miércoles, 31 de diciembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 12: ELOÍSA Y LA FUENTE DE LOS SUEÑOS

 

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 12: ELOÍSA Y LA FUENTE DE LOS SUEÑOS

 

 

Es una de aquellas historias que se cuentan alrededor del fuego, en noches sin luna ni estrellas, como esta, cuando los niños, y los no tan niños, intentan descubrir la verdad entre las danzantes llamas, con su sinfonía de ocres, rojos, amarillos, dorados, anaranjados, y ese crepitar, esos chasquidos extraños que nacen en el corazón de los viejos troncos. Y la historia, tal y como me la contaron, empezaba así...

 

Era una de esas noches sin luna ni estrellas, como esta, y Eloísa estaba junto al fuego, con su familia, y unos cuantos amigos. A sus doce años, estaba entre dos mundos, el de la infancia, y el de la adolescencia, demasiado pequeña para alcanzar muchos de ellos, es cierto. Pero al mismo tiempo, demasiado mayor para tener miedo. Hacía ya algún rato que los demás se habían retirado a las tiendas de campaña, pero ella no podía dormir. Por eso, había salido de nuevo a la fría y oscura noche, y estaba mirando sin ver la cambiante y efímera danza del fuego. Su concentración era tan grande, que ni siquiera escuchó los pasos de la extraña criatura hasta que le preguntó, con una voz un tanto ratonil: “¿Puedo sentarme a tu lado?” Sobresaltada, y bruscamente arrancada de sus ensoñaciones, miró a su alrededor antes de responder: “Si te acercas a la luz y me permites verte, no tengo ningún problema. Es más, agradezco un poco de compañía”.

  

         

En aquel momento, Eloísa escuchó unas tenues pisadas a su lado, y algo gélido rozó su pierna derecha (recordemos que ya estaba en camisón), y cuando bajó la mirada, casi escupió el aparato de ortodoncia: ¡pero si quien hablaba es un gatazo azul fosforito con franjas amarillas, muy parecido al de Alicia en el país de las Maravillas! Sin embargo, como a esas edades, ya casi nada sorprende, Eloísa no se asustó, y solamente le dijo:

-          “Con esos colores, seguro que tienes muchos problemas para cazar tu comida en el bosque”. Y es entonces cuando el gatazo respondió:

-          “No te preocupes, hace mucho tiempo que me alimento de pienso y latitas. No necesito cazar, salvo por el placer que me reporta. Cambiando de tema. ¿Qué hace una chica como tú, en un sitio como este?”

-          Eloísa le respondió: “Estoy de acampada por primera vez, con mi familia y unos amigos, pero no esperaba que fuera tan aburrido”.

-          Chester, el gato, le dijo: “¿No te extraña un gato que habla?”

-          Eloísa: “No mucho. Los chicos de Pixar hacen cosas mucho más raras”.

-          Chester: “¿Y tampoco sientes curiosidad por las razones de mi presencia, o de que haya venido a buscarte?”

-          Eloísa: “Supongo que tú también te aburres, sin nada que hacer”.

-          Chester: “No exactamente, más bien, necesito tus pulgares. Si vienes conmigo, te contaré un secreto”.

           

Y Eloísa, que por su naturaleza era muy desconfiada, sin embargo, decidió seguir al extraño y colorido felino. Después de media hora de caminar en la más absoluta oscuridad, tras la fosforescencia del gatazo multicolor, llegaron a una pequeña fuente ornamental de granito basto y antiguo en medio de un claro del bosque. Se notaba que había perdido bastante agua, porque estaba llena solamente en un tercio de su capacidad total, y en el fondo de ella se podía ver miríadas de pececitos plateados con una pequeña raya roja en el lomo. Y junto a la fuente, en la que desembocaba un pequeño arroyuelo, que a todas luces no era suficiente para asegurar la supervivencia de las criaturitas, se encontraba el motivo de la petición de Chester: más de cincuenta garrafas de tres litros de agua mineral...

