lunes, 10 de noviembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 3: A TODO GAS

 

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 3: A TODO GAS

 

Un martes en la ciudad.

 

Estrujones y apretones en la estación de cercanías desde buena hora, para conseguir un mínimo espacio en los abarrotados vagones. Por delante, toda una jornada de esfuerzo. La mañana consagrada al estudio en un centro de FP, y por la tarde, las prácticas en el taller. De todas formas, poco le importan las teorías sobre los nuevos motores eléctricos y sus componentes, porque Irene es una amante de lo clásico, de las bujías y los cilindros, de las bielas y el aceite, de los motores de combustión y del aire a caucho recalentado que dejan los neumáticos en la pista.

 

A Irene siempre le apasionaron los coches, y este fin de semana, por fin, participaría en su primer Rali específico para 600, en el barrio de Alcobendas. Porque ella es corredora de ralis, bueno, lo será a partir del próximo domingo. Teniendo en cuenta su entorno, y su forma de criarse, no es de extrañar su amor por las carreras. Con poco más de 3 años de edad, en 2008, su madre, Natacha, les abandonó a ella y a su padre. Una simple nota en la puerta del frigorífico: “Adiós. Me vuelvo a mi país.”

 


            Nada más. Ni un “Te quiero”, o un simple “Cuida de la niña”. Claro que Natacha era una novia por catálogo, venida de un remoto pueblo de Ucrania sin otra cosa que una pequeña maleta de cartón y una foto de sus padres, en febrero de 2003. A sus 20 años, estaba cansada de la monotonía, de la falta de esperanzas de su pueblo, y decidió ponerse en contacto con la agencia “Cupido Rosa”, quien se encargaba de hacer todos los trámites y poner en contacto a las candidatas con los futuros novios. ¡Demasiada suerte tuvo de no caer en manos de la trata de personas!

 

Adolfo, su padre, puede que no fuera un adonis, con sus cincuenta bien cumplidos cuando Natacha vino a Madrid, bastante barriguita por la cerveza de después de comer, y un cráneo donde los pelos iban perdiendo la batalla. Pero la amaba, ¡oh, sí!, desde el primer día que vio su foto. Ella ni siquiera hablaba español, por lo que durante los primeros meses se apuntó a una academia para aprender el idioma, algo para lo que estaba muy bien dotada. También se encargaba de la casa, y 3 o 4 noches por semana, del bienestar sexual de Adolfo. No había nada por escrito, él jamás se lo impuso, pero ella en cierto modo lo consideraba parte del contrato, y al cabo de un año, empezó a disfrutar con ello, porque le enseñó algunas de las cosas que realmente le gustaban. Al quedarse embarazada, se casaron. Fue en el Ayuntamiento de Alcobendas, y asistieron sus antiguas compañeras de la academia, y un pequeño grupo de limpiadoras que trabajaban con ella en la misma empresa. Eso fue el 12 de diciembre de 2004.

 

            Irene nació el 29 de marzo de 2005, como una niña preciosa, de intensos ojos azules, pelo rubio, hoyuelos y siempre de buen humor. Comía a sus horas, dormía del tirón, y no tenía rabietas. Pero, sin embargo, ya desde el primer momento se notaba cierto desapego por parte de Natacha. Como si hiciera responsable a la pequeña de ese matrimonio no deseado y que desde luego no había salido tal y como ella había planeado. Porque Adolfo era un simple mecánico de coches, con un pequeño concesionario en un solar colindante, y que pasaba muchas horas trabajando. Tenía a dos empleados, dos jovenzuelos recién salidos de un centro de menores, pero oye, que eran excelentes profesionales, o quizás la virtud fuera de Adolfo, quien les fue enseñando con tiempo y paciencia todo lo que sabía. Formaban un gran equipo, Adolfo, Antonio y Alberto, tan unidos que les llamaban “La Triple A”.

 

            En cuanto Natacha dejó de dar el pecho a Irene a los 6 meses de edad, es como si perdiera todo interés por ella, se puso a estudiar secretariado de alta dirección en una academia cerca del ayuntamiento por las tardes, después de pasar por casa para comer y dejarle algo preparado a Adolfo. La pequeña Irene pasaba las mañanas en la guardería, y por las tardes, en el taller. Bien pronto mostró su interés por los coches, las herramientas, la grasa, la suciedad, tanto que Alberto dijo un día, cuando se lanzó de cabeza en el foso: “¿A que esta niña nos sale mecánica en el Dakar?” Y como tampoco podían dejarla en casa con nadie (Natacha se centraba en los estudios en la academia, y al cabo de un año encontró un trabajo mejor en una pequeña empresa… y un amante ruso), no había mucho más remedio que llevársela al taller. Tenía incluso su pequeña cuna en la oficina.

             El 14 de febrero de 2008, Adolfo se encontró la nota de su mujer pegada en la nevera y, como hombre realista y apegado a la tierra, cogió a Irene en brazos y le dijo: “Bueno, pues parece que vas a aprender todo lo que pueda enseñarte sobre coches”. Y eso hizo. Poco a poco, como si fuera un juego, Irene empezó a trastear con las cajas de herramientas, reconociendo los calibres de las llaves, los pesos de los martillos, la forma de los alicates y de las pinzas. Pasaron unos años, y en 2012 ya sabía más de coches que muchos chicos de la FP. Adoraba los coches, los motores, pero sobre todo el encontrar la causa de las averías. Era una gran mecánica, dotada de una intuición fantástica, y una alumna aventajada tanto de su padre como de Alberto y Antonio. Además, era muy lista, sacaba unas grandes notas en la escuela. A los 11 años, en 2016, era capaz de desmontar ella sola el motor de un 600 que tenían en el fondo del taller, y dejarlo en perfectas condiciones de funcionamiento. Ese día, tomó dos decisiones que serían cruciales en el resto de su vida: apuntarse a una FP (perdón, a los ciclos formativos) de mecánica de coches, y convertir ese motor sin coche en un vehículo entero para ser conductora de ralis.

