viernes, 7 de noviembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 2: LA SUICIDA

 

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 2: LA SUICIDA

 

Dicen que cuando se acerca la muerte, tienes la ocasión de ver toda tu vida pasar por delante de tus ojos, como si fuera una película. La mía ha sido tan dura, que como ducho da para un tráiler.

 

Además, ¿cuánto tiempo tardará en estrellarse un cuerpo de 55 kilos, si he saltado desde la barandilla del hotel más alto de la Plaza de España? Nadie se ha dado cuenta de mis inspecciones. Hasta el camarero que me ha traído mi vodka Martini me ha sonreído: la típica ejecutiva en sus cuarenta años, algo delgada quizás, con un traje de chaqueta negro de raya diplomática, camisa roja de seda, zapatos de suela baja (para saltar el parapeto) y gafas de sol de un modelo algo anticuado. He pedido sentarme cerca del borde (nada que no se consiga gracias a veinte euros de propina). Y aquí estoy, disfrutando de mi último atardecer.

 

¡La ciudad está tan bonita desde las alturas! Esa colección de tejados multicolores, las fachadas resplandecientes, las ventanas como cristales pulidos. Cuesta muy poco fantasear con las vidas que quienes se encuentran en los edificios que me rodean. En las grandes torres de oficinas, los ejecutivos estarán atareados, deseando que llegue el momento de salir. En las viviendas, quizás las típicas pijas cuarentonas se preparan para hacer un poco de deporte en la calle, o bien algo más tranquilo, como pasear al perro. Los porteros de los hoteles ya están oteando el horizonte en busca de taxis para los clientes que se van a cenar.

             

                Siempre me ha gustado el otoño, con sus atardeceres tardíos y flamígeros. Llevaba ya un tiempo pensando en terminar con todo, la carta y los documentos que he dejado sobre la mesa de mi despacho en casa lo dejan bien claro, el haber terminado con la vida de mi hermano, un enfermo de ELA en fase terminal tampoco es algo que debamos olvidar, pero ignoraba si tendría el valor suficiente. Te prometen ayudas domiciliarias, monetarias, pero todo es mentira, todo son trámites. Hemos podido mantenernos hasta este momento con lo que ganaba como agente de bolsa y consultora para una importante empresa, y completándolo con el alquiler del viejo piso de mis padres. Pero ya no puedo más.


Ahora, pienso mientras paladeo el último sorbo de mi bebida, ya nada importa. Quedan dos minutos de vida, lo justo para llenar mis ojos y mi corazón con los espejismos de esta ciudad que me da y me quita la vida, luego subirme a la barandilla, pasar ambos pies al otro lado antes de que nadie intente impedirlo y dejarme caer. ¿Lo haré con estilo, como en las películas, un limpio salto de cabeza hacia la muerte, o impactaré sobre el suelo de espaldas, dando vueltas y más vueltas sobre mí misma, mientras el tiempo se dilata? ¿Tendré miedo? ¿O bien me sentiré tranquila, en paz conmigo misma, tranquila, esperando ese Nirvana del que tanto nos hablaban en las clases de yoga?

 

Poco importa ya. He terminado la copa, me he secado los labios con la servilleta de papel (por favor, después de cobrarme treinta euros por la copa, podría ser de lino), y me he dirigido hacia el borde. Alguien me ha visto, lo intuyo, por el rabillo del ojo veo a alguien correr, pero me da igual. He superado la barandilla, y emprendido el último vuelo.

 

Treinta segundos. Voy contando marcha atrás, me gustaría ser más inteligente para calcular tiempo, velocidad, trayectoria. Incluso ver mi silueta proyectada contra el cielo flamígero. He dejado el bolsito encima de la mesa, no quiero que se lo lleve ningún peatón aprovechado. ¿O quizás habría sido mejor saltar con él? Veinte segundos, ya no me queda tiempo ni para arrepentirme, o para esbozar una oración. Quizás para pedir perdón a mi hermano… Diez segundos, el impacto es inminente. Adiós…

 

¿Qué tal te sienta saber que en el tiempo que has tardado en respirar una vez, yo ya me he estrellado en medio de la acera? Dejando, eso sí, un bonito cadáver en pleno lateral de la Plaza de España. ¿Sabías que en Madrid se suicida, de promedio, ciento once personas al año? Bien, pues hoy, esa persona he sido yo…

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario