SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 9: COMO EL MISMO DIOS...
Cuenta la leyenda, que en los bosques alrededor de la Alhambra de Granada (otros dicen que en las estribaciones de la Sierra Morena), existe una gruta oscura, y en su interior, una fuente de aguas cristalinas, que concede a quien las bebe algo muy parecido a la inmortalidad. Otros afirman que consigue la curación de todos los males de la salud. Numerosos son quienes han recorrido la Sierra en estos años, armados de paciencia, de bastones para caminar, recias alpargatas o botas de montaña, y una bien provista bota de vino o de agua fresca, para combatir los calores del verano, o un pañuelo alrededor de la cabeza, y así mitigar el sofoco. Unos van solos, otros acompañados de guías locales, en su mayor parte antiguos arrieros o pastores, pero nadie parece conocer el lugar preciso. No es una leyenda muy famosa, pero incluso así, todos los años desaparecen varios intrépidos exploradores, sin dejar rastro. También se rumorea que en el fondo de aquella fuente, se encuentran escondidos los diamantes de Al-Mutamin, uno de los últimos fieles del último sultán de Granada, y quizás ese sea el motivo de tanto interés.
Pero a mí, Román De Ortega y López, por encima de las posibles riquezas, me motivaba la salud para quien las probase, que concedían las prístinas aguas. Y no precisamente para mi propio bien, sino para el de la bella Dolores Sanz Briz, mi hermosa dama, pues en ellas confiaba encontrar la solución a sus problemas de salud. Una extraña enfermedad la consumía desde hace varios meses, al poco tiempo de nacer nuestra única hija. “Melancolía” decía su madre, “un mal del estómago” según su padre, y otra cosa opinaban los doctores, entre ellos Fernando Castro Cendeño, que al mismo tiempo era amigo de la familia, y estaba muy preocupado por su evolución. El caso es que no conseguía ganar peso, y le faltaban las fuerzas y las ganas de vivir. ¡Pensar que cuando nos conocimos, en el verano de 1870, me arrolló cuando salía del Ateneo Científico y Literario de Madrid, cargada de libros!
Aquella primera tarde la pasamos recorriendo el corazón de la ciudad, y nos tomamos una limonada en el Café Comercial. Fue el primero de otros muchos paseos, buscando los pequeños parques y jardines privados de una capital que a veces nos parecía tan grande, y otras tan pequeña (sobre todo al principio, cuando nuestras citas eran más clandestinas), entre otros lugares que ella conocía a la perfección. Y durante aquellos meses, sentí cómo algo nuevo empezaba a devorarme por dentro. Perdí el interés por mis otras conquistas, por ciertas amantes y señoritas de dudosa reputación, incluso dejé de jugar en locales en los que siempre eran bien recibidos los “señoritos con parné”. Era como si algo de mí me estuviera impulsando, de nuevo, hacia el recto camino, quizás hacia la “madurez” o la “monogamia”, palabras todas ellas que me generaban una peculiar desazón… Incluso mis padres, con quienes seguía viviendo a pesar de tener un buen empleo en el bufete del señor Rodríguez Arias y una floreciente clientela privada, notaron el cambio. “Algo le pasa a este niño”, decía mi madre… Y ya por navidades, mi padre, siempre tan prudente y discreto, no dudó en preguntarme si había conocido a alguien… especial…
Pero yo guardaba silencio, y les respondía con evasivas, quizás porque ni siquiera yo mismo estaba demasiado seguro de mis sentimientos. Dolores y yo seguíamos paseando un par de veces por semana, y eran los momentos más especiales y más deseados. La acompañaba incluso a misa los domingos, en la parroquia cerca de su casa. Me bastaba con verla, con un libro entre las manos, para ser feliz. El día de Reyes de 1871, por fin me atrevía a ir a buscarla a casa de sus padres, luego nos fuimos a la mía, y conoció al resto de la familia. Como yo tenía cierta fama de libertino, hasta ese momento mi madre no estaba muy convencida de la seriedad de mis intenciones… El 14 de febrero, al terminar una función de ópera en el Teatro Real, le pregunté si aceptaba ser mi esposa. Incluso me arrodillé en plena calle, para ofrecerle el anillo, con cierto temor.
