SUCEDIÓ
EN MADRID,
TOMA 1: PASCUAL
Un lunes cualquiera en Madrid…Todavía no ha amanecido y Pascual ya está desmontando el chiringuito. Duerme entre mantas y cartones, con todas sus pertenencias metidas de cualquier manera en un carro de la compra, en un extraño hueco de la fachada de un CaixaBank. Hoy ha tenido suerte, ninguno de los niñatos borrachos que pululan por las calles le ha visto, tampoco le han orinado en los cartones que forman la muralla o, lo que es mucho peor, le han intentado prender fuego. Lo deja todo bien recogido, y ata el carro, los cartones y las mantas con un par de cadenas para bici a la barandilla de la calle. Luego, barre la entrada y la acera de la sucursal y, en el lateral izquierdo de la puerta, se instala.
Los empleados le van saludando al pasar, lleva tantos años allí que es casi uno de ellos. Alguno le trae un bollo de vez en cuando, incluso le sacan a la calle un trozo de tarta de cumpleaños, botellas de agua. A primera hora, Petra, la mujer de la limpieza, le deja pasar al baño del director para que se asee y se pueda afeitar. Tiene hasta su propia ducha, pero procura no abusar. Luego ella lo limpia todo a fondo, y “¡voilá!” Pero lo que más ilusión le hace es cuando le regalan un libro que ya han leído, como hace Matilde, la recepcionista, aunque a él no termina de gustarle la novela romántica. Las revistas de cotilleos nunca le han gustado demasiado.
Unos
cartones para quitar el frío de la acera, un grueso cojín de goma espuma, una pequeña
manta por si acaso, una caja grande de cartón revestida de plástico gris para
meter debajo las piernas dobladas si tiene mucho frío (le han dicho que se le
pone cara de escriba egipcio en esa postura) sobre la que deposita una caja de
lata, que en algún momento contuvo polvorones y que ahora hace resonar las
escasas monedas. Y, por encima de todo, su libro. Siempre lleva uno o dos
encima, de tapa blanda y muy usados. Se pasa el día leyendo arrodillado o
sentado de manera precaria, nunca pide nada a la gente. Si tiene lo suficiente,
se irá a comer un medio menú a “La escalera del 39”, y si no, pues una barra de
pan de 60 céntimos, rellena de embutido del primer puesto del Mercado de Diego
de León, donde siempre le ponen unos gramos de más de mortadela o de chorizo de
Pamplona. Allí se quedará después toda la tarde, en silencio, eso es lo que más
añora: el contacto con algún otro ser humano, aunque sea visual, porque la
mayor parte pasan por delante sin mirarle. ¡Y eso que está instalado a
centímetros del cajero automático! Él se entretiene leyendo, de vez en cuando
alza la cabeza y murmura un “gracias” al escuchar el repiqueteo de las monedas,
y vuelve a meterse en mundos de fantasía. Lo bien que se lo pasó con la saga de
Harry Potter, que le regaló Irene, una de las cajeras, hace dos navidades… Se
los compró de segunda mano al enterarse de que nunca los había leído…
Sobre las
ocho de la tarde, dejándolo todo recogido en el hueco de la fachada, se dirige
al parque infantil de la calle Príncipe de Vergara y rellena un par de botellas
de refresco de dos litros en la fuente, y regresa. Procura no beber demasiado,
no le gustan los mendigos, sus colegas, que orinan en la calle. Él prefiere entrar
en un bar donde ya le conocen a tomarse un café y de paso utilizar los
servicios. A las nueve y media como muy tarde ya está durmiendo, escondido
detrás de su muralla de cartón, silencio e indiferencia. Y así va pasando su
semana laboral, el empleado ejemplar que más tiempo pasa en la oficina
bancaria.
Pero Pascual
no es un indigente como los demás, cobra una mínima pensión no contributiva
(tuvo problemas con el alcohol y sobre todo las drogas en los dorados años
ochenta, los de la movida), que no le da para pagarse una habitación todas las
noches. Trabajó por temporadas en distintos talleres mecánicos, pero todo se le
iba en coñac y pastillas. ¡Vio morir a tanta gente por la puta heroína! Ha
hecho de todo, temporero en Andalucía para la campaña de la fresa, trabajar en
los invernaderos de Extremadura, “vigilante” para una banda de gitanos que se
dedicaban a robar cobre de las instalaciones ferroviarias, repartidor de la
frutería del mercado, buzoneador, pero por un motivo u otro, ha ido terminando
en fracaso.
