sábado, 9 de noviembre de 2024

RECORDANDO A MI PADRE EL DÍA DE SU CUMPLEAÑOS

 Este señor tan serio, que mira desde el ángulo de la foto, con los brazos cruzados y cierto aire de superioridad, era mi padre. Calculo que en la imagen tendría bastantes menos años que yo en la actualidad, pero es una de sus poses más famosas.

Hoy habría cumplido 86 años, lo que no deja de ser un motivo de tristeza, puesto que dentro de nada hará 22 que reposa, dentro de una urna cineraria, al lado de mi abuelo en una tumba del cementerio de la Almudena.

Mis sentimientos hacia él siguen siendo confusos. Necesité varios años de terapia para perdonarle por su cobardía ante la vida y su decisión de dejarme solo con poco más de 32 años, recién casado y en ese momento de la edad en la que le empezaba a parecer interesante.


Después de asistir durante varios años a la degeneración y agonía de mi abuelo, eso le reafirmó en su decisión de morir pronto, y de dejar tras de sí un bonito cadáver. Aunque esa alternativa la tomó mucho tiempo antes, cuando escogió fumar más de dos paquetes de tabaco diarios. Ducados para más señas. Un cáncer de lengua se lo llevó de este mundo, en poco más de 6 meses, y entre horribles dolores.


Pero esa es otra historia. Hoy estamos hablando de su cumpleaños.


Ignoro si le admiraba o no, si era un modelo en el que mirarme o alguien a quien parecerme mientras estuvo vivo. Era un señor serio y distante, con unos brutales cambios de humor, y que jamás lloraba. De hecho, tan solo recuerdo haberle visto llorar una sola vez en toda mi vida, y ni siquiera entonces fuimos capaces de fundirnos en un abrazo. No era partidario de expresar los sentimientos, y sobre todo en los últimos y aterradores años de vida de mi abuelo se volvió un déspota.


Mi madre siempre le defendía, a pesar de su mal carácter y de la manera en que pagaba su creciente frustración ante la muerte con el resto de la familia.


Pero era mi padre.


Quizás los recuerdos suyos más antiguos se remontan a mis primeros años de vida. Por una parte, la eterna nube de humo que le envolvía a todas horas. Ese olor acre a tabaco negro. Por otra, la colonia de lavanda. Y en cuanto a sonidos, el de la música clásica, que siempre le acompañaba, y que para mí se convirtió (y sigue siendo) en una forma de recordarle. Él era médico, atendía a muchos pacientes en casa, y la música, sobre todo las óperas de Mozart, se escuchaban en mi dormitorio a través de las paredes que lo separaban de la sala de espera.


No era, nunca lo fue, una persona dada a expresar sus sentimientos. A veces incluso creo que no los tenía. Alzaba un muro para separar las distintas facetas de su vida, y muchas veces nos dejaba fuera. Como meros espectadores.


Trataba de forma muy diferente a sus pacientes, todo eran sonrisas y buenos modales y paciencia cuando estaban en la consulta de casa, pero se ponía feroz con la familia por cualquier motivo. Muchas veces me hubiera gustado ponerme enfermo para de esa manera merecer algo de su cariño y atención.


Desde que empecé a trabajar en seguridad privada, prácticamente me retiró la palabra. Su hijo, con su carrera, su máster, su doctorado y sus idiomas, currando de segurata!! Nunca me lo perdonó. (A mi madre le ha costado aceptarlo unos cuántos años más).


Cuando no estaba trabajando, se encerraba en su despacho o en la sala de espera, envuelto por nubes de tabaco, y arropado por la música clásica, leía. Siempre estaba leyendo. Como una de sus pasiones era la música, tenía una una amplia selección de libros, casi todos biografías, sobre sus compositores favoritos. Muchos de ellos todavía los conservo. Otra gran parte de su biblioteca, muchos libros de historia y de sociología,los he ido donando con el tiempo. Algunos de ellos no se habían tocado desde años antes de su muerte...