Y aceptó. Nos casamos el 15 de mayo de 1871, a las doce y media de la mañana, en una pequeña iglesia cercana a la calle Mayor, junto con nuestros padres, y un selecto grupo de amigos. Celebramos el banquete en la Casa Sobrino de Botín. Nos fuimos de viaje de bodas a San Sebastián, dos semanas en un pequeño hotel cercano a la Playa de la Concha. Regresamos de allí felizmente embarazados, y nueve meses más tarde, el 10 de enero de 1872, nació nuestra hija. El parto fue bastante duro, incluso para ser una primeriza existen categorías de complejidades, y Dolores tardó casi doce horas en dar a luz a nuestra pequeña Inmaculada, mientras que nuestras madres intentaban ayudar en todo lo posible a la comadrona y nuestros padres fumaban puros en el salón. En aquellos tiempos, un nacimiento, un parto, era algo que se celebraba mucho en familia, no como ahora.
A las diez de la noche, me permitieron entrar en la habitación a verla, y por fin pude tener entre mis brazos a nuestra Inmaculada. Empezaba una nueva fase en nuestra vida, que enfocábamos con mucha ilusión, incluyendo mi ascenso en el bufete. Pero entonces empezaron los problemas… Dolores no se recuperaba, tuvo una fuerte hemorragia a la noche siguiente, y pensé que la perdía. El doctor Castro Cendeño la estuvo tratando desde el primer momento, prescribiéndole una dieta sana, rica en carnes rojas y en verduras, muchos productos lácteos, y ejercicio moderado, sobre todo paseos por el cercano Parque del Buen Retiro, confiando en que Dolores se recuperaría en dos o tres meses.
Pero no fue así. Contratamos un ama de cría, puesto que se le retiró la leche una semana después del parto. Por suerte tenía buenos clientes y referencias en la práctica privada, a la par que la situación económica tanto de mis padres como de mis suegros, nos lo permitían. También solicitamos la opinión de otros médicos, más especializados en madres recientes. Incluso nos fuimos el verano de aquel año a un balneario de la sierra de Madrid, donde estuvimos tomando las aguas, y sometidos a una dieta sana casi un mes, aunque yo solamente podía estar con ella los fines de semana, mientras que su madre se quedaba con Inmaculada y con el ama de cría en su domicilio de la calle Hortaleza. Según avanzaba el otoño, ampliamos los criterios de nuestra búsqueda, probando nuevos alimentos, otros suplementos de botica, mas el estado general de Dolores no mejoraba, iba perdiendo fuerzas y vitalidad a diario. Hicimos un último intento, en pleno invierno, de mejorar su salud pasando dos semanas en el pequeño pueblo extremeño de Casas del Monte, famoso por sus piscinas de aguas termales y ferruginosas, pero fue en vano.
