miércoles, 31 de diciembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 12: ELOÍSA Y LA FUENTE DE LOS SUEÑOS

 

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 12: ELOÍSA Y LA FUENTE DE LOS SUEÑOS

 

 

Es una de aquellas historias que se cuentan alrededor del fuego, en noches sin luna ni estrellas, como esta, cuando los niños, y los no tan niños, intentan descubrir la verdad entre las danzantes llamas, con su sinfonía de ocres, rojos, amarillos, dorados, anaranjados, y ese crepitar, esos chasquidos extraños que nacen en el corazón de los viejos troncos. Y la historia, tal y como me la contaron, empezaba así...

 

Era una de esas noches sin luna ni estrellas, como esta, y Eloísa estaba junto al fuego, con su familia, y unos cuantos amigos. A sus doce años, estaba entre dos mundos, el de la infancia, y el de la adolescencia, demasiado pequeña para alcanzar muchos de ellos, es cierto. Pero al mismo tiempo, demasiado mayor para tener miedo. Hacía ya algún rato que los demás se habían retirado a las tiendas de campaña, pero ella no podía dormir. Por eso, había salido de nuevo a la fría y oscura noche, y estaba mirando sin ver la cambiante y efímera danza del fuego. Su concentración era tan grande, que ni siquiera escuchó los pasos de la extraña criatura hasta que le preguntó, con una voz un tanto ratonil: “¿Puedo sentarme a tu lado?” Sobresaltada, y bruscamente arrancada de sus ensoñaciones, miró a su alrededor antes de responder: “Si te acercas a la luz y me permites verte, no tengo ningún problema. Es más, agradezco un poco de compañía”.

  

         

En aquel momento, Eloísa escuchó unas tenues pisadas a su lado, y algo gélido rozó su pierna derecha (recordemos que ya estaba en camisón), y cuando bajó la mirada, casi escupió el aparato de ortodoncia: ¡pero si quien hablaba es un gatazo azul fosforito con franjas amarillas, muy parecido al de Alicia en el país de las Maravillas! Sin embargo, como a esas edades, ya casi nada sorprende, Eloísa no se asustó, y solamente le dijo:

-          “Con esos colores, seguro que tienes muchos problemas para cazar tu comida en el bosque”. Y es entonces cuando el gatazo respondió:

-          “No te preocupes, hace mucho tiempo que me alimento de pienso y latitas. No necesito cazar, salvo por el placer que me reporta. Cambiando de tema. ¿Qué hace una chica como tú, en un sitio como este?”

-          Eloísa le respondió: “Estoy de acampada por primera vez, con mi familia y unos amigos, pero no esperaba que fuera tan aburrido”.

-          Chester, el gato, le dijo: “¿No te extraña un gato que habla?”

-          Eloísa: “No mucho. Los chicos de Pixar hacen cosas mucho más raras”.

-          Chester: “¿Y tampoco sientes curiosidad por las razones de mi presencia, o de que haya venido a buscarte?”

-          Eloísa: “Supongo que tú también te aburres, sin nada que hacer”.

-          Chester: “No exactamente, más bien, necesito tus pulgares. Si vienes conmigo, te contaré un secreto”.

           

Y Eloísa, que por su naturaleza era muy desconfiada, sin embargo, decidió seguir al extraño y colorido felino. Después de media hora de caminar en la más absoluta oscuridad, tras la fosforescencia del gatazo multicolor, llegaron a una pequeña fuente ornamental de granito basto y antiguo en medio de un claro del bosque. Se notaba que había perdido bastante agua, porque estaba llena solamente en un tercio de su capacidad total, y en el fondo de ella se podía ver miríadas de pececitos plateados con una pequeña raya roja en el lomo. Y junto a la fuente, en la que desembocaba un pequeño arroyuelo, que a todas luces no era suficiente para asegurar la supervivencia de las criaturitas, se encontraba el motivo de la petición de Chester: más de cincuenta garrafas de tres litros de agua mineral...

