LA ÚLTIMA PROMESA.
Allí
está ella. Tumbada en la cama. Con la cabeza reclinada sobre las almohadas. Al
entrar en la habitación pienso que está dormida. Pero ha intuido mi presencia,
porque sus ojos se abren lentamente, sus labios se separan en una sonrisa, y su
voz, que tanto me ha dado en los últimos años, se oye débilmente…
“Hola, al final has venido. Pensé
que después de tanto tiempo ya no te acordarías de nuestra promesa.”
“¿Cómo podía dejarte sola, mi
hermosa dama?”
“Mi hermosa dama. Tú y tus manías.”
“Para mí, siempre estarás hermosa… y
siempre serás mi dama…”
“Adulador. Pero si debo estar
espantosa, con este camisón de hospital abierto por detrás, y sin maquillaje.”
Solo
en ese momento me doy cuenta de dónde estoy. En la Unidad de Cuidados
Paliativos del Hospital Nuestra Señora de Granada. Las máquinas pitan
suavemente, siguiendo el ritmo de su corazón, y el leve borbotear del oxígeno
se convierte en la música de fondo de nuestro primer encuentro.
“Mi hermosa dama- le digo al cogerle
la mano derecha, con cuidado porque en ella tiene puesta la vía- he venido en
cuanto recibí tu mensaje. Llevaba tanto tiempo esperándolo… Y mira que fueron
unas pocas palabras: ven. Te necesito. Y luego, la dirección del Hospital.”
“Siento mucho que nos conozcamos de
esta manera. Pero necesito una persona me quien confiar, y durante todos estos
años de relación me lo has demostrado. Quizás debería haber dado mi brazo a
torcer antes, pero tenía mucho miedo…”
“¿Miedo de qué?”
“De no gustarte. De que se rompiese
la magia. De resultarte aburrida. De…”
“No lo digas, mi hermosa dama. Sabes
que siempre has sido la única, la dueña de mi pequeño corazoncito. Siempre te
he esperado.”
“Lo sé- me dijo entre lágrimas-, y
no será por veces que te haya dicho lo contrario. Que vivieras. Que te
enamoraras de otra, que estuviera sana y te pudiera corresponder.”
“Pero no te hice caso…”
“Es cierto, no me hiciste caso. Y
ese es un peso que sigo cargando incluso ahora. Pero tienes que prometerme dos
cosas.”
“Lo que quieras.”
“Luego te las digo. Ahora me apetece
recordar. Mi vida contigo.”
“¿Nuestra vida juntos? Pero si nos
acabamos de conocer…”
“La que soñé a tu lado. No te
imaginas hasta qué punto el leerte cada mañana y cada noche se había convertido
en uno de los pilares de mi existencia. A veces tenía miedo de perderte, por
culpa de mis silencios…”
“Ya te dije mil veces que eso no
sucedería- le digo, mirándola a los ojos-, que tenía mucha paciencia, y que mi
amor no era flor de un día.”
“Lo sé. Me lo has demostrado. Pero
tienes que comprender que mi corazón estaba destrozado. Que necesitaba sobre
todo un buen amigo. Alguien en quien confiar. No me atrevía a entregarte mi
corazón, a amar de nuevo. Ese sentimiento se ha ido convirtiendo en mi
obsesión. Tenía que verte por última vez. Y decirte que te amo. ¿Te importa
darme un poco de agua?”
Me
temblaban las manos al alejarme de la cabecera de su cama para llenar un vaso
de agua con la jarra que estaba en la otra mesilla de la habitación. ¿Que me
amaba? Hace algunos años, o unos meses siquiera, habría sido un revulsivo para
toda mi existencia. Pero ahora…
“Ten cuidado, que el agua ya está
rebosando un poquito”- me dice, suavemente, con su voz cascada. Me inclino
sobre ella, y le doy de beber, usando la pajita del zumo. -
“¿Está buena? ¿Está lo bastante
fresca? Si quieres pido un poco de hielo en el control de enfermeras.”
“No te preocupes, está buena.
Además, no quiero que te vayas, no sé cuánto tiempo permaneceré despierta con
esta medicación… ¿Por dónde estábamos?”
“Por nuestra vida juntos, la que
siempre imaginaste.”
“Es cierto, Ismael. Muchas veces,
sobre todo al principio, imaginaba que un buen día, y a pesar de mi prohibición
expresa de que vinieras a Granada, un buen día te plantarías en la puerta de mi
casa, con un ramo de rosas y tu sonrisa de chico malo. Otras, cuando veía una
puesta de sol en nuestro amado Mediterráneo, pensaba en ti, en lo mucho que me
gustaría compartirla contigo. O cuando visité Barcelona aquel verano.”
“Pero nunca me lo dijiste, Yolanda.
Y ahora, cuando por fin nos conocemos en persona, tal vez sea demasiado tarde.”
“Nunca es tarde para un primer beso”-
me dice, entrecerrando los ojos. –
Y
me inclino sobre ella, suavemente, consciente de que el más mínimo movimiento
puede causarle dolor. Nuestros labios se encuentran, fugazmente. ¡Cuántas veces
no habré soñado con aquel momento, y ahora, cuando por fin se convierte en
realidad, es un beso que sabe a despedida!
“¡Tu boca sabe a regaliz jajaja!
