SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 12: ELOÍSA
Y LA FUENTE DE LOS SUEÑOS
Es una de
aquellas historias que se cuentan alrededor del fuego, en noches sin luna ni
estrellas, como esta, cuando los niños, y los no tan niños, intentan descubrir
la verdad entre las danzantes llamas, con su sinfonía de ocres, rojos,
amarillos, dorados, anaranjados, y ese crepitar, esos chasquidos extraños que
nacen en el corazón de los viejos troncos. Y la historia, tal y como me la
contaron, empezaba así...
Era una de
esas noches sin luna ni estrellas, como esta, y Eloísa estaba junto al fuego,
con su familia, y unos cuantos amigos. A sus doce años, estaba entre dos
mundos, el de la infancia, y el de la adolescencia, demasiado pequeña para
alcanzar muchos de ellos, es cierto. Pero al mismo tiempo, demasiado mayor para
tener miedo. Hacía ya algún rato que los demás se habían retirado a las tiendas
de campaña, pero ella no podía dormir. Por eso, había salido de nuevo a la fría
y oscura noche, y estaba mirando sin ver la cambiante y efímera danza del
fuego. Su concentración era tan grande, que ni siquiera escuchó los pasos de la
extraña criatura hasta que le preguntó, con una voz un tanto ratonil: “¿Puedo
sentarme a tu lado?” Sobresaltada, y bruscamente arrancada de sus ensoñaciones,
miró a su alrededor antes de responder: “Si te acercas a la luz y me permites
verte, no tengo ningún problema. Es más, agradezco un poco de compañía”.
En aquel
momento, Eloísa escuchó unas tenues pisadas a su lado, y algo gélido rozó su
pierna derecha (recordemos que ya estaba en camisón), y cuando bajó la mirada,
casi escupió el aparato de ortodoncia: ¡pero si quien hablaba es un gatazo azul
fosforito con franjas amarillas, muy parecido al de Alicia en el país de las
Maravillas! Sin embargo, como a esas edades, ya casi nada sorprende, Eloísa no
se asustó, y solamente le dijo:
- “Con esos colores, seguro que tienes muchos problemas para
cazar tu comida en el bosque”. Y es entonces cuando el gatazo respondió:
- “No te preocupes, hace mucho tiempo que me alimento de
pienso y latitas. No necesito cazar, salvo por el placer que me reporta.
Cambiando de tema. ¿Qué hace una chica como tú, en un sitio como este?”
- Eloísa le respondió: “Estoy de acampada por primera vez,
con mi familia y unos amigos, pero no esperaba que fuera tan aburrido”.
- Chester, el gato, le dijo: “¿No te extraña un gato que
habla?”
- Eloísa: “No mucho. Los chicos de Pixar hacen cosas mucho
más raras”.
- Chester: “¿Y tampoco sientes curiosidad por las razones de
mi presencia, o de que haya venido a buscarte?”
- Eloísa: “Supongo que tú también te aburres, sin nada que
hacer”.
- Chester: “No exactamente, más bien, necesito tus pulgares.
Si vienes conmigo, te contaré un secreto”.
Y Eloísa,
que por su naturaleza era muy desconfiada, sin embargo, decidió seguir al
extraño y colorido felino. Después de media hora de caminar en la más absoluta
oscuridad, tras la fosforescencia del gatazo multicolor, llegaron a una pequeña
fuente ornamental de granito basto y antiguo en medio de un claro del bosque.
Se notaba que había perdido bastante agua, porque estaba llena solamente en un
tercio de su capacidad total, y en el fondo de ella se podía ver miríadas de
pececitos plateados con una pequeña raya roja en el lomo. Y junto a la fuente,
en la que desembocaba un pequeño arroyuelo, que a todas luces no era suficiente
para asegurar la supervivencia de las criaturitas, se encontraba el motivo de
la petición de Chester: más de cincuenta garrafas de tres litros de agua
mineral...
- “Por mucho que lo he intentado con zarpas y dientes, no
consigo abrirlas. Si me ayudas, entre los dos rellenamos la fuente, mientras
vienen los del seguro para reparar la avería y devolverme el agua. Es una gran
suerte que se puedan hacer tantas gestiones, desde compras a rellenar un parte
de avería, con un buen teléfono móvil. Entro por las noches, cuando lo
necesito, en la recepción del camping cercano, y en media horita, todo listo. Y
las compras, las cargo en la Visa Oro que le sustraje al director”.