Al haber alcanzado los límites de la ciencia, tan solo nos quedaba recurrir a la tradición, al folclore, y a la magia. Probamos la quina Santa Catalina, y el Agua de Carabaña; los cocimientos de los boticarios de la Calle del Ángel, y los remedios de algunas curanderas cerca de la Cuesta de la Vega. Incluso hicimos venir a un famoso chamán africano, el profesor Yogurtu Ngué. Pero su situación no mejoraba. Una tarde del mes de febrero de 1873, nuestro viejo amigo el doctor Castro Cendeño, natural de Granada aunque llevaba casi toda su vida adulta ejerciendo en Madrid, nos comentó que “según una vieja leyenda que circula entre las gentes de Granada, existe una cueva oculta en las laderas de la Alhambra, donde hay una fuente escondida, un manantial de propiedades medicinales, que asegura recuperar la salud de los enfermos. Quizás, querido Román, deberías emprender el viaje… Porque Dolores se encuentra más allá de las medicinas de los simples mortales…”
Dejando todos mis asuntos en orden, incluyendo una copia de mi testamento en el bufete de Don Alfonso Rodríguez Arias, en el cual trabajaba, abandoné Madrid en los primeros días la primavera de 1873, siguiendo los consejos del gran viajero Richard Ford, cuyo libro se había convertido en mi mejor aliado para todos los preparativos. Ford aconsejaba, con gran seriedad, “no realizar, en modo alguno, una larga caminata a caballo sin compañía: no sería agradable para los amigos o familiares que se quedan siempre con inquietud, ni es prudente exponerse sin ayuda a los accidentes a los que están siempre sujetos caballo y jinete. Los que tengan un amigo con quien puedan ir, harán muy bien en hacerlo así.” Por ello, me decidí a solicitar a mi buen amigo Bautista González Casas, compañero de tertulias del Ateneo y de alguna que otra francachela por las casas de tolerancia en los aledaños de la calle de las Huertas, que me acompañase en esta aventura. Los dos habíamos pedido un mes de libranza en nuestros respectivos empleos, y partimos de Madrid el día cuatro de abril, a las diez de la mañana.Reservamos nuestro pasaje en una diligencia, que nos llevaría hasta la misma Granada en poco más de tres días, una hazaña casi imposible tan solo diez o quince años antes. Tuvimos la compañía de don Práxedes de Dios y de su hija Merceditas, un boticario de renombre que emprendía viaje para visitar a su hermana, que estaba casada con un médico granadino de postín y acababa de ser madre, “a la provecta edad de treinta y cinco años, y siendo una primípara añosa, precisaba de especiales cuidados”. Avanzamos unas treinta leguas diarias, todo un logro. A pesar de no ser grandes conversadores ninguno de los dos, Merceditas se pasaba el día leyendo folletines, y Don Práxedes musitando oraciones con su rosario (le aterraba salir de Madrid), no nos importaba demasiado, puesto que teníamos muchas cosas Bautista y yo que hacer para preparar nuestra expedición a conciencia, incluyendo las inevitables paradas para dar de comer a las mulas en ventas o villorrios.
Pasamos la primera noche en una posada de buena categoría, donde nos sirvieron un estofado estupendo (de carne de dudosa procedencia, pero sabrosa) y un vino pasable. El segundo día fue igual al primero, quitando que Merceditas se mareó, posiblemente por algo que había comido la víspera, y tuvimos que parar en varias ocasiones para que pudiera vomitar en la cuneta, lo cual le generó una gran vergüenza. La segunda noche descansamos en una venta al borde del camino, donde degustamos un excelente guiso de alubias con oreja y chorizo, y un vinito peleón pero agradable al paladar. Merceditas tuvo que limitarse a comer varias rebanadas de pan y queso, y una infusión de hierbas misteriosas, lo cual le mejoró bastante el estómago. Y a media tarde del tercer día, llegamos por fin a nuestro objetivo, la ciudad de Granada.
Nos alojamos en La Posada del Sol, en la placeta de la Alhóndiga, y dedicamos los dos primeros días a descansar, probando incluso las delicias de un Haman o baño turco, que acabada de abrir sus puertas a principios de marzo. Fue toda una experiencia, que repetimos varias veces durante nuestra estancia. La ciudad nos sorprendió muy gratamente, con su magia, su encanto, su embrujo, y sobre todo, la amabilidad y el desparpajo de sus gentes. La comida, fuerte y especiada en las pequeñas tabernas cercanas al río Darro. Las noches, estrelladas. Las ganas de divertirse, sobre todo aquella vez que nos internamos en las calles del Sacromonte, siguiendo a un guía gitano que nos prometió el más puro espectáculo de cante y baile de toda la ciudad, “¡arsa!”, lo que dio lugar a una de las noches más interesantes y confusas de toda mi existencia.
