SUCEDIÓ
EN MADRID,
TOMA 2: LA SUICIDA
Dicen que
cuando se acerca la muerte, tienes la ocasión de ver toda tu vida pasar por
delante de tus ojos, como si fuera una película. La mía ha sido tan dura, que
como ducho da para un tráiler.
Además,
¿cuánto tiempo tardará en estrellarse un cuerpo de 55 kilos, si he saltado
desde la barandilla del hotel más alto de la Plaza de España? Nadie se ha dado
cuenta de mis inspecciones. Hasta el camarero que me ha traído mi vodka Martini
me ha sonreído: la típica ejecutiva en sus cuarenta años, algo delgada quizás,
con un traje de chaqueta negro de raya diplomática, camisa roja de seda, zapatos
de suela baja (para saltar el parapeto) y gafas de sol de un modelo algo anticuado.
He pedido sentarme cerca del borde (nada que no se consiga gracias a veinte
euros de propina). Y aquí estoy, disfrutando de mi último atardecer.
¡La ciudad
está tan bonita desde las alturas! Esa colección de tejados multicolores, las
fachadas resplandecientes, las ventanas como cristales pulidos. Cuesta muy poco
fantasear con las vidas que quienes se encuentran en los edificios que me
rodean. En las grandes torres de oficinas, los ejecutivos estarán atareados,
deseando que llegue el momento de salir. En las viviendas, quizás las típicas
pijas cuarentonas se preparan para hacer un poco de deporte en la calle, o bien
algo más tranquilo, como pasear al perro. Los porteros de los hoteles ya están
oteando el horizonte en busca de taxis para los clientes que se van a cenar.
Ahora,
pienso mientras paladeo el último sorbo de mi bebida, ya nada importa. Quedan dos
minutos de vida, lo justo para llenar mis ojos y mi corazón con los espejismos
de esta ciudad que me da y me quita la vida, luego subirme a la barandilla,
pasar ambos pies al otro lado antes de que nadie intente impedirlo y dejarme
caer. ¿Lo haré con estilo, como en las películas, un limpio salto de cabeza
hacia la muerte, o impactaré sobre el suelo de espaldas, dando vueltas y más
vueltas sobre mí misma, mientras el tiempo se dilata? ¿Tendré miedo? ¿O bien me
sentiré tranquila, en paz conmigo misma, tranquila, esperando ese Nirvana del
que tanto nos hablaban en las clases de yoga?
Poco importa
ya. He terminado la copa, me he secado los labios con la servilleta de papel
(por favor, después de cobrarme treinta euros por la copa, podría ser de lino),
y me he dirigido hacia el borde. Alguien me ha visto, lo intuyo, por el rabillo
del ojo veo a alguien correr, pero me da igual. He superado la barandilla, y
emprendido el último vuelo.
Treinta segundos.
Voy contando marcha atrás, me gustaría ser más inteligente para calcular
tiempo, velocidad, trayectoria. Incluso ver mi silueta proyectada contra el
cielo flamígero. He dejado el bolsito encima de la mesa, no quiero que se lo
lleve ningún peatón aprovechado. ¿O quizás habría sido mejor saltar con él?
Veinte segundos, ya no me queda tiempo ni para arrepentirme, o para esbozar una
oración. Quizás para pedir perdón a mi hermano… Diez segundos, el impacto es
inminente. Adiós…
¿Qué tal te
sienta saber que en el tiempo que has tardado en respirar una vez, yo ya me he
estrellado en medio de la acera? Dejando, eso sí, un bonito cadáver en pleno
lateral de la Plaza de España. ¿Sabías que en Madrid se suicida, de promedio,
ciento once personas al año? Bien, pues hoy, esa persona he sido yo…

