SUCEDIÓ EN MADRID TOMA 8: EL
“RATONCITO LÓPEZ”
Toda bonita
historia de Navidad tiene un comienzo… y un final. Menos quizás esta, la del
Niño Jesús de mazapán, que se viene colocando año tras año en la residencia de
los señores de Rodríguez, en pleno corazón del Barrio de Salamanca. Mi nombre
es Luis Rodríguez Márquez, y ahora vivo con mi yerno Fernando, mi hija Pilar, y
mis dos nietos Fernando y Pilar. Sí, no somos demasiado originales en esta
familia. Pero más me vale no andarme por las ramas. Así que os contaré la
historia del ratón de la Navidad.
La primera
vez que la escuché, fue de los labios de mi abuelo Luis, que en paz descanse, y
cuyo nombre heredé. Y todavía la recuerdo, ahora que yo mismo soy abuelo de dos
criaturas tiernas y preguntonas de cinco y siete años. Hace ya mucho tiempo que
no creen en Papá Noel ni en los Reyes Magos, puesto que sus padres les contaron
“su verdad” meses antes de cumplir los seis. Cosas de la política: ellos son
votantes convencidos de Nosotras Podemos, y por lo tanto, anti-monarquía (fuera
los Reyes) y anti-explotación de las criaturas mágicas (fuera Papá Noel, por la
explotación laboral de los elfos y de los renos).
Pero yo
todavía sigo poniendo el Niño Jesús de mazapán… y todos los años, cuando
amanece el día de Reyes, tiene los pies mordisqueados, eso cuando la figura
directamente no ha desaparecido durante la noche.
Todo empezó
en los años cuarenta, del siglo pasado, en plena posguerra. Fue una época muy
dura para todo el mundo en España, tanto vencedores como vencidos, sobre todo
porque ese mismo concepto deja de tener sentido cuando es una guerra que
enfrenta a miembros del mismo pueblo, del mismo país, incluso de la misma
familia. En mi casa, no sobraba nada, las prendas de ropa eran heredadas de un
hermano a otro (menos en el caso de mi hermana Margarita, la única entre cuatro
hermanos varones, y que por lo tanto siempre estrenaba ropa, o en todo caso la
recibía de las hijas de la tía Encarna). En un pequeño piso de poco más de
cincuenta metros, vivíamos el abuelo Luis, mi madre María, mi padre Eduardo, mi
hermana Margarita, mi hermano Sebastián y yo, Luis, el benjamín, y por ello
quizás el más mimado.
A pesar de
todo, en mi casa éramos muy navideños, nos encantaban aquellas fiestas, no
tanto por su significado religioso, como por la oportunidad que representaban
de olvidarnos de la política, de la pobreza que acecha a la clase media, y
reunirnos todos, por unas horas, bajo el mismo techo. Y aquellas fiestas tenían
dos grandes símbolos: el árbol de Navidad (bueno, más bien una gran rama de
pino que nos vendían los gitanos de la Plaza Mayor, con un cepellón de arcilla
para simular las raíces), y el Belén.
Cada año, ir
a comprar el árbol se convertía en toda una aventura, sobre todo porque no
teníamos una furgoneta, y había que traerlo a casa, un cuarto piso exterior en
la calle Espíritu Santo, con el 600 que nos prestaba mi tío Andrés.
Evidentemente, un árbol de más de metro y medio era imposible que cupiera
dentro de ese cochecito, por lo que había que asegurarlo sobre el techo con un
montón de vueltas de la cuerda del tendedero (que mi madre había desmontado
aquella mañana). La elección del abeto más bonito era muy importante: había que
considerar la altura, la anchura de sus ramas más largas, si el cepellón con
las raíces estaba bien cubierto de tierra para que no se secase en menos de una
semana. Luego, venía el inevitable regateo con los gitanos, que a veces se
convertía en una rebaja de hasta el cincuenta por ciento, si íbamos a visitar
otros puestos ubicados en los distintos rincones de la Plaza Mayor. Y al final,
el traslado, casi en procesión, hasta la calle lateral donde habíamos
conseguido estacionar el bólido. Vueltas y más vueltas de cuerda, y conducir
con mucho cuidado hasta la puerta de casa. Yo solía ir siempre sentado delante
con mi padre, y también mi hermana Margarita. Ella se bajaba de los asientos
posteriores, nos abrían la puerta de la calle con gran solemnidad, y nos
acompañaban, sosteniendo yo la copa, hasta nuestro piso.
