domingo, 9 de noviembre de 2025

HOLA Y ADIOS

 

HOLA Y ADIÓS

 

Este señor, que tan seriamente parece estar inspeccionando los dientes del camello (o del dromedario, nunca me aclaro con el tema de las jorobas) en las laderas de un volcán de Lanzarote, era mi padre. Ayer habría cumplido 87 años, que se dice pronto, y el día 25 se cumplirán 23 años de su muerte, por eso el enigmático título.

 

Dicen que el tiempo todo lo cura, yo creo que es más bien el olvido. Sería imposible vivir con el recuerdo claro y constante de todas las cosas que te han pasado en la vida, aunque un amigo mío, JP, afirma lo contrario. Y yo creo que en ese olvido encontramos el descanso, la paz, la felicidad incluso, porque se borra todo lo malo.

 

O debería hacerlo.

 

Con el tiempo desaparecen las remembranzas (siempre quise usar esta palabra) de las carreras por el patio perseguido por los otros niños, los recreos escondidos en el baño o en la biblioteca, las aguadillas colectivas en la clase de natación, los gritos y las humillaciones, la soledad que te persigue a todas partes en el colegio, la manera en que se reprodujo la historia en los últimos años de facultad: ser el “outsider” no es nada fácil, no terminar de integrarte, tampoco. Por eso digo siempre que mi canción favorita, o aquella con la que más me identifico, es “Creep”, de Radiohead, que está sonando en este momento.

 

Quizás por eso recuerdas mejor las cosas buenas, cada momento y persona que te ha hecho sentir bien, aceptado, querido; como mi amigo Quique, director y monitor en el Albergue Juvenil de Bárcena Mayor, de quien ya os hablaré en otro momento (nos conocemos hace cuarenta y dos años); o mis amigas Sophie, Arancha y Carmen (me refiero a amistades de más de veinte años), y que aunque no las veas durante algún tiempo, sabes que una simple llamada de teléfono basta para que surja la chispa que culmine en un café en buena compañía. Porque si no recuerdas los buenos instantes, la vida puede ser muy dura. Y te parece de nuevo ver el amanecer en el acantilado del Camping La Paz (junto al pueblo de Vidiago) desde la terraza del bar; el sonido y olor de las hojas del Retiro cuando te metes por un sendero recóndito después de la lluvia; la emoción de los primeros compases de la Novena Sinfonía de Beethoven en el Auditorio Nacional; a Bruce Willis diciendo “Yipi Ka Yei” después de tirar a Hans Gruber desde lo alto del Nakatomi; esa magia especial que destila “El Brujo” en cada una de sus funciones; el sonido del silencio en el habitáculo del coche, tan solo el ruido de las ruedas sobre el asfalto, cuando viajas de noche por carreteras automáticas en un vehículo recién estrenado; la emoción de ver por primera vez a tus sobrinas dentro de las incubadoras, cada una con su gorrito y su nombre; el suave peso del fantasma de mi gato Chiqui aquellas tardes que viene a acompañarme durante la siesta y se pega a mi costado ronroneando; los ataques de locura gatuna del agente Zeus; o el olor a libro nuevo, a tinta y a ilusión…


Cosas buenas sobre las que podría seguir escribiendo, pero te pido que también pienses en las malas. Porque en el caso de mi padre, que murió a los sesenta y tres años y dieciocho días, también existen las cosas oscuras. Los gritos. El miedo. Los malos modales. Esas nubes de tabaco negro que siempre le envolvían y que terminarían causando su muerte entre horribles dolores. Esos cambios de carácter tan súbitos y que tanto miedo me daban de pequeño. Luego vino la adolescencia, le perdí el miedo, y quizás incluso el respeto debido como progenitor. Siempre encantador con sus pacientes en la consulta de por la tarde, a la familia nos trataba de forma bien distinta.

 

En el fondo, nunca le entendí, ni tuvimos más que una sola conversación de esas padre-hijo en el balcón una noche de lluvia; y tan solo le vi llorar una vez. Además, tuvo el mal gusto de escoger para morirse mis treinta años, cuando quizás empezaba a resultar interesante para él porque se veía reflejado en mí en ciertas cosas. En otras, por enorme fortuna, no tenemos nada que ver.

