SUCEDIÓ EN MADRID TOMA 6: LA HABITACIÓN
626
Hace algunos
meses, cuando me contaron la historia de Agustina Golden García, la famosa
cirujana cardiovascular que sin embargo se pasaba la mayor parte de las tardes
en la habitación 626, en la última planta del edificio, no estaba muy seguro
sobre su veracidad. ¿Realmente era posible que un lugar tan especial existiera
en el corazón del Hospital? ¿Era cierto lo que allí sucedía? ¿O bien, por
alguna razón, uno de mis queridos compañeros de trabajo me estaba tomando el
pelo? Por supuesto, esta última posibilidad era, sin duda alguna, la más
viable... Aunque el paso del tiempo se encargó de darme la respuesta.
DESCUBRIENDO
LA HABITACIÓN 626. Pero es mucho mejor empezar por el principio. Y hablaros de
la habitación 626. Está ubicada en la planta sexta del hospital (en la planta
baja están las consultas externas, y en la primera los quirófanos), y en
apariencia, nada la distingue, desde el exterior, de las demás. La puerta es de
metal y madera, el picaporte es curvado, y tiene una pequeña cerradura de color
dorado, de estilo antiguo, parecida a la de “Alicia en el País de las
Maravillas”, y se diría que desde el interior se proyecta un tenue rayo de luz.
A ambos lados se encuentran otras dos puertas, sin cerradura, parecen no haber
sido utilizadas en mucho tiempo, y bajo las cuales también se desliza, de vez
en cuando, un tenue rayo de luz dorada... ¿Os apetece entrar? Seguidme, pues...
La primera
sorpresa que nos espera al cruzar el umbral es la luz. Bueno, siempre y cuando
me permitáis encenderla, que de momento solo tenemos cuatro lamparitas, de las
que usan los niños para no tener miedo de noche. Tapaos los ojos, el contraste
es bastante fuerte. Ya está... Nada que ver con los horrorosos halógenos y
fluorescentes que llevan agrediendo nuestros ojos desde que hemos entrado en el
Hospital. En vez de eso, decenas de lamparitas de bajo consumo, con forma de
candelabros, se expenden por las paredes, creando un ambiente cálido, de luz
dorada, que te envuelve y tranquiliza. Repartidas un poco al azar se encuentra
una decena de pequeñas mesas redondas, con taburetes de madera, para niños
pequeños.
Otra gran sorpresa es la sensación de espacio, puesto que una suave y mullida moqueta de color azul cielo se extiende de pared a pared, en todas direcciones, y compruebas que en la pared del pasillo se abren otras cuatro puertas. Sin embargo, el secreto mejor guardado es el gran tabique de cristal que va a lo largo de toda la pared Oeste, y que a través de dos puertas de madera de boj, permiten acceder al Jardín Japonés. Aprovechando la parte sin uso de la azotea, se ha creado un hermoso jardín, encerrado en un invernadero, y que a juzgar por lo exquisitamente cuidado, requiere cientos de horas al mes para mostrarse en todo su esplendor. Aunque volveremos más tarde, quiero enseñaros el resto de las instalaciones...
Si la luz le
confiere un carácter especial a esta mega-habitación (la 624-625-626-627 y
628), su contenido también es sumamente llamativo. Pulcramente alineados a lo
largo de todas las paredes, depositados en estanterías a baja altura, se
encuentran decenas, centenares de peluches, de múltiples formas y tamaños,
aunque predominan los osos (liderados por Boris, el oso ruso), los conejos
(capitaneados por Tambor) y los elefantes rosas (incluyendo el famoso elefante
rosa con pintas verdes esmeralda).
También hay
un amplio surtido de muñecas (predominan las de trapo), y globos llenos de
aire, y pelotas de colores de todos los tamaños. No, no hay un solo juguete
violento, ni complicado, ni que use pilas, nada de videoconsolas, ni de cosas
que se puedan desmontar en pequeñas piezas... En la pared Norte (nosotros hemos
entrado por la Puerta del Este) se encuentran dos objetos que atraen nuestra
atención: una gigantesca pizarra de fondo verde, con un amplio surtido de tizas
de colores y una frase escrita en ella (sobre la que hablaremos más adelante),
y una enorme tele de plasma, junto a la que se encuentra una estantería rellena
de DVDs, que parece contener todas las películas de dibujos animados que han
llegado a España desde los primeros tiempos de la Disney, y un amplio surtido
de títulos que hablan del amor, la amistad, como “E.T.”, “Los Goonies”,
“Gremlims”... Y, dentro de dos grandes arcones ubicados en la pared del Sur,
encontramos decenas de almohadas con forma de ovejitas. Y por encima, una gran estantería
llena de cuentos y relatos cortos para niños. Y con esto damos por terminada la
visita. ¿Cómo, quieres saber lo que pone en la pizarra? Una sola frase: “La
muerte es el principio”.