¿Sigues a base de chicles de menta y caramelos de regaliz, después de tantos
años?”
“Veinte años sin fumar, y todavía
sigo con el mono, Yolanda. Incluso ahora siento que me fumaría uno.”
“Pero debes de ser fuerte, Ismael,
por los dos. Porque lo vas a necesitar para llevar a cabo mis promesas.”
“Las que tú quieras.”
“Quiero que sepas una cosa. Que me arrepiento en este momento, y en muchos otros, de no habernos conocido antes. Pero siempre tuve miedo de decepcionarte. De no gustarte. Por eso he preferido mantener la distancia. Ir reforzando poco a poco nuestra amistad. Para pedirte este favor. Pero antes, ¿te importa incorporarme un poco? Estas almohadas de hospital no son nada cómodas.”
Y me inclino sobre ella otra vez. Primero coloco las almohadas, luego la sostengo por los codos y la pongo cómoda. Nunca ha pesado mucho, pero ahora… de repente, tengo ganas de llorar. Por ella. Por mí. Por nosotros. Por tantos momentos no vividos. Por tantos sueños rotos. La incorporo suavemente, y seguimos hablando.
“Gracias, ya estoy mejor- me dice. - Este es el primer favor que te pido. Que me desconectes de esta máquina…”
“¡No lo pienso hacer!”
“Sí lo vas a hacer… porque me amas…
Los médicos dicen que puedo durar en este estado varios meses, pero que no
tengo ninguna posibilidad de curación ni de mejoría. Solo una deterioración
paulatina, inevitable y tremendamente dolorosa de mi cuerpo, pero manteniendo
la mente a ratos lúcida cuando no me hagan efecto los mórficos. Pero yo estoy
cansada de sufrir. Llevo toda la vida luchando con esta maldita enfermedad. Y
no tengo a nadie, salvo a ti, para que me libere.”
“Yolanda, no puedo hacerlo, ni
aunque quisiera. Además, si te desconecto, saltarán las alarmas, vendrán las
enfermeras y los médicos.”
“No pasará nada si tú te conectas
los sensores del electrocardiógrafo. Percibirán el ritmo cardiaco adecuado, no
sonarán las alarmas en el control de enfermería, y yo podré irme en paz.”
“Yolanda, no me lo pidas…”
“Ismael, me lo prometiste. Y tú
siempre cumples tus promesas. Además, me debes de todas formas otro favor,
¿recuerdas? Pues bien, es muy sencillo: quiero que sigas viviendo, que seas
feliz, que te compres otro gato, que vayas a ver a Montse. Que vivas.”
“Yolanda, sin ti, la vida, no tiene
sentido.”
“Por eso te he pedido que me lo
prometas. Y ahora, ayúdame. No quiero sufrir más”, - me dice, acariciándome
suavemente la mejilla-. “Por favor”.
Sin
pronunciar una sola palabra, me inclino sobre ella, y le voy quitando uno tras
otro los sensores cardiacos. Sus pechos son como melocotones maduros, de
pequeña aureola, y aspecto sedoso. Tantas veces soñando este momento, y será el
último. Me extraña que no salten las alarmas, porque tengo el corazón a mil.
Pero hago lo que me pide. Luego, al mismo tiempo que se deslizan por mi cara
las primeras lágrimas, compruebo que la puerta de la habitación siga estando
cerrada, y desenchufo la máquina.
“¿Sufrirás? “– le pregunto en voz
baja-.
“No, amor mío –me responde-. Será
como dormirme. Y si hay algún mañana, te estaré esperando. Ahora, bésame por
última vez…Y abrázame”
“Te amo, Yolanda. Así en la vida
como en la muerte.”
Y
se fue. Se murió. Dejó de respirar. Entre mis brazos. En la habitación blanca e
impersonal del hospital. Al cabo de unos minutos, fui al control de enfermería,
y les dije que Yolanda (la paciente 26), había muerto. A nadie pareció
extrañarle. Incluso diría que una de las enfermeras me miró, como diciéndome
“bien hecho”.
Ahora
he vuelto a la habitación del hotel. Con la luz apagada, y la débil llama de
una vela blanca, mientras quemo un poco de incienso. La botella de vodka que he
comprado en la tienda abierta las 24 horas brilla siniestramente. Y el frasco
de barbitúricos parece llamarme.
Lo
siento, Yolanda, no puedo cumplir mi última promesa. Pues sin ti la vida no
tiene ningún sentido. Espero que habrá un más allá. Y encontrarte en él. En un
lugar y un tiempo alejados del dolor, del sufrimiento. Y quién sabe, a lo mejor
Robin Williams tenía razón en su película “Más allá de los sueños”, y vuelvo a
encontrarme con Yolanda, de niños, en otra vida, que será indudablemente más
feliz. Y si no es posible, tal vez nuestras energías vitales se fundan en una
sola, dando lugar a algo nuevo… Cualquier cosa es mejor que esta muerte en
vida, que el haber perdido ahora y para siempre a la mujer amada; que haberle
arrebatado la vida…
Cuando
termine de escribir estas líneas, me beberé el vodka, tragaré uno a uno los
barbitúricos, y me tumbaré en la cama, a esperar el amanecer que nunca llegaré
a ver.
Te
amo, Yolanda.
