igual dentro de un tiempo, me siento seguro, confiado, y encuentro a alguien a quien querer. 

Me sigue dando miedo poner la palabra amar. 

Pero alguien real, cercano, perfecto para ir al cine una tarde, o a merendar un fin de semana. Alguien que me motive a hacer planes de viajes, o con quien disfrutar del atardecer. Cuya voz pueda escuchar al otro lado del teléfono, o mejor incluso, sentir la vibración del aire en mi oreja, en mi cuello. Y saber que el futuro no importa, y que el presente está hecho de pequeños momentos... Que viviremos juntos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario