Nunca he sido especialmente
religioso, fui educado en una familia que según uno de mis mejores amigos es un
“nido de comunistas, socialistas y masones”, además fui a un colegio laico,
aunque creo recordar que había algunas horas de religión que eran opcionales durante
un par de años y mis padres me apuntaron. En cuanto a la primera comunión, la
realicé de puro milagro después de seguir un curso acelerado poco antes de
cumplir los catorce años, y mi hermana con doce.
Siempre he sido una persona muy
inquieta, pero mis andanzas y mi adolescencia un tanto tormentosa no me
llevaron precisamente por el lado de la religión, sino por el de la
experimentación, alguna que otra borrachera, uno o dos tímidos besos robados,
cambiar la hora de ir a misa por hacer el salvaje en el descampado con un grupo
de amigos, y las dosis habituales de onanismo y de deseos no realizados. Con el
tiempo me ido moderando en todos los aspectos, hace más de veinte años que no
fumo y unos treinta de mi última borrachera, pero eso tampoco importa demasiado
para hablaros del quinto jinete.
Nunca he leído la Biblia, ni el
antiguo ni el nuevo testamento, aunque me gustan mucho las pelis religiosas
tradicionales como “La túnica sagrada”, “Quo vadis” o “Barrabas”. Sin embargo,
una de mis mas recientes y satisfactorias lecturas ha sido “El loco de Dios en
el fin del mundo”, que narra un viaje apasionante del Papa Francisco a las
tierras de los tártaros, donde hay tan solo mil quinientos fieles, escrito por
un insuperable Javier Cercás. De paso conoces su entorno, sus ayudantes, un
poco el entramado del Vaticano, y un conjunto de cosas que le dan un carácter
mucho más humano a quien fuera un papa excepcional.
No suelo ir a misa, pero es
cierto que entro en las iglesias cuando no hay ninguna ceremonia, y me gusta
sentarme en los bancos del fondo, sumido en la penumbra si es posible, y pensar,
reflexionando sobre aquellas cosas que me preocupan. Y no puedo evitar recordar
el escándalo de una misa del gallo en la que el oficiante esta completamente
borracho y tambaleante. Hace un par de meses fuimos a otra misa, la primera en
años, en homenaje de una vecina de nuestro edificio, y al ser ella francesa se
dijo en la parroquia de San Luis de los Franceses. Una ceremonia elegante, bien
preparada, en dos idiomas… Quizás vuelva un día de estos.
Hasta ahora, poco menos que he
trazado la imagen de un hereje, que sin embargo de vez en cuando es cristiano.
No sería lo más exacto, sí creo que hay un más allá, que existe el karma, la
reencarnación, y el infierno, salvo que este se encuentra aquí, en la tierra.
Basta con poner el telediario para darse cuenta de esto.
Pero llevo varios días pensando
en el Apocalipsis: tengo que ver de nuevo la saga de “La Profecía”, se acerca
la navidad, me pilla el toro y no quiero mezclarla con Harry Potter, que veo
todos los años. Y creo que las escrituras, desde un punto de vista humano,
están equivocadas en ese aspecto.
Os dejo con un fragmento de la
Wikipedia, y luego sigo hablando del quinto jinete.
“En la revelación de Juan de
Patmos, el primer jinete monta un caballo blanco, lleva un arco y recibe una
corona como figura de conquista, tal vez invocando pestilencia, o al
Anticristo. El segundo lleva una espada y monta un caballo rojo como creador de
la guerra, el conflicto y la lucha. El tercero, un comerciante de alimentos,
monta un caballo negro en símbolo
de hambruna y lleva la balanza. El cuarto y último caballo es pálido,
lo monta Muerte, junto a Hades. Se les dio
autoridad sobre la cuarta parte de la Tierra, para matar con espada, hambre y
peste, y por medio de las bestias de la Tierra.”
Menudos amigos, ¿verdad? Es
inevitable pensar en los Jinetes Oscuros de El Señor de los Anillos. Pero a lo
que vamos, el infierno ya está en la tierra, y vivimos en él. Conquistas y
pestilencia, conflicto y lucha, hambruna, muerte: de todo eso tenemos nuestra
dosis diaria en los telediarios, aunque procuramos no hacerle demasiado caso a toda noticia que nos saque de nuestra pequeña dosis de paraíso. Naciones en guerra tenemos por todas partes, y
quizás sea el propio Anticristo quien en este momento haya alcanzado el poder
en Estados Unidos, es algo que veremos con el tiempo.
Sin embargo, aunque vivamos en
un planeta donde el mal y el sufrimiento existe, depende de cada uno de
nosotros, en nuestro círculo de actuación, el comportarnos mejor o peor, el ser
buenos o malos, porque esa es la única libertad que tenemos, la de elección.
Los cuatro jinetes nos atacan y nos rodean, pero como en esas pelis clásicas de
John Ford, siempre puede aparecer un poderoso John Wayne para salvar la
caravana, rodeada por los indios. Hace un par de noches vimos de nuevo “El
Álamo”, me sentó fatal verle morir, los actores como él no deberían morir ni
siquiera en escena. Nunca.
Pero a lo que vamos. Al margen
de esos cuatro jinetes que ya conocemos (el “Apocalipsis de San Juan” es una
lectura de lo más interesante), existe un quinto jinete, que realmente es el
único que me preocupa, y contra el que llevo luchando buena parte de mi vida.
Se apodera de ti, te ataca cuando menos te lo esperas, y hace que ya nada tenga
sentido.
Y me refiero a la soledad no
deseada. A medida que te vas haciendo mayor, disminuye tu capacidad de hacer
nuevos amigos, y encima vas perdiendo aquellos que tenías antes. Porque es muy
difícil encontrar un amigo de verdad, fiel, amable, cariñoso, fuerte, que tenga
la empatía suficiente para saber que te encuentras mal tan solo con un par de
palabras o valorando tus silencios.
En una sociedad cada vez más
envejecida, y según un estudio que leí hace unos días en “El País”, la soledad
se ha convertido en uno de los principales problemas de nuestros mayores, sobre
todo después de la jubilación. Los días vacíos en una casa desierta. Las horas
que no pasan. La tele puesta de fondo para que se oiga otra cosa que el
atronador silencio. Decenas de horas sin pronunciar una sola palabra. Bajas a
comprar el pan o un filete al mercado solamente para hablar con otro ser
humano. Te apuntas si puedes a las actividades de un centro de mayores para
tener compañía. Pero, ¿y cuando tienes una enfermedad degenerativa o la
movilidad limitada, qué haces? ¿Si te fallan las piernas y vives en un bloque
sin ascensor? ¿O cuando estás perdiendo tus capacidades mentales?
Yo tengo suerte, he logrado
crear un pequeño grupo de amigos virtuales y reales, de momento me encuentro
bien de salud, no me falta gente para intercambiar mensajes o ir a tomar un café,
y luego están los grandes escapes que representan la literatura, el cine, la
escritura, los conciertos, las exposiciones, o una de esas tardes que se
prolongan en el Vips con un par de batidos de chocolate con nata o un café con
leche…
Pero sigo teniendo ese miedo
metido en el cuerpo, a que las cosas cambien, mi salud empeore, y entonces me
alcance, de lleno, ese quinto jinete…
La Soledad…

