jueves, 27 de noviembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID TOMA 8: EL “RATONCITO LÓPEZ”

 

SUCEDIÓ EN MADRID TOMA 8: EL “RATONCITO LÓPEZ”

 

Toda bonita historia de Navidad tiene un comienzo… y un final. Menos quizás esta, la del Niño Jesús de mazapán, que se viene colocando año tras año en la residencia de los señores de Rodríguez, en pleno corazón del Barrio de Salamanca. Mi nombre es Luis Rodríguez Márquez, y ahora vivo con mi yerno Fernando, mi hija Pilar, y mis dos nietos Fernando y Pilar. Sí, no somos demasiado originales en esta familia. Pero más me vale no andarme por las ramas. Así que os contaré la historia del ratón de la Navidad.

           

La primera vez que la escuché, fue de los labios de mi abuelo Luis, que en paz descanse, y cuyo nombre heredé. Y todavía la recuerdo, ahora que yo mismo soy abuelo de dos criaturas tiernas y preguntonas de cinco y siete años. Hace ya mucho tiempo que no creen en Papá Noel ni en los Reyes Magos, puesto que sus padres les contaron “su verdad” meses antes de cumplir los seis. Cosas de la política: ellos son votantes convencidos de Nosotras Podemos, y por lo tanto, anti-monarquía (fuera los Reyes) y anti-explotación de las criaturas mágicas (fuera Papá Noel, por la explotación laboral de los elfos y de los renos).

 

Pero yo todavía sigo poniendo el Niño Jesús de mazapán… y todos los años, cuando amanece el día de Reyes, tiene los pies mordisqueados, eso cuando la figura directamente no ha desaparecido durante la noche.

 

Todo empezó en los años cuarenta, del siglo pasado, en plena posguerra. Fue una época muy dura para todo el mundo en España, tanto vencedores como vencidos, sobre todo porque ese mismo concepto deja de tener sentido cuando es una guerra que enfrenta a miembros del mismo pueblo, del mismo país, incluso de la misma familia. En mi casa, no sobraba nada, las prendas de ropa eran heredadas de un hermano a otro (menos en el caso de mi hermana Margarita, la única entre cuatro hermanos varones, y que por lo tanto siempre estrenaba ropa, o en todo caso la recibía de las hijas de la tía Encarna). En un pequeño piso de poco más de cincuenta metros, vivíamos el abuelo Luis, mi madre María, mi padre Eduardo, mi hermana Margarita, mi hermano Sebastián y yo, Luis, el benjamín, y por ello quizás el más mimado.

 

A pesar de todo, en mi casa éramos muy navideños, nos encantaban aquellas fiestas, no tanto por su significado religioso, como por la oportunidad que representaban de olvidarnos de la política, de la pobreza que acecha a la clase media, y reunirnos todos, por unas horas, bajo el mismo techo. Y aquellas fiestas tenían dos grandes símbolos: el árbol de Navidad (bueno, más bien una gran rama de pino que nos vendían los gitanos de la Plaza Mayor, con un cepellón de arcilla para simular las raíces), y el Belén.

           

Cada año, ir a comprar el árbol se convertía en toda una aventura, sobre todo porque no teníamos una furgoneta, y había que traerlo a casa, un cuarto piso exterior en la calle Espíritu Santo, con el 600 que nos prestaba mi tío Andrés. Evidentemente, un árbol de más de metro y medio era imposible que cupiera dentro de ese cochecito, por lo que había que asegurarlo sobre el techo con un montón de vueltas de la cuerda del tendedero (que mi madre había desmontado aquella mañana). La elección del abeto más bonito era muy importante: había que considerar la altura, la anchura de sus ramas más largas, si el cepellón con las raíces estaba bien cubierto de tierra para que no se secase en menos de una semana. Luego, venía el inevitable regateo con los gitanos, que a veces se convertía en una rebaja de hasta el cincuenta por ciento, si íbamos a visitar otros puestos ubicados en los distintos rincones de la Plaza Mayor. Y al final, el traslado, casi en procesión, hasta la calle lateral donde habíamos conseguido estacionar el bólido. Vueltas y más vueltas de cuerda, y conducir con mucho cuidado hasta la puerta de casa. Yo solía ir siempre sentado delante con mi padre, y también mi hermana Margarita. Ella se bajaba de los asientos posteriores, nos abrían la puerta de la calle con gran solemnidad, y nos acompañaban, sosteniendo yo la copa, hasta nuestro piso.

                       

Mi madre ya se había encargado, con la ayuda de Sebastián, de despejar el comedor, moviendo la mesa hasta una de las esquinas, y preparando la maceta para el árbol cerca del ventanal, pero con cuidado para que el sol no lo secase en pocos días. Colocarlo en su sitio era también una aventura, estabilizándolo con tierra, piedras y gravilla, y por último, regándolo con cariño. Normalmente, aprovechábamos el día de la Inmaculada para comprarlo, y después, durante la tarde, lo decorábamos.

 

Del altillo del armario de mis padres, salían caja tras caja las bolas, todas ellas de cristal, las guirnaldas de espumillón de distintos colores, y por supuesto, la estrella de la punta. Más adelante, se unieron varias ristras de lucecitas de distintos colores, pero aquella Navidad, en el año 1942, todavía era un árbol de lo más tradicional. El mayor drama era que se nos cayese alguna bola, alguna vez tuvimos que volver a la Plaza Mayor para comprarlas en el puesto de doña Manolita, porque eran las que más nos gustaban; y también adquiríamos figuras nuevas para el Belén.

     

     

Y entonces, con la decoración del árbol terminada, era el momento favorito por todos: a media tarde, la colocación del Belén, en la mesita de alas extensibles sobre la que habitualmente poníamos la radio. Por supuesto, no era una de esas radios pequeñas a pilas, como la que tengo en la mesita de noche, sino uno de esos aparatos de medio metro de largo, por treinta centímetros de alto y casi cuarenta de ancho, y con un peso de varios kilos, lo que nos garantizaba que la mesa aguantaría el peso de nuestro adorno.

           

Era un proceso largo y complicado. Lo primero era poner un mantel de tonos marrones, para simular la tierra del desierto. Luego, un río de papel de plata, con su pequeño puente de madera. Más tarde, el portal de Belén, en nuestra casa era un establo, que había sido construido por mi padre. Al fondo, varias casas del pueblo, dibujadas en cartón piedra. No podían faltar unos cuantos pastorcillos, con sus ovejas. Ni el buey, la mula, de primorosa madera tallada y pintada. Y mucho menos, la virgen María, San José, y el niño, en su cunita. Todas las figuras estaban hechas de madera, con un gran realismo, y vestidas con pequeños trozos de tela, y las manos y la cara pintadas de rosa. El Niño Jesús era una obra de artesanía, cubierto solamente por un pequeño paño azul, y con sus brazos, piernas, torso regordete y carita tan dulce, con una pequeña corona dorada en la cabeza.

           

De todas aquellas figuras, era sin duda alguna mi favorita. A medida que pasaban los días, el cortejo de los Reyes Magos se iba acercando, centímetro a centímetro, desde la esquina opuesta de la mesa, para alcanzar el portal en el momento adecuado. Bueno, también me gustaba mucho el Rey Baltasar, con esa cara tan negra, pero que nunca me asustó. El día de reyes, cuando por fin alcanzaban el pesebre, lo celebrábamos todos con alegría, y multitud de regalos, besos y abrazos. Aunque no cabíamos todos en el piso, venían nuestros tíos y primos, mi padre descorchaba varias botellas de sidra (el champán siempre ha sido para los ricos), mi madre sacaba varias bandejas de mazapanes, turrones y polvorones. Para los niños, no podía faltar el chocolate caliente a la taza recién hecho, ni los picatostes, calientes, pringosos y llenos de aceite. Durante unas horas, casi veinte personas, y algún vecino, abarrotaban la casa…

 

Pero aquella Navidad del año 1942, iba a producirse una pequeña tragedia… Y a dar comienzo a una nueva tradición. Porque justamente el día de reyes, cuando los hermanos nos levantamos para buscar nuestros regalos a los pies del árbol, enseguida vimos que había pasado algo con el Belén… Las figuras de los Reyes Magos estaban por el suelo. La mula se recostaba contra San José. A la Virgen María le faltaba el manto de tela azul. Y el Niño Jesús… ¡Y el Niño Jesús! ¡Al Niño Jesús le faltaban los pies!

 

Mi hermana Margarita no pudo contenerse, y se puso a llorar. Mi hermano puso un poco de orden en la mesa, enderezando a la mula, colocando de nuevo las ovejas y los pastorcillos, recogiendo a los Reyes Magos del suelo. Y yo avisé a nuestros padres, que todavía seguían durmiendo en su habitación. Mientras que Margarita acunaba en mis manos al pobre muñeco mutilado, que para mí encarnaba la esperanza y la misma ilusión de la Navidad. Mis padres, un poco confundidos por tanto llanto, salieron raudos de la cama, y se encontraron con todo el pastel. Mi abuelo Luis, con su pragmatismo habitual, empezó a buscar causas y consecuencias.

 

-          “Si tuviéramos gato, sin duda él sería el culpable de este desaguisado”, nos dijo. “Pero en este caso, los sospechosos habituales son los de siempre, estos tres pilluelos…”

-          “¡Pero si nosotros no hemos sido!”, alegó raudo y veloz mi hermano Sebastián.