Solo recuerdo vino, tabaco recio, comida grasienta, cante y baile, sombras oscuras en locales poco iluminados, el olor a rancia humanidad, y finalmente, el fresco de la noche. Todavía ignoro cómo pudimos volver a nuestro alojamiento, entre nubes de manzanilla y vino dulce, el recuerdo de las palmas de los gitanos y del cuerpo cimbreante de La Bella Dorotea, una bailaora famosa en toda la provincia. Quizás porque tuvimos un buen guía, Bartolomé De Dios, quien nos esperaba tranquilamente a las nueve de la mañana en la puerta de nuestro alojamiento, degustando un cuartillo de vino, y a quien al parecer habíamos contratado en algún momento de la noche para que nos acompañase, por fin y una vez cumplida una semana desde que salimos de Madrid, en la búsqueda de la cueva de Al-Mutamin.
- “¿Así que los señores buscan los tesoros de Al-Mutamin?”
- “En efecto. ¿Conoce usted la leyenda?”
- “¡Quillo, cómo no voy a conocerla! Como todo buen granaíno, puesto que son ustedes los primeros en buscarla, por distintos motivos. Unos por las aguas que dan la salud y la eternidad, y otros por el tesoro en diamantes de Al-Mutamin, casi todos los años por estas fechas se organizan expediciones por los alrededores de la Alhambra… Pero hasta el momento, ninguna de ellas ha tenido éxito.”
- “Pues espero, querido amigo, que nosotros sí lo conseguiremos… puesto que está en juego la salud de mi esposa”, le respondí, “y eso para mí es mucho más valioso que el incontable tesoro del musulmán”.
- “¡Arsa, ese es el espíritu necesario para triunfar en esta aventura! Y ahora, si no les importa, vayamos al comercio de mi compadre Berrocal, para conseguir un calzado más adecuado, unos pantalones recios, que con esos que llevan de ciudad no conseguirán estar protegidos de las ramas y raíces, y un par de buenas varas de caminar donde el Manolo. Sin olvidar luego escuchar misa y confesar en la Iglesia de Santa María, para tener suerte en la búsqueda.”
Y con estas palabras, por fin nos pusimos en marcha, el día 11 de abril de 1873, varios años después de que fuera declarada Monumento Nacional, algo a todas luces necesario. Cierto es que la tarde anterior habíamos subido a la explanada junto a la iglesia de San Nicolás para tener una primera visión del monumento en su conjunto, y con las últimas luces, los muros relumbraban, con esos tonos rojizos y dorados imposibles de describir, las paredes que caían a pico, las siluetas de las torres en la lontananza… Pero de sobra sabíamos que esa era la estampa más típica, aquella que buscaban los turistas. Nosotros aspirábamos a descubrir sus secretos, con la ayuda de nuestro fiel guía.
Tardamos poco más de dos horas en conseguir los aditamentos para nuestra búsqueda, incluyendo misa y confesión, una visita a un comercio donde comprar pan, recio queso y embutido, además de un par de botas de vino, y a las doce y media ya estábamos avanzando, casi en procesión junto a otros muchos viajeros, por la Acera de los Tristes, rumbo a la misteriosa y enigmática Alhambra.
Mientras preparábamos nuestro viaje, habíamos tenido la ocasión de leer numerosas obras sobre la situación del complejo monumental, en parte para buscar huellas y pistas que nos permitieran localizar la misteriosa cueva. “La euforia destructiva desencadenada por la desamortización eclesiástica en la década de 1840 afectó de manera muy intensa al patrimonio monumental granadino, e indirectamente sobre el legado hispanomusulmán”, decía nuestro buen amigo Richard Ford en su libro “Manual para viajeros por España”, y en aquellos primeros días de nuestra expedición pudimos comprobar hasta qué punto era verdad. No dejaba de ser curioso que, coincidiendo con el nacimiento de la conciencia patrimonialista y su institucionalización, fue en aquellos años cuando “desaparecieron numerosas reliquias de un pasado que estaba siendo recuperado, valorado y admirado, no solamente por los propios españoles, sino por numerosos extranjeros.”Pero este expolio no era algo nuevo, ya en el año 1831 el marino e historiador militar Alexander Slidell Mackenzie publicó “A year in Spain by a Young american”, que hablaba del triste expolio de la Alhambra: “Antes de que pasen muchos años, el turista buscará en vano cualquier vestigio de esta singular antigüedad, que salvada de la barbarie de los pasados siglos, ha caído víctima de la insaciable codicia de nuestro tiempo.” El propio Washington Irving mostraba su asombro por la resistencia de la fortaleza, “no tanto a la incuria del tiempo y los asaltos de la guerra, sino específicamente a los pacíficos y no menos dañosos saqueos del entusiasta viajero.”
Por todo ello, fue con el corazón en un puño como nos adentramos en las espesuras que rodeaban el monumento nazarí… Las torres y restos de fortalezas. Los patios y fuentes. La piedra, el mosaico, el ladrillo, la madera. El famoso Patio de los Leones. Los artesonados. Las yeserías. Los azulejos. La magia de todo aquel monumento que desde hace poco tiempo estaba siendo restaurado, con distinta fortuna, se apoderaron de nosotros durante aquella primera tarde. Como todo turista que se precie, recorrimos las estancias con la boca abierta, maravillados hasta lo inaudito; nos asomamos a las murallas y adarves; subimos a las torres y contemplamos la ciudad en la lejanía, en el otro extremo del valle.
Durante diez días, con la fiel presencia de nuestro guía, recorrimos el monumento en profundidad, buscando aquella fuente mágica, entrando en recónditas estancias, algunas de ellas todavía en obras, en oscuros túneles y sótanos, al mismo tiempo que disfrutábamos de cada pequeño descubrimiento. Bartolomé nos contó que sus padres y abuelos, de etnia gitana, estuvieron viviendo muchos años en la Torre de los Arrayanes cuando se marcharon las tropas francesas, y por ello conocían tan bien los misteriosos lugares de la Alhambra… Pero también es cierto que nunca habían encontrado ni la misteriosa fuente, ni los diamantes del califa. “Aunque el monte es muy amplio, y el bosque guarda sin duda misterios”, nos dijo, para animarnos…
Y por ello, el día 21 de abril de 1873, decidimos dar por terminada la primera parte de nuestra expedición, en el monumento propiamente dicho, y comenzar a explorar la sierra colindante. Que no en vano la Alhambra está perimetrada por una muralla de más de dos kilómetros, con treinta y una torres, rodeadas de espesas zonas de arbolado… y en cualquier lugar podía hallarse nuestra misteriosa fuente de aguas milagrosas. Fue en la base de la Torre de las Infantas donde creímos encontrarla: una pequeña cueva, que llevaba hacia el interior de la muralla… pero en su interior no había ni fuentes ni pozas. Durante varios días estuvimos recorriendo la fronda sin rumbo fijo, basándonos en un impreciso mapa que había sido elaborado para el restaurador del monumento, Rafael Contreras, en 1847, y que seguía estando vigente. Creo que no nos dejamos ni una sola oquedad por explorar, ni tampoco una sola fuente o riachuelo por apuntar en nuestra libreta de viajero.
Muchas veces, estuve a punto de darme por vencido, de admitir la irracionalidad de nuestra búsqueda, incluso de nuestra misma esperanza, cuando volvíamos a nuestra posada por la noche, agotados, y con los recios pantalones tiesos de barro y nuestros rostros acartonados por aquella inusual ola de frío que azotaba la ciudad desde hace una semana. Los bosques de la Alhambra ocupaban una extensión mucho mayor que ahora, y en su mayor parte eran una jungla agreste y salvaje, que bien poco tiene que ver con el amable bosque de San Esteban, con sus especies protegidas, sus senderos bien trazados, y sus bancos para que reposen los caminantes y se detengan a disfrutar con el gorjeo de los pájaros. Recorrerlos era toda una aventura, y a ella le dedicábamos cada hora de luz, incluso ayudándonos con lámparas de queroseno en las últimas búsquedas de la jornada. Regresábamos a la ciudad, agotados, cenábamos en una fonda, y algunas tardes las pasamos en el famoso “Café Suizo”. Incluso volvimos a adentrarnos por las calles del Albaicín y del Sacromonte un par de noches, para ver si recuperábamos la alegría que tanta y tan infructuosa búsqueda dejaba en nuestra alma.