-          “Por mucho que lo he intentado con zarpas y dientes, no consigo abrirlas. Si me ayudas, entre los dos rellenamos la fuente, mientras vienen los del seguro para reparar la avería y devolverme el agua. Es una gran suerte que se puedan hacer tantas gestiones, desde compras a rellenar un parte de avería, con un buen teléfono móvil. Entro por las noches, cuando lo necesito, en la recepción del camping cercano, y en media horita, todo listo. Y las compras, las cargo en la Visa Oro que le sustraje al director”.

 

Eloísa, sin preguntarse qué demonios pintan los operarios del seguro en la reparación de la fuente, ni mucho menos cual será la comunidad de vecinos a la que pertenece, se puso manos a la obra, desprecintando y quitando el tapón de todas las garrafas, para luego ayudar a Chester a volcarlas en la fuente. En cuanto el nivel del agua fue el suficiente, todos los pececillos, que antes nadaban apretujados y muy aletargados, empiezan a desplegar su actividad de manera frenética. Relámpagos azules, verdes y amarillos se movían por todas partes. De repente, uno de ellos cambió de color, se volvió rojo cereza, y Chester, haciendo gala de sus instintos, de un certero manotazo lo lanzó al aire, y lo devoró de un solo bocado...

-          Eloísa le preguntó “¿Por qué haces eso?”, y él le respondió:

-          “Porque esa es mi función. Soy el guardián de la fuente de los sueños, el encargado de velar por vosotros cuando cerráis los ojos. Cada pez es la imagen de una persona cuando duerme. Si el color es azul, el sueño es tranquilo, placentero. Si es verde, empieza alguna inquietud. Si se pone amarillo, es una pesadilla, pero algo pasajero”.

Al ver que no piensa explicarle ni los peces rojos ni su significado, se lo preguntó directamente, obteniendo esta curiosa respuesta: “Los sueños rojos son los peores. Son aquellos en los que sueñas tu propia muerte, y te mueres en el sueño, y en la vida real. Por eso tengo que estar de guardia, y eliminarlos nada más convertirse, si quiero proteger al humano”.

-          Eloísa, como toda niña de 12 años, quería saber más... “¿Y qué le pasa a la persona cuyo pez devoras?”

-          Y Chester le respondió: “Simplemente, aquella noche, deja de tener sueños. Y a la noche siguiente, o cuando vuelva a dormirse, por ejemplo en la siesta, ya tendrá su nuevo pececito dispuesto a seguir nadando”.

-          “¿Entonces, tú te encargas de los sueños de todo el mundo?”, le pregunta Eloísa.

-          “¡Qué va! ¡Sería imposible! Yo me limito a Madrid capital, con algunas urbanizaciones cercanas. En España, hay otras 200 fuentes de sueños, con su gato guardián, y su cometido es siempre el mismo: vigilar el agua, atrapar y comernos a los peces rojos, y mantener un nivel de agua correcto en todas ellas, reclutando si hace falta algún humano en caso de necesidad. Los Orcos hicieron una fiestecita hace dos noches, una rave party, creo, y rompieron la tubería del manantial olvidado que alimenta esta fuente. Los del seguro tienen que repararlo mañana, pero mis pobres pececitos no podían esperar más. Y mientras haga los encargos con el teléfono móvil, nadie sabe que soy un gato. Ahora, debo pedirte un último favor: que me ayudes a atar todas las garrafas vacías, y llevarlas al punto limpio que está a la entrada del camping.”

 


Y eso hizo Eloísa, atándolas de seis en seis, para que no pesasen demasiado. Ni corto ni perezoso, Chester sujetó con los dientes uno de los extremos dobles de la cuerda, Eloísa empezó a tirar del otro, y entre los dos, tardaron casi una hora en arrastrar la hilera de garrafas (al final, fueron 57 y media) al lugar en cuestión.