-          “¡Han sido los fantasmas! ¡Qué miedo!”, opinó mi hermana Margarita.

-          “Que yo no he sido, abuelo…”, dije yo.

-          “Pues algo raro ha pasado entonces…”, alegó mi madre, “y hasta que no se encuentre al culpable, esta mañana no hay regalos ni dulces.”

 

Entonces fue cuando los cinco nos pusimos a llorar desconsolados. Quedarnos sin los juguetes con los que llevábamos soñando todo el año, y cuyas formas intuíamos entre los paquetes de brillantes colores, nos parecía el mayor de los castigos, y una tremenda injusticia. Mi padre, siempre tan pragmático, nos hizo pasar de uno en uno al dormitorio, y nos interrogó por separado. Su objetivo era que el culpable confesase… pero no lo consiguió, porque el responsable era otro…

 

Y fue mi abuelo Luis el que se dio cuenta, a media mañana, de que había una pequeña madriguera de ratón en una de las esquinas del comedor. Tan pequeña, que había pasado desapercibida hasta ese momento, cuando movimos el sofá para buscar el turbante del rey Melchor.

-          “¿Pero bueno, qué tenemos aquí? Lo mismo nuestro culpable está más cerca de lo que pensaba…”

-          “¿Un ratón? ¡En esta casa no hay ratones! En todo caso, en la del vecino, que Mercedes es una guarra y deja las cosas en la cocina sin recoger durante días…”, opinó mi madre.

-          “Haya paz”, dijo mi padre. “Algo tendremos que hacer, porque de todas formas, no se puede acusar a nadie sin pruebas. Ni siquiera a un ratón”.

-          “Lo que vamos a hacer”, dijo mi abuelo, “es colocarlo todo tal y como estaba, y esta noche, esperar con una linterna, para ver si regresa el roedor. Voy a poner una trampa, cerca del Niño Jesús, que tanto le gusta. Y después, ya decidiremos.”

 

El resto de la jornada, lo pasamos rodeados de la familia y amigos, un gran trasiego, con regalos, cosas ricas que comer, la emoción de estrenar ropa nueva (solo reservada a la Navidad y a los cumpleaños). Aquel año tuve derecho a unos patines de ruedas, una cazadora de pana, y un par de calcetines. La bicicleta se resistía a aparecer, pero con tantos hermanos, aprendimos a conformarnos con las cosas pequeñas. Llegó la noche. Y con ella, el momento de poner en marcha el plan de mi abuelo.          

 

Lo primero que hizo fue coger un plato llano de la vajilla de Duralex, y verter sobre él una pequeña cantidad de melaza, bien pegajosa; y en el centro, puso al Niño Jesús en su cuna. Luego, se sentó en su mecedora, y con termo de café, se preparó para una larga noche en vela… Sin embargo, se quedó dormido.

 

Lo cual no impidió que a la mañana siguiente, con las cuatro patitas y el rabo presas en la melaza, apareciese un pequeño ratoncito blanco, de esos de laboratorio. ¡Ya teníamos al criminal!

-          “¡Un ratón, qué asco! ¡Mátalo!”, dijo mi madre, mientras que mi abuelo lo señalaba, acusador.

-          “Algo habrá que hacer con él”, opinó mi padre, “pero ya sabes que yo soy contrario a la pena de muerte.”

-          “Pero si es muy mono”, dijo mi hermana Margarita.

-          “¿Y si nos lo quedamos como mascota? Prometo cuidarlo mucho” dije yo.

 

Y en esas estábamos, dilucidando el futuro, bastante negro, del ratón, cuando mi abuelo se acercó a la pequeña fiera, que ya había dejado de tratar de escapar de la melaza… Y le miró a los ojos.

 

“Fue un momento muy especial, de comunión de almas”, me dijo meses más tarde. “Sentí que yo era responsable de la vida de ese ratón, al haberlo cazado con mis malas artes. Y también supe que no sería capaz de matarlo… Así que me acerqué a él, levanté el plato, y con el mayor cuidado, lo llevé a la cocina, lo metí en la pila, y empecé a dejar correr el agua. Se mojó bastante, pero al mismo tiempo se quedó libre. No se atrevía a moverse, así que lo cogí entre mis manos, y lo sequé con un trapo de limpiar los platos. Luego, rodeado por la familia, me dirigí hasta la puerta de la casa, lo deposité sobre el felpudo del rellano, y volví a entrar.”

 

Así debería haber terminado la aventura del ratón… Pero estábamos muy equivocados. Porque a la mañana siguiente, el Belén estaba de nuevo patas arriba, y los pies del Niño Jesús un poquito más mordidos. Mi abuelo lo examinó con atención, y comprobó una cosa bastante extraña: ¡la pintura sabía dulce! Igual era de esas elaboradas con azúcar y clara de huevo. ¿Y si era eso lo que atraía al ratón?

 

Por eso, aquella noche, la víspera de la recogida del montaje navideño, decidió cambiar el Niño Jesús por una figurita de mazapán… Y al día siguiente, no quedaba ni rastro. Resultaba que teníamos por vecino a un ratón goloso. Y nos hizo mucha gracia, tanta que incluso le pusimos un nombre, “Ratoncito López”. Al año siguiente, en 1943, la primera noche, el belén apareció un poco revuelto, pero como ya teníamos a nuestro perro, Lucas, regalo de Navidad de nuestros padres después de tanto insistir, le echamos la culpa. Durante varios días, todo estuvo tranquilo. Pero la noche del 31, una vez más, alguien saqueó la mesa del salón, tiró los Reyes Magos, y mordisqueó al Niño Jesús. Y mi madre encontró una pequeña madriguera en su dormitorio. Mi abuelo, un poco en broma, cambió la figura por un hombrecito de mazapán, y al día siguiente, no quedaba ni rastro. Y así, durante las demás noches hasta el día 6 de enero, durante el día estaba la figurita de cerámica, y por la noche, la de dulce. A la mañana siguiente, todos nos juntábamos ante la mesa, para comprobar si el “Ratoncito López” se había paseado por nuestra creación.

 

De esa manera tan tonta, surgió una nueva costumbre navideña, la de poner una pequeña ofrenda para “nuestro huésped no muy deseado” en aquellas fechas tan señaladas. Y durante muchos años, las aventuras de nuestro ratonil compañero se convirtieron en parte de nuestras vidas. Incluso mi hermano Teodoro escribió una redacción para la escuela sobre “el misterio del Niño Jesús”. Durante el año, no daba señales de vida, pero al llegar la Navidad, la figurita de mazapán desaparecía con gran rapidez, todas y cada una de las noches.

 

Pasaron los años, y el “Ratoncito López” nos seguía visitando. Cuando cumplí los 16, una noche de Reyes en que no podía dormir, me asomé al comedor… Y resolví el misterio. Allí estaba mi abuelo Luis, comiéndose tan feliz la figurita de mazapán, con una pequeña copa de vino dulce, cosas ambas prohibidas por el médico de cabecera, porque tenía el azúcar muy elevado. Él me guiñó un ojo, me sonrió, y siguió degustando su mazapán…

 

Ahora bien… ¿Alguna vez el “Ratoncito López” se comió el dulce, o siempre fue obra de mi abuelo? Supongo que es algo que nunca sabremos… Pero durante todos estos años, y sin importar que nos hayamos cambiado de casa, que yo haya formado mi propia familia, y que ahora viva con mis nietos… Nunca ha faltado la figurita de mazapán dentro del pesebre el día de Reyes… ni la pequeña copa de vino dulce…

 

Y mis nietos siguen hablando del “Ratoncito López”, y su afición al mazapán.

 

sábado, 22 de noviembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 7: UN TRAPO DE CUADROS ROJOS Y BLANCOS

 

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 7: UN TRAPO DE CUADROS ROJOS Y BLANCOS

 

Como si fuera posible hacerlo, te escribo para no olvidarte... Lágrimas de tinta y de sal han corrido desde la última vez que nos vimos, la sal llama a la tinta, la alegría a la tristeza, y tu sonrisa a mis recuerdos.

 

Nos conocimos una tarde de marzo, bajo la lluvia, con mucho viento. Los dos nos refugiamos en el hueco de un portal, entre la puerta y el chaparrón. Calados hasta los huesos, intercambiamos una sonrisa, un gesto. Tú estabas muerta de frío, se te notaba en la mirada, en tu respiración; y por eso, te acercaste a mí, buscando el escaso calor que yo podía darte, temblabas todavía, pero menos que antes; tu hermosa cabecita, orgullosa; tu mirada, tan límpida y serena, me llevó a tomarte entre mis brazos; tu menudo cuerpo se amoldó sobre mi pecho, buscando más calor, debajo de mi jersey, bajo mi abrigo, lo más cerca posible de mi corazón.

    

   

Y así empezó nuestra gran historia de amor, nuestro romance; dos solitarios se encuentran bajo la lluvia de marzo, en la ciudad gris; dos almas necesitadas de cariño y de amor, de comprensión y de ternura. Cuando menguó la lluvia, salimos abrazados, indiferentes a las miradas, con tu preciosa cabecita rubia, y tus pequeñas patitas, tan mojadas, asomando entre dos botones de mi abrigo azul, que tanto te gusta; con una mano, te sujetaba; y con la otra, mantenía abierto el paraguas.

