Por suerte, duran poco. Allí están mis personas vitamina, incluso en mitad de la noche, atentas a un simple mensaje. Y la tormenta que acecha en mi interior disminuye, e incluso desaparece por un tiempo. Me gusta ser una persona optimista, proactiva y empática (palabras que utilizo sin saber muy bien lo que significan, producto de largos años de terapia y de algunas lecturas). Me considero un buen amigo que sabe escuchar y que siempre está allí para quienes me necesitan, dispuesto a dar buenos consejos y a convertirme en paño de lágrimas o en un hombro en el que llorar. Aunque reclamo mi lugar de compañero de esas risas nerviosas y descontroladas, que nacen del mismo ombligo (y a las que era tan proclive mi padre, con la mejor imitación de Patán, el compañero del Barón Pierrenodoyuna). Siempre dispuesto a ayudar... A seguir adelante. Como un burro con anteojeras. Hasta que llega el siguiente aullido desesperado.
En noches como esta, con el sonido del aire acondicionado del trabajo como única fuente de distracción, un coyote solitario aúlla a la luna llena en lo más profundo de mi ser. Es cuando se acrecienta la sensación de soledad, de melancolía, de falta de sentido. Y lo vuelco en la escritura, en esas palabras que luego casi nadie leerá. Es mi forma de exorcismo. De recuperar el sentido. De seguir adelante, con la ayuda de esas personas tan especiales que me reconcilian con la humanidad...
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