SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 4: LA
PUTA, LA OTRA Y EL SUGAR DADDY
LA PUTA. Me llamo Denise, tengo 19 años y soy puta desde
hace cuatro. Sí, desde los 15 años, y uno de mis primeros clientes fue el mejor
amigo de mi padre. Ya desde los 12 notaba sus miradas lascivas, sobre todo en
verano, cuando venían él y su mujer a casa para las malditas barbacoas de mi
padre. Una lo sabe, aunque sea joven, distinguir lo que se oculta detrás de las
gafas de sol. Además, le gustaba hacerme pequeños regalos, que si unos
pendientes, unas gafas de sol, un osito de peluche inglés de su último viaje.
Me gustaba también provocarle, salir de la piscina por donde no había escalera
para que viera mis senos cuando me apoyaba en el borde y hablaba con él, o
menear las caderas de esa manera tan especial que tienen las compañeras mulatas
de mi instituto. Además, cuando estaban jugando a las cartas después de comer,
disfrutaba poniéndome detrás de él, apoyándome en su espalda para que notase la
turgencia de mis pechos.
A los 16
años, pasó lo que tenía que pasar. Era nochevieja, Esteban y su mujer se
quedaban a dormir en casa, creo que había bebido demasiado. A eso de las cuatro
de la madrugada, noté como se abría la puerta de mi dormitorio, y que unas
manos ansiosas retiraban la manta y las sábanas, al mismo tiempo que se
encendía la luz de la mesilla. Era Esteban, sus ojos estaban vidriosos por el
deseo, enseguida me tapó la mano con la boca y me dijo: “¿Sabes lo que quiero, Denise?”
Le respondí que sí. “¿Y vas a ser una niña buena, y me lo vas a dar?” Hice un
ademán afirmativo con la cabeza, y me fui abriendo los botones del pijama de
franela, para dejar al descubierto mis pechos. Luego, él me ayudó a quitarme
los pantalones y las bragas de Hello Kitty, y empezó a manosearme y a besarme
por todo el cuerpo. En poco más de diez minutos tenía una erección descomunal,
se puso un preservativo, al menos tuvo el detalle de venir preparado, y me
folló. No me dolió nada, incluso resultó bastante placentero, aunque terminó
demasiado pronto para que yo disfrutase. Se volvió a poner el pijama
trabajosamente debido a su gran panza, y antes de marcharse dejó sobre la
mesita de noche, un billete de cien euros, “por las molestias”.
Desde
entonces, cada domingo, incluso estando con la regla (tampón y sexo anal),
Esteban y yo follamos bien a la hora del café, bien a lo largo de la tarde,
aunque por supuesto le he subido las tarifas, como poco soy una putilla de
doscientos euros. Pero una tarde, nos pillaron. Mi padre, enfurecido, echó a
Esteban de mi dormitorio sin darle tiempo apenas de ponerse los pantalones, y
yo me llevé la paliza del siglo. Fue en ese momento cuando decidí dedicarme a
la prostitución e irme de casa lo antes posible. Me hice unas fotos con el
móvil, y siguiendo el modelo de los cartelitos que veía con frecuencia en los
coches de la urbanización, pero siempre ocultando la cara, preparé unas
octavillas que distribuí cuidadosamente. También localicé un hotel que alquilaba
habitaciones por horas en pleno centro de la zona más pija de Madrid, junto al Santiago Bernabéu, y me
compré un móvil con tarjeta. Ya solamente quedaba sentarme y esperar.
La primera llamada no tardó mucho. Llegamos a un acuerdo sobre el precio, doscientos euros (que estaba empezando, y tenía que formar una buena cartera de clientes), y empecé a trabajar. La primera cita fue perfecta, el chico, aunque se estaba quedando calvo era de lo más mono, y quitando el detalle de cobrarle después del polvo, podría haber sido incluso algo romántico. Pasaron los meses. Más de una vez me acosté con los padres de mis amigas del instituto, al que seguía asistiendo religiosamente porque todavía no era mayor de edad y tenía que pensar en el futuro. Tampoco me apetecía quedarme de puta hasta los cuarenta, dejando que cientos de tíos me follasen para conseguir un patrimonio, o un viejo que me mantuviera como una reina a cambio de un sexo patético...