           Hermosa gatita rubia de mis sueños, en cuanto llegamos a casa, te sequé con el primer trapo que cogí en la cocina, de cuadros rojos y blancos, que desde aquel momento se convirtió en tu talismán, tu símbolo, tu juguete; después, te puse un cuenco de leche tibia, y otro de atún en escabeche, comías con tantas ansias, que en pocos minutos te puse otra lata. ¿Quién le explica a un felino hambriento lo que puede o no comer? Si luego descubrí que te apasionaban los mejillones picantes, los boquerones en vinagre, el queso manchego tierno, el chorizo de Pamplona, y las fresas con naranja.

 

Y después del alimento, la limpieza, comenzaste con tu larguísimo ritual, eliminando de tu enjuto cuerpo hasta la última mota de suciedad, barro, pelo, que te recordase a las calles, al ruido, a la soledad, a la lluvia, a la gris ciudad en la que nos encontramos, náufragos errantes. Yo me fui a cambiar, también estaba empapado después del paseo, y con la ropa de andar por casa y las zapatillas a cuadros de felpa, el típico regalo de madre para el hijo que se va a la gran ciudad, me senté en el sillón del salón, frente a la tele apagada, tranquilo. Hasta que saltaste a mi regazo, clavando las uñas en mi chándal, reclamando mi atención, el calor de mis manos sobre tu cuerpecito, mientras me mirabas, pidiendo mimos, y ronroneabas dulcemente...

           

Unos días después, descubriste tu sitio favorito: el poyete sobre el radiador del salón. Sobre él te pasabas la mayor parte del invierno, ora mirando por la ventana hacia la calle Rioja, ora dormitando, y siempre pendiente de todo, de los pájaros, los niños, el autobús. Muchas novias han pasado por mi piso desde aquella tarde hace ocho años, Linda, pero solamente se quedaban a pasar la noche aquellas que recibían tu aprobación, que curiosamente eran las que más me gustaban a mí. Extraña pareja la nuestra, como escogiendo aquellas hembras amorosas que podrían darme lo que no podías tú, gatita linda de mis sueños...

           

Pero cuando conociste a Eloísa, fue un gran flechazo mutuo, entre vosotras dos, tan grande, que incluso tuve celos al principio, lo confieso, por esas confidencias femeninas, por esas miradas, por los ratos que pasabas en su regazo. O cuando, años más tarde, ella hacía los patucos para el primero de nuestros hijos, que ahora tiene cinco años, y está mirando la lluvia desde la ventana del salón. Junto a ese radiador, con su poyete guateado, sobre el que tanto te gustaba pasar el otoño, el invierno, y la primavera si traía frío...

  

         

Hace casi un mes, el 28 de noviembre, te encontré muerta en tu cuna, como dormida. Y eso le dijimos a nuestro hijo Luis, "Linda está dormida, pero nos mandará uno de sus amigos, para que nos haga compañía, sobre el radiador, y en el brazo del sillón." ¡Qué pequeñas eras, Linda, qué ligera, ¡mi gatita buena, mi gatita lista, mi gatita rubia!

            Envolví tu cuerpecito en tu trapo de cuadros rojos y blancos, que tanto te gustaba, y salí, cómo no, bajo la tormenta, en nuestro último viaje juntos, paseando sin paraguas por los jardines de la Comunidad, con la lluvia enjuagando mis lágrimas, buscando un lugar donde pudieras reposar, hasta que llegase tu Resurrección en el Cielo de los Gatos. Reconocí un seto de camelias, el mismo bajo el cual tanto te gustaba pasar la tarde, con tu arnés y tu correa, tu ratón de peluche y tu trapo de cuadros rojos y blancos. Y allí te enterré, mi gatita Linda, mi linda gatita rubia, con la pala amarilla de mi hijo, bien profundo, lejos del olfato de los perros, entre las raíces del seto florido.

           

Sé que cualquier tarde, o cualquier noche, en uno de mis paseos por el barrio, encontraré otro gatito necesitado de cobijo, y lo llevaré a casa, y se lo presentaré a Eloísa, a Luis, y a la pequeña Beatriz, y les diré: “Éste es un pequeño amigo de Linda, que nos lo ha mandado para que lo cuidemos, y para que nos cuide a nosotros”. Y ellos le pondrán un hermoso nombre. Se llame como se llame, ocupará un gran lugar en nuestra casa, en nuestro corazón, pero nunca será como mi gatita Linda...

miércoles, 19 de noviembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID TOMA 6: LA HABITACIÓN 626

 

SUCEDIÓ EN MADRID TOMA 6: LA HABITACIÓN 626

 

Hace algunos meses, cuando me contaron la historia de Agustina Golden García, la famosa cirujana cardiovascular que sin embargo se pasaba la mayor parte de las tardes en la habitación 626, en la última planta del edificio, no estaba muy seguro sobre su veracidad. ¿Realmente era posible que un lugar tan especial existiera en el corazón del Hospital? ¿Era cierto lo que allí sucedía? ¿O bien, por alguna razón, uno de mis queridos compañeros de trabajo me estaba tomando el pelo? Por supuesto, esta última posibilidad era, sin duda alguna, la más viable... Aunque el paso del tiempo se encargó de darme la respuesta.

           

DESCUBRIENDO LA HABITACIÓN 626. Pero es mucho mejor empezar por el principio. Y hablaros de la habitación 626. Está ubicada en la planta sexta del hospital (en la planta baja están las consultas externas, y en la primera los quirófanos), y en apariencia, nada la distingue, desde el exterior, de las demás. La puerta es de metal y madera, el picaporte es curvado, y tiene una pequeña cerradura de color dorado, de estilo antiguo, parecida a la de “Alicia en el País de las Maravillas”, y se diría que desde el interior se proyecta un tenue rayo de luz. A ambos lados se encuentran otras dos puertas, sin cerradura, parecen no haber sido utilizadas en mucho tiempo, y bajo las cuales también se desliza, de vez en cuando, un tenue rayo de luz dorada... ¿Os apetece entrar? Seguidme, pues...

           

La primera sorpresa que nos espera al cruzar el umbral es la luz. Bueno, siempre y cuando me permitáis encenderla, que de momento solo tenemos cuatro lamparitas, de las que usan los niños para no tener miedo de noche. Tapaos los ojos, el contraste es bastante fuerte. Ya está... Nada que ver con los horrorosos halógenos y fluorescentes que llevan agrediendo nuestros ojos desde que hemos entrado en el Hospital. En vez de eso, decenas de lamparitas de bajo consumo, con forma de candelabros, se expenden por las paredes, creando un ambiente cálido, de luz dorada, que te envuelve y tranquiliza. Repartidas un poco al azar se encuentra una decena de pequeñas mesas redondas, con taburetes de madera, para niños pequeños.


      Otra gran sorpresa es la sensación de espacio, puesto que una suave y mullida moqueta de color azul cielo se extiende de pared a pared, en todas direcciones, y compruebas que en la pared del pasillo se abren otras cuatro puertas. Sin embargo, el secreto mejor guardado es el gran tabique de cristal que va a lo largo de toda la pared Oeste, y que a través de dos puertas de madera de boj, permiten acceder al Jardín Japonés. Aprovechando la parte sin uso de la azotea, se ha creado un hermoso jardín, encerrado en un invernadero, y que a juzgar por lo exquisitamente cuidado, requiere cientos de horas al mes para mostrarse en todo su esplendor. Aunque volveremos más tarde, quiero enseñaros el resto de las instalaciones...

           

Si la luz le confiere un carácter especial a esta mega-habitación (la 624-625-626-627 y 628), su contenido también es sumamente llamativo. Pulcramente alineados a lo largo de todas las paredes, depositados en estanterías a baja altura, se encuentran decenas, centenares de peluches, de múltiples formas y tamaños, aunque predominan los osos (liderados por Boris, el oso ruso), los conejos (capitaneados por Tambor) y los elefantes rosas (incluyendo el famoso elefante rosa con pintas verdes esmeralda).

           

También hay un amplio surtido de muñecas (predominan las de trapo), y globos llenos de aire, y pelotas de colores de todos los tamaños. No, no hay un solo juguete violento, ni complicado, ni que use pilas, nada de videoconsolas, ni de cosas que se puedan desmontar en pequeñas piezas... En la pared Norte (nosotros hemos entrado por la Puerta del Este) se encuentran dos objetos que atraen nuestra atención: una gigantesca pizarra de fondo verde, con un amplio surtido de tizas de colores y una frase escrita en ella (sobre la que hablaremos más adelante), y una enorme tele de plasma, junto a la que se encuentra una estantería rellena de DVDs, que parece contener todas las películas de dibujos animados que han llegado a España desde los primeros tiempos de la Disney, y un amplio surtido de títulos que hablan del amor, la amistad, como “E.T.”, “Los Goonies”, “Gremlims”... Y, dentro de dos grandes arcones ubicados en la pared del Sur, encontramos decenas de almohadas con forma de ovejitas. Y por encima, una gran estantería llena de cuentos y relatos cortos para niños. Y con esto damos por terminada la visita. ¿Cómo, quieres saber lo que pone en la pizarra? Una sola frase: “La muerte es el principio”.

