jueves, 27 de noviembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID TOMA 8: EL “RATONCITO LÓPEZ”

 

SUCEDIÓ EN MADRID TOMA 8: EL “RATONCITO LÓPEZ”

 

Toda bonita historia de Navidad tiene un comienzo… y un final. Menos quizás esta, la del Niño Jesús de mazapán, que se viene colocando año tras año en la residencia de los señores de Rodríguez, en pleno corazón del Barrio de Salamanca. Mi nombre es Luis Rodríguez Márquez, y ahora vivo con mi yerno Fernando, mi hija Pilar, y mis dos nietos Fernando y Pilar. Sí, no somos demasiado originales en esta familia. Pero más me vale no andarme por las ramas. Así que os contaré la historia del ratón de la Navidad.

           

La primera vez que la escuché, fue de los labios de mi abuelo Luis, que en paz descanse, y cuyo nombre heredé. Y todavía la recuerdo, ahora que yo mismo soy abuelo de dos criaturas tiernas y preguntonas de cinco y siete años. Hace ya mucho tiempo que no creen en Papá Noel ni en los Reyes Magos, puesto que sus padres les contaron “su verdad” meses antes de cumplir los seis. Cosas de la política: ellos son votantes convencidos de Nosotras Podemos, y por lo tanto, anti-monarquía (fuera los Reyes) y anti-explotación de las criaturas mágicas (fuera Papá Noel, por la explotación laboral de los elfos y de los renos).

 

Pero yo todavía sigo poniendo el Niño Jesús de mazapán… y todos los años, cuando amanece el día de Reyes, tiene los pies mordisqueados, eso cuando la figura directamente no ha desaparecido durante la noche.

 

Todo empezó en los años cuarenta, del siglo pasado, en plena posguerra. Fue una época muy dura para todo el mundo en España, tanto vencedores como vencidos, sobre todo porque ese mismo concepto deja de tener sentido cuando es una guerra que enfrenta a miembros del mismo pueblo, del mismo país, incluso de la misma familia. En mi casa, no sobraba nada, las prendas de ropa eran heredadas de un hermano a otro (menos en el caso de mi hermana Margarita, la única entre cuatro hermanos varones, y que por lo tanto siempre estrenaba ropa, o en todo caso la recibía de las hijas de la tía Encarna). En un pequeño piso de poco más de cincuenta metros, vivíamos el abuelo Luis, mi madre María, mi padre Eduardo, mi hermana Margarita, mi hermano Sebastián y yo, Luis, el benjamín, y por ello quizás el más mimado.

 

A pesar de todo, en mi casa éramos muy navideños, nos encantaban aquellas fiestas, no tanto por su significado religioso, como por la oportunidad que representaban de olvidarnos de la política, de la pobreza que acecha a la clase media, y reunirnos todos, por unas horas, bajo el mismo techo. Y aquellas fiestas tenían dos grandes símbolos: el árbol de Navidad (bueno, más bien una gran rama de pino que nos vendían los gitanos de la Plaza Mayor, con un cepellón de arcilla para simular las raíces), y el Belén.

           

Cada año, ir a comprar el árbol se convertía en toda una aventura, sobre todo porque no teníamos una furgoneta, y había que traerlo a casa, un cuarto piso exterior en la calle Espíritu Santo, con el 600 que nos prestaba mi tío Andrés. Evidentemente, un árbol de más de metro y medio era imposible que cupiera dentro de ese cochecito, por lo que había que asegurarlo sobre el techo con un montón de vueltas de la cuerda del tendedero (que mi madre había desmontado aquella mañana). La elección del abeto más bonito era muy importante: había que considerar la altura, la anchura de sus ramas más largas, si el cepellón con las raíces estaba bien cubierto de tierra para que no se secase en menos de una semana. Luego, venía el inevitable regateo con los gitanos, que a veces se convertía en una rebaja de hasta el cincuenta por ciento, si íbamos a visitar otros puestos ubicados en los distintos rincones de la Plaza Mayor. Y al final, el traslado, casi en procesión, hasta la calle lateral donde habíamos conseguido estacionar el bólido. Vueltas y más vueltas de cuerda, y conducir con mucho cuidado hasta la puerta de casa. Yo solía ir siempre sentado delante con mi padre, y también mi hermana Margarita. Ella se bajaba de los asientos posteriores, nos abrían la puerta de la calle con gran solemnidad, y nos acompañaban, sosteniendo yo la copa, hasta nuestro piso.

