SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 7: UN
TRAPO DE CUADROS ROJOS Y BLANCOS
Como si
fuera posible hacerlo, te escribo para no olvidarte... Lágrimas de tinta y de
sal han corrido desde la última vez que nos vimos, la sal llama a la tinta, la
alegría a la tristeza, y tu sonrisa a mis recuerdos.
Nos
conocimos una tarde de marzo, bajo la lluvia, con mucho viento. Los dos nos
refugiamos en el hueco de un portal, entre la puerta y el chaparrón. Calados
hasta los huesos, intercambiamos una sonrisa, un gesto. Tú estabas muerta de
frío, se te notaba en la mirada, en tu respiración; y por eso, te acercaste a
mí, buscando el escaso calor que yo podía darte, temblabas todavía, pero menos
que antes; tu hermosa cabecita, orgullosa; tu mirada, tan límpida y serena, me
llevó a tomarte entre mis brazos; tu menudo cuerpo se amoldó sobre mi pecho,
buscando más calor, debajo de mi jersey, bajo mi abrigo, lo más cerca posible
de mi corazón.
Y así empezó
nuestra gran historia de amor, nuestro romance; dos solitarios se encuentran
bajo la lluvia de marzo, en la ciudad gris; dos almas necesitadas de cariño y
de amor, de comprensión y de ternura. Cuando menguó la lluvia, salimos
abrazados, indiferentes a las miradas, con tu preciosa cabecita rubia, y tus
pequeñas patitas, tan mojadas, asomando entre dos botones de mi abrigo azul,
que tanto te gusta; con una mano, te sujetaba; y con la otra, mantenía abierto
el paraguas.
Hermosa gatita rubia de mis sueños, en cuanto llegamos a casa, te sequé con el primer trapo que cogí en la cocina, de cuadros rojos y blancos, que desde aquel momento se convirtió en tu talismán, tu símbolo, tu juguete; después, te puse un cuenco de leche tibia, y otro de atún en escabeche, comías con tantas ansias, que en pocos minutos te puse otra lata. ¿Quién le explica a un felino hambriento lo que puede o no comer? Si luego descubrí que te apasionaban los mejillones picantes, los boquerones en vinagre, el queso manchego tierno, el chorizo de Pamplona, y las fresas con naranja.
Y después
del alimento, la limpieza, comenzaste con tu larguísimo ritual, eliminando de
tu enjuto cuerpo hasta la última mota de suciedad, barro, pelo, que te
recordase a las calles, al ruido, a la soledad, a la lluvia, a la gris ciudad
en la que nos encontramos, náufragos errantes. Yo me fui a cambiar, también
estaba empapado después del paseo, y con la ropa de andar por casa y las
zapatillas a cuadros de felpa, el típico regalo de madre para el hijo que se va
a la gran ciudad, me senté en el sillón del salón, frente a la tele apagada,
tranquilo. Hasta que saltaste a mi regazo, clavando las uñas en mi chándal,
reclamando mi atención, el calor de mis manos sobre tu cuerpecito, mientras me
mirabas, pidiendo mimos, y ronroneabas dulcemente...
Unos días
después, descubriste tu sitio favorito: el poyete sobre el radiador del salón.
Sobre él te pasabas la mayor parte del invierno, ora mirando por la ventana
hacia la calle Rioja, ora dormitando, y siempre pendiente de todo, de los
pájaros, los niños, el autobús. Muchas novias han pasado por mi piso desde
aquella tarde hace ocho años, Linda, pero solamente se quedaban a pasar la
noche aquellas que recibían tu aprobación, que curiosamente eran las que más me
gustaban a mí. Extraña pareja la nuestra, como escogiendo aquellas hembras
amorosas que podrían darme lo que no podías tú, gatita linda de mis sueños...
Pero cuando
conociste a Eloísa, fue un gran flechazo mutuo, entre vosotras dos, tan grande,
que incluso tuve celos al principio, lo confieso, por esas confidencias
femeninas, por esas miradas, por los ratos que pasabas en su regazo. O cuando,
años más tarde, ella hacía los patucos para el primero de nuestros hijos, que
ahora tiene cinco años, y está mirando la lluvia desde la ventana del salón.
Junto a ese radiador, con su poyete guateado, sobre el que tanto te gustaba
pasar el otoño, el invierno, y la primavera si traía frío...
Hace casi un
mes, el 28 de noviembre, te encontré muerta en tu cuna, como dormida. Y eso le
dijimos a nuestro hijo Luis, "Linda está dormida, pero nos mandará uno de
sus amigos, para que nos haga compañía, sobre el radiador, y en el brazo del
sillón." ¡Qué pequeñas eras, Linda, qué ligera, ¡mi gatita buena, mi
gatita lista, mi gatita rubia!
Envolví tu cuerpecito en tu trapo de cuadros rojos y
blancos, que tanto te gustaba, y salí, cómo no, bajo la tormenta, en nuestro
último viaje juntos, paseando sin paraguas por los jardines de la Comunidad,
con la lluvia enjuagando mis lágrimas, buscando un lugar donde pudieras
reposar, hasta que llegase tu Resurrección en el Cielo de los Gatos. Reconocí
un seto de camelias, el mismo bajo el cual tanto te gustaba pasar la tarde, con
tu arnés y tu correa, tu ratón de peluche y tu trapo de cuadros rojos y blancos.
Y allí te enterré, mi gatita Linda, mi linda gatita rubia, con la pala amarilla
de mi hijo, bien profundo, lejos del olfato de los perros, entre las raíces del
seto florido.
Sé que
cualquier tarde, o cualquier noche, en uno de mis paseos por el barrio,
encontraré otro gatito necesitado de cobijo, y lo llevaré a casa, y se lo
presentaré a Eloísa, a Luis, y a la pequeña Beatriz, y les diré: “Éste es un
pequeño amigo de Linda, que nos lo ha mandado para que lo cuidemos, y para que
nos cuide a nosotros”. Y ellos le pondrán un hermoso nombre. Se llame como se
llame, ocupará un gran lugar en nuestra casa, en nuestro corazón, pero nunca
será como mi gatita Linda...


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