Cuando era mucho más joven, posiblemente incluso un niño, me preguntaba si algún día alcanzaría la FELICIDAD, escrita así, con mayúsculas. Ese era mi objetivo. Los años han ido pasando, y quiero pensar que con ellos he adquirido una cierta sabiduría, la que da el seguir vivo después de tanto tiempo, y el haberme sometido a una prolongada terapia cuando la necesité. Todavía la sigo necesitando, no me avergüenzo de decirlo, sigo aprendiendo cosas sobre mí mismo y sobre quienes me rodean, sobre aspectos como los deseos, los sueños, las esperanzas, esas pequeñas cosas que nos hacen seguir adelante.
Y he llegado a la conclusión, tal vez un poco ampulosa, de que la felicidad, con o sin mayúsculas, no existe. No es un lugar al que llegues, plantes tu bandera, y digas: Pues ala, ya soy feliz. No es un estado de ánimo permanente, creo que ni siquiera los dioses son felices de manera total y absoluta.
Como seres humanos, solamente podemos aspirar a vivir una serie de pequeños destellos de felicidad, no prolongados en el tiempo, y mucho menos que podamos dar por seguros. En ello tal vez estribe su valor y su belleza. Y esos fragmentos minúsculos de felicidad residen en todas partes, en nuestro entorno, en las personas que nos acompañan, en la naturaleza... Es un poco como la idea de Dios.
Cada uno de nosotros aspira a ese sentimiento, es lo que nos mueve, y nos obliga a reaccionar. No conozco tus motivos de felicidad, evidentemente no estoy en tu pellejo, mi querido lector desconocido. Pero me atrevo a compartir algunos de los míos, quien sabe, igual tenemos unas cuantas cosas en común.
Partamos de una base: si no tienes tus necesidades más esenciales cubiertas (trabajo, familia, hogar, salud, amigos, pertenencia al grupo por citar algunas de ellas), es complicado que puedas aspirar a ese tipo de sentimiento. Y tampoco por mucho tiempo. Ojo, si algunos de esos factores falla, es mucho más complicado aspirar a la felicidad, pero tengo la suerte, inmensa, de pertenecer a ese grupo. Soy un privilegiado, y lo asumo. Ahora podemos seguir con estas pequeñas confesiones, que igual te parecen interesantes.
Yo soy feliz con las pequeñas cosas, que damos por sentadas, pero que sin ellas no sería posible ni siquiera la vida. Como el pequeño milagro de despertar cada mañana (o cada tarde, depende del turno que tenga), o el aire que llega a tus pulmones, y sentir el suave palpitar de tu corazón o el curso de la sangre por tus venas. El cuerpo es una máquina perfecta, pero al mismo tiempo, desconocida y con fecha de caducidad. Cuando todo funciona, es una maravilla. Pero incluso cuando algo falla, es posible remontar, la capacidad del ser humano para encontrar fuerzas e ilusiones es inagotable. Al menos eso he podido comprobar.
Beber cuando tienes hambre, y comer cuando tienes sed. Poder hacer pis y caca cuando lo necesitas, dos aspectos fisiológicos de los que casi nunca se habla. Dormir cuando nos derrota el sueño. Son cosas que a veces no valoramos en su justa medida, igual que tener un techo sobre tu cabeza, y ropa con la que vestirte. Esos recuerdos que nos llevan a seguir luchando. Y en conjunto, forman parte de la capa más interna de la felicidad.
Pero hay otras, según nos vamos alejando de nuestro cuerpo y del entorno más cercano. Evadirme dentro de un buen libro, de esos que te hacen olvidar la hora, el cansancio, y que te acompañan, te invitan a conocer otras vidas. Somos viejos amigos desde hace tantísimos años, que me parece imposible un mundo sin lectura. Claro que mi hermana y yo tuvimos la suerte de nacer en una familia de grandes lectores, que supieron desarrollar nuestra curiosidad e inquietudes, y que nos alentaron a perdernos dentro del mundo de las palabras, algo que están transmitiendo a mis sobrinas.