Mi madre ya
se había encargado, con la ayuda de Sebastián, de despejar el comedor, moviendo
la mesa hasta una de las esquinas, y preparando la maceta para el árbol cerca
del ventanal, pero con cuidado para que el sol no lo secase en pocos días.
Colocarlo en su sitio era también una aventura, estabilizándolo con tierra,
piedras y gravilla, y por último, regándolo con cariño. Normalmente,
aprovechábamos el día de la Inmaculada para comprarlo, y después, durante la
tarde, lo decorábamos.
Del altillo
del armario de mis padres, salían caja tras caja las bolas, todas ellas de
cristal, las guirnaldas de espumillón de distintos colores, y por supuesto, la
estrella de la punta. Más adelante, se unieron varias ristras de lucecitas de
distintos colores, pero aquella Navidad, en el año 1942, todavía era un árbol
de lo más tradicional. El mayor drama era que se nos cayese alguna bola, alguna
vez tuvimos que volver a la Plaza Mayor para comprarlas en el puesto de doña
Manolita, porque eran las que más nos gustaban; y también adquiríamos figuras
nuevas para el Belén.
Y entonces,
con la decoración del árbol terminada, era el momento favorito por todos: a
media tarde, la colocación del Belén, en la mesita de alas extensibles sobre la
que habitualmente poníamos la radio. Por supuesto, no era una de esas radios
pequeñas a pilas, como la que tengo en la mesita de noche, sino uno de esos
aparatos de medio metro de largo, por treinta centímetros de alto y casi
cuarenta de ancho, y con un peso de varios kilos, lo que nos garantizaba que la
mesa aguantaría el peso de nuestro adorno.
Era un
proceso largo y complicado. Lo primero era poner un mantel de tonos marrones,
para simular la tierra del desierto. Luego, un río de papel de plata, con su
pequeño puente de madera. Más tarde, el portal de Belén, en nuestra casa era un
establo, que había sido construido por mi padre. Al fondo, varias casas del
pueblo, dibujadas en cartón piedra. No podían faltar unos cuantos pastorcillos,
con sus ovejas. Ni el buey, la mula, de primorosa madera tallada y pintada. Y
mucho menos, la virgen María, San José, y el niño, en su cunita. Todas las
figuras estaban hechas de madera, con un gran realismo, y vestidas con pequeños
trozos de tela, y las manos y la cara pintadas de rosa. El Niño Jesús era una
obra de artesanía, cubierto solamente por un pequeño paño azul, y con sus
brazos, piernas, torso regordete y carita tan dulce, con una pequeña corona
dorada en la cabeza.
De todas
aquellas figuras, era sin duda alguna mi favorita. A medida que pasaban los
días, el cortejo de los Reyes Magos se iba acercando, centímetro a centímetro,
desde la esquina opuesta de la mesa, para alcanzar el portal en el momento
adecuado. Bueno, también me gustaba mucho el Rey Baltasar, con esa cara tan
negra, pero que nunca me asustó. El día de reyes, cuando por fin alcanzaban el
pesebre, lo celebrábamos todos con alegría, y multitud de regalos, besos y
abrazos. Aunque no cabíamos todos en el piso, venían nuestros tíos y primos, mi
padre descorchaba varias botellas de sidra (el champán siempre ha sido para los
ricos), mi madre sacaba varias bandejas de mazapanes, turrones y polvorones.
Para los niños, no podía faltar el chocolate caliente a la taza recién hecho,
ni los picatostes, calientes, pringosos y llenos de aceite. Durante unas horas,
casi veinte personas, y algún vecino, abarrotaban la casa…
Pero aquella
Navidad del año 1942, iba a producirse una pequeña tragedia… Y a dar comienzo a
una nueva tradición. Porque justamente el día de reyes, cuando los hermanos nos
levantamos para buscar nuestros regalos a los pies del árbol, enseguida vimos
que había pasado algo con el Belén… Las figuras de los Reyes Magos estaban por
el suelo. La mula se recostaba contra San José. A la Virgen María le faltaba el
manto de tela azul. Y el Niño Jesús… ¡Y el Niño Jesús! ¡Al Niño Jesús le
faltaban los pies!