Pero cada mañana, al comulgar en la iglesia casi desierta, era como si estuviera renovando los votos con mi esposa, Dolores, y en ella, en su imagen, en su recuerdo, encontraba la fuerza para aguantar un día más, tan solo uno. Todas las noches, después de lavarnos lo mejor posible en nuestra habitación, le escribía unas líneas, y al día siguiente se las mandaba, para tenerla al tanto de nuestras investigaciones, pero sus respuestas demoraban varias jornadas en llegar hasta nosotros. Las visitas al Haman nos permitían incluso sentirnos vagamente humanos, es una experiencia que recuerdo con cariño. Y volvíamos a la rutina.
Pero entonces, el día 2 de mayo, sucedió. Por accidente. Estaba apoyado en una roca de gran tamaño, para atarme los cordones de las botas, y esta se desplazó lateralmente, revelando una oquedad, una pequeña caverna, en la que se oía el cristalino murmullo de una fuente. Entonces lo supe, que mi búsqueda había terminado. ¡Aquellas eran las aguas que sanarían a mi esposa! Con un temor casi reverencial, me introduje en la oquedad, bebí un generoso trago de agua, y recogí una generosa cantidad en una botella que llevaba en el zurrón. También encontré en una pequeña arqueta el famoso tesoro, trece diamantes purísimos del tamaño del huevo de una codorniz, lo cual me devolvió la esperanza en que aquél fuera precisamente el manantial que podía sanarla. Y una inscripción medio borrada, en la que se confirmaba que aquella era la fuente de aguas milagrosas. Pletórico de energía, al mismo tiempo que bebía hasta saciarme y notaba que el agua se diluía en mi organismo, metí los diamantes en una bolsa de tafetán y la escondí en mi mochila. Salí de la caverna, enseñando la botella a mis acompañantes con una expresión triunfal, y luego volvimos a tapar de nuevo la abertura, y regresamos a la ciudad. Cenamos los tres juntos, como de costumbre, puesto que Bartolomé se había convertido durante todos aquellos días en uno más del grupo, lo celebramos con unas cuantas botellas de vino por locales de mala fama del Sacromonte, y al día siguiente, emprendimos el regreso a Madrid.
Yo estaba tan feliz, de volver con el agua milagrosa, que soborné al cochero para que no parásemos a almorzar en ninguna posada durante todo el viaje, y comíamos de unas cestas que nos preparaba el ventero donde habíamos pernoctado. Porque intuía que el tiempo se estaba terminando para la bella Dolores…
Y así fue. El día 6 de mayo de 1873, regresé a mi casa, acompañado por el fiel Bautista. Subimos los dos tramos de escalera hasta el piso principal. Había un crespón negro en la puerta de entrada. Loco de dolor, empecé a aporrearla, con desesperación, como si mi alma se hubiera roto en dos. Mi madre y mi suegra abrieron, intentaron retenerme, pero yo tenía que verla. “Ha fallecido cristianamente, habiendo recibido los santos sacramentos, ayer por la tarde. Sus últimas palabras fueron para ti. No ha sufrido.” Eso me dijeron. Pero yo necesitaba verla, abrazarla. Estaba de cuerpo presente, con un vestido negro, y cuatro velones encendidos. Varias coronas de flores esparcían su empalagoso aroma por toda la estancia, disimulando quizás el hedor de la carne que se estaba empezando a corromper en su interior. Con la mayor dulzura de la que fui capaz, le abrí la boca, y le hice beber aquella agua casi milagrosa que había ido tan lejos a buscar. No sé, quizás esperaba que ella volviera a mi lado, que resucitase, que abriese los ojos, y me mirase, con esos estanques de color azul, en los que me gustaba tanto verme reflejado.