El cine. El hecho de disfrutar de una buena película, descubriendo otros mundos, otros universos, personas, situaciones, de esas que te llevan incluso a cuestionar la realidad que te rodea cuando sales del cine, o apagas el reproductor de DVD. Siempre he sido un gran aficionado. Hace escasos minutos estaba disfrutando de la desesperada carga de Gandalf el Blanco en el Abismo de Helm. Y mañana veré la tercera parte de la trilogía de El Señor de los Anillos. Pero también soy super feliz cuando hago un maratón de Harry Potter (como poco una vez al año). O descubro un viejo clásico un poco olvidado, como Marnie la ladrona o Sospecha, ambas de Alfred Hitchcock. El teatro también me encanta, pero es un tipo de entretenimiento quizás algo más noble y elevado. Tengo menos ocasiones de acudir a las salas, aunque procuro que sea un par de veces al mes.
La escritura es algo que me hace especialmente feliz. Comencé mi andadura tras uno de esos amores imposibles en los que soy tan experto: yo estaba casado, y a ella le gustaban las mujeres. Sin comentarios. Cuando ella se fue del servicio de manera repentina, noté un dolor tan fuerte en el corazón que, como manera de expresarlo y de compartirlo, escribí y publiqué mi primer poema, hombres de tinta y sangre, en un blog que creé para la ocasión. Y desde entonces, con unos periodos de mayor o de menor productividad, nunca he dejado de escribir.
Viajar siempre me ha entusiasmado, procuro perderme fuera de Madrid un par de veces al año, y no suelo faltar a mi cita con el Mediterráneo. Estoy abonado a la playa de Gandía, ya sea solo o con la familia o amigos. Pero también me gusta desplazarme a otra ciudad; o incluso apuntarme a una visita guiada por la mía. Descubrir nuevos lugares, personas, ambientes, sabiendo que de ellos puedes volver cambiado.
Nunca olvides la importancia de la familia. Da igual que sea chico-chica; chico-chico; chica-chica o cualquier otra combinación que se te pueda ocurrir. Si todo va bien, es la primera barrera protectora cuando empiezas a enfrentarte al mundo, lo que te da seguridad, cariño, afecto, esperanza. De la mía no me puedo quejar. Vale que mi padre podría haber sido un poquito menos gruñón y más cariñoso. O mi madre menos estricta. Pero siempre les tuve a mi lado. ¡Cómo añoro a mi abuelo y a mi padre! Ahora mis dos sobrinas y mi cuñado se han incorporado a la ecuación, y mientras mi hermana sea feliz, eso es lo importante. Sigamos hablando de otras cosas que me aportan felicidad.
Los amigos, poco importa que sean recientes o de toda la vida, tienen una gran función que cumplir en esta búsqueda de la felicidad. Nada como las famosas personas vitamina, aunque el apelativo no termina de convencerme, esos seres especiales, con quienes los minutos se convierten en horas, que no te juzgan, que te apoyan y te hacen sentir su cariño. Incluso los virtuales cumplen con su función, luego depende de ti y de las circunstancias el dar el siguiente paso. La importancia de una mirada, de una caricia, de una palabra de aliento, incluso de un beso en la mejilla o un abrazo. Siempre me ha costado hacer amigos, pero me considero muy afortunado. ¿Que tengo el aspecto sentimental un poquito descuidado? Bueno, tampoco es algo que me preocupe en exceso. Ya llegará el momento...
Pero que esto no te haga olvidar lo más importante: el estar a gusto contigo mismo, quererte, apreciarte, mimarte, conocerte en definitiva. No puedes estar supeditando siempre tu felicidad a los demás. No es conveniente entregarte por completo, ni depender de la presencia del otro, o de su pensamiento. No debes darlo todo sin pedir nada a cambio. Esa lección me ha costado mucho tiempo aprenderla. El amor, propio y el que sientes hacia los demás, es algo muy importante...
Podríamos hablar de otros factores que intervienen en la ecuación, pero ahora mismo no se me ocurren. En todo caso, estas son algunas de las cosas que me aportan pequeños destellos de felicidad, diminutos, temporales, que le dan sentido a esa gran aventura que llamamos vida...