Chester, contento por haber realizado el trabajo, le dijo:

-          “Como agradecimiento por tu ayuda, Eloísa, te concedo 100 noches de sueños azules, y quién sabe si en ellas verás a tu amor desconocido. Sueña y sé feliz, Eloísa”. Y con una última sonrisa, y un relampagueo azul eléctrico y amarillo fosforito, Chester desapareció entre las frondas y la noche...

En efecto, Eloísa tuvo sus 100 noches de sueños azules, y es cierto que conoció a su amor verdadero, pero eso es materia para otro cuento...

miércoles, 10 de diciembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 11: SANGUINA DE OTRO TIEMPO

 

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 11: SANGUINA DE OTRO TIEMPO

 

        Tu imagen me persigue, inclemente como el tiempo invernal en Galicia, llena de luces y sombras, recuerdos, sueños, olores, sabores, y demasiados sentimientos. Una visión fugaz se convierte en una especie de obsesión, en leyenda que engendra misterios e historias, y termina plasmada en un dibujo, una sanguina, en la que reconozco aquel instante. Tal vez por eso, y pese a los años transcurridos, te reconozco, y por fin puedo recordar tu nombre: Marianella...

            Realmente, no pasó nada entre nosotros, es más, ni siquiera me viste. Yo era un peregrino en el Camino de Santiago, con agujetas hasta en las botas y los hombros muy maltratados por el peso de la mochila, la pequeña tienda de campaña, y el material del caminante solitario. Era casi el final de una larga etapa, una vez superada la localidad de Gondar, y con ese extraño sol que de vez en cuando asoma entre las nubes de los primeros días del otoño gallego, y que más que aliviarte, hace que empieces a cocerte por dentro, añorando casi los primeros kilómetros del camino, al salir de Cadavo, con las primeras luces del día. Atrás han quedado pistas de asfalto, pequeñas carreteras, la parada en el santuario de Nuestra Señora del Carmen, los pueblos de Villabade, Souto de Torres, y tantos otros. Muchas veces, el camino es tan estrecho, tan salvaje, que te parece complicado recordar lo cerca que tienes otros grupos de peregrinos, recorriendo los mismos pasos, y con el objetivo de llegar, por fin, a Santiago de Compostela.

           

Nunca me han gustado las sendas trilladas, y por eso, armado con unos buenos mapas del Ejército de Tierra y una brújula, suelo tratar de evitar los tramos de saturación, con pequeños desvíos que me ayudan no tanto a ganar tiempo, pues a fin de cuentas comencé mi viaje en Roncesvalles, y no tengo fecha límite, sino tranquilidad... Para mucha gente, es una cuestión de turismo, de fe; yo no lo tengo muy claro, pero está más relacionado con la necesidad de pensar, de analizar, recordar, olvidar, modificar, moldear mis pensamientos y mis creencias y sentimientos. En una palabra, de reconstruirme... Y por eso, una vez rebasada la pequeña villa de Gondar, con sus 96 habitantes, decido alejarme un poco de los molestos turistas japoneses, que llevan ya unos cuantos kilómetros molestándome con sus “Photo, Photo!” y “Typical Spanish!”, que parecen desconocer el sentido de las palabras “silencio”, “recogimiento”, “oración”.

            Sobre el mapa, localizo un pequeño sendero forestal, muy poco transitado, que se extiende paralelo a la LU-106, y en el cual se puede encontrar también un pequeño arroyo, donde podré relajarme, y encontrar un breve descanso para mis agotados pies. Retomo pues mi andadura en solitario, disfrutando de aquellos kilómetros de recogimiento, y al cabo de un rato, entre los árboles, distingo el riachuelo: fresco, alegre y montaraz, lleno de promesas. Que no se cumplen. Porque allí está ella...