           

Cuando entré por primera vez en la habitación 26, a las tres semanas de incorporarme al centro, estaba amaneciendo, y lo hice dentro de una de mis rondas como vigilante de seguridad. Me llamó muchísimo la atención el ambiente de paz, de tranquilidad, que se respiraba en ella. Esa decena de lamparitas encendidas en mitad de la noche, las mesas y taburetes y cojines, los peluches, el Jardín Japonés, me hacían sentir bien, protegido, y feliz. Se lo comenté a Adrián, el compañero más accesible, en la pausa del desayuno, y me dijo: “Es normal, Luis... Si hubieras sentido otra cosa, no sé, miedo, inquietud o tristeza, eso querría decir que la habitación 26 no cumplía con su función. Y entonces sí que tendríamos un grave problema”.

 

Con lo sumamente curioso que soy, era lógico que le preguntase “¿Y cuál es su función?” Aunque su respuesta me dejó bastante inquieto: “Es la puerta entre dos mundos”. Igual que los niños pequeños, que no admiten un “No” por respuesta, empecé a pedirle más detalles, hasta que Adrián, quizás un poco molesto, me dijo: “Mira, solamente te diré que en las principales ciudades del mundo, hay habitaciones como esta, y todas ellas están a cargo de una Guardiana. Nadie mejor que ella para contarte, si le parece oportuno, lo que allí sucede. Vente a la habitación 626 esta tarde, a las 19:30, antes de comenzar el turno, y no te olvides de llevar un oso de peluche. Ella te estará esperando. Y ahora, vamos a hacer la última ronda de la noche”.

 

LA GUARDIANA. Mientras volvía a casa, algo inquieto por lo que me había contado Adrián (“puerta entre dos mundos, problemas de verdad, Guardiana”), sentía crecer en mí la curiosidad, esa que mató al gato, y temeroso de olvidarme del peluche, hice una escala en el Vip´s y, tirando de tarjeta, compré un oso de color gris y blanco, que me hizo recordar mi infancia. Después de saludar con un beso a mi mujer, que se estaba levantando para ir al trabajo, y de jugar unos minutos con Chiqui, nuestro gato, me fui a la cama.

           

A las cuatro y media de la tarde ya estaba en marcha, preparándome la cena, después de la escala en la ducha para ser un poco más “persona”, mientras esperaba a que subiera la cafetera. Sí, lo reconozco, soy un clásico: me gusta el café de verdad, de cafetera italiana, a fuego lento en los fogones, y que esa mariconada del Nespresso se lo queden los pijos. Con una última oleada de arrumacos felinos, emprendí el camino hacia el Hospital, y la Habitación 626.

           

            Llevaría un par de minutos plantado delante de la puerta, observando el titilar de las luces, mientras escuchaba una levísima música de fondo, cuando oí una voz, dulce, suave que me dijo: “Adelante, Luis. Llegas muy puntual. Estoy con los osos”. Por eso, abrí la puerta, y la busqué. Efectivamente, estaba con los osos de peluche, o mejor dicho, entre los osos de peluche, porque al entrar, solo vi una melena castaña con mechas rubias cortada estilo paje, unos inmensos ojos castaños que destilaban amor y tristeza, y una cara, algo cansada, que me inspiró ternura, y unos labios de sonrisa agradable. Cuando se levantó y se acercó a mí, reparé en la cruz gótica que llevaba en el cuello, con una pequeña cadena de plata. Estaba vestida con un pantalón vaquero de peto, una camisa de leñador a cuadros rojos, azules y blancos (con algunas manchas de tiza y de pintura) y caminaba con los pies descalzos por el suelo enmoquetado.

 


        Me invitó a seguirla, después de darme dos besos (compruebo que a ella también le gusta la colonia Nenuco), y nos acomodamos de nuevo sobre dos pufs enormes, en el rincón opuesto al territorio peluche. Me siguió sorprendiendo su aparente fragilidad, no superaba el metro sesenta, y no debía pesar más de cincuenta kilos, aunque de todas formas, toda ella parecía irradiar una tenue luz blanca. Y es entonces cuando puso en marcha una venerable tetera eléctrica, que mientras hablamos nos permitió degustar una taza de té negro, endulzado con miel. Y Agustina comienza a hablar, como si fuera un cuento, en los que todo es posible, después del “Erase una vez”.

 

AGUSTINA Y LOS NIÑOS PERDIDOS...

-          “¿Alguna vez te has preguntado por la otra vida, o directamente, si hay otra vida? Porque yo, sinceramente, es algo que ni siquiera contemplaba, hasta hace cuatro años y medio, cuando tuve el accidente. No fue gran cosa, es cierto: me resbalé en la ducha en mi casa, una de esas frías noches del mes de octubre, cuando necesitas que algo te permita alejarte de la rutina. Sobre todo, de mi trabajo como auditora en Hacienda, en el departamento de gestión del fraude. A veces resulta apasionante, puedes investigar algunas de las historias más rocambolescas, como la del falso muerto, con tal de estafarnos. Pero eso no importa. Me resbalé en la ducha, algo tan simple como eso, salvo que estaba sola en casa (bueno, con mis tres gatos consentidos), y me quedé tendida, bajo el agua caliente, durante una media hora.

Me despertó una débil vocecita, que venía del otro lado de las cortinas, nuestra bañera es muy antigua, de esas que tienen garras de león en las patas, grifos de aspa, y una alcachofa situada al extremo de un tubo de latón. Me extrañó mucho, porque mis dos hijos, Rómulo y Xela estaban trabajando. De todas formas, me levanté como pude, para cerrar el grifo y alcanzar una toalla. Al salir, le vi. Era un chiquillo, de ojos asustados, que abrazaba uno de los viejos peluches de Xela, repitiendo una y otra vez la misma pregunta: “¿Eres tú la Guardiana?” Y, de forma bastante extraña, intuí cual era la única respuesta posible, es decir: Sí”.

-          “¿Y no te extrañó, el encontrarte un chavalito, de pie, en tu cuarto de baño, con la casa cerrada?”

-          “No, en cierto modo, no. Quizás siempre supe que lo estaba esperando, a él, o bien a otro como él; de cualquier modo, un mensajero de los niños perdidos. Sí, enseguida supe que se trataba de un fantasma, porque era físicamente imposible que una persona pudiera entrar en mi casa de Villaviciosa de Odón, pero también porque su imagen fluctuaba, como si fuera un holograma, y tenía la fuerza justa para coger entre sus brazos un oso de peluche de Xela”.

-          “Entonces, ya habías oído hablar de los niños perdidos”, le dije.

-          “Sí, fue mi sobrina Beatrice quien me habló de ellos, de cierta leyenda urbana que se escuchaba contar a los más mayores de su colegio, sobre unas personas muy especiales, que eran capaces de encontrar y ser encontrados por los muertos, que seguían apegados a la Tierra. Normalmente, su trabajo es bastante sencillo, no olvidemos que la serie “Entre Fantasmas” está basada en hechos reales, porque a partir de los diez o doce años, los espíritus suelen ir hacia la luz... Sin embargo, con los niños pequeños, es diferente. No se puede hacer gran cosa, con aquellos espíritus que no tienen conciencia de la muerte, que están demasiado confundidos como para cruzar la frontera, y por eso se quedan en el limbo, hasta que alguien los localiza y les ayuda en su viaje”.

-          “Y con los niños más pequeños... ¿qué les pasa?”

-          “Una de las características más esenciales para poder cruzar la puerta, ir al otro lado, a otra realidad, o hacia la nada, es precisamente el tener conciencia de sí mismos, de su humanidad, de su irrepetibilidad. Los que son demasiado pequeños, los bebés, los que nacen “mal”, su fuerza vital se queda un tiempo flotando, como si fuera una pequeña esfera de luz, de esas que ves por el rabillo del ojo cuando estás muy cansado, y luego, desaparecen para siempre, reincorporándose al ciclo de la vida, de la tierra, del sol... Normalmente, es algo que les sucede a los niños menores de tres años”.

-          “¿Y a partir de esa edad?”, le pregunté, mientras daba un sorbo a mi taza de té, que ya se había quedado algo frío...

-          “Si tienen esa edad, y han muerto en la comunidad de Madrid, se incorporan a mi clase, o a las otras aulas dispersas por otros hospitales. El orden de las cosas en el Universo implica que necesitan ayuda externa, para asumir la verdad de la muerte, y de la vida. Por eso, en cuanto aparece uno nuevo en la clase, intento que se sienta bien, a gusto, y sobre todo, sin miedo. Mi función, como la de otros muchos Guardianes y Guardianas en las principales ciudades del mundo es poner a estos espíritus en relación con otros niños de su edad, pero en el mundo de los vivos”, me comenta, mientras sopla juguetona su taza de té, que está hirviendo.

-          “¿Y de dónde vienen los demás niños? Quiero decir, los que están vivos”.

-          “Todos ellos son del hospital, ya sea pacientes, visitantes, hijos de médicos o de personal del centro. Cuantos más son, mejor, porque aportan amor, cariño y fuerza a algunas criaturas tan débiles, que parecen el fantasma de un alma en pena”.

-          “¿Y no tienen miedo? Porque yo, seguramente, lo tendría”.

-          “Esa es la mayor diferencia... Los niños no conocen el miedo, y les parece de lo más natural el estar jugando con amigos más pequeños, distintos, o brillantes, como dicen ellos. Y los juegos son la mejor manera de entrar en contacto, de establecer lazos, de reforzarlo”.

