Al final, todo es mucho más sencillo de comprender, si reduces la existencia, la vida misma, a sus más pequeños componentes. Y estos serían tres: palabras, sueños y recuerdos. Nada más.
Palabras, porque son lo que nos acompaña en todo momento, nuestra forma de expresión, que nos permite comunicarnos con los demás. Poco importa que las pronuncies, las escribas, las leas, o incluso las digas muy bajito al oído de la persona amada. Allí están. Te unen. Te separan. Te alejan. Te acercan. Las que no pronuncias nunca, también se manifiestan, y a veces, son las que más duelen. De silencios culpables y de mejores ocasiones están llenos el infierno y el purgatorio, salvo que yo creo que existen en esta propia vida, en el aquí y en el ahora.
Hay otros lenguajes, como el de los sordos, con esos gestos tan curiosos que se realizan con las manos, con los brazos, con todo el cuerpo. O el de los ciegos, esa colección de puntos, tan intrincados, y que me parecen inexplicables. Pero no dejan de ser palabras.
Y hay otras formas de hacerse entender, como las miradas, las caricias, el tacto suave de las yemas de los dedos, el roce casual piel contra piel, incluso el simple olor del perfume de la persona amada, o la intensa fragancia de su pelo, pero también los silencios dolorosos y las miradas cómplices.
Todos ellos son formas de expresarse. Incluso el silencio cuenta... ¡Son tantas las palabras que me gustaría decir, pero que me callo! Y sigo adelante, como burro con anteojeras, negándome a aceptar la evidencia de mis sentimientos y de mis anhelos... Mejor cambiemos de tema...
Luego, al margen de las palabras, la segunda cosa que nos caracteriza, que nos vuelve humanos, son los sueños. Como expresión de los deseos más ocultos muchos de ellos. O como válvula del inconsciente. Quizás también como anhelos. Es esa proyección hacia el futuro, que realizamos de manera involuntaria muchas veces. Es la respuesta a esa pregunta, "¿Dónde te ves de aquí a dentro de tres años?"
¡Si me cuesta hacer planes, más allá de unos pocos días, o meses! Es lo que tiene, el ser una criatura centrada en el presente. Vivo la vida, como si cada día pudiera ser el último, incluso he tomado medidas para cuando yo no esté, y dejar solucionados un par de aspectos que me preocupan.
¿Con qué sueño, entonces? Con un presente distinto, o con un futuro donde se den las mínimas características necesarias para alcanzar la felicidad. Pero claro, eso es algo que no depende de mí. Por lo que prefiero seguir adelante, disfrutando de cada momento, rodeándome de personas que me aportan, y a quienes también aporto, procurando ser útil, y cumplir, entre otras cosas, con esos roles que en ocasiones me resultan tan duros: el de hijo, el de hermano, el de trabajador competente, el de escritor, el de amigo, y sobre todo, el de persona vitamina, que es el que más me llena, porque ella está presente. Sí, ella es la razón de muchos de mis desvelos, y como dice la canción, "el viento entre mis alas".
Pero claro, tampoco podemos olvidarnos del último elemento que nos caracteriza, los recuerdos. Son aquellas cosas y personas que nos conforman, pero que también nos confirman en nuestro camino, en nuestro rumbo dentro de la vida. Pueden ser muchas cosas, o ninguna. Dichoso quien solamente tiene buenos recuerdos. Aunque de los malos también se aprende, son grandes maestros, los que nos dan la fuerza y la sabiduría para seguir adelante. Yo conservo muy pocos recuerdos de mi vida, cosas del olvido selectivo, cuando se vuelve necesario. Y muchos de ellos, se mezclan con fabulaciones, con entelequias, o con lo que nos gustaría haber vivido.
Por ejemplo, esos besos bajo la lluvia,. Hacer el amor en la ducha. Refugiarse entre sábanas de lino mientras dura la tormenta. Largas horas conduciendo hacia el amanecer. El primer beso con la mujer amada. El tacto de su melena sobre mi cuello. Sus dedos trazando arabescos sobre mi espalda. El llanto de un recién nacido, carne de mi carne. Que un bebé te coja el dedo como si fueras su nexo con la vida. Sentir vuestros cuerpos fundidos mientras bailáis en la pista desierta, una música que tan solo vosotros podéis escuchar. Esos labios que pronuncian tu nombre muy bajito. La satisfacción de obtener un Suma cum laude en la tesis doctoral. La mirada orgullosa de tu padre. La tranquilidad mientras buceas en el mar cristalino. El sonido de las ruedas de la bicicleta en el camino de montaña. Las cúpulas de la ciudad desierta bajo la niebla. Perderme en esos ojos marrones que me roban el alma. Acariciar su cuerpo con la mirada. Desayuno para dos en el Vips. Una tarde en el teatro o en el cine. Su forma de inclinarse en la butaca, para escuchar mejor la música. Los pasos que se alejan en la noche. Su respiración mientras duerme.
Muchas de estas cosas, las he vivido. Otras, no son más que sueños. Los recuerdos, a veces, son lo que te da la fuerza para seguir adelante. Y la vida, con sus insondables misterios, nos acompaña... Y sigo pensando, que daría cualquier cosa, por convertir esos sueños en recuerdos, o que se hicieran realidad a su lado...
