La vida nos sorprende, aunque no sea esa preciosa tómbola de la que hablaba Marisol. Personas que considerabas fundamentales para tu existencia, y a quienes te dedicabas en cuerpo y alma, desaparecen un buen día, y se llevan un pedacito de tu ser. Como ha sucedido con mi hermosa dama, ayer se cumplieron dos meses del último mensaje. Sigo pensando en ella. Pero otras entran, y se ganan por derechos propios un lugar en tu corazón y en tu mente, casi sin que te des cuenta. Es cierto, cambias el amor por la amistad, y creo que sales ganando. Pues ya sabes que ambos sentimientos están separados por el filo de un cabello, y cuando coinciden en una sola persona, conoces el cielo.
Cierto, me gustaría enamorarme de nuevo, pero no ha llegado el momento. Las tareas de reconstrucción después de los últimos desengaños no han terminado, hay muchas cosas que todavía me sorprenden o no me cuadran. Y en todo caso, sería una relación de cada uno en su casa, y juntarse para compartir actividades, como ir al cine, al teatro, a una exposición, un concierto, un largo fin de semana de pereza o simplemente hacer el amor. Pero luego, cada uno a su casa. Que ya no estoy para convivencias ni para recoger calcetines sucios a los pies de la cama...
Amigos, tengo pocos. La otra noche los estuve contando, en Madrid tan solo tengo siete a los que veo con cierta asiduidad, pero están ahí, a un mensaje de distancia, con el recuerdo del último café compartido, de una comida en un japonés, o de una tarde de cervezas y vermús por Moncloa. Conocidos tengo unos cuantos más, personas a las que veo muy de vez en cuando, pero que están ahí, a veces en silencio durante años, pero son una presencia cordial.
Luego están los amigos virtuales, en Facebook y en Instagram, presencias amistosas, gente a quienes tal vez no conozcas y desvirtualices en toda la vida, pero que te hacen compañía en las noches de soledad como esta. Tienes puntos en común, un cierto amor por la literatura, el cine, el humor o la escritura y la poesía. Algunos dicen que no son reales, o que no cuentan como amigos, pero les tengo mucho cariño. Espero sacar de la virtualidad a varios de ellos el próximo siete de octubre, en la lectura conjunta de poemas con Gisela.
Entre todas estas personas, hay un nexo en común: que te aportan algo en tu vida, y tú les aportas a ellos. Es un intercambio, un toma y daca como diría mi padre, una relación para todos beneficiosa. Sin embargo, al mismo tiempo que es muy complicado para mi que una persona pase de conocido a amigo, o a formar parte del reducido círculo de mis personas vitamina (solamente hay dos ahora mismo), el camino inverso también es posible. La amistad es algo que hay que ganarse y mantener, que requiere de múltiples cuidados, detalles y afecto, que no se puede dar por hecho.
Luego están la masa de personas anónimas, con las que te juntas por la calle, en el metro, incluso en el cine o en el trabajo, siluetas variadas a quienes posiblemente nunca más volverás a ver. Quién sabe si te has cruzado con quien estaba destinada a ser el amor de tu vida, con un posible mejor amigo, o incluso, en mi caso, con un agente literario o con el dueño de una editorial que busca autores. A todos ellos, como poco, dedícales una sonrisa, una muestra de cariño, o el simple respeto que se debe a los desconocidos... Sé amable por lo tanto, cede el asiento en el autobús o en el metro, no empujes a nadie al caminar por la calle, quien sabe si ese desconocido volverá a tu vida.
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