Cuando entré
por primera vez en la habitación 26, a las tres semanas de incorporarme al
centro, estaba amaneciendo, y lo hice dentro de una de mis rondas como
vigilante de seguridad. Me llamó muchísimo la atención el ambiente de paz, de
tranquilidad, que se respiraba en ella. Esa decena de lamparitas encendidas en
mitad de la noche, las mesas y taburetes y cojines, los peluches, el Jardín
Japonés, me hacían sentir bien, protegido, y feliz. Se lo comenté a Adrián, el
compañero más accesible, en la pausa del desayuno, y me dijo: “Es normal,
Luis... Si hubieras sentido otra cosa, no sé, miedo, inquietud o tristeza, eso
querría decir que la habitación 26 no cumplía con su función. Y entonces sí que
tendríamos un grave problema”.
Con lo
sumamente curioso que soy, era lógico que le preguntase “¿Y cuál es su
función?” Aunque su respuesta me dejó bastante inquieto: “Es la puerta entre
dos mundos”. Igual que los niños pequeños, que no admiten un “No” por
respuesta, empecé a pedirle más detalles, hasta que Adrián, quizás un poco
molesto, me dijo: “Mira, solamente te diré que en las principales ciudades del
mundo, hay habitaciones como esta, y todas ellas están a cargo de una
Guardiana. Nadie mejor que ella para contarte, si le parece oportuno, lo que
allí sucede. Vente a la habitación 626 esta tarde, a las 19:30, antes de
comenzar el turno, y no te olvides de llevar un oso de peluche. Ella te estará
esperando. Y ahora, vamos a hacer la última ronda de la noche”.
LA
GUARDIANA. Mientras volvía a casa, algo inquieto por lo que me había contado
Adrián (“puerta entre dos mundos, problemas de verdad, Guardiana”), sentía
crecer en mí la curiosidad, esa que mató al gato, y temeroso de olvidarme del
peluche, hice una escala en el Vip´s y, tirando de tarjeta, compré un oso de
color gris y blanco, que me hizo recordar mi infancia. Después de saludar con
un beso a mi mujer, que se estaba levantando para ir al trabajo, y de jugar
unos minutos con Chiqui, nuestro gato, me fui a la cama.
A las cuatro
y media de la tarde ya estaba en marcha, preparándome la cena, después de la
escala en la ducha para ser un poco más “persona”, mientras esperaba a que
subiera la cafetera. Sí, lo reconozco, soy un clásico: me gusta el café de
verdad, de cafetera italiana, a fuego lento en los fogones, y que esa
mariconada del Nespresso se lo queden los pijos. Con una última oleada de
arrumacos felinos, emprendí el camino hacia el Hospital, y la Habitación 626.
Llevaría
un par de minutos plantado delante de la puerta, observando el titilar de las
luces, mientras escuchaba una levísima música de fondo, cuando oí una voz,
dulce, suave que me dijo: “Adelante, Luis. Llegas muy puntual. Estoy con los
osos”. Por eso, abrí la puerta, y la busqué. Efectivamente, estaba con los osos
de peluche, o mejor dicho, entre los osos de peluche, porque al entrar, solo vi
una melena castaña con mechas rubias cortada estilo paje, unos inmensos ojos
castaños que destilaban amor y tristeza, y una cara, algo cansada, que me
inspiró ternura, y unos labios de sonrisa agradable. Cuando se levantó y se
acercó a mí, reparé en la cruz gótica que llevaba en el cuello, con una pequeña
cadena de plata. Estaba vestida con un pantalón vaquero de peto, una camisa de
leñador a cuadros rojos, azules y blancos (con algunas manchas de tiza y de
pintura) y caminaba con los pies descalzos por el suelo enmoquetado.