           

A unos treinta metros del riachuelo, se encuentran los restos de una antigua edificación, de la que se han conservado poco más que tres muros, en uno de los cuales se apoya perezosamente un árbol, dos ventanas sin marco, y una de mayor tamaño, que da a lo que antaño sería el dormitorio... Hay plantas silvestres creciendo en la base de los muros, en el poyete de la ventana, y el estado de la propiedad es de completo abandono. Por eso, tengo que mirar dos veces, para comprobar que aquella figura, de tez bronceada, que ha aparecido por sorpresa en la ventana más grande, no es una ilusión, un engaño de otro tiempo...

           

No sé nada de fantasmas, ni de la santa compaña; pero sé lo bastante de mujeres, para afirmar que estaba contemplando a una de las criaturas más hermosas que había tenido el placer de observar en los últimos años. ¿Qué hace una chica tan joven, tan atractiva, con ese aire inocente, lavándose tranquilamente, frente a una ventana que, de repente, tiene cristales? ¿Quién es? ¿De dónde ha salido? ¿Qué hace tan sola? ¿Por qué está aquí? ¿Y qué hago yo aquí, atisbando entre las matas de jazmín, y las zarzas? Parpadeé un par de veces, para asegurarme de que seguía allí... No me atrevía casi ni a respirar, pues a su alrededor, la casa había recuperado su aspecto de antaño, con los recios muros encalados, la puerta de tablones de madera, las ventanas con contraventanas pintadas de verde, el camino de piedra que lleva al riachuelo... Era una visión de otros tiempos, pero sobre todo, era ella quien me retenía allí, casi sin moverme, sin respirar... Pasaron largos los minutos, algunas hormigas me adoptaron como prueba especial para una ginkana, dos babosas reptaron sobre mis botas, y no me podía mover, atesorando cada detalle de la aparición, pues en aquellos momentos no me quedaba duda sobre lo que estaba contemplando. Un instante, anclado en el tiempo, y repetido quién sabe desde qué pasado incierto...

            Y creo que nunca he lamentado más el no llevar cámara de fotos en algunos de mis viajes, pues estaba completamente hechizado por su belleza, como los comedores de loto de Perseo. Observar las gotas de agua deslizándose, lentamente, por su torso desnudo, desde su grácil cuello, entre sus pechos, rozando el ombligo, hasta la toalla que tenía arrollada a la cintura. El lento peregrinar del agua desde su frente a los labios, descendiendo por sus brazos y goteando desde sus dedos. No sé cuánto tiempo estuve allí, mirándola, pero todo terminó a las doce de la mañana... Pues en el preciso instante en que el viento trajo desde el pueblo de Gondar el sonido del reloj de la iglesia, ella alzó la vista, por un momento me miró directamente a los ojos, susurró un triste “¡Adiós!”, y me lanzó un beso, mientras todo, la casa, las plantas y flores, los árboles, las ventanas, las luces y sombras, regresaba lentamente a su estado actual, como si un pintor hubiera realizado un “sfumato” progresivo... Hasta que al final, lo último que vi fueron sus increíbles ojos negros...

   

        

Todo esto sucedió en 2004, terminé la etapa, y por curiosidad le comenté lo que me había sucedido a uno de los sempiternos viejecillos que toman el sol adosados a la pared de la iglesia del siguiente pueblo. Me dijeron algunas cosas de utilidad... Que la casa, llamada Casa Rosiña, llevaba abandonada más de cien años. Vivieron en ella un agricultor adinerado, cuarentón, y su joven esposa, Marianella, de apenas diecisiete. Él siempre estaba pendiente de sus movimientos, no permitía que nadie se acercase a la casa. Pero la situación se fue deteriorando entre ellos. Despidieron al mozo de cuadra y a la cocinera. Y que nunca se la volvió a ver con vida: por lo visto, en el verano de 1865, un peregrino francés se detuvo cerca del arroyo, y la vio mientras ella se lavaba, con la jofaina y la palangana. Pero Abelardo, el marido, sorprendió al peregrino, y lo degolló con su navaja de ajusticiar a los cochinos. Y luego, entró en la casa, y sin darle tiempo ni de cubrirse, le cortó el cuello, antes de volarse la cabeza con la escopeta de postas...