¡Cómo disfrutaba con sus caras de sorpresa y de culpabilidad! Pero claro, al verme aparecer semi desnuda en el umbral de la habitación del hotel, ninguno se resistía a follarme. Siempre trabajaba por las tardes. Y una de las primeras cosas que hice fue ir al banco con mi madre y abrir una cuenta bancaria para ahorrar. Los fines de semana eran sagrados, para hacer lo que otras chicas de mi edad: quedar con las amigas del instituto, ir al cine, a cenar, copas, y si se terciaba, algo de sexo sin cobrar en los reservados de alguna discoteca. Pura diversión.
A los dieciocho años me fui de casa, ante la gran sorpresa de mis padres. Tenía dinero más que de sobra para alquilar un estudio en el centro de la ciudad, bien lejos de la urbanización, y una cartera de clientes lo bastante estable para tirar los primeros meses a pesar del cambio de dirección. Una de las primeras cosas que compré fue un espray anti violador, y la segunda unos grilletes forrados de peluche rosa pero letal acero frío, por si surgía algún problema. Algunos días tenía tantas citas que me sobraba para pagar el alquiler de todo el mes: a trescientos euros el polvo, con diez tíos me sobraba. Pero era algo que procuraba evitar, me dejaba agotada física y espiritualmente, y tardaba un par de días en reponerme. Luego, otras veces, me pasaba la semana en casa sin una sola llamada, así que tenía que ponerme en contacto con alguno de los clientes fijos. Aprovechaba el tiempo libre para leer, escuchar música, y estudiar en línea. En la temporada de exámenes, cerraba el negocio. Y siempre procuraba cogerme quince días de vacaciones en verano y otros quince en invierno, sin contar alguna escapada de fin de semana con el ligue de turno. No, hace tiempo que había renunciado a tener novio, pero con algunos clientes especiales hacía alguna excepción, como cuatro días en la Riviera francesa, o viajar a París. Siempre cobrando, claro.
Como no
quedaba demasiado elegante el dejar tarjetitas en los coches, y eso que las
fotos no eran malas y en todas me aseguraba de que no se me viera la cara y no
me pudieran reconocer por la calle personas que no fueran mis clientes, decidí
invertir en mí misma, promocionarme. Y lo más adecuado era una agencia de
contactos no profesionales. A cambio de una comisión, se encargaban de que
tuvieras presencia en su web y orientaban a posibles clientes hacia tu perfil. También
se hicieron cargo de ponerme en contacto con una fotógrafa especializada en
imágenes eróticas. Jamás he salido más guapa, incluso en un par de imágenes le
pedí que me sacara entera, las tengo puestas en gran tamaño en el salón. Nunca
supe demasiado bien cómo funcionaba, pero el caso es que lo hacía. Había días
de hasta diez clientes, eso me dejaba agotada, pero con el alquiler pagado. El
resto iba a la cuenta de ahorro y a mis otros vicios, como viajar. Tenía mis
normas: no trabajaba el fin de semana, y nunca dejaba que se
quedasen a dormir en casa. Es más, tenía dos dormitorios, uno para trabajar
(cama grande, de baldaquino, juguetes sexuales, algo para sado, sábanas de raso
o de seda…), y luego otra habitación, mucho más pequeña, con una cama de
noventa, cubierta de peluches, con mis posters de adolescente, mis cosas, era
mi refugio, y siempre lo cerraba con llave cuando tenía que trabajar.