-          “Me gustaría saber cómo encuentran el camino, hacia estos sitios”.

-          “Luis, imagínate que esta habitación es un faro, que proyecta su luz desde un acantilado. Bueno, pues la habitación 626, que por cierto ha sido preparada por la comisión de proyectos especiales del hospital, funciona de esa manera. Atrayendo a los espíritus de los niños y niñas que mueren, y no han alcanzado a comprender la vida y la muerte, sobre todo a los que tienen miedo. Es una señal que indica un refugio, un oasis en mitad del desierto, o simplemente, un lugar agradable donde descansar y relacionarse con otros niños. Y funciona en todas las ciudades del mundo, con mayor o menor publicidad o apoyo institucional. Es una verdad incómoda, molesta a veces, pero que ha existido desde siempre, igual que los pastores de almas. No hay nada parecido para los adolescentes, porque ellos siempre son conscientes del paso de una vida a otra”.

-          “Agustina, ¿alguna vez has tenido miedo?”

-          “Te respondo con otra pregunta, ¿qué te da más miedo a ti, los vivos, o los muertos? Porque a mí, son los vivos los que me aterran. Jamás los muertos, o los espíritus de mis niños. Trabajo con ellos todas las tardes, de las cuatro a las ocho y media. A veces, me quedo un rato más, si uno de mis niños tiene miedo, o está perdido, o llega tarde. Aunque por las mañanas, tengo mi trabajo en Hacienda”.

-          “¿Podría acompañarte una tarde, y de paso conocer a todos tus niños?”

-          “Los tienes aquí, Luis, a muchos de ellos. A Nerea, Santiago, Fernandito, Silvia, Pablo, Inmaculada, Soraya... Cierra los ojos un momento, relájate.... Y ahora, cuando los abras, podrás verlos, pero solo si crees en ti mismo... y en ellos”.

 

EPÍLOGO. Por supuesto, eres muy libre de creerme, o de no hacerlo, que de todas formas, me da igual. Pues al abrir los ojos, los pude ver, a todos ellos. Son criaturas de luz y cristal. Pero también, llenos de miedos. Y entonces comprendí por qué estaba allí, hablando con Agustina Golden, una de las mujeres más fascinantes que he conocido nunca. Porque faltaba un elemento en el puzle, un catalizador, para reforzar su tarea en la Habitación 626. Un cuentacuentos, que pudiera dedicarle un ratito cada tarde, a los niños perdidos...

            Desde aquel momento, hace ya varios años, jamás he tenido miedo a los fantasmas, mientras sigue creciendo mi admiración y mi cariño por Agustina Golden. Aquella pequeña mujer, de enorme corazón, y con inmensos ojos marrones... que sirven de faro a las almas...

martes, 18 de noviembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 5: SIETELECHES

 

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 5: SIETELECHES

 

Cálido mes de junio en Madrid. La ventana de mi despacho da a los jardines de la Comunidad. Y cada tarde, a las 18:30 (una hora menos en Canarias), los veo pasar. Primero suena el chirrido de la puerta de entrada, y luego, se escucha el cansino arrastrar de unos pies que han recorrido muchos kilómetros a lo largo de su vida, y una respiración gastada y herrumbrosa hace los coros. Acompañado del mudo trote de unas patas pequeñas, y el sonido de tres cascabeles. Entraban en escena Don Celestino y “Sieteleches”.

           

Lentamente, muy lentamente, la extraña pareja recorre el camino de acceso, “Sieteleches” siempre inspeccionándolo todo, como si fuera un soldado en territorio enemigo, que se para en cada intersección, y con un par de veloces movimientos de rabo, le indica a Celestino que puede seguir adelante. Y éste, bien entrenado por su perruno compañero, aprovecha aquellos momentos para recuperar el fuelle, y seguir caminando, pasito a pasito, hasta llegar a su objetivo veraniego: el segundo banco a la derecha, donde el sol no molesta a aquellas horas de la tarde. Cuando Celestino ocupa su lugar bajo la luz dorada, “Sieteleches” se dedica a sus obligaciones caninas: husmear todos los rincones de la extensión de arena, como si fuera de su exclusiva propiedad, marcar con pequeñas gotas de clara orina “sus árboles”, comer toneladas de hierba, perseguir algún pájaro; todo esto, regresando cada cinco minutos para comprobar cómo se encuentra Celestino, llevándole de vez en cuando un pequeño “informe material” de sus actividades: un puñado de hojas, algo de tierra, las plumas de un pájaro, un caracol...

           

Sieteleches es, como habrás adivinado, un perro mestizo, con todo el cuerpo blanco, menos las orejas, que son marrones, y varias grandes manchas negras en el lomo. Casi nunca ladra. Es amistoso con los demás perros y con los niños, pero le tiene bastante manía a los niñatos de la calle que se cuelan en el jardín a última hora de la tarde para hacer un botellón.

           Y Celestino es un hombre anciano, con los ochenta ampliamente superados, el pelo escaso y muy blanco, un solo ojo brillante y azul (el otro lo tiene tapado por un parche de cuero), su Txapela negra, y su bastón de empuñadura de plata con forma de cabeza de bulldog. Casi siempre viste con una de esas rebecas de abuelo en tonos de marrones, pantalones de lana marrones (con cinturón negro), camisa blanca, calcetines y zapatos negros recién lustrados. Siempre va limpio, y huele a Álvarez Gómez...

 

            Todas las tardes, tengo un poco de miedo de que llegue la última parte del ritual, pues es cuando “Sieteleches”, obediente, hace sus necesidades sobre la arena, cerca del banco, y Celestino tiene que agacharse, trabajosamente, para recogerlo. En una de aquellas recogidas, Celestino perdió el equilibrio, y se cayó de bruces sobre la arena. El parque estaba vacío, y me faltó tiempo para coger las llaves de casa, salir dando un portazo (que seguramente habrá despertado a “Chiqui”, nuestro gatazo comprensivo), y correr los cien metros lisos, hasta que llegué al pie del banco. El anciano estaba gimiendo suavemente, pero no tenía más que pequeños cortes superficiales en la frente, y un morado en la mejilla derecha. Le ayudé a incorporarse despacio, y conseguí sentarlo en el banco. No pesaba casi nada. “¿Se encuentra usted bien?”, le pregunté, sintiéndome un poco tonto por decirle eso a una persona acababa de besar el suelo en plan Papa, pero fallando en el aterrizaje... “Tranquilo, hijo, que estoy bien”, me respondió, una vez recostado en el banco.

           

 Sin embargo, muy bien no debía de estar, pues le estaba saliendo un hilillo de sangre de la nariz... “No se preocupe, que voy a buscar ayuda”, le dije, segundos antes de salir otra vez corriendo del jardín, y entrar en la farmacia que se encuentra en el mismo bloque.

-          “Necesito ayuda en el jardín... Un señor se ha caído, y está sangrando”. Rosario, la boticaria, cogió su botiquín de primeros auxilios y, tras dejar a Mónica, la auxiliar, al mando, me siguió rápidamente...

-          “Buenas tardes, señor. ¿Qué tal está?”, le preguntó, mientras le restañaba la sangre con un par de gasas mojadas en agua oxigenada...

-          “Bien, bien, vamos tirando, he tenido un percance, pero este chico tan amable me está ayudando”.

Chico... Hacía más de 25 años que me llamaron así por última vez... pero me gusta... A través de una serie de preguntas, nos enteramos de que se llama Celestino, tiene 89 años, fue militar de carrera (jubilado con el grado de teniente) y de que su perro, un mestizo vivaracho, se llama “Sieteleches, porque es una mezcla de muchas razas, incluyendo una parte de Husky en los ojos... Menuda juerga que tuvieron sus progenitores”. Del examen preliminar, Rosario deduce que él se encuentra bien, “sano y alimentado, y con las facultades mentales perfectas. No precisa más atención por el momento, y no hay lesiones de gravedad”. Por lo tanto, todo quedó en un susto, en el comienzo de una amistad...

           

Al tener las tardes libres, decidí descansar un rato, tomar el fresco, y pasarlo hablando con Celestino, y jugando con “Sieteleches”. Aquella fue la primera de muchas tardes, y en esos momentos robados al presente continuo, “porque los viejos ya no tenemos pasado ni futuro, un día estás... y otro no”, fue surgiendo una complicidad. Él me recordaba a mi abuelo, fallecido en el 2000, y yo tenía cierto parecido con su hijo, que vive en San Sebastián, y se pasa un par de veces al año por Madrid, “porque no tenemos una relación demasiado cordial”. Durante seis meses, todas las tardes hablábamos una hora, aprovechando el buen tiempo al principio, y cuando comenzaron las lluvias, trasladamos la tertulia a mi casa, aunque eso no dejaba de representar cierta complejidad, por “Sieteleches” y nuestro gatazo negro y vacilón, “Chiqui”. La reunión de las dos mascotas fue algo complicado: se persiguieron por media casa, saltando encima de la mesa del comedor, y con toda una sinfonía de maullidos, bufidos y ladridos, que terminó en cinco minutos, cuando se desvaneció el periodo de actividad de “Chiqui”. A partir del segundo encuentro, cada uno de ellos se quedaba tumbado a los pies de su mascota humana, pero sin dejar de vigilarse mutuamente...