           

Con todos los cambios que ha sufrido mi vida desde entonces, me había olvidado casi por completo de ella. Hasta que entré en la Casa de Galicia en Madrid, hace un par de horas, para disfrutar con la exposición de un joven pintor de Santiago de Compostela. Los cuadros, en general, eran bastante sosos, clásicos en su concepto, pero nada que no se pudiera mejorar con el paso del tiempo, pues Ildefonso García no alcanza la treintena. Ya estaba terminando el recorrido, cuando de repente, descubrí el cuadro, y me vinieron demasiados recuerdos de mi peregrinación... Movido por la curiosidad, localicé al pintor en medio de un corro de admiradoras, y me acerqué a él. "Por lo que veo, tú también la has visto, en Casa Rosiña, ¿verdad?", le pregunté a bocajarro. No creo que él pensase en la posibilidad de que alguien reconociese a su modelo, pero yo no había podido borrarla de mis pensamientos, ni tampoco su historia. Nos apartamos discretamente a un pequeño rincón cerca del cuadro, y allí estuvimos hablando un rato...

           

Ildefonso García me confirmó que, en efecto, había descubierto la casa abandonada junto al riachuelo en uno de sus paseos matutinos, el verano pasado durante sus vacaciones en Gondar, y que volvió varias veces, a distintas horas, para intentar verla de nuevo. También le hizo varias fotos, pero sin conseguir resultados. Me dijo que ella se materializaba solamente los martes del mes de septiembre, de las doce menos veinte hasta el mediodía (entonces recordé que precisamente fue un martes cuando la vi), y que con ella, como yo había tenido ocasión de comprobar, también revivía la casa entera. El pintor también se quedó prendado de ella, de su inocencia y su belleza natural, y por eso intentó plasmarla en un lienzo.

           

Y el resultado fue esta sanguina, que finalmente pude comprar, y desde entonces preside la cabecera de mi cama...

           

Marianella...

viernes, 5 de diciembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 10: GRILLITO Y EL FINAL DEL MIEDO

 

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 10: GRILLITO Y EL FINAL DEL MIEDO

 

No hace muchos años, en todo caso menos de diez, que un niño pequeño, casi todas las noches de luna llena, se las pasaba mirando aquella cara tan grande y pálida, pidiéndole que no le abandonase jamás, pues solo ella, y nadie más que ella, era capaz de permitirle conciliar el sueño. Porque estaba aterrorizado por lo que vivía, os lo juro, en el fondo de su armario, y que, a veces, se arrastraba debajo de su cama, y se quedaba, acechando, esperando a que se quedase dormido, para reptar, silenciosamente, por el colchón, como una serpiente, pero de ojos inmensos, y mucho más amenazador.

 


El niño, que se llamaba Juan, pero que todo el mundo le decía “Grillito”, con sus nueve años, ya no sabía qué más cosas llevarse a la cama como armas. Ya tenía cuatro Geyperman, una Barbie Malibú de su hermana mayor, un tirachinas, una cebolla, una cabeza de ajos, un aerosol para el asma de su madre (recordad lo bien que iba contra el payaso demoniaco y asesino de “IT”, de Stephen King), tres támpax en su envoltorio original, un paquete de kleenex y, lo más útil, una linterna sin pilas, de esas que funcionan con una dinamo manual. Por eso, cuando la luna mostraba su oronda faz, Grillito dormía feliz, y tranquilo, pues nada malo saldría del armario, para devorarlo en la madrugada. Pero el resto de las noches, el miedo se apoderaba de él.