                       

Mi madre ya se había encargado, con la ayuda de Sebastián, de despejar el comedor, moviendo la mesa hasta una de las esquinas, y preparando la maceta para el árbol cerca del ventanal, pero con cuidado para que el sol no lo secase en pocos días. Colocarlo en su sitio era también una aventura, estabilizándolo con tierra, piedras y gravilla, y por último, regándolo con cariño. Normalmente, aprovechábamos el día de la Inmaculada para comprarlo, y después, durante la tarde, lo decorábamos.

 

Del altillo del armario de mis padres, salían caja tras caja las bolas, todas ellas de cristal, las guirnaldas de espumillón de distintos colores, y por supuesto, la estrella de la punta. Más adelante, se unieron varias ristras de lucecitas de distintos colores, pero aquella Navidad, en el año 1942, todavía era un árbol de lo más tradicional. El mayor drama era que se nos cayese alguna bola, alguna vez tuvimos que volver a la Plaza Mayor para comprarlas en el puesto de doña Manolita, porque eran las que más nos gustaban; y también adquiríamos figuras nuevas para el Belén.

     

     

Y entonces, con la decoración del árbol terminada, era el momento favorito por todos: a media tarde, la colocación del Belén, en la mesita de alas extensibles sobre la que habitualmente poníamos la radio. Por supuesto, no era una de esas radios pequeñas a pilas, como la que tengo en la mesita de noche, sino uno de esos aparatos de medio metro de largo, por treinta centímetros de alto y casi cuarenta de ancho, y con un peso de varios kilos, lo que nos garantizaba que la mesa aguantaría el peso de nuestro adorno.

           

Era un proceso largo y complicado. Lo primero era poner un mantel de tonos marrones, para simular la tierra del desierto. Luego, un río de papel de plata, con su pequeño puente de madera. Más tarde, el portal de Belén, en nuestra casa era un establo, que había sido construido por mi padre. Al fondo, varias casas del pueblo, dibujadas en cartón piedra. No podían faltar unos cuantos pastorcillos, con sus ovejas. Ni el buey, la mula, de primorosa madera tallada y pintada. Y mucho menos, la virgen María, San José, y el niño, en su cunita. Todas las figuras estaban hechas de madera, con un gran realismo, y vestidas con pequeños trozos de tela, y las manos y la cara pintadas de rosa. El Niño Jesús era una obra de artesanía, cubierto solamente por un pequeño paño azul, y con sus brazos, piernas, torso regordete y carita tan dulce, con una pequeña corona dorada en la cabeza.

           

De todas aquellas figuras, era sin duda alguna mi favorita. A medida que pasaban los días, el cortejo de los Reyes Magos se iba acercando, centímetro a centímetro, desde la esquina opuesta de la mesa, para alcanzar el portal en el momento adecuado. Bueno, también me gustaba mucho el Rey Baltasar, con esa cara tan negra, pero que nunca me asustó. El día de reyes, cuando por fin alcanzaban el pesebre, lo celebrábamos todos con alegría, y multitud de regalos, besos y abrazos. Aunque no cabíamos todos en el piso, venían nuestros tíos y primos, mi padre descorchaba varias botellas de sidra (el champán siempre ha sido para los ricos), mi madre sacaba varias bandejas de mazapanes, turrones y polvorones. Para los niños, no podía faltar el chocolate caliente a la taza recién hecho, ni los picatostes, calientes, pringosos y llenos de aceite. Durante unas horas, casi veinte personas, y algún vecino, abarrotaban la casa…

 

Pero aquella Navidad del año 1942, iba a producirse una pequeña tragedia… Y a dar comienzo a una nueva tradición. Porque justamente el día de reyes, cuando los hermanos nos levantamos para buscar nuestros regalos a los pies del árbol, enseguida vimos que había pasado algo con el Belén… Las figuras de los Reyes Magos estaban por el suelo. La mula se recostaba contra San José. A la Virgen María le faltaba el manto de tela azul. Y el Niño Jesús… ¡Y el Niño Jesús! ¡Al Niño Jesús le faltaban los pies!