Mi hermana
Margarita no pudo contenerse, y se puso a llorar. Mi hermano puso un poco de
orden en la mesa, enderezando a la mula, colocando de nuevo las ovejas y los
pastorcillos, recogiendo a los Reyes Magos del suelo. Y yo avisé a nuestros
padres, que todavía seguían durmiendo en su habitación. Mientras que Margarita
acunaba en mis manos al pobre muñeco mutilado, que para mí encarnaba la
esperanza y la misma ilusión de la Navidad. Mis padres, un poco confundidos por
tanto llanto, salieron raudos de la cama, y se encontraron con todo el pastel.
Mi abuelo Luis, con su pragmatismo habitual, empezó a buscar causas y
consecuencias.
- “Si tuviéramos gato, sin duda él sería el culpable de este
desaguisado”, nos dijo. “Pero en este caso, los sospechosos habituales son los
de siempre, estos tres pilluelos…”
- “¡Pero si nosotros no hemos sido!”, alegó raudo y veloz mi
hermano Sebastián.
- “¡Han sido los fantasmas! ¡Qué miedo!”, opinó mi hermana
Margarita.
- “Que yo no he sido, abuelo…”, dije yo.
- “Pues algo raro ha pasado entonces…”, alegó mi madre, “y
hasta que no se encuentre al culpable, esta mañana no hay regalos ni dulces.”
Entonces fue
cuando los cinco nos pusimos a llorar desconsolados. Quedarnos sin los juguetes
con los que llevábamos soñando todo el año, y cuyas formas intuíamos entre los
paquetes de brillantes colores, nos parecía el mayor de los castigos, y una
tremenda injusticia. Mi padre, siempre tan pragmático, nos hizo pasar de uno en
uno al dormitorio, y nos interrogó por separado. Su objetivo era que el
culpable confesase… pero no lo consiguió, porque el responsable era otro…
Y fue mi
abuelo Luis el que se dio cuenta, a media mañana, de que había una pequeña
madriguera de ratón en una de las esquinas del comedor. Tan pequeña, que había
pasado desapercibida hasta ese momento, cuando movimos el sofá para buscar el
turbante del rey Melchor.
- “¿Pero bueno, qué tenemos aquí? Lo mismo nuestro culpable
está más cerca de lo que pensaba…”
- “¿Un ratón? ¡En esta casa no hay ratones! En todo caso, en
la del vecino, que Mercedes es una guarra y deja las cosas en la cocina sin
recoger durante días…”, opinó mi madre.
- “Haya paz”, dijo mi padre. “Algo tendremos que hacer,
porque de todas formas, no se puede acusar a nadie sin pruebas. Ni siquiera a
un ratón”.
- “Lo que vamos a hacer”, dijo mi abuelo, “es colocarlo todo
tal y como estaba, y esta noche, esperar con una linterna, para ver si regresa
el roedor. Voy a poner una trampa, cerca del Niño Jesús, que tanto le gusta. Y
después, ya decidiremos.”
El resto de
la jornada, lo pasamos rodeados de la familia y amigos, un gran trasiego, con
regalos, cosas ricas que comer, la emoción de estrenar ropa nueva (solo
reservada a la Navidad y a los cumpleaños). Aquel año tuve derecho a unos
patines de ruedas, una cazadora de pana, y un par de calcetines. La bicicleta
se resistía a aparecer, pero con tantos hermanos, aprendimos a conformarnos con
las cosas pequeñas. Llegó la noche. Y con ella, el momento de poner en marcha
el plan de mi abuelo.
Lo primero
que hizo fue coger un plato llano de la vajilla de Duralex, y verter sobre él
una pequeña cantidad de melaza, bien pegajosa; y en el centro, puso al Niño
Jesús en su cuna. Luego, se sentó en su mecedora, y con termo de café, se
preparó para una larga noche en vela… Sin embargo, se quedó dormido.
Lo cual no
impidió que a la mañana siguiente, con las cuatro patitas y el rabo presas en
la melaza, apareciese un pequeño ratoncito blanco, de esos de laboratorio. ¡Ya
teníamos al criminal!
- “¡Un ratón, qué asco! ¡Mátalo!”, dijo mi madre, mientras
que mi abuelo lo señalaba, acusador.
- “Algo habrá que hacer con él”, opinó mi padre, “pero ya
sabes que yo soy contrario a la pena de muerte.”
- “Pero si es muy mono”, dijo mi hermana Margarita.
