Segunda noche, cuatro por delante. Y casi nada ha cambiado. O quizás todo. De ese amor imposible, pero tan fuerte que me ha servido de ancla durante tantos años, poco queda ya. Tan solo el rescoldo, brasas que se niegan a apagarse, quizás como único remedio para huir de la soledad.
Llevo toda la vida huyendo de ella, enamorándome como antídoto, intentando compartir sentimientos y emociones, vulnerando una y otra vez los límites de la amistad, que por otra parte siempre me costaba tanto encontrar. He buscado mi camino en ojos de todos los colores, en caras tan variadas que incluso las confundo, en cuerpos tan distintos. De algunas de ellas, recuerdo los nombres o cómo me hacían sentir; a otras muchas se las ha llevado el viento. La única vez que fui (temporalmente) correspondido terminó en traición, abandono y tragedia, años he tardado en recuperarme.
No es la mejor idea enamorarse, como siempre sin esperanza, enlazar niñas, adolescentes y mujeres desde mi más tierna infancia, para evitar la soledad. Ahora lo veo (más) claro. Pero es el fruto de un largo procedimiento de aprendizaje, de ensayo y error, del que de momento prefiero mantenerme alejado.
Hace ya una semana y media de mi última carta a mi hermosa dama... y en secreto ya me he puesto a escribirle otra a ratitos. Que la llegue a terminar, o incluso que la envíe, es algo que no tengo decidido. He sido bueno, noble y generoso, el amigo fiel y el enamorado que siempre está allí; pero nunca he obtenido nada a cambio. Un libro y dos pijamas, que casi tuve que mendigar, igual que las pequeñas muestras de su atención. Sí, debe ser muy sencillo dejarse querer; y yo era tan feliz por quererla.
Pero he aprendido la lección: que el amor debe tener correspondencia. Y que la primera persona a quien debo aprender a querer y a respetar soy yo mismo. El gran olvidado. El que siempre ha pasado a segundo o tercer lugar. No, no estoy saliendo con nadie, y dudo mucho que lo haga en una larga temporada. Antes tengo que aprender tantas cosas, menos mal que cuento con una magnífica terapeuta...
Lo cual no significa que no sea capaz de querer en este momento, que lo soy, pero de manera distinta: como amigo, como hijo, como tío, como hermano, como mascota gatuna, quizás incluso de otras maneras que no me veo capaz de verbalizar. En vez de centralizarlo todo en una sola persona, estoy diversificando afectos. Y me va bastante bien. He aprendido a valorar la reciprocidad, y la importancia de compartir momentos.
No me veo conviviendo con alguien, llevo muchos años ya durmiendo en mi cama de noventa y tengo la vida hecha, a mi gusto, imagen y semejanza. Eso de tener a alguien con quien compartir viajes, exposiciones, teatros, cines, lecturas, incluso fines de semana y vacaciones (pero luego cada uno a su casita, nene) me parece una gran idea. Quizás la única relación que vale la pena.
Porque el amor, incluso con minúsculas, está en nuestra naturaleza, y tal vez sea incluso esa capacidad de amar (y de ser amados) lo que nos convierte en seres humanos.

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