           

Pasamos casi todo el tiempo hablando, en ocasiones me pide que le lea algún artículo del periódico, “porque mi vista ya no es como antes”, o un capítulo de mi última novela, y me daba la impresión de estar interactuando con un viejo amigo. Escuchaba atentamente sus historias, su participación en la Guerra Civil en el bando nacional, su matrimonio “con una malagueña salerosa de muy buen ver”, del que nacieron dos hijos, uno de ellos murió en la estación de Atocha el 11-M, sus aficiones (“pasear, dormir, escuchar la radio, hacer crucigramas... y cuando puedo, leer un ratico”) y otras muchas cosas. Resulta que éramos casi vecinos, porque él vivía en la escalera 3, Bajo-A, aunque su casa era mucho más pequeña que la mía. Unas veces en el jardín, otras en el salón o en mi cocina, convertimos nuestras charlas en tradición.

           

Pero todo terminó el 12 de octubre del año pasado. Aquella tarde, estuve fuera de casa, y pensé que Celestino ya habría dado el paseo con “Sieteleches”. Pero el miércoles 13, solamente acudió a la cita el perro. Parecía muy nervioso, alterado, y dedicó casi dos horas en hacer viajes entre el jardín y su casa llevando toda una serie de objetos en la boca (hojas, palitos, alguna flor tardía, un poco de tierra). El día 14, no vino ninguno de los dos y, preocupado, le pedí a nuestro portero, David, que me acompañé a casa de Celestino. Y lo que nos encontramos en el pequeño salón, al abrir la puerta, es algo que difícilmente podré olvidar en muchos años...

 

Celestino estaba sentado en su sillón de orejas, con la boina puesta, el parche sobre el ojo, y las manos en el regazo. Tenía las piernas tapadas por una manta a cuadros escocesa, y sus zapatillas de felpa. Llevaba muerto dos días, y el óbito se produjo, según la autopsia, por causas naturales. Siempre impresiona la primera vez que te encuentras con un cadáver, pero si es el de una persona a la que estimas, es mucho peor, aunque no sea un familiar directo...

           

De todas formas, lo que nos dejó a David y a mí con la boca abierta fue la multitud de objetos que estaban a sus pies: un puñado de hojas del jardín, otro de hierba, una ardilla muerta, un topillo, un bocado de tierra, el bastón de paseo, los zapatos especiales, una botella de agua, otra manta escocesa, el periódico y las gafas de lectura... y, entre todas aquellas ofrendas, “Sieteleches”. Creo que el perruno compañero le había llevado a su amo todas aquellas cosas que le gustaban, intentando que reaccionase, que volviera incluso de la muerte, que no le dejase solo... pero sin conseguirlo...

 

Tuvimos que avisar a la Policía, se presentó una patrulla con el forense... Cuando su casa se llenó de gente, “Sieteleches” empezó a gemir de forma lastimera, y fue muy difícil separarte de Celestino. Dos días después, llegó el hijo, y organizó la incineración. Estábamos los cinco: el cura, el técnico de la funeraria, el hijo (llamado Francisco), “Sieteleches” y yo... El hijo recogió las cenizas, y nunca más volví a verle... “Sieteleches” se quedó con nosotros, aunque tuve que dormir varias noches en el cuarto de invitados, porque mi mujer se pilló un cabreo monumental...  Semanas después puso en venta la casa, hicieron una gran reforma, y nada quedó de mi vecino.

 

Salvo “Sieteleches”, claro. Las cunas están la una junto a la otra, y perro y gato pasan casi todo el día hablando de sus cosas, tramando maldades, y el único conflicto surge cuando deciden a quién le toca que le pase la carda antes. Otro cambio apreciable es que en el despacho tengo dos sillas de invitados, en las que se sientan “Chiqui” y “Sieteleches”. Y ahora, son dos las cabezas que se alzan, y dos ronquidos los que se interrumpen, cada vez que dejo de escribir... Todas las tardes, al filo de las seis y media, voy al jardín, me siento en el banco de Celestino, y dejo que “Sieteleches” efectúe su inspección, y de vez en cuando, me parece que Celestino está aquí, a mi lado, disfrutando del último sol...

sábado, 15 de noviembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 4: LA PUTA, EL SUGAR DADDY Y LA OTRA

 

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 4: LA PUTA, LA OTRA Y EL SUGAR DADDY

 

            LA PUTA. Me llamo Denise, tengo 19 años y soy puta desde hace cuatro. Sí, desde los 15 años, y uno de mis primeros clientes fue el mejor amigo de mi padre. Ya desde los 12 notaba sus miradas lascivas, sobre todo en verano, cuando venían él y su mujer a casa para las malditas barbacoas de mi padre. Una lo sabe, aunque sea joven, distinguir lo que se oculta detrás de las gafas de sol. Además, le gustaba hacerme pequeños regalos, que si unos pendientes, unas gafas de sol, un osito de peluche inglés de su último viaje. Me gustaba también provocarle, salir de la piscina por donde no había escalera para que viera mis senos cuando me apoyaba en el borde y hablaba con él, o menear las caderas de esa manera tan especial que tienen las compañeras mulatas de mi instituto. Además, cuando estaban jugando a las cartas después de comer, disfrutaba poniéndome detrás de él, apoyándome en su espalda para que notase la turgencia de mis pechos.

           

A los 16 años, pasó lo que tenía que pasar. Era nochevieja, Esteban y su mujer se quedaban a dormir en casa, creo que había bebido demasiado. A eso de las cuatro de la madrugada, noté como se abría la puerta de mi dormitorio, y que unas manos ansiosas retiraban la manta y las sábanas, al mismo tiempo que se encendía la luz de la mesilla. Era Esteban, sus ojos estaban vidriosos por el deseo, enseguida me tapó la mano con la boca y me dijo: “¿Sabes lo que quiero, Denise?” Le respondí que sí. “¿Y vas a ser una niña buena, y me lo vas a dar?” Hice un ademán afirmativo con la cabeza, y me fui abriendo los botones del pijama de franela, para dejar al descubierto mis pechos. Luego, él me ayudó a quitarme los pantalones y las bragas de Hello Kitty, y empezó a manosearme y a besarme por todo el cuerpo. En poco más de diez minutos tenía una erección descomunal, se puso un preservativo, al menos tuvo el detalle de venir preparado, y me folló. No me dolió nada, incluso resultó bastante placentero, aunque terminó demasiado pronto para que yo disfrutase. Se volvió a poner el pijama trabajosamente debido a su gran panza, y antes de marcharse dejó sobre la mesita de noche, un billete de cien euros, “por las molestias”.

 

Desde entonces, cada domingo, incluso estando con la regla (tampón y sexo anal), Esteban y yo follamos bien a la hora del café, bien a lo largo de la tarde, aunque por supuesto le he subido las tarifas, como poco soy una putilla de doscientos euros. Pero una tarde, nos pillaron. Mi padre, enfurecido, echó a Esteban de mi dormitorio sin darle tiempo apenas de ponerse los pantalones, y yo me llevé la paliza del siglo. Fue en ese momento cuando decidí dedicarme a la prostitución e irme de casa lo antes posible. Me hice unas fotos con el móvil, y siguiendo el modelo de los cartelitos que veía con frecuencia en los coches de la urbanización, pero siempre ocultando la cara, preparé unas octavillas que distribuí cuidadosamente. También localicé un hotel que alquilaba habitaciones por horas en pleno centro de la zona más pija de Madrid, junto al Santiago Bernabéu, y me compré un móvil con tarjeta. Ya solamente quedaba sentarme y esperar.

 

La primera llamada no tardó mucho. Llegamos a un acuerdo sobre el precio, doscientos euros (que estaba empezando, y tenía que formar una buena cartera de clientes), y empecé a trabajar. La primera cita fue perfecta, el chico, aunque se estaba quedando calvo era de lo más mono, y quitando el detalle de cobrarle después del polvo, podría haber sido incluso algo romántico. Pasaron los meses. Más de una vez me acosté con los padres de mis amigas del instituto, al que seguía asistiendo religiosamente porque todavía no era mayor de edad y tenía que pensar en el futuro. Tampoco me apetecía quedarme de puta hasta los cuarenta, dejando que cientos de tíos me follasen para conseguir un patrimonio, o un viejo que me mantuviera como una reina a cambio de un sexo patético..

¡Cómo disfrutaba con sus caras de sorpresa y de culpabilidad! Pero claro, al verme aparecer semi desnuda en el umbral de la habitación del hotel, ninguno se resistía a follarme. Siempre trabajaba por las tardes. Y una de las primeras cosas que hice fue ir al banco con mi madre y abrir una cuenta bancaria para ahorrar. Los fines de semana eran sagrados, para hacer lo que otras chicas de mi edad: quedar con las amigas del instituto, ir al cine, a cenar, copas, y si se terciaba, algo de sexo sin cobrar en los reservados de alguna discoteca. Pura diversión.