¡Señoritas, ya está bien del “Síndrome de Pretty Woman”! Julia Roberts no es más que una puta callejera con suerte, y Richard Gere un putero manipulador. No me puedo quejar de los clientes que me manda la agencia, la mayor parte de ellos me tratan con cariño, son maridos infieles, padres que abandonan a la familia, ejecutivos celebrando un buen negocio, personas solitarias en la ciudad. Nunca se quedan en mi casa más de dos horas, se toman una copa y se relajan. Tengo una ducha de esas tan cómodas, con chorritos por todas partes, y agradezco que se duchen antes de estar conmigo, no me importa acompañarles. También una tele de cuarenta y siete pulgadas (alguno me ha pagado por ver el fútbol conmigo acurrucada desnuda entre sus brazos), una chaise longue de lo más cómoda y un par de sillones de orejas, todo de la mejor calidad. Además de una mesa para dos, y sus correspondientes sillas estilo bistró parisino, una cocina americana funcional y un mueble bar bien previsto. También sé cocinar, pero no suelen pasar de los canapés. Pero tengo mis normas: ni pastillas, y ni drogas, ni permito que las consuman en mi presencia, y las bebidas con moderación, una copa de recepción, y otra de despedida.
A veces tengo suerte, y
me vienen a ver hombres realmente atractivos de esos que los ves y piensas “me
lo follaría diez veces y encima gratis”. De vez en cuando vuelven, tengo uno
fijo, quedamos todos los meses. Es el único que duerme en casa, pagando un
plus, y en un par de ocasiones me ha llevado a cenar, cosa que tampoco suelo
hacer. Pero también tengo que aguantar a viejos asquerosos, que podrían ser mis
abuelos, otros de la edad y complexión de mi padre. El límite de trescientos
euros (quinientos la noche entera) me permite quitarme de encima a los
pobretones; y al hablar primero por WhatsApp puedo hacerme una idea de como
son. Me he llevado un par de sustos con tíos que deseaban hacer cosas más
violentas y oscuras, pero pude deshacerme de ellos con el espray, y tampoco
tengo miedo a llamar a la policía. De
hecho, tengo una comisaría a pocos cientos de metros, y unos cuantos clientes
fijos… Pero vamos, que no es una vida de sueño, y tampoco me importará dejarla
si con los estudios terminados encuentro un trabajo estable. Me quedaría con
los clientes más fieles, y, sobre todo, los más cariñosos y atractivos, sería
los únicos a quienes daría el nuevo número de teléfono y la dirección. Y no te engañes, nunca haces el amor, ni siquiera con los clientes que mejor te tratan o que más te gustan: las putas solo follan, son mercancía de usar y tirar.
También
estaba la posibilidad de ir a ciertas discotecas cercanas al Bernabéu, donde
acudían, además de las típicas divorciadas y mujeres en la cuarentena buscando
un “latin lover”, justo el tipo de personas que me interesaban a mí;
empresarios con bastante poder adquisitivo para ocuparse de mí, de mis
numerosos gastos (estar perfecta a los veinte años ya no es tan fácil como a
los dieciséis) y mantenerme como a una reina. Mi preferida era “Alfredo´s”. Fue
entonces cuando conocí a Ataúlfo, un empresario del transporte (tenía una flota
de camiones). El flechazo por su parte fue instantáneo, no tardó ni diez
minutos en invitarme a una copa. Empezamos a hablar, de su trabajo, empresa e
ingresos, y yo del curso de derecho internacional que estaba realizando en
línea para tener un futuro (porque en la prostitución, pocas duran más de los
cuarenta años, y eso rebajando mucho los precios por polvo). Me llevó a uno de
los reservados, y poco le faltó para follarme allí mismo. Menos mal que mi
estudio estaba a menos de diez minutos en taxi. No me dio tiempo ni a quitarme
el minivestido: me lo subió por encima de la cintura, me rompió las bragas y me
folló contra la puerta de entrada. Debo reconocer que me gustó, ese puntito de
violencia, y que le agradecí que me dejase ponerle un preservativo.
Él vivía en
Toledo, pero por motivos de negocios, o al menos eso le decía a su mujer, tenía
que quedarse en Madrid un par de noches por semana. Así fue como se convirtió
en mi Sugar dado.
