Dicen que las personas no cambian. Yo creo que evolucionan, que poco a poco van descubriendo aquellas cosas, personas o situaciones que les hacen felices, en las que se sienten plenos y confiados, y que un buen día, el cambio puede suceder. Como si se abriera la puerta de un armario tenebroso, y en lugar de pieles ajadas y botas en desuso, contuviera el camino hacia Narnia. Quizás un poco de eso sea lo que me ha pasado en los últimos días o semanas.
Decides poner fin a una relación tóxica, a una dependencia que se remonta a varios años, de un dar pero nunca recibir. Y te duele, en el corazón y en el alma, de forma casi física. Incluso te dan ataques de ansiedad que no te corresponden. Sí, así de tonto es el amor moribundo, pero es necesario seguir adelante, buscar un camino, rodearse de los buenos amigos, y a veces, basta con dejarse llevar.
Y luego el domingo, un largo viaje en metro (casi tan duro como el de Ferdinand Céline), desayunar en un bar atestado, una pequeña aventura por el Rastro (muy lleno a partir de las once de la mañana), más metro, comer una hamburguesa excelente, y una curiosísima película de animación china (El reino de terracota, de lo más recomendable). Todo ello, por supuesto, en compañía de una persona especial, cuyas otras facetas empiezas a conocer.
¿El resultado tras un fin de semana tan completo? Las pilas cargadas, algún que otro sueño, planes para septiembre, y un turno de doce horas que casi se me ha pasado volando...
Quizás al árbol viejo y maltratado y marchito por tantas desilusiones y momentos duros le estarán naciendo nuevos brotes y hojas...
Nunca se sabe...
La vida es así, mi Pequeño Saltamontes...