-          “Por mucho que lo he intentado con zarpas y dientes, no consigo abrirlas. Si me ayudas, entre los dos rellenamos la fuente, mientras vienen los del seguro para reparar la avería y devolverme el agua. Es una gran suerte que se puedan hacer tantas gestiones, desde compras a rellenar un parte de avería, con un buen teléfono móvil. Entro por las noches, cuando lo necesito, en la recepción del camping cercano, y en media horita, todo listo. Y las compras, las cargo en la Visa Oro que le sustraje al director”.

 

Eloísa, sin preguntarse qué demonios pintan los operarios del seguro en la reparación de la fuente, ni mucho menos cual será la comunidad de vecinos a la que pertenece, se puso manos a la obra, desprecintando y quitando el tapón de todas las garrafas, para luego ayudar a Chester a volcarlas en la fuente. En cuanto el nivel del agua fue el suficiente, todos los pececillos, que antes nadaban apretujados y muy aletargados, empiezan a desplegar su actividad de manera frenética. Relámpagos azules, verdes y amarillos se movían por todas partes. De repente, uno de ellos cambió de color, se volvió rojo cereza, y Chester, haciendo gala de sus instintos, de un certero manotazo lo lanzó al aire, y lo devoró de un solo bocado...

-          Eloísa le preguntó “¿Por qué haces eso?”, y él le respondió:

-          “Porque esa es mi función. Soy el guardián de la fuente de los sueños, el encargado de velar por vosotros cuando cerráis los ojos. Cada pez es la imagen de una persona cuando duerme. Si el color es azul, el sueño es tranquilo, placentero. Si es verde, empieza alguna inquietud. Si se pone amarillo, es una pesadilla, pero algo pasajero”.

Al ver que no piensa explicarle ni los peces rojos ni su significado, se lo preguntó directamente, obteniendo esta curiosa respuesta: “Los sueños rojos son los peores. Son aquellos en los que sueñas tu propia muerte, y te mueres en el sueño, y en la vida real. Por eso tengo que estar de guardia, y eliminarlos nada más convertirse, si quiero proteger al humano”.

-          Eloísa, como toda niña de 12 años, quería saber más... “¿Y qué le pasa a la persona cuyo pez devoras?”

-          Y Chester le respondió: “Simplemente, aquella noche, deja de tener sueños. Y a la noche siguiente, o cuando vuelva a dormirse, por ejemplo en la siesta, ya tendrá su nuevo pececito dispuesto a seguir nadando”.

-          “¿Entonces, tú te encargas de los sueños de todo el mundo?”, le pregunta Eloísa.

-          “¡Qué va! ¡Sería imposible! Yo me limito a Madrid capital, con algunas urbanizaciones cercanas. En España, hay otras 200 fuentes de sueños, con su gato guardián, y su cometido es siempre el mismo: vigilar el agua, atrapar y comernos a los peces rojos, y mantener un nivel de agua correcto en todas ellas, reclutando si hace falta algún humano en caso de necesidad. Los Orcos hicieron una fiestecita hace dos noches, una rave party, creo, y rompieron la tubería del manantial olvidado que alimenta esta fuente. Los del seguro tienen que repararlo mañana, pero mis pobres pececitos no podían esperar más. Y mientras haga los encargos con el teléfono móvil, nadie sabe que soy un gato. Ahora, debo pedirte un último favor: que me ayudes a atar todas las garrafas vacías, y llevarlas al punto limpio que está a la entrada del camping.”

 


Y eso hizo Eloísa, atándolas de seis en seis, para que no pesasen demasiado. Ni corto ni perezoso, Chester sujetó con los dientes uno de los extremos dobles de la cuerda, Eloísa empezó a tirar del otro, y entre los dos, tardaron casi una hora en arrastrar la hilera de garrafas (al final, fueron 57 y media) al lugar en cuestión.

Chester, contento por haber realizado el trabajo, le dijo:

-          “Como agradecimiento por tu ayuda, Eloísa, te concedo 100 noches de sueños azules, y quién sabe si en ellas verás a tu amor desconocido. Sueña y sé feliz, Eloísa”. Y con una última sonrisa, y un relampagueo azul eléctrico y amarillo fosforito, Chester desapareció entre las frondas y la noche...

En efecto, Eloísa tuvo sus 100 noches de sueños azules, y es cierto que conoció a su amor verdadero, pero eso es materia para otro cuento...