EL SUGAR
DADDY. Mi nombre es Ataúlfo Contreras, y estoy completamente encoñado con una
puta que podría ser mi hija. Se llama Denise, tiene veinte años, y es una
máquina del sexo. A base de sucesivas visitas, está consiguiendo que aprenda
nuevas posturas, que encuentre otras formas de darle placer (con casi sesenta
años, a veces ni se me empina con la pastilla de viagra), y creo haber
recorrido con la lengua hasta el más mínimo recoveco de su cuerpo. Me gusta
follármela por detrás, a lo perrito, mientras veo nuestras imágenes en plena
faena en la gran pared de espejo que se encuentra en el lateral derecho de la
cama. Siempre lo hacemos con la luz encendida, es una de sus manías. Y siempre
me sorprende. Unas veces me abre la puerta desnuda, otras con uno de esos
carísimos conjuntos de lencería que le compro en tiendas especializadas, de vez
en cuando incluso se viste de gala, con el traje de noche en palabra de honor
negro y el collar de perlas cultivadas de tres vueltas. Un par de veces incluso
iba disfrazado de mendiga, por lo que tuve que lavarla a conciencia en la gran
bañera con garras de bronce.
El estudio
está montado con un gusto exquisito, me dijo que contrató a un decorador de
interiores para realizar la reforma con el permiso del propietario (a quien
enseñó un contrato de trabajo firmado por uno de los principales bufetes de
abogados de la ciudad y una nómina de muchos ceros (regalo de otro de sus
clientes). Sé que hay otros, es normal, le gusta el sexo, es joven, deseable, y
generalmente le gusta elegir a sus clientes. Suelen quedar en el “Alfredo´s”,
donde tiene mesa reservada, si el tío le gusta y le parece bien el precio, pues
hay trato, y se lo lleva a su casa. Si es un cayo malayo, una copa y tan
amigos.
Yo no soy
precisamente un adonis, pero soy muy generoso con ella, mi empresa de camiones
es una multinacional, con delegaciones en varios países europeos. Siempre
hablamos de viajar juntos, por ejemplo, un fin de semana en París, pero nunca
hay tiempo, creo que no le gusto lo suficiente, o que no le apetece que nos
vean juntos, pero yo haría lo que fuera por ella. Me ha pedido que venga más
veces por semana, incluso me ha ofrecido la exclusividad por cuatro mil euros
al mes, pero le he dicho que no. No me apetece convertirme en su único cliente,
y sería de lo más difícil justificar esa cantidad en el balance mensual. De
momento, estoy fabricando facturas falsas, para que cada polvo o regalo (y le
hago muchos), figure como “gastos de representación”.
Tengo
sesenta años, estoy bastante envejecido, y no me gusta que nos vean juntos, más
que nada por lo que pueda pensar la gente, sobre ella y sobre mí. Cosas como;
“Mira qué asco, ese puto viejo, enrrollándose con una tía que podría ser su
hija”. Pero lo malo es que la rutina sexual, a pesar de las nuevas posturas, se
está convirtiendo en monotonía, y como tampoco tenemos nada en común, creo que
voy a tener que dejarla, y por supuesto buscarme otra. O quizás incluso hacerle
algo más de caso a mi mujer… que me parece que está empezando a sospechar algo…
LA OTRA. A
mis cincuenta y tres años, con tres hijos, y una hipoteca además de casi
treinta años de matrimonio, nunca pensé que fuera a convertirme en la otra.
Toda la vida dedicada a ser el ama de casa perfecta, a criar a mis hijos, a
apoyar a mi marido por encima de todo, incluso ejerciendo de secretaria durante
los últimos veinte y de contable desde hace diez, para nada, para que me deje
en segundo plano una niñata de veinte años, Gisele creo que se llama, con quien
además está derrochando mi dinero.