           A los dieciocho años me fui de casa, ante la gran sorpresa de mis padres. Tenía dinero más que de sobra para alquilar un estudio en el centro de la ciudad, bien lejos de la urbanización, y una cartera de clientes lo bastante estable para tirar los primeros meses a pesar del cambio de dirección. Una de las primeras cosas que compré fue un espray anti violador, y la segunda unos grilletes forrados de peluche rosa pero letal acero frío, por si surgía algún problema. Algunos días tenía tantas citas que me sobraba para pagar el alquiler de todo el mes: a trescientos euros el polvo, con diez tíos me sobraba. Pero era algo que procuraba evitar, me dejaba agotada física y espiritualmente, y tardaba un par de días en reponerme. Luego, otras veces, me pasaba la semana en casa sin una sola llamada, así que tenía que ponerme en contacto con alguno de los clientes fijos. Aprovechaba el tiempo libre para leer, escuchar música, y estudiar en línea. En la temporada de exámenes, cerraba el negocio. Y siempre procuraba cogerme quince días de vacaciones en verano y otros quince en invierno, sin contar alguna escapada de fin de semana con el ligue de turno. No, hace tiempo que había renunciado a tener novio, pero con algunos clientes especiales hacía alguna excepción, como cuatro días en la Riviera francesa, o viajar a París. Siempre cobrando, claro.

 

Como no quedaba demasiado elegante el dejar tarjetitas en los coches, y eso que las fotos no eran malas y en todas me aseguraba de que no se me viera la cara y no me pudieran reconocer por la calle personas que no fueran mis clientes, decidí invertir en mí misma, promocionarme. Y lo más adecuado era una agencia de contactos no profesionales. A cambio de una comisión, se encargaban de que tuvieras presencia en su web y orientaban a posibles clientes hacia tu perfil. También se hicieron cargo de ponerme en contacto con una fotógrafa especializada en imágenes eróticas. Jamás he salido más guapa, incluso en un par de imágenes le pedí que me sacara entera, las tengo puestas en gran tamaño en el salón. Nunca supe demasiado bien cómo funcionaba, pero el caso es que lo hacía. Había días de hasta diez clientes, eso me dejaba agotada, pero con el alquiler pagado. El resto iba a la cuenta de ahorro y a mis otros vicios, como viajar. Tenía mis normas: no trabajaba el fin de semana, y nunca dejaba que se quedasen a dormir en casa. Es más, tenía dos dormitorios, uno para trabajar (cama grande, de baldaquino, juguetes sexuales, algo para sado, sábanas de raso o de seda…), y luego otra habitación, mucho más pequeña, con una cama de noventa, cubierta de peluches, con mis posters de adolescente, mis cosas, era mi refugio, y siempre lo cerraba con llave cuando tenía que trabajar.

 

¡Señoritas, ya está bien del “Síndrome de Pretty Woman”! Julia Roberts no es más que una puta callejera con suerte, y Richard Gere un putero manipulador. No me puedo quejar de los clientes que me manda la agencia, la mayor parte de ellos me tratan con cariño, son maridos infieles, padres que abandonan a la familia, ejecutivos celebrando un buen negocio, personas solitarias en la ciudad. Nunca se quedan en mi casa más de dos horas, se toman una copa y se relajan. Tengo una ducha de esas tan cómodas, con chorritos por todas partes, y agradezco que se duchen antes de estar conmigo, no me importa acompañarles. También una tele de cuarenta y siete pulgadas (alguno me ha pagado por ver el fútbol conmigo acurrucada desnuda entre sus brazos), una chaise longue de lo más cómoda y un par de sillones de orejas, todo de la mejor calidad. Además de una mesa para dos, y sus correspondientes sillas estilo bistró parisino, una cocina americana funcional y un mueble bar bien previsto. También sé cocinar, pero no suelen pasar de los canapés. Pero tengo mis normas: ni pastillas, y ni drogas, ni permito que las consuman en mi presencia, y las bebidas con moderación, una copa de recepción, y otra de despedida. 

A veces tengo suerte, y me vienen a ver hombres realmente atractivos de esos que los ves y piensas “me lo follaría diez veces y encima gratis”. De vez en cuando vuelven, tengo uno fijo, quedamos todos los meses. Es el único que duerme en casa, pagando un plus, y en un par de ocasiones me ha llevado a cenar, cosa que tampoco suelo hacer. Pero también tengo que aguantar a viejos asquerosos, que podrían ser mis abuelos, otros de la edad y complexión de mi padre. El límite de trescientos euros (quinientos la noche entera) me permite quitarme de encima a los pobretones; y al hablar primero por WhatsApp puedo hacerme una idea de como son. Me he llevado un par de sustos con tíos que deseaban hacer cosas más violentas y oscuras, pero pude deshacerme de ellos con el espray, y tampoco tengo miedo a llamar a la policía.  De hecho, tengo una comisaría a pocos cientos de metros, y unos cuantos clientes fijos… Pero vamos, que no es una vida de sueño, y tampoco me importará dejarla si con los estudios terminados encuentro un trabajo estable. Me quedaría con los clientes más fieles, y, sobre todo, los más cariñosos y atractivos, sería los únicos a quienes daría el nuevo número de teléfono y la dirección. Y no te engañes, nunca haces el amor, ni siquiera con los clientes que mejor te tratan o que más te gustan: las putas solo follan, son mercancía de usar y tirar.

 

También estaba la posibilidad de ir a ciertas discotecas cercanas al Bernabéu, donde acudían, además de las típicas divorciadas y mujeres en la cuarentena buscando un “latin lover”, justo el tipo de personas que me interesaban a mí; empresarios con bastante poder adquisitivo para ocuparse de mí, de mis numerosos gastos (estar perfecta a los veinte años ya no es tan fácil como a los dieciséis) y mantenerme como a una reina. Mi preferida era “Alfredo´s”. Fue entonces cuando conocí a Ataúlfo, un empresario del transporte (tenía una flota de camiones). El flechazo por su parte fue instantáneo, no tardó ni diez minutos en invitarme a una copa. Empezamos a hablar, de su trabajo, empresa e ingresos, y yo del curso de derecho internacional que estaba realizando en línea para tener un futuro (porque en la prostitución, pocas duran más de los cuarenta años, y eso rebajando mucho los precios por polvo). Me llevó a uno de los reservados, y poco le faltó para follarme allí mismo. Menos mal que mi estudio estaba a menos de diez minutos en taxi. No me dio tiempo ni a quitarme el minivestido: me lo subió por encima de la cintura, me rompió las bragas y me folló contra la puerta de entrada. Debo reconocer que me gustó, ese puntito de violencia, y que le agradecí que me dejase ponerle un preservativo.

Él vivía en Toledo, pero por motivos de negocios, o al menos eso le decía a su mujer, tenía que quedarse en Madrid un par de noches por semana. Así fue como se convirtió en mi Sugar dado.

 



EL SUGAR DADDY. Mi nombre es Ataúlfo Contreras, y estoy completamente encoñado con una puta que podría ser mi hija. Se llama Denise, tiene veinte años, y es una máquina del sexo. A base de sucesivas visitas, está consiguiendo que aprenda nuevas posturas, que encuentre otras formas de darle placer (con casi sesenta años, a veces ni se me empina con la pastilla de viagra), y creo haber recorrido con la lengua hasta el más mínimo recoveco de su cuerpo. Me gusta follármela por detrás, a lo perrito, mientras veo nuestras imágenes en plena faena en la gran pared de espejo que se encuentra en el lateral derecho de la cama. Siempre lo hacemos con la luz encendida, es una de sus manías. Y siempre me sorprende. Unas veces me abre la puerta desnuda, otras con uno de esos carísimos conjuntos de lencería que le compro en tiendas especializadas, de vez en cuando incluso se viste de gala, con el traje de noche en palabra de honor negro y el collar de perlas cultivadas de tres vueltas. Un par de veces incluso iba disfrazado de mendiga, por lo que tuve que lavarla a conciencia en la gran bañera con garras de bronce.

 

El estudio está montado con un gusto exquisito, me dijo que contrató a un decorador de interiores para realizar la reforma con el permiso del propietario (a quien enseñó un contrato de trabajo firmado por uno de los principales bufetes de abogados de la ciudad y una nómina de muchos ceros (regalo de otro de sus clientes). Sé que hay otros, es normal, le gusta el sexo, es joven, deseable, y generalmente le gusta elegir a sus clientes. Suelen quedar en el “Alfredo´s”, donde tiene mesa reservada, si el tío le gusta y le parece bien el precio, pues hay trato, y se lo lleva a su casa. Si es un cayo malayo, una copa y tan amigos.

 

Yo no soy precisamente un adonis, pero soy muy generoso con ella, mi empresa de camiones es una multinacional, con delegaciones en varios países europeos. Siempre hablamos de viajar juntos, por ejemplo, un fin de semana en París, pero nunca hay tiempo, creo que no le gusto lo suficiente, o que no le apetece que nos vean juntos, pero yo haría lo que fuera por ella. Me ha pedido que venga más veces por semana, incluso me ha ofrecido la exclusividad por cuatro mil euros al mes, pero le he dicho que no. No me apetece convertirme en su único cliente, y sería de lo más difícil justificar esa cantidad en el balance mensual. De momento, estoy fabricando facturas falsas, para que cada polvo o regalo (y le hago muchos), figure como “gastos de representación”.