Me invitó a seguirla, después de darme dos besos (compruebo que a ella también le gusta la colonia Nenuco), y nos acomodamos de nuevo sobre dos pufs enormes, en el rincón opuesto al territorio peluche. Me siguió sorprendiendo su aparente fragilidad, no superaba el metro sesenta, y no debía pesar más de cincuenta kilos, aunque de todas formas, toda ella parecía irradiar una tenue luz blanca. Y es entonces cuando puso en marcha una venerable tetera eléctrica, que mientras hablamos nos permitió degustar una taza de té negro, endulzado con miel. Y Agustina comienza a hablar, como si fuera un cuento, en los que todo es posible, después del “Erase una vez”.
AGUSTINA Y
LOS NIÑOS PERDIDOS...
- “¿Alguna vez te has preguntado por la otra vida, o
directamente, si hay otra vida? Porque yo, sinceramente, es algo que ni
siquiera contemplaba, hasta hace cuatro años y medio, cuando tuve el accidente.
No fue gran cosa, es cierto: me resbalé en la ducha en mi casa, una de esas
frías noches del mes de octubre, cuando necesitas que algo te permita alejarte
de la rutina. Sobre todo, de mi trabajo como auditora en Hacienda, en el
departamento de gestión del fraude. A veces resulta apasionante, puedes investigar
algunas de las historias más rocambolescas, como la del falso muerto, con tal
de estafarnos. Pero eso no importa. Me resbalé en la ducha, algo tan simple
como eso, salvo que estaba sola en casa (bueno, con mis tres gatos
consentidos), y me quedé tendida, bajo el agua caliente, durante una media
hora.
Me despertó
una débil vocecita, que venía del otro lado de las cortinas, nuestra bañera es
muy antigua, de esas que tienen garras de león en las patas, grifos de aspa, y
una alcachofa situada al extremo de un tubo de latón. Me extrañó mucho, porque
mis dos hijos, Rómulo y Xela estaban trabajando. De todas formas, me levanté
como pude, para cerrar el grifo y alcanzar una toalla. Al salir, le vi. Era un
chiquillo, de ojos asustados, que abrazaba uno de los viejos peluches de Xela,
repitiendo una y otra vez la misma pregunta: “¿Eres tú la Guardiana?” Y, de
forma bastante extraña, intuí cual era la única respuesta posible, es decir:
Sí”.
- “¿Y no te extrañó, el encontrarte un chavalito, de pie, en
tu cuarto de baño, con la casa cerrada?”
- “No, en cierto modo, no. Quizás siempre supe que lo estaba
esperando, a él, o bien a otro como él; de cualquier modo, un mensajero de los
niños perdidos. Sí, enseguida supe que se trataba de un fantasma, porque era
físicamente imposible que una persona pudiera entrar en mi casa de Villaviciosa
de Odón, pero también porque su imagen fluctuaba, como si fuera un holograma, y
tenía la fuerza justa para coger entre sus brazos un oso de peluche de Xela”.
- “Entonces, ya habías oído hablar de los niños perdidos”, le
dije.
- “Sí, fue mi sobrina Beatrice quien me habló de ellos, de
cierta leyenda urbana que se escuchaba contar a los más mayores de su colegio,
sobre unas personas muy especiales, que eran capaces de encontrar y ser
encontrados por los muertos, que seguían apegados a la Tierra. Normalmente, su
trabajo es bastante sencillo, no olvidemos que la serie “Entre Fantasmas” está
basada en hechos reales, porque a partir de los diez o doce años, los espíritus
suelen ir hacia la luz... Sin embargo, con los niños pequeños, es diferente. No
se puede hacer gran cosa, con aquellos espíritus que no tienen conciencia de la
muerte, que están demasiado confundidos como para cruzar la frontera, y por eso
se quedan en el limbo, hasta que alguien los localiza y les ayuda en su viaje”.
- “Y con los niños más pequeños... ¿qué les pasa?”
- “Una de las características más esenciales para poder
cruzar la puerta, ir al otro lado, a otra realidad, o hacia la nada, es
precisamente el tener conciencia de sí mismos, de su humanidad, de su
irrepetibilidad. Los que son demasiado pequeños, los bebés, los que nacen
“mal”, su fuerza vital se queda un tiempo flotando, como si fuera una pequeña
esfera de luz, de esas que ves por el rabillo del ojo cuando estás muy cansado,
y luego, desaparecen para siempre, reincorporándose al ciclo de la vida, de la
tierra, del sol... Normalmente, es algo que les sucede a los niños menores de
tres años”.