 

Mi hermana Margarita no pudo contenerse, y se puso a llorar. Mi hermano puso un poco de orden en la mesa, enderezando a la mula, colocando de nuevo las ovejas y los pastorcillos, recogiendo a los Reyes Magos del suelo. Y yo avisé a nuestros padres, que todavía seguían durmiendo en su habitación. Mientras que Margarita acunaba en mis manos al pobre muñeco mutilado, que para mí encarnaba la esperanza y la misma ilusión de la Navidad. Mis padres, un poco confundidos por tanto llanto, salieron raudos de la cama, y se encontraron con todo el pastel. Mi abuelo Luis, con su pragmatismo habitual, empezó a buscar causas y consecuencias.

 

-          “Si tuviéramos gato, sin duda él sería el culpable de este desaguisado”, nos dijo. “Pero en este caso, los sospechosos habituales son los de siempre, estos tres pilluelos…”

-          “¡Pero si nosotros no hemos sido!”, alegó raudo y veloz mi hermano Sebastián.

-          “¡Han sido los fantasmas! ¡Qué miedo!”, opinó mi hermana Margarita.

-          “Que yo no he sido, abuelo…”, dije yo.

-          “Pues algo raro ha pasado entonces…”, alegó mi madre, “y hasta que no se encuentre al culpable, esta mañana no hay regalos ni dulces.”

 

Entonces fue cuando los cinco nos pusimos a llorar desconsolados. Quedarnos sin los juguetes con los que llevábamos soñando todo el año, y cuyas formas intuíamos entre los paquetes de brillantes colores, nos parecía el mayor de los castigos, y una tremenda injusticia. Mi padre, siempre tan pragmático, nos hizo pasar de uno en uno al dormitorio, y nos interrogó por separado. Su objetivo era que el culpable confesase… pero no lo consiguió, porque el responsable era otro…

 

Y fue mi abuelo Luis el que se dio cuenta, a media mañana, de que había una pequeña madriguera de ratón en una de las esquinas del comedor. Tan pequeña, que había pasado desapercibida hasta ese momento, cuando movimos el sofá para buscar el turbante del rey Melchor.

-          “¿Pero bueno, qué tenemos aquí? Lo mismo nuestro culpable está más cerca de lo que pensaba…”

-          “¿Un ratón? ¡En esta casa no hay ratones! En todo caso, en la del vecino, que Mercedes es una guarra y deja las cosas en la cocina sin recoger durante días…”, opinó mi madre.

-          “Haya paz”, dijo mi padre. “Algo tendremos que hacer, porque de todas formas, no se puede acusar a nadie sin pruebas. Ni siquiera a un ratón”.

-          “Lo que vamos a hacer”, dijo mi abuelo, “es colocarlo todo tal y como estaba, y esta noche, esperar con una linterna, para ver si regresa el roedor. Voy a poner una trampa, cerca del Niño Jesús, que tanto le gusta. Y después, ya decidiremos.”

 

El resto de la jornada, lo pasamos rodeados de la familia y amigos, un gran trasiego, con regalos, cosas ricas que comer, la emoción de estrenar ropa nueva (solo reservada a la Navidad y a los cumpleaños). Aquel año tuve derecho a unos patines de ruedas, una cazadora de pana, y un par de calcetines. La bicicleta se resistía a aparecer, pero con tantos hermanos, aprendimos a conformarnos con las cosas pequeñas. Llegó la noche. Y con ella, el momento de poner en marcha el plan de mi abuelo.          

 

Lo primero que hizo fue coger un plato llano de la vajilla de Duralex, y verter sobre él una pequeña cantidad de melaza, bien pegajosa; y en el centro, puso al Niño Jesús en su cuna. Luego, se sentó en su mecedora, y con termo de café, se preparó para una larga noche en vela… Sin embargo, se quedó dormido.

 

Lo cual no impidió que a la mañana siguiente, con las cuatro patitas y el rabo presas en la melaza, apareciese un pequeño ratoncito blanco, de esos de laboratorio. ¡Ya teníamos al criminal!

-          “¡Un ratón, qué asco! ¡Mátalo!”, dijo mi madre, mientras que mi abuelo lo señalaba, acusador.

-          “Algo habrá que hacer con él”, opinó mi padre, “pero ya sabes que yo soy contrario a la pena de muerte.”

-          “Pero si es muy mono”, dijo mi hermana Margarita.

