SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 11: SANGUINA
DE OTRO TIEMPO
Tu imagen me
persigue, inclemente como el tiempo invernal en Galicia, llena de luces y
sombras, recuerdos, sueños, olores, sabores, y demasiados sentimientos. Una
visión fugaz se convierte en una especie de obsesión, en leyenda que engendra
misterios e historias, y termina plasmada en un dibujo, una sanguina, en la que
reconozco aquel instante. Tal vez por eso, y pese a los años transcurridos, te
reconozco, y por fin puedo recordar tu nombre: Marianella...
Realmente, no pasó nada entre
nosotros, es más, ni siquiera me viste. Yo era un peregrino en el Camino de
Santiago, con agujetas hasta en las botas y los hombros muy maltratados por el
peso de la mochila, la pequeña tienda de campaña, y el material del caminante
solitario. Era casi el final de una larga etapa, una vez superada la localidad
de Gondar, y con ese extraño sol que de vez en cuando asoma entre las nubes de
los primeros días del otoño gallego, y que más que aliviarte, hace que empieces
a cocerte por dentro, añorando casi los primeros kilómetros del camino, al
salir de Cadavo, con las primeras luces del día. Atrás han quedado pistas de
asfalto, pequeñas carreteras, la parada en el santuario de Nuestra Señora del
Carmen, los pueblos de Villabade, Souto de Torres, y tantos otros. Muchas
veces, el camino es tan estrecho, tan salvaje, que te parece complicado
recordar lo cerca que tienes otros grupos de peregrinos, recorriendo los mismos
pasos, y con el objetivo de llegar, por fin, a Santiago de Compostela.
Nunca me han
gustado las sendas trilladas, y por eso, armado con unos buenos mapas del
Ejército de Tierra y una brújula, suelo tratar de evitar los tramos de
saturación, con pequeños desvíos que me ayudan no tanto a ganar tiempo, pues a
fin de cuentas comencé mi viaje en Roncesvalles, y no tengo fecha límite, sino
tranquilidad... Para mucha gente, es una cuestión de turismo, de fe; yo no lo
tengo muy claro, pero está más relacionado con la necesidad de pensar, de
analizar, recordar, olvidar, modificar, moldear mis pensamientos y mis
creencias y sentimientos. En una palabra, de reconstruirme... Y por eso, una
vez rebasada la pequeña villa de Gondar, con sus 96 habitantes, decido alejarme
un poco de los molestos turistas japoneses, que llevan ya unos cuantos
kilómetros molestándome con sus “Photo, Photo!” y “Typical Spanish!”, que
parecen desconocer el sentido de las palabras “silencio”, “recogimiento”,
“oración”.
Sobre el mapa, localizo un pequeño sendero forestal, muy
poco transitado, que se extiende paralelo a la LU-106, y en el cual se puede
encontrar también un pequeño arroyo, donde podré relajarme, y encontrar un
breve descanso para mis agotados pies. Retomo pues mi andadura en solitario,
disfrutando de aquellos kilómetros de recogimiento, y al cabo de un rato, entre
los árboles, distingo el riachuelo: fresco, alegre y montaraz, lleno de
promesas. Que no se cumplen. Porque allí está ella...
A unos
treinta metros del riachuelo, se encuentran los restos de una antigua
edificación, de la que se han conservado poco más que tres muros, en uno de los
cuales se apoya perezosamente un árbol, dos ventanas sin marco, y una de mayor
tamaño, que da a lo que antaño sería el dormitorio... Hay plantas silvestres
creciendo en la base de los muros, en el poyete de la ventana, y el estado de
la propiedad es de completo abandono. Por eso, tengo que mirar dos veces, para
comprobar que aquella figura, de tez bronceada, que ha aparecido por sorpresa
en la ventana más grande, no es una ilusión, un engaño de otro tiempo...
No sé nada
de fantasmas, ni de la santa compaña; pero sé lo bastante de mujeres, para
afirmar que estaba contemplando a una de las criaturas más hermosas que había
tenido el placer de observar en los últimos años. ¿Qué hace una chica tan
joven, tan atractiva, con ese aire inocente, lavándose tranquilamente, frente a
una ventana que, de repente, tiene cristales? ¿Quién es? ¿De dónde ha salido?
¿Qué hace tan sola? ¿Por qué está aquí? ¿Y qué hago yo aquí, atisbando entre
las matas de jazmín, y las zarzas? Parpadeé un par de veces, para asegurarme de
que seguía allí... No me atrevía casi ni a respirar, pues a su alrededor, la
casa había recuperado su aspecto de antaño, con los recios muros encalados, la
puerta de tablones de madera, las ventanas con contraventanas pintadas de
verde, el camino de piedra que lleva al riachuelo... Era una visión de otros
tiempos, pero sobre todo, era ella quien me retenía allí, casi sin moverme, sin
respirar... Pasaron largos los minutos, algunas hormigas me adoptaron como
prueba especial para una ginkana, dos babosas reptaron sobre mis botas, y no me
podía mover, atesorando cada detalle de la aparición, pues en aquellos momentos
no me quedaba duda sobre lo que estaba contemplando. Un instante, anclado en el
tiempo, y repetido quién sabe desde qué pasado incierto...
