HOLA Y ADIÓS
Este señor,
que tan seriamente parece estar inspeccionando los dientes del camello (o del
dromedario, nunca me aclaro con el tema de las jorobas) en las laderas de un
volcán de Lanzarote, era mi padre. Ayer habría cumplido 87 años, que se dice
pronto, y el día 25 se cumplirán 23 años de su muerte, por eso el enigmático
título.
Dicen que el
tiempo todo lo cura, yo creo que es más bien el olvido. Sería imposible vivir
con el recuerdo claro y constante de todas las cosas que te han pasado en la vida,
aunque un amigo mío, JP, afirma lo contrario. Y yo creo que en ese olvido
encontramos el descanso, la paz, la felicidad incluso, porque se borra todo lo
malo.
O debería
hacerlo.
Con el
tiempo desaparecen las remembranzas (siempre quise usar esta palabra) de las
carreras por el patio perseguido por los otros niños, los recreos escondidos en
el baño o en la biblioteca, las aguadillas colectivas en la clase de natación,
los gritos y las humillaciones, la soledad que te persigue a todas partes en el
colegio, la manera en que se reprodujo la historia en los últimos años de
facultad: ser el “outsider” no es nada fácil, no terminar de integrarte,
tampoco. Por eso digo siempre que mi canción favorita, o aquella con la que más
me identifico, es “Creep”, de Radiohead, que está sonando en este momento.
Quizás por
eso recuerdas mejor las cosas buenas, cada momento y persona que te ha hecho
sentir bien, aceptado, querido; como mi amigo Quique, director y monitor en el
Albergue Juvenil de Bárcena Mayor, de quien ya os hablaré en otro momento (nos
conocemos hace cuarenta y dos años); o mis amigas Sophie, Arancha y Carmen (me
refiero a amistades de más de veinte años), y que aunque no las veas durante
algún tiempo, sabes que una simple llamada de teléfono basta para que surja la
chispa que culmine en un café en buena compañía. Porque si no recuerdas los
buenos instantes, la vida puede ser muy dura. Y te parece de nuevo ver el amanecer en el acantilado del Camping La Paz (junto al
pueblo de Vidiago) desde la terraza del bar; el sonido y olor de las hojas del
Retiro cuando te metes por un sendero recóndito después de la lluvia; la
emoción de los primeros compases de la Novena Sinfonía de Beethoven en el
Auditorio Nacional; a Bruce Willis diciendo “Yipi Ka Yei” después de tirar a
Hans Gruber desde lo alto del Nakatomi; esa magia especial que destila “El Brujo”
en cada una de sus funciones; el sonido del silencio en el habitáculo del coche,
tan solo el ruido de las ruedas sobre el asfalto, cuando viajas de noche por
carreteras automáticas en un vehículo recién estrenado; la emoción de ver por
primera vez a tus sobrinas dentro de las incubadoras, cada una con su gorrito y
su nombre; el suave peso del fantasma de mi gato Chiqui aquellas tardes que
viene a acompañarme durante la siesta y se pega a mi costado ronroneando; los ataques
de locura gatuna del agente Zeus; o el olor a libro nuevo, a tinta y a ilusión…
Cosas buenas
sobre las que podría seguir escribiendo, pero te pido que también pienses en
las malas. Porque en el caso de mi padre, que murió a los sesenta y tres años y
dieciocho días, también existen las cosas oscuras. Los gritos. El miedo. Los
malos modales. Esas nubes de tabaco negro que siempre le envolvían y que
terminarían causando su muerte entre horribles dolores. Esos cambios de
carácter tan súbitos y que tanto miedo me daban de pequeño. Luego vino la
adolescencia, le perdí el miedo, y quizás incluso el respeto debido como
progenitor. Siempre encantador con sus pacientes en la consulta de por la
tarde, a la familia nos trataba de forma bien distinta.
En el fondo,
nunca le entendí, ni tuvimos más que una sola conversación de esas padre-hijo
en el balcón una noche de lluvia; y tan solo le vi llorar una vez. Además, tuvo
el mal gusto de escoger para morirse mis treinta años, cuando quizás empezaba a
resultar interesante para él porque se veía reflejado en mí en ciertas cosas. En
otras, por enorme fortuna, no tenemos nada que ver.
Por eso, mis
recuerdos son ambivalentes, y tampoco me veo capaz de decidir si fue un buen o
un mal padre, ni tan siquiera una buena o mala persona. Que era culto es
indudable, hablaba con fluidez español, alemán, inglés, francés e italiano;
podía seguir las óperas de Wagner sin el libreto; era apasionado de la
egiptología; viajero incansable; amante de las exposiciones, del teatro, del
cine, de los conciertos en el Auditorio Nacional (sobre todo los domingos, con
las entradas a menor precio). Le gustaba la buena mesa y la cerveza. Sabía
cocinar pocos platos, pero de una gran complejidad. No ayudaba demasiado en las
labores de la casa. Como yo, apenas si tenía amigos. Su refugio era el despacho
y la sala de espera, allí pasaba tardes enteras, escuchando música clásica,
fumando y leyendo. No dudo que tuviera un gran mundo interior, pero nunca me
dejó aproximarme a él ni descubrirlo. Durante una temporada larga, mi hermana
fue su favorita, compañera de cine, conciertos y exposiciones, mientras que yo,
con mi ropa negra casi heavy, me mantenía al margen, encerrado en mi habitación,
leyendo o estudiando.
Nunca hubo
enfrentamiento formal, pero sí réplicas amargas y palabras que no debieron
haber sido dichas muchos años antes que dejaron una barrera, un foso, entre nosotros. Simplemente, quedaron en el aire... Pero tampoco hubo tiempo para la reconciliación. Una de las últimas
noches de su vida, mientras agonizaba en su dormitorio, y yo hacía guardia, me
dio por hablarle, como si estuviera consciente. Le dije que se podía morir en
paz, que había intentado ser un buen padre, y que en muchos sentidos (pero no
en todos), lo consiguió. Que dejaba atrás un gran grupo de pacientes que
seguían llamando a casa, preguntando por él. Que Ana y Pepe le echaban mucho de
menos. Que todos sus libros técnicos terminarían en la Facultad de Medicina,
para que los usasen las nuevas generaciones de estudiantes. Otros muchos de sus
libros han encontrado su hogar definitivo en el Ateneo de Madrid. Que yo había
aprendido las lecciones, tanto las de imitarle en unas cosas, como evitar ser
como él en otros aspectos. Y que le echaría muchísimo de menos, porque justo en
el momento en que por edad podríamos habernos entendido mejor, él había
decidido morirse, con un espantoso cáncer de lengua que él mismo se había
provocado fumando dos paquetes de Ducados diarios durante tantos años, y sin
hacer caso a su amigo dentista, quien le avisó del peligro al aparecer la
primera lesión. Más tarde, largos años de terapia me ayudarían a hacer las
paces con él, a perdonarle por dejarme tan solo, por escoger la solución más
fácil y dolorosa para no convertirse en ese anciano babeante e inválido que él
siempre se negó a ser…
Por eso, y
aunque viviéramos juntos más de treinta años, la relación con mi padre fue un “Hola
y adiós”, los recuerdos malos se han ido esfumando con los años, y tan solo me
queda la tristeza por todas aquellas cosas hermosas que se ha ido perdiendo en
todos estos años… Por eso lloro cuando escucho algunas piezas de música clásica
(sigo yendo al Auditorio en su memoria), o bien al ver una exposición de arte,
o simplemente noto que daría cualquier cosa por sentir uno de sus tan escasos
abrazos, en aquellos momentos en los que me noto tan perdido como ahora…