 

Tengo sesenta años, estoy bastante envejecido, y no me gusta que nos vean juntos, más que nada por lo que pueda pensar la gente, sobre ella y sobre mí. Cosas como; “Mira qué asco, ese puto viejo, enrrollándose con una tía que podría ser su hija”. Pero lo malo es que la rutina sexual, a pesar de las nuevas posturas, se está convirtiendo en monotonía, y como tampoco tenemos nada en común, creo que voy a tener que dejarla, y por supuesto buscarme otra. O quizás incluso hacerle algo más de caso a mi mujer… que me parece que está empezando a sospechar algo…

 

LA OTRA. A mis cincuenta y tres años, con tres hijos, y una hipoteca además de casi treinta años de matrimonio, nunca pensé que fuera a convertirme en la otra. Toda la vida dedicada a ser el ama de casa perfecta, a criar a mis hijos, a apoyar a mi marido por encima de todo, incluso ejerciendo de secretaria durante los últimos veinte y de contable desde hace diez, para nada, para que me deje en segundo plano una niñata de veinte años, Gisele creo que se llama, con quien además está derrochando mi dinero.

 

Siempre me extrañó que estando Toledo tan cerca de Madrid se quedase a pasar allí primero una noche, luego dos, por semana. El pretexto eran reuniones de negocios que se prolongaban hasta tarde, o bien algún problema con la contabilidad de la empresa, un evento social. No soy tonta, los embarazos habían deformado bastante mi cuerpo, tenía estrías en la barriga, bolsas de grasa en las caderas y los pechos un tanto caídos, nada extraño por otra parte para una mujer de cuarenta años (fue entonces cuando empezaron las reuniones de Madrid), así que le pedí permiso (y dinero) para someterme a la cirugía estética. No fue sencillo, tuve que insistir durante varios meses, hacerle unas cuantas felaciones completas, tragándome el semen (mi boca y mi lengua parecían ser las únicas partes de mi cuerpo que no le desagradaban), pero al final lo conseguí: una cita para el mejor cirujano plástico de Londres.

 

Viajé sola, de paso estuve haciendo compras, y aunque el presupuesto de la “reforma integral” (como hacen los dos hermanos canadienses en su programa de casitas), me pareció que lo merecía, así que acepté. Un mes después, volví a Londres, esta vez con Ataúlfo, para someterme a las operaciones. Hizo falta casi un mes de estancia, otros tres de recuperación, pero ya en casa, y el resultado fue espectacular. El sexo casi casi volvió a ser tan intenso e interesante como antes, me enseñó unas cuantas posturas que no conocía… pero al cabo de seis meses ya había vuelto a perder el interés en mí. Y eso que ya tenía el aspecto de una mujer de treinta años muy bien conservada.

 

Tenía que haber otra mujer en su vida, estaba segura. Por eso, y aunque no sé conducir, me decidí a seguirle en Uber. Lo alquilaba por toda la noche, esperándole en la sede de la empresa en el Paseo de la Castellana. Siempre salía sobre las nueve de la noche, y se iba al mismo sitio: un portal de la calle Padre Damián. Yo le veía abrir la puerta con su propia llave, y entrar, mientras se peinaba meticulosamente su menguante melena. Luego, tres o cuatro horas mas tarde, le veía salir, coger otro taxi, y alojarse en el Meliá Serrano. Allí se quedaba hasta la mañana siguiente, y después otro taxi para recoger el coche en el garaje de la empresa y volver a Toledo, o bien directamente se quedaba a trabajar en Madrid. Mis hijos son todos mayores, el menor tiene quince y el mayor veintidós, así que esas dos noches a la semana eran las de fiesta: ver pelis hasta tarde, comer palomitas, encargar un par de pizzas. La casa la dejaban toda recogida, y el único requisito era que fuera un secreto para su padre. 

Los Uber son muy prácticos. Puedes escoger al conductor. Las primeras veces no me llamaron la atención. Muy corteses, pero malos conversadores. Pero una noche, una noche… Un mulato de unos cuarenta años se apeó del coche, y me abrió la puerta. Llevaba un traje de marca, iba perfectamente peinado, y olía muy bien. De camino a Madrid, empezamos a hablar. Me fijé en que sobre el asiento del pasajero tenía un ejemplar de “Harry Potter y el misterio del Príncipe”. Y ese fue el detonante de una de las charlas más interesantes que recuerdo. Hablamos de todos los aspectos del libro, de la película, de los actores (es del equipo Hermione, por supuesto). También me enteré de su nombre, Joao, era brasileño. Desde aquella noche, siempre le llamo directamente a él, y pasamos el rato hablando. Ya no me siento detrás, me gusta estar cerca de ese cuerpo que cada vez me gusta más, de esos ojos grises como el acero templado, y de esa boca tan sensual. Me muero por besarle, porque me estreche en sus brazos, por hacerle el amor allí mismo, en el coche, o por llevarle a un hotel. A fin de cuentas, ¿mi marido no me es infiel? Pero claro, no sé si él piensa lo mismo, o si solamente soy la clienta de los martes y viernes, tendré que averiguarlo…

Esas noches que pasaba en vela, vigilando la puerta del despacho primero y luego la del Hotel Meliá tenían su lógica, al menos para mi. Necesitaba saber cómo era la otra, qué aspecto tenía la muy zorra que me estaba robando el afecto, que ya no amor, de mi hombre. Joao no decía nada, me dejaba tranquila con mis pensamientos cuando a mí no me apetecía hablar, o bien nos enfrascábamos en largas reflexiones sobre la vida, la muerte, el cine o el condensador de fluzo. Se formó entre nosotros una complicidad extraña, como de amigos de toda la vida. Otras veces simplemente escuchábamos música, él siempre llevaba en todos sus servicios una selección musical de lo más variada y un lector de cd de última generación. Así pasamos un mes, todos los martes y viernes, haciendo guardia estéril. Hasta que ayer sucedió lo que llevaba tanto tiempo esperando.  Ayer fue una noche especial. Empezó mal, porque Ataúlfo salió antes de la oficina, y fue con prisa al piso de la calle Padre Damián que ya conocemos. Salvo que, en esta ocasión, volvió a salir, acompañado por una niña de belleza angelical. ¡Era ella, la que me estaba robando el cariño de mi esposo! Alta, rubia, perfecta, de rasgos angelicales pero pechos perfectos que se insinuaban debajo del vestido rojo de seda. Las piernas eran increíbles, bien torneadas. Era la primera vez en todo el tiempo que llevábamos vigilando que salían juntos, y por la forma de mirarle, supe que ella no estaba acostumbrada a tener ese tipo de intimidad con sus clientes. Primero sentí rabia, luego ira, y luego nada más una horrenda tristeza. No tenía nada que hacer comparado con ella, por mucha cirugía estética a la que me sometiese. Me puse a llorar desconsolada. Al cabo de unos minutos, sentí que Joao me pasaba el brazo por encima del hombro, atrayéndome hacia su pecho de culturista. Le abracé un largo rato, y luego, alzando la cabeza, le miré. En sus ojos vi tristeza, pero también algo más, ¿pasión, deseo?... Nunca lo supe. El caso es que le besé, con timidez primero, luego con toda mi alma. Hicimos el amor de forma salvaje dentro del coche, después me llevó de nuevo a casa, y al ir a despedirnos en el rellano del chalé, volvió a besarme…

 

LA VIUDA. Desde entonces, las noches de los martes y de los viernes, tanto mi marido como yo éramos infieles, cada uno con su pareja. La única diferencia es que mientras Ataúlfo terminaba la noche en el Meliá Serrano después de follar con Denise, nosotros no salíamos de la habitación salvo con el tiempo necesario para llegar a casa antes de que se despertaran los niños. Joao ya ni siquiera me cobraba los viajes, decía a la empresa que eran sus noches libres, y aquí paz, y después gloria… Estuvimos así casi un año, mi marido abandonó a Denise por una chica incluso más joven en cuanto le exigió un mayor compromiso y que se convirtiera en su Sugar daddy, vamos, en su mantenedor; y nosotros fuimos descubriendo nuestro amor. No importaba la diferencia de edad entre Joao y yo, apenas diez años, porque nuestras charlas eran apasionadas, teníamos gustos compatibles, íbamos al cine, a restaurantes, a conciertos, todas aquellas cosas que siempre quise haber hecho con el mendrugo de mi marido. Hasta que se convirtió en una molestia, en alguien a quien debía eliminar si deseaba perseguir la felicidad al lado de Joao.


La idea de matarle fue mía, pero el método empleado fue suyo. Resulta que mi amante perfecto era diabético, y tenía que ponerse insulina todos los días. Y resulta también que la insulina es mortal para una persona sana. Una noche de miércoles, mientras Ataúlfo dormía, le puse dos dosis de insulina, y esperé hasta que sus pulmones dejaron de levantar su tremenda barriga debajo de las sábanas. Entonces fue cuando avisé llorosa al 112, pidiendo el envío de una ambulancia, y desperté a mis hijos. Lo declararon muerte natural…

 

Joao y yo fuimos de lo más discretos, nos seguimos viendo en secreto durante unos meses, y cuando hubo pasado un tiempo prudencial después de la muerte de Ataúlfo, un sábado de barbacoa me lo llevé a casa y se lo presenté a mis hijos. Francisco, Álvaro y el pequeño Adrián se quedaron fascinados. Empezamos a hacer vida familiar, y unos meses más tarde, nos casamos… Por supuesto, heredé la empresa, y la dejé en manos de gestores competentes mientras que yo me dedicaba, por fin, a vivir.
 

 

Y ahora, por fin, con Joao y con mis hijos, sé lo que es la felicidad.