- “¿Y a partir de esa edad?”, le pregunté, mientras daba un
sorbo a mi taza de té, que ya se había quedado algo frío...
- “Si tienen esa edad, y han muerto en la comunidad de
Madrid, se incorporan a mi clase, o a las otras aulas dispersas por otros
hospitales. El orden de las cosas en el Universo implica que necesitan ayuda
externa, para asumir la verdad de la muerte, y de la vida. Por eso, en cuanto
aparece uno nuevo en la clase, intento que se sienta bien, a gusto, y sobre
todo, sin miedo. Mi función, como la de otros muchos Guardianes y Guardianas en
las principales ciudades del mundo es poner a estos espíritus en relación con
otros niños de su edad, pero en el mundo de los vivos”, me comenta, mientras
sopla juguetona su taza de té, que está hirviendo.
- “¿Y de dónde vienen los demás niños? Quiero decir, los que
están vivos”.
- “Todos ellos son del hospital, ya sea pacientes,
visitantes, hijos de médicos o de personal del centro. Cuantos más son, mejor,
porque aportan amor, cariño y fuerza a algunas criaturas tan débiles, que
parecen el fantasma de un alma en pena”.
- “¿Y no tienen miedo? Porque yo, seguramente, lo tendría”.
- “Esa es la mayor diferencia... Los niños no conocen el
miedo, y les parece de lo más natural el estar jugando con amigos más pequeños,
distintos, o brillantes, como dicen ellos. Y los juegos son la mejor manera de
entrar en contacto, de establecer lazos, de reforzarlo”.
- “Me gustaría saber cómo encuentran el camino, hacia estos
sitios”.
- “Luis, imagínate que esta habitación es un faro, que
proyecta su luz desde un acantilado. Bueno, pues la habitación 626, que por
cierto ha sido preparada por la comisión de proyectos especiales del hospital,
funciona de esa manera. Atrayendo a los espíritus de los niños y niñas que
mueren, y no han alcanzado a comprender la vida y la muerte, sobre todo a los
que tienen miedo. Es una señal que indica un refugio, un oasis en mitad del
desierto, o simplemente, un lugar agradable donde descansar y relacionarse con
otros niños. Y funciona en todas las ciudades del mundo, con mayor o menor
publicidad o apoyo institucional. Es una verdad incómoda, molesta a veces, pero
que ha existido desde siempre, igual que los pastores de almas. No hay nada
parecido para los adolescentes, porque ellos siempre son conscientes del paso
de una vida a otra”.
- “Agustina, ¿alguna vez has tenido miedo?”
- “Te respondo con otra pregunta, ¿qué te da más miedo a ti,
los vivos, o los muertos? Porque a mí, son los vivos los que me aterran. Jamás
los muertos, o los espíritus de mis niños. Trabajo con ellos todas las tardes,
de las cuatro a las ocho y media. A veces, me quedo un rato más, si uno de mis
niños tiene miedo, o está perdido, o llega tarde. Aunque por las mañanas, tengo
mi trabajo en Hacienda”.
- “¿Podría acompañarte una tarde, y de paso conocer a todos
tus niños?”
- “Los tienes aquí, Luis, a muchos de ellos. A Nerea,
Santiago, Fernandito, Silvia, Pablo, Inmaculada, Soraya... Cierra los ojos un
momento, relájate.... Y ahora, cuando los abras, podrás verlos, pero solo si
crees en ti mismo... y en ellos”.
EPÍLOGO. Por
supuesto, eres muy libre de creerme, o de no hacerlo, que de todas formas, me
da igual. Pues al abrir los ojos, los pude ver, a todos ellos. Son criaturas de
luz y cristal. Pero también, llenos de miedos. Y entonces comprendí por qué
estaba allí, hablando con Agustina Golden, una de las mujeres más fascinantes
que he conocido nunca. Porque faltaba un elemento en el puzle, un catalizador,
para reforzar su tarea en la Habitación 626. Un cuentacuentos, que pudiera
dedicarle un ratito cada tarde, a los niños perdidos...
Desde
aquel momento, hace ya varios años, jamás he tenido miedo a los fantasmas,
mientras sigue creciendo mi admiración y mi cariño por Agustina Golden. Aquella
pequeña mujer, de enorme corazón, y con inmensos ojos marrones... que sirven de
faro a las almas...


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