Siempre me
extrañó que estando Toledo tan cerca de Madrid se quedase a pasar allí primero
una noche, luego dos, por semana. El pretexto eran reuniones de negocios que se
prolongaban hasta tarde, o bien algún problema con la contabilidad de la
empresa, un evento social. No soy tonta, los embarazos habían deformado
bastante mi cuerpo, tenía estrías en la barriga, bolsas de grasa en las caderas
y los pechos un tanto caídos, nada extraño por otra parte para una mujer de
cuarenta años (fue entonces cuando empezaron las reuniones de Madrid), así que
le pedí permiso (y dinero) para someterme a la cirugía estética. No fue
sencillo, tuve que insistir durante varios meses, hacerle unas cuantas
felaciones completas, tragándome el semen (mi boca y mi lengua parecían ser las
únicas partes de mi cuerpo que no le desagradaban), pero al final lo conseguí:
una cita para el mejor cirujano plástico de Londres.
Viajé sola,
de paso estuve haciendo compras, y aunque el presupuesto de la “reforma
integral” (como hacen los dos hermanos canadienses en su programa de casitas),
me pareció que lo merecía, así que acepté. Un mes después, volví a Londres,
esta vez con Ataúlfo, para someterme a las operaciones. Hizo falta casi un mes
de estancia, otros tres de recuperación, pero ya en casa, y el resultado fue
espectacular. El sexo casi casi volvió a ser tan intenso e interesante como
antes, me enseñó unas cuantas posturas que no conocía… pero al cabo de seis
meses ya había vuelto a perder el interés en mí. Y eso que ya tenía el aspecto
de una mujer de treinta años muy bien conservada.
Tenía que
haber otra mujer en su vida, estaba segura. Por eso, y aunque no sé conducir,
me decidí a seguirle en Uber. Lo alquilaba por toda la noche, esperándole en la
sede de la empresa en el Paseo de la Castellana. Siempre salía sobre las nueve
de la noche, y se iba al mismo sitio: un portal de la calle Padre Damián. Yo le
veía abrir la puerta con su propia llave, y entrar, mientras se peinaba
meticulosamente su menguante melena. Luego, tres o cuatro horas mas tarde, le
veía salir, coger otro taxi, y alojarse en el Meliá Serrano. Allí se quedaba
hasta la mañana siguiente, y después otro taxi para recoger el coche en el
garaje de la empresa y volver a Toledo, o bien directamente se quedaba a
trabajar en Madrid. Mis hijos son todos mayores, el menor tiene quince y el mayor veintidós, así que esas dos noches a la semana eran las de fiesta: ver pelis hasta tarde, comer palomitas, encargar un par de pizzas. La casa la dejaban toda recogida, y el único requisito era que fuera un secreto para su padre.
Los Uber son muy prácticos. Puedes escoger al conductor. Las primeras veces no me llamaron la atención. Muy corteses, pero malos conversadores. Pero una noche, una noche… Un mulato de unos cuarenta años se apeó del coche, y me abrió la puerta. Llevaba un traje de marca, iba perfectamente peinado, y olía muy bien. De camino a Madrid, empezamos a hablar. Me fijé en que sobre el asiento del pasajero tenía un ejemplar de “Harry Potter y el misterio del Príncipe”. Y ese fue el detonante de una de las charlas más interesantes que recuerdo. Hablamos de todos los aspectos del libro, de la película, de los actores (es del equipo Hermione, por supuesto). También me enteré de su nombre, Joao, era brasileño. Desde aquella noche, siempre le llamo directamente a él, y pasamos el rato hablando. Ya no me siento detrás, me gusta estar cerca de ese cuerpo que cada vez me gusta más, de esos ojos grises como el acero templado, y de esa boca tan sensual. Me muero por besarle, porque me estreche en sus brazos, por hacerle el amor allí mismo, en el coche, o por llevarle a un hotel. A fin de cuentas, ¿mi marido no me es infiel? Pero claro, no sé si él piensa lo mismo, o si solamente soy la clienta de los martes y viernes, tendré que averiguarlo…
Esas noches que pasaba en vela, vigilando la puerta del despacho primero y luego la del Hotel Meliá tenían su lógica, al menos para mi. Necesitaba saber cómo era la otra, qué aspecto tenía la muy zorra que me estaba robando el afecto, que ya no amor, de mi hombre. Joao no decía nada, me dejaba tranquila con mis pensamientos cuando a mí no me apetecía hablar, o bien nos enfrascábamos en largas reflexiones sobre la vida, la muerte, el cine o el condensador de fluzo. Se formó entre nosotros una complicidad extraña, como de amigos de toda la vida. Otras veces simplemente escuchábamos música, él siempre llevaba en todos sus servicios una selección musical de lo más variada y un lector de cd de última generación. Así pasamos un mes, todos los martes y viernes, haciendo guardia estéril. Hasta que ayer sucedió lo que llevaba tanto tiempo esperando. Ayer fue una noche especial. Empezó mal, porque Ataúlfo salió antes de la oficina, y fue con prisa al piso de la calle Padre Damián que ya conocemos. Salvo que, en esta ocasión, volvió a salir, acompañado por una niña de belleza angelical. ¡Era ella, la que me estaba robando el cariño de mi esposo! Alta, rubia, perfecta, de rasgos angelicales pero pechos perfectos que se insinuaban debajo del vestido rojo de seda. Las piernas eran increíbles, bien torneadas. Era la primera vez en todo el tiempo que llevábamos vigilando que salían juntos, y por la forma de mirarle, supe que ella no estaba acostumbrada a tener ese tipo de intimidad con sus clientes. Primero sentí rabia, luego ira, y luego nada más una horrenda tristeza. No tenía nada que hacer comparado con ella, por mucha cirugía estética a la que me sometiese. Me puse a llorar desconsolada. Al cabo de unos minutos, sentí que Joao me pasaba el brazo por encima del hombro, atrayéndome hacia su pecho de culturista. Le abracé un largo rato, y luego, alzando la cabeza, le miré. En sus ojos vi tristeza, pero también algo más, ¿pasión, deseo?... Nunca lo supe. El caso es que le besé, con timidez primero, luego con toda mi alma. Hicimos el amor de forma salvaje dentro del coche, después me llevó de nuevo a casa, y al ir a despedirnos en el rellano del chalé, volvió a besarme…
LA VIUDA.
Desde entonces, las noches de los martes y de los viernes, tanto mi marido como
yo éramos infieles, cada uno con su pareja. La única diferencia es que mientras
Ataúlfo terminaba la noche en el Meliá Serrano después de follar con Denise,
nosotros no salíamos de la habitación salvo con el tiempo necesario para llegar a casa antes de que se despertaran los niños. Joao ya ni
siquiera me cobraba los viajes, decía a la empresa que eran sus noches libres,
y aquí paz, y después gloria… Estuvimos así casi un año, mi marido abandonó a
Denise por una chica incluso más joven en cuanto le exigió un mayor compromiso
y que se convirtiera en su Sugar daddy, vamos, en su mantenedor; y nosotros
fuimos descubriendo nuestro amor. No importaba la diferencia de edad entre Joao
y yo, apenas diez años, porque nuestras charlas eran apasionadas, teníamos
gustos compatibles, íbamos al cine, a restaurantes, a conciertos, todas
aquellas cosas que siempre quise haber hecho con el mendrugo de mi marido.
Hasta que se convirtió en una molestia, en alguien a quien debía eliminar si
deseaba perseguir la felicidad al lado de Joao.
La idea de
matarle fue mía, pero el método empleado fue suyo. Resulta que mi amante
perfecto era diabético, y tenía que ponerse insulina todos los días. Y resulta
también que la insulina es mortal para una persona sana. Una noche de
miércoles, mientras Ataúlfo dormía, le puse dos dosis de insulina, y esperé
hasta que sus pulmones dejaron de levantar su tremenda barriga debajo de las
sábanas. Entonces fue cuando avisé llorosa al 112, pidiendo el envío de una
ambulancia, y desperté a mis hijos. Lo declararon muerte natural…
Y ahora, por
fin, con Joao y con mis hijos, sé lo que es la felicidad.