 

            La “triple A” se lo tomó un poco a broma porque… ¿qué niña de 11 años puede tener tan claras las cosas?, pero Irene sabía ser muy persuasiva. Ya un año antes había conseguido que su padre le diera un pequeño sueldo en función de las reparaciones que efectuaba en el taller, porque quería comprarse por piezas un 600, reconstruirlo por completo y correr con él. Ningún año se perdía el Rali de Alcobendas, donde había una categoría especial para los 600, era el día más feliz porque veía de cerca a sus queridos amigos los cochecitos. A los 14 años sacaba unas notas excelentes en el instituto, y por las tardes compaginaba los estudios con sus horas de trabajo en el taller. Y el mismo día en que cumplió los 16, su padre la llamó al móvil y le pidió que le ayudase con la grúa, porque traía un nuevo coche para el taller. Estaba cubierto por una misteriosa lona azul, y envuelto con un lazo rojo. Irene no podía contenerse… ¿No sería acaso… un coche para ella? A zarpazos quitó el lazo rojo, luego la lona, dejando a plena vista bajo los focos del taller una carcasa de 600 de 1977. “Papá, ¿es todo mío?”, le preguntó. “¡Pues claro que sí!”, le respondió Adolfo. “Ha llegado el momento de que demuestres todo tu potencial…” No pudo seguir hablando, porque Irene, que le sacaba una cabeza, se le lanzó encima y empezó a abrazarle y a cubrirle de besos.

 

            Desde aquella fecha de 2021, Irene se centró por completo en su nuevo proyecto: devolverle la vida a su querido “Morronguito” (le puso el nombre porque en el maletero del coche encontraron vivo, de puro milagro, un cachorro de gato atigrado, que, por supuesto se incorporó al elenco familiar, con el nombre de “Morronguito Segundo”) y hacerlo competir. No fue fácil encontrar recambios originales para el coche, ni piezas para el motor adaptado, algunas de ellas tuvieron que fabricarlas en el mismo taller, otras fueron obra de artesanos, y tardaron dos años enteros en tener listo el vehículo. Para no tener problemas de circulación, le habían modificado el motor, puesto catalizadores y todo lo necesario para que pudiera moverse por el centro de la ciudad, pero manteniendo los suficientes elementos originales para que participase en el Rali. Aprender a conducir no fue más que un puro trámite, llevaba haciéndolo desde los 14 por los terrenos del taller, y por eso a los 18 se sacó el carné a la primera.

 

            Irene se entrenó a conciencia por terrenos similares y de forma un tanto clandestina casi todos los sábados y domingos de los dos siguientes años, participando incluso en una carrera de demostración (quedó la tercera por un problema del motor). Pero eso a quien le importa, porque este domingo, por fin, el 14 de abril de 2024, cumplirá su sueño: ¡salir a todo gas! Y en la línea de llegada estará su familia: Adolfo, Alberto, Antonio, y “Morronguito Segundo”. Un sueño a punto de cumplirse…

 

Domingo por la mañana. El circuito está lleno de gente, que se acumula en los bordes de los caminos de tierra. “¿Será la suspensión nueva lo bastante fuerte?”, se pregunta Irene. “¿Aguantará el motor?”, se interroga Adolfo. Los otros dos tan solo piensan que es la única chica que participa en la carrera, y les preocupa un poco su fortaleza, sobre todo en la curva tan pronunciada de la llegada. El juez de línea levanta la pistola de señales. Los encargados de los banderines los alzan en la mañana sin viento.

 

¡BANG! Suena el disparo. Comienza el rali. Los cochecillos se ponen en marcha, con los motores rugiendo a todo gas. El circuito es pequeño, poco más de 10 kilómetros, peor hay que dar dos vueltas. La pista está seca, y hay bastante polvo por todas partes. Algunos espectadores se llevan pañuelos a la boca y a las narices. Todo es muy confuso. “Morronguito”, con su color granate y el número 3 pintado en las puertas y en el capó, es inconfundible. Parece incluso que reacciona solo, evitando los baches donde más de uno se ha dejado la suspensión. Han terminado la primera vuelta y se encuentra en tercera posición, por detrás de uno negro y otro amarillo, pero todavía hay esperanzas. ¡Qué nervios tiene Adolfo! Han conseguido un buen sitio en la línea de meta. Los coches se acercan en medio de una enorme nube de polvo. Uno de ellos se queda parado a escasos metros de la llegada, pero hay otros dos en seria pugna, uno granate y otro amarillo… Y finalmente…

 

¡“Morronguito” es el primero en cruzar¡¡Irene lo ha conseguido ¡Cuando se baja del coche, le tiemblan las piernas, ríe y llora de la emoción al mismo tiempo, y mucho más cuando los tres hombres de su vida la abrazan y la felicitan. En el podio, le cuelgan la medalla de chapada en oro, y le dan el título de campeona del Rali de 600. Irene ha conseguido su primer gran sueño… Pero todavía le quedan otros muchos, como siempre, ¡A todo gas!