-          “¿Y si nos lo quedamos como mascota? Prometo cuidarlo mucho” dije yo.

 

Y en esas estábamos, dilucidando el futuro, bastante negro, del ratón, cuando mi abuelo se acercó a la pequeña fiera, que ya había dejado de tratar de escapar de la melaza… Y le miró a los ojos.

 

“Fue un momento muy especial, de comunión de almas”, me dijo meses más tarde. “Sentí que yo era responsable de la vida de ese ratón, al haberlo cazado con mis malas artes. Y también supe que no sería capaz de matarlo… Así que me acerqué a él, levanté el plato, y con el mayor cuidado, lo llevé a la cocina, lo metí en la pila, y empecé a dejar correr el agua. Se mojó bastante, pero al mismo tiempo se quedó libre. No se atrevía a moverse, así que lo cogí entre mis manos, y lo sequé con un trapo de limpiar los platos. Luego, rodeado por la familia, me dirigí hasta la puerta de la casa, lo deposité sobre el felpudo del rellano, y volví a entrar.”

 

Así debería haber terminado la aventura del ratón… Pero estábamos muy equivocados. Porque a la mañana siguiente, el Belén estaba de nuevo patas arriba, y los pies del Niño Jesús un poquito más mordidos. Mi abuelo lo examinó con atención, y comprobó una cosa bastante extraña: ¡la pintura sabía dulce! Igual era de esas elaboradas con azúcar y clara de huevo. ¿Y si era eso lo que atraía al ratón?

 

Por eso, aquella noche, la víspera de la recogida del montaje navideño, decidió cambiar el Niño Jesús por una figurita de mazapán… Y al día siguiente, no quedaba ni rastro. Resultaba que teníamos por vecino a un ratón goloso. Y nos hizo mucha gracia, tanta que incluso le pusimos un nombre, “Ratoncito López”. Al año siguiente, en 1943, la primera noche, el belén apareció un poco revuelto, pero como ya teníamos a nuestro perro, Lucas, regalo de Navidad de nuestros padres después de tanto insistir, le echamos la culpa. Durante varios días, todo estuvo tranquilo. Pero la noche del 31, una vez más, alguien saqueó la mesa del salón, tiró los Reyes Magos, y mordisqueó al Niño Jesús. Y mi madre encontró una pequeña madriguera en su dormitorio. Mi abuelo, un poco en broma, cambió la figura por un hombrecito de mazapán, y al día siguiente, no quedaba ni rastro. Y así, durante las demás noches hasta el día 6 de enero, durante el día estaba la figurita de cerámica, y por la noche, la de dulce. A la mañana siguiente, todos nos juntábamos ante la mesa, para comprobar si el “Ratoncito López” se había paseado por nuestra creación.

 

De esa manera tan tonta, surgió una nueva costumbre navideña, la de poner una pequeña ofrenda para “nuestro huésped no muy deseado” en aquellas fechas tan señaladas. Y durante muchos años, las aventuras de nuestro ratonil compañero se convirtieron en parte de nuestras vidas. Incluso mi hermano Teodoro escribió una redacción para la escuela sobre “el misterio del Niño Jesús”. Durante el año, no daba señales de vida, pero al llegar la Navidad, la figurita de mazapán desaparecía con gran rapidez, todas y cada una de las noches.

 

Pasaron los años, y el “Ratoncito López” nos seguía visitando. Cuando cumplí los 16, una noche de Reyes en que no podía dormir, me asomé al comedor… Y resolví el misterio. Allí estaba mi abuelo Luis, comiéndose tan feliz la figurita de mazapán, con una pequeña copa de vino dulce, cosas ambas prohibidas por el médico de cabecera, porque tenía el azúcar muy elevado. Él me guiñó un ojo, me sonrió, y siguió degustando su mazapán…

 

Ahora bien… ¿Alguna vez el “Ratoncito López” se comió el dulce, o siempre fue obra de mi abuelo? Supongo que es algo que nunca sabremos… Pero durante todos estos años, y sin importar que nos hayamos cambiado de casa, que yo haya formado mi propia familia, y que ahora viva con mis nietos… Nunca ha faltado la figurita de mazapán dentro del pesebre el día de Reyes… ni la pequeña copa de vino dulce…

 

Y mis nietos siguen hablando del “Ratoncito López”, y su afición al mazapán.

 

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