Y creo que nunca he lamentado más el no llevar cámara de
fotos en algunos de mis viajes, pues estaba completamente hechizado por su
belleza, como los comedores de loto de Perseo. Observar las gotas de agua
deslizándose, lentamente, por su torso desnudo, desde su grácil cuello, entre
sus pechos, rozando el ombligo, hasta la toalla que tenía arrollada a la
cintura. El lento peregrinar del agua desde su frente a los labios,
descendiendo por sus brazos y goteando desde sus dedos. No sé cuánto tiempo
estuve allí, mirándola, pero todo terminó a las doce de la mañana... Pues en el
preciso instante en que el viento trajo desde el pueblo de Gondar el sonido del
reloj de la iglesia, ella alzó la vista, por un momento me miró directamente a
los ojos, susurró un triste “¡Adiós!”, y me lanzó un beso, mientras todo, la
casa, las plantas y flores, los árboles, las ventanas, las luces y sombras,
regresaba lentamente a su estado actual, como si un pintor hubiera realizado un
“sfumato” progresivo... Hasta que al final, lo último que vi fueron sus
increíbles ojos negros...
Todo esto
sucedió en 2004, terminé la etapa, y por curiosidad le comenté lo que me había
sucedido a uno de los sempiternos viejecillos que toman el sol adosados a la
pared de la iglesia del siguiente pueblo. Me dijeron algunas cosas de
utilidad... Que la casa, llamada Casa Rosiña, llevaba abandonada más de cien
años. Vivieron en ella un agricultor adinerado, cuarentón, y su joven esposa,
Marianella, de apenas diecisiete. Él siempre estaba pendiente de sus
movimientos, no permitía que nadie se acercase a la casa. Pero la situación se
fue deteriorando entre ellos. Despidieron al mozo de cuadra y a la cocinera. Y
que nunca se la volvió a ver con vida: por lo visto, en el verano de 1865, un
peregrino francés se detuvo cerca del arroyo, y la vio mientras ella se lavaba,
con la jofaina y la palangana. Pero Abelardo, el marido, sorprendió al
peregrino, y lo degolló con su navaja de ajusticiar a los cochinos. Y luego,
entró en la casa, y sin darle tiempo ni de cubrirse, le cortó el cuello, antes
de volarse la cabeza con la escopeta de postas...
Con todos
los cambios que ha sufrido mi vida desde entonces, me había olvidado casi por
completo de ella. Hasta que entré en la Casa de Galicia en Madrid, hace un par
de horas, para disfrutar con la exposición de un joven pintor de Santiago de
Compostela. Los cuadros, en general, eran bastante sosos, clásicos en su
concepto, pero nada que no se pudiera mejorar con el paso del tiempo, pues
Ildefonso García no alcanza la treintena. Ya estaba terminando el recorrido,
cuando de repente, descubrí el cuadro, y me vinieron demasiados recuerdos de mi
peregrinación... Movido por la curiosidad, localicé al pintor en medio de un
corro de admiradoras, y me acerqué a él. "Por lo que veo, tú también la
has visto, en Casa Rosiña, ¿verdad?", le pregunté a bocajarro. No creo que
él pensase en la posibilidad de que alguien reconociese a su modelo, pero yo no
había podido borrarla de mis pensamientos, ni tampoco su historia. Nos
apartamos discretamente a un pequeño rincón cerca del cuadro, y allí estuvimos
hablando un rato...
Ildefonso
García me confirmó que, en efecto, había descubierto la casa abandonada junto
al riachuelo en uno de sus paseos matutinos, el verano pasado durante sus
vacaciones en Gondar, y que volvió varias veces, a distintas horas, para
intentar verla de nuevo. También le hizo varias fotos, pero sin conseguir
resultados. Me dijo que ella se materializaba solamente los martes del mes de
septiembre, de las doce menos veinte hasta el mediodía (entonces recordé que
precisamente fue un martes cuando la vi), y que con ella, como yo había tenido
ocasión de comprobar, también revivía la casa entera. El pintor también se
quedó prendado de ella, de su inocencia y su belleza natural, y por eso intentó
plasmarla en un lienzo.
Y el
resultado fue esta sanguina, que finalmente pude comprar, y desde entonces
preside la cabecera de mi cama...
Marianella...