 

Por eso, mis recuerdos son ambivalentes, y tampoco me veo capaz de decidir si fue un buen o un mal padre, ni tan siquiera una buena o mala persona. Que era culto es indudable, hablaba con fluidez español, alemán, inglés, francés e italiano; podía seguir las óperas de Wagner sin el libreto; era apasionado de la egiptología; viajero incansable; amante de las exposiciones, del teatro, del cine, de los conciertos en el Auditorio Nacional (sobre todo los domingos, con las entradas a menor precio). Le gustaba la buena mesa y la cerveza. Sabía cocinar pocos platos, pero de una gran complejidad. No ayudaba demasiado en las labores de la casa. Como yo, apenas si tenía amigos. Su refugio era el despacho y la sala de espera, allí pasaba tardes enteras, escuchando música clásica, fumando y leyendo. No dudo que tuviera un gran mundo interior, pero nunca me dejó aproximarme a él ni descubrirlo. Durante una temporada larga, mi hermana fue su favorita, compañera de cine, conciertos y exposiciones, mientras que yo, con mi ropa negra casi heavy, me mantenía al margen, encerrado en mi habitación, leyendo o estudiando.

 

Nunca hubo enfrentamiento formal, pero sí réplicas amargas y palabras que no debieron haber sido dichas muchos años antes que dejaron una barrera, un foso, entre nosotros. Simplemente, quedaron en el aire... Pero tampoco hubo tiempo para la reconciliación. Una de las últimas noches de su vida, mientras agonizaba en su dormitorio, y yo hacía guardia, me dio por hablarle, como si estuviera consciente. Le dije que se podía morir en paz, que había intentado ser un buen padre, y que en muchos sentidos (pero no en todos), lo consiguió. Que dejaba atrás un gran grupo de pacientes que seguían llamando a casa, preguntando por él. Que Ana y Pepe le echaban mucho de menos. Que todos sus libros técnicos terminarían en la Facultad de Medicina, para que los usasen las nuevas generaciones de estudiantes. Otros muchos de sus libros han encontrado su hogar definitivo en el Ateneo de Madrid. Que yo había aprendido las lecciones, tanto las de imitarle en unas cosas, como evitar ser como él en otros aspectos. Y que le echaría muchísimo de menos, porque justo en el momento en que por edad podríamos habernos entendido mejor, él había decidido morirse, con un espantoso cáncer de lengua que él mismo se había provocado fumando dos paquetes de Ducados diarios durante tantos años, y sin hacer caso a su amigo dentista, quien le avisó del peligro al aparecer la primera lesión. Más tarde, largos años de terapia me ayudarían a hacer las paces con él, a perdonarle por dejarme tan solo, por escoger la solución más fácil y dolorosa para no convertirse en ese anciano babeante e inválido que él siempre se negó a ser…

 

Por eso, y aunque viviéramos juntos más de treinta años, la relación con mi padre fue un “Hola y adiós”, los recuerdos malos se han ido esfumando con los años, y tan solo me queda la tristeza por todas aquellas cosas hermosas que se ha ido perdiendo en todos estos años… Por eso lloro cuando escucho algunas piezas de música clásica (sigo yendo al Auditorio en su memoria), o bien al ver una exposición de arte, o simplemente noto que daría cualquier cosa por sentir uno de sus tan escasos abrazos, en aquellos momentos en los que me noto tan perdido como ahora…

 

4 comentarios:

  1. Me ha emocionado leer esto. Yo perdí a mi padre a los diez años. Tengo un vago recuerdo. Recuerdo su voz, de barítono ronca. Su buen humor. También fumaba Ducados. Muchos. Todos estos años he construido su imagen a través de las remembranzas (mola mucho esa palabra) de mis hermanos. Tal vez tenga de él una imagen demasiado idealizada. Lamento no haber pasado tiempo con él. Lamento no haberlo tenido de modelo para bien o para mal. Soy padre desde los 30 años. Y he ejercido esa paternidad "de oído", sin saber exactamente qué podía esperarse de mí. Ser padre no es tarea sencilla. E imagino que hubo una generación de hombres a los que se impuso ser firmes, severos, duros cuando en su interior tal vez estaban gritando pidiendo ser otra cosa. Una generación de hombres a los que se impuso sin pedirlo el título de "Cabeza de Familia". Un abrazo, amigo.

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    1. mi padre era de esa generación de padres duros y austeros, cumplió su deseo de morir relativamente joven, y quedaron demasiadas cosas por decir... y por tratar de comprender. ahora, dentro de poco más de cinco años, llevará más tiempo muerto del que pudimos estar juntos. aprovecha de tus hijos y de tu juventud, amigo Muffin. y que te pongan bien de chispitas de chocolate.

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  2. Me ha gustado mucho. Muy interesante tu visión de tu padre. dejado por Alfonso.

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    1. pues es una visión suavizada por el paso del tiempo y por el dolor de la ausencia. lo primero que tuve que hacer fue perdonarle por abandonarnos tan pronto...

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