Evidentemente, no sucedió nada, no volvió a la vida. A la mañana siguiente, el padre Pascual pronunció un responso en la puerta del panteón familiar, en el cementerio de San Isidro. El ama de cría tenía entre sus brazos a la pequeña Inmaculada, quise que al menos de esa manera conservase el recuerdo de su madre. Era el 7 de mayo de 1873. Yo tenía 34 años de edad, y nuestro matrimonio, nuestra historia de amor, había durado menos de cuatro años.
Pero aquél no fue el final de nuestra historia… Porque pasaban los años, la pequeña Inmaculada se hacía mayor. Mis padres, mis suegros, mis amigos cambiaban, y en algunos casos, morían. Y yo no envejecía. Tenía siempre el mismo aspecto. Y gozaba de una excelente salud. Consulté con varios médicos, incluyendo al venerable doctor Castro Cendeño, quien me sometió a un reconocimiento exhaustivo en la última década del siglo XIX. “Está usted perfectamente sano, mucho más en todo caso de lo que corresponde con su edad, querido amigo. Limítese por lo tanto a disfrutar de este tiempo extra.”
Ya desde el año 1880, y para no destacar en exceso, aprendí a maquillarme, para aparentar un poco más de edad, prometiéndome a mí mismo que lo seguiría haciendo mientras mi hija siguiera con vida, para poder estar siempre a su lado, simulando los estrados de la senectud. Y la bella Inmaculada se hizo mayor, se casó con un buen hombre, tuvo a su primer hijo, luego a su primera hija, y todos ellos se hicieron mayores. Menos yo. Ella falleció por culpa de la gripe en el año 1915, a los 43 años de edad, sin llegar a conocer a su primer nieto.
Al final, me fui alejando de los restos de mi familia, de mis amigos fieles, anuncié que me iba a pasar mis últimos años de vida a un balneario de la Rioja, abandoné Madrid. Y desde entonces, gracias a las herencias de mis padres y de mis suegros, que había invertido sabiamente en bolsa el siglo pasado, y a la venta de varios de los diamantes de Al-Mutamin en algunos de los establecimientos más selectos de Madrid y de Amberes, llevo un tren de vida modesto. Trabajo como asesor de numerosos banqueros y políticos, internet ha facilitado mucho las cosas. Vivo errante de todas formas. Unos años en una ciudad, luego emprendo de nuevo el camino, hacia otros horizontes.
Me he vuelto a casar en varias ocasiones, he enterrado a dos esposas, a tres hijos, a seis nietos. He superado dos guerras mundiales, dos pandemias. Tengo una salud de hierro. He recorrido de nuevo los bosques de la Alhambra, buscando aquella fuente que no me cabe la menor duda, ha sido la causa de mi inaudita longevidad, puesto que nací en el año 1839, y tengo el aspecto y la robustez de un hombre en los primeros años de la treintena. Las aguas milagrosas ejercieron toda su magia, y me volvieron casi inmortal. Pero al mismo tiempo me condenaron a la maldición de ver morir a todos mis seres queridos (bueno, pero también a muchos de mis enemigos); y al no conseguir encontrarla de nuevo, la fuente de Al-Mutamin me ha impedido otorgarle el don a ninguna de mis esposas, amantes ni amigos. Y sigo recorriendo el mundo, con 181 años de edad, condenado a mudarme cada pocos años, para no llamar la atención. A ocultarme, a perderme entre la multitud, a no ser más que un espíritu de otros tiempos, una criatura que desafía al mismísimo Dios por su supervivencia, y que quizás, sea ella misma Dios.