Era una persona muy culta, le encanta ir al cine, al teatro, ir a exposiciones de arte, de pintura, al auditorio nacional los domingos por la mañana o al gallinero del Teatro Real. Todas esas pasiones las compartimos. Recuerdo un memorable viaje en tren hasta París, para ver una exposición sobre Egipto en el Louvre, y que no pudimos dormir por culpa de los ronquidos de nuestro compañero de departamento, o los días que pasamos en Berlín con mi hermana, que por aquel entonces estaba estudiando en Alemania...


Le apasionaba el antiguo Egipto, viajó dos veces al país de los Faraones, la última con mi hermana y conmigo, además de con mi madre claro. Un viaje memorable también fue el recorrido que hicimos durante casi dos semanas por México. Era buen conductor, y durante muchos años hacíamos escapadas los cuatro (mi abuelo no solía venir) para conocer distintos castillos de España. Como mi madre trabajaba en Iberia y le ofrecían billetes gratis o con grandes reducciones de precio, viajamos bastante por Europa. Pero lo más lejos que fuimos es a Estados Unidos, Méjico, Egipto, Jordania y Turquía. Siempre dejaron los viajes por España para después de la jubilación, y nunca pudieron cumplir ese deseo puesto que murió dos años antes de poder jubilarse...


Las vacaciones de verano eran especiales. Toda la familia en un Renault 6 TL, con la baca puesta, una maleta llena de libros para él y para mi madre, la lavadora Jata de color azul en el maletero y la cafetera dentro de ella. Alquilábamos por un mes completo un piso en la playa de Cullera, y él se pasaba toda la mañana leyendo y fumando al sol, en la orilla. Luego tocaba comer en casa, la siesta, algo más de lectura o un paseo por la tarde, y por la noche las carreras entre los dos cines al aire libre, el Neptuno y el Oasis. Tiempos de bocata de chorizo frito, pipas saladas y helados de cucurucho si nos portábamos bien. En esos cines vi por primera vez La guerra del fuego, una peli inquietante y que durante años me dio pesadillas, entre tantas otras.


Con los años fuimos cambiando de coche, de destino a partir de los 14, y a su debido tiempo dejamos de viajar en familia. Pero sigo recordando esos trayectos de madrugada, y me acostumbré a conducir de noche. Lo seguí haciendo durante muchos años con mi ex. Luego ya dejé de conducir pero esa es otra historia.


Mi padre era un señor serio y elegante. Tenía una amplia selección de chaquetas, pantalones y corbatas, que combinaba para formar múltiples conjuntos, y que solamente se quitaba durante las vacaciones de verano o en las excursiones de fin de semana, cuando los cambiaba por pantalones vaqueros y camisas de manga corta, y alguna que otra ocasional camiseta. Toda esa ropa la donamos a un asilo que regentaban las Hermanas de la Caridad. Me quedé solamente con una cazadora de cuero marrón, que todavía conservo y que siempre me gustó; y con una bata de andar por casa que me queda pequeña y me pongo de vez en cuando si necesito un abrazo.


Nunca tenía frío, creo que es algo que compartimos, y le costaba un triunfo hacer y mantener amigos. De hecho, creo que en toda su vida apenas si le conocí una decena. Algunos solamente por referencias ,y la mayor parte venían por el lado de mi madre... En eso nos parecemos bastante... Yo también tengo un sentido del humor bastante peculiar, pocos amigos y un fuerte concepto de la lealtad.


Hoy hubiera cumplido 86 años, mi madre le sigue echando muchísimo de menos, no ha superado su ausencia... Yo hace décadas que olvidé el sonido de su voz, y que solamente puedo escucharla en sueños. De vez en cuando, mientras estoy solo en casa, percibo el olor a su colonia de lavanda, o el menos agradable aroma de sus Ducados, y sé que ha venido de visita... que nunca se fue del todo... pero confío en poder encontrarnos de nuevo, más adelante, para tener esas charlas que nunca tuvimos, y quizás conocernos mejor... 


No creo en la muerte, la considero un mero trámite, y que en esencia somos energía... 


Pero eso no quita que ahora mismo lo que más deseo es uno de sus extraños y escasísimos abrazos...