Ahora, todo
le da más o menos igual. Ya es demasiado mayor. O se siente demasiado mayor
para un trabajo formal. Antes compraba prensa especializada, y se presentaba a
entrevistas de trabajo. Pero era inútil, en cuanto decía que no tenía un domicilio
fijo ni número de móvil, o si no estaba lo bastante aseado, le echaban del
local. Aunque fuera un trabajo de mierda, nadie quiere a un indigente como
representante de tu empresa, aunque sea para repartir folletos de prestamistas
o llevar el cartel de “Compro oro” en la Puerta del sol.
Así que procura
estar lo más limpio posible y tenerlo todo ordenado, ya que hace un par de
semanas Don Teodoro, el director de la sucursal, le llamó la atención por un
papel de aluminio de su bocata que se veía en la acera, “la imagen es muy
importante para nosotros, Pascual”, le dijo. Y sabe que su puesto está muy
cotizado entre los mendigos de la calle Diego de León, y que Vladimir, un
rumano, lo quiere para que en él “trabaje” su mujer: piensa que en la puerta de
la sucursal sacará más dinero que junto a la entrada de la iglesia, sobre todo
si saca al niño. Él la vigila todo el día, cómodamente tumbado en un banco que
ha recubierto con cartones, y si le entra el frío, se lleva la recaudación y se
toma un café o un carajillo en cualquier bar.
Los viernes
la cosa cambia, porque se convierte en cliente de la misma sucursal que vigila
el resto de la semana. Se acerca al cajero junto al que se arrodilla habitualmente,
saca los veinte o treinta euros que ha reservado para el fin de semana, y se va
a un refugio, que depende de una ONG, en el cual le dejan entrar con Atila, su
perro mestizo. Por eso no puede acogerse con facilidad a la red de albergues
municipales, pero a cambio de eso veinte euros puede pasar todo el fin de
semana a cubierto. Reinaldo, un colega portugués que suele dormir sobre un
banco en una parada de autobuses junto al Hospital de la Princesa, se hará
cargo de que nadie ocupe su hueco, y a cambio le deja el saco de dormir y un
par de mantas. Lo único tiene que estar pronto en las puertas del refugio,
porque se llena con bastante facilidad, y no es raro verlos a Atila y a él
sentados con otros cinco o seis mendigos en la acera horas antes de que abran.
Alguna vez le ha pasado quedarse sin plaza, y tener que pasar también el fin de
semana al raso.
Allí, por fin entre cuatro paredes y con todas las comodidades, duerme la noche del viernes, sábado y domingo. También aprovecha para lavar la ropa, darse una buena ducha y cenar caliente. Los voluntarios que allí trabajan no son plenamente conscientes de hasta qué punto una palabra amable o una brizna de conversación es de agradecer cuando el silencio es tu permanente compañero. Luego les mandan a dormir. No les dejan pernoctar más de tres días seguidos, pero para él, acostumbrado a dormir en la calle, incluso una habitación llena de literas, con unas taquillas donde pueden dejar sus cosas y baño compartido, le parece un lujo. Una buena ducha al despertar, el desayuno, y luego les mandan a la calle con un par de bocatas y una lata de refresco para comer.
Él se dirige al
Retiro, se sienta en un banco, y se pone a leer. Es entonces cuando se se siente plenamente libre, confundido con la masa de paseantes, mirando a los corredores, paseando con Atila, observando la vida desde otra perspectiva. ¿Que tiene sed? Se va al bazar oriental de una calle aledaña y se compra un Nestea bien fresquito, y se vuelve a su banco, iluminado por el sol. A veces, Atila se vuelve loco y se pone a perseguir a las ardillas o a los gatos callejeros que llenan el parque, pero basta un silbido para que regrese. Cuando vuelve al albergue, se
da otra buena ducha, se pone el chándal que usa de pijama, y cena con sus demás
compañeros. El domingo por la noche, Atila y él pasan sus últimas horas a
cubierto, y el lunes, vuelta a empezar, el ciclo de la vida del indigente…