- “¿Y si nos lo quedamos como mascota? Prometo cuidarlo
mucho” dije yo.
Y en esas
estábamos, dilucidando el futuro, bastante negro, del ratón, cuando mi abuelo
se acercó a la pequeña fiera, que ya había dejado de tratar de escapar de la
melaza… Y le miró a los ojos.
“Fue un
momento muy especial, de comunión de almas”, me dijo meses más tarde. “Sentí
que yo era responsable de la vida de ese ratón, al haberlo cazado con mis malas
artes. Y también supe que no sería capaz de matarlo… Así que me acerqué a él,
levanté el plato, y con el mayor cuidado, lo llevé a la cocina, lo metí en la
pila, y empecé a dejar correr el agua. Se mojó bastante, pero al mismo tiempo
se quedó libre. No se atrevía a moverse, así que lo cogí entre mis manos, y lo
sequé con un trapo de limpiar los platos. Luego, rodeado por la familia, me
dirigí hasta la puerta de la casa, lo deposité sobre el felpudo del rellano, y
volví a entrar.”
Así debería
haber terminado la aventura del ratón… Pero estábamos muy equivocados. Porque a
la mañana siguiente, el Belén estaba de nuevo patas arriba, y los pies del Niño
Jesús un poquito más mordidos. Mi abuelo lo examinó con atención, y comprobó
una cosa bastante extraña: ¡la pintura sabía dulce! Igual era de esas
elaboradas con azúcar y clara de huevo. ¿Y si era eso lo que atraía al ratón?
Por eso,
aquella noche, la víspera de la recogida del montaje navideño, decidió cambiar
el Niño Jesús por una figurita de mazapán… Y al día siguiente, no quedaba ni
rastro. Resultaba que teníamos por vecino a un ratón goloso. Y nos hizo mucha
gracia, tanta que incluso le pusimos un nombre, “Ratoncito López”. Al año
siguiente, en 1943, la primera noche, el belén apareció un poco revuelto, pero
como ya teníamos a nuestro perro, Lucas, regalo de Navidad de nuestros padres
después de tanto insistir, le echamos la culpa. Durante varios días, todo
estuvo tranquilo. Pero la noche del 31, una vez más, alguien saqueó la mesa del
salón, tiró los Reyes Magos, y mordisqueó al Niño Jesús. Y mi madre encontró
una pequeña madriguera en su dormitorio. Mi abuelo, un poco en broma, cambió la
figura por un hombrecito de mazapán, y al día siguiente, no quedaba ni rastro.
Y así, durante las demás noches hasta el día 6 de enero, durante el día estaba
la figurita de cerámica, y por la noche, la de dulce. A la mañana siguiente, todos
nos juntábamos ante la mesa, para comprobar si el “Ratoncito López” se había
paseado por nuestra creación.
De esa
manera tan tonta, surgió una nueva costumbre navideña, la de poner una pequeña
ofrenda para “nuestro huésped no muy deseado” en aquellas fechas tan señaladas.
Y durante muchos años, las aventuras de nuestro ratonil compañero se
convirtieron en parte de nuestras vidas. Incluso mi hermano Teodoro escribió
una redacción para la escuela sobre “el misterio del Niño Jesús”. Durante el
año, no daba señales de vida, pero al llegar la Navidad, la figurita de mazapán
desaparecía con gran rapidez, todas y cada una de las noches.
Pasaron los
años, y el “Ratoncito López” nos seguía visitando. Cuando cumplí los 16, una
noche de Reyes en que no podía dormir, me asomé al comedor… Y resolví el
misterio. Allí estaba mi abuelo Luis, comiéndose tan feliz la figurita de
mazapán, con una pequeña copa de vino dulce, cosas ambas prohibidas por el
médico de cabecera, porque tenía el azúcar muy elevado. Él me guiñó un ojo, me
sonrió, y siguió degustando su mazapán…
Ahora bien…
¿Alguna vez el “Ratoncito López” se comió el dulce, o siempre fue obra de mi
abuelo? Supongo que es algo que nunca sabremos… Pero durante todos estos años,
y sin importar que nos hayamos cambiado de casa, que yo haya formado mi propia
familia, y que ahora viva con mis nietos… Nunca ha faltado la figurita de
mazapán dentro del pesebre el día de Reyes… ni la pequeña copa de vino dulce…
Y mis nietos
siguen hablando del “Ratoncito López”, y su afición al mazapán.