Eloísa, sin
preguntarse qué demonios pintan los operarios del seguro en la reparación de la
fuente, ni mucho menos cual será la comunidad de vecinos a la que pertenece, se
puso manos a la obra, desprecintando y quitando el tapón de todas las garrafas,
para luego ayudar a Chester a volcarlas en la fuente. En cuanto el nivel del
agua fue el suficiente, todos los pececillos, que antes nadaban apretujados y
muy aletargados, empiezan a desplegar su actividad de manera frenética.
Relámpagos azules, verdes y amarillos se movían por todas partes. De repente,
uno de ellos cambió de color, se volvió rojo cereza, y Chester, haciendo gala
de sus instintos, de un certero manotazo lo lanzó al aire, y lo devoró de un
solo bocado...
- Eloísa le preguntó “¿Por qué haces eso?”, y él le
respondió:
- “Porque esa es mi función. Soy el guardián de la fuente de
los sueños, el encargado de velar por vosotros cuando cerráis los ojos. Cada
pez es la imagen de una persona cuando duerme. Si el color es azul, el sueño es
tranquilo, placentero. Si es verde, empieza alguna inquietud. Si se pone
amarillo, es una pesadilla, pero algo pasajero”.
Al ver que no piensa explicarle
ni los peces rojos ni su significado, se lo preguntó directamente, obteniendo
esta curiosa respuesta: “Los sueños rojos son los peores. Son aquellos en los
que sueñas tu propia muerte, y te mueres en el sueño, y en la vida real. Por
eso tengo que estar de guardia, y eliminarlos nada más convertirse, si quiero
proteger al humano”.
- Eloísa, como toda niña de 12 años, quería saber más... “¿Y
qué le pasa a la persona cuyo pez devoras?”
- Y Chester le respondió: “Simplemente, aquella noche, deja
de tener sueños. Y a la noche siguiente, o cuando vuelva a dormirse, por
ejemplo en la siesta, ya tendrá su nuevo pececito dispuesto a seguir nadando”.
- “¿Entonces, tú te encargas de los sueños de todo el
mundo?”, le pregunta Eloísa.
- “¡Qué va! ¡Sería imposible! Yo me limito a Madrid capital,
con algunas urbanizaciones cercanas. En España, hay otras 200 fuentes de
sueños, con su gato guardián, y su cometido es siempre el mismo: vigilar el
agua, atrapar y comernos a los peces rojos, y mantener un nivel de agua
correcto en todas ellas, reclutando si hace falta algún humano en caso de
necesidad. Los Orcos hicieron una fiestecita hace dos noches, una rave party,
creo, y rompieron la tubería del manantial olvidado que alimenta esta fuente. Los
del seguro tienen que repararlo mañana, pero mis pobres pececitos no podían
esperar más. Y mientras haga los encargos con el teléfono móvil, nadie sabe que
soy un gato. Ahora, debo pedirte un último favor: que me ayudes a atar todas
las garrafas vacías, y llevarlas al punto limpio que está a la entrada del
camping.”
Y eso hizo
Eloísa, atándolas de seis en seis, para que no pesasen demasiado. Ni corto ni
perezoso, Chester sujetó con los dientes uno de los extremos dobles de la
cuerda, Eloísa empezó a tirar del otro, y entre los dos, tardaron casi una hora
en arrastrar la hilera de garrafas (al final, fueron 57 y media) al lugar en
cuestión.
Chester, contento por haber
realizado el trabajo, le dijo:
- “Como agradecimiento por tu ayuda, Eloísa, te concedo 100
noches de sueños azules, y quién sabe si en ellas verás a tu amor desconocido.
Sueña y sé feliz, Eloísa”. Y con una última sonrisa, y un relampagueo azul
eléctrico y amarillo fosforito, Chester desapareció entre las frondas y la
noche...
En efecto, Eloísa tuvo sus 100
noches de sueños azules, y es cierto que conoció a su amor verdadero, pero eso
es materia para otro cuento...