 

Se lo contó a su padre, un fornido camionero, y le dio un bofetón de ida y vuelta, “para que tengas algo que temer, y no un bobo monstruo.” Se lo dijo a su madre, y le dio “dos cucharadas de aceite de ricino, que a los monstruos no les gusta.” Ni a él tampoco. Con su hermana de catorce años hacía ya mucho tiempo que no podía ni hablar, estaba en plena edad del pavo. Y Grillito, sintiéndose más triste, solo y desamparado que nunca, en aquél atardecer de lunes doce de enero, comprendió que ahora y siempre, estaría solo con el miedo, y por eso, quizás por el ricino, o por la bofetada, decidió preparar una trampa infalible, para cazarlo, a él, al monstruo que acechaba en el armario y bajo la cama…

           

Aprovechando la siesta de sus padres, de esas de pijama y orinal, se conectó a la red, empezando una búsqueda que le llevó casi dos horas, sobre los remedios conocidos para enfrentarse a los monstruos del armario, y encontró una curiosa receta, que estaba al alcance de sus posibilidades. Lo más complicado fue conseguir un vasito de agua bendita en su siguiente visita a la iglesia, aprovechando que el sacerdote estaba entretenido durante la misa. Porque no valía con coger agua del grifo y bendecirla en casa.

 

Por eso, la primera noche sin luna, trazó con el agua bendita un círculo de protección, con cuatro piedras (malaquita, turmalina, diorita y esteatita) que ha comprado en la red con el permiso de su madre, muy fan de las creencias new age y firme defensora del reiki, inició la trampa mística… Ya solo le faltaba colocar la última piedra, cuarzo rosado, para cerrar el pentángulo, cuando la fiera entrase…

           

Pero dieron las dos, y las tres, y no pasó nasa. A las cuatro menos dos de la madrugada, cuando ya le estaba venciendo el sueño, Grillito escuchó la puerta del armario, que chirría suavemente, y la ronca y profunda respiración del temible monstruo, que se acercaba lentamente a la cama… Él no se movió, la fiera se acercó, y penetró en el círculo, incompleto, de las piedras… Notó algo… Se paró… Olió el ambiente… Algo nuevo había en el cuarto: ¡no se olía el miedo! Y justo cuando se preparaba para meterse debajo de la cama, descubrió que no podía hacerlo, un poderoso sortilegio se lo impedía: la vieja y ajada mantita de lana, y el primer oso de peluche del niño, con seis pelos de gato negro, eran más de lo que él, una bestia de buena familia podía soportar…

 


Por eso, retrocedió, y en ese momento, Grillito salió del cesto de la ropa sucia, y con un gesto decidido, colocó la quinta piedra mística, la trampa se cerró, quedando atrapada la temida fiera… Con voz de Golum, prometió una y mil veces darle cualquier cosa, lo que quisiera, con tal de dejarle salir, y sobre todo, le pidió que no encendiera la luz, que tuviera piedad, que él era una criatura de las sombras, y le cegaría, tal vez para siempre, si lo hacía… Y se resistió, y bufó, y gruñó tan alto, que Grillito tuvo miedo de que se despertasen sus padres… Pero de todas formas, el niño tenía que verlo que verlo, y por eso, lentamente, se acercó a la pared y pulsó el interruptor…

 

Y llegó la luz… Y Grillito, al ver el auténtico aspecto del pavoroso “monstruo” que tanto tiempo le ha asustado, no puede evitarlo, y se tira al suelo, retorciéndose de la risa. Porque vio la verdad… Ante él se erguía, con más de dos metros de altura, lo que parecía el hijo bastardo de Chewaka y un Bichón Frisé… Un engendro de pelaje rosáceo, pelado a franjas, sí, a franjas, como los caniches, que llevaba unas gafas de sol horteras, recién salidas del “Un dos tres” o más propias de Elton John, el cantante favorito de su madre, unas sandalias de plataforma, sin las cuales se queda en poco más de un metro y diez, minifalda de cuero amarilla y camiseta blanca anudada al ombligo…

 

Y la cosa de sexualidad dudosa se retorcía bajo la luz, y Grillito se reía, ahora ya a mandíbula batiente, del miedo, de él mismo, de la criatura, de las veces que no ha dormido, de la bofetada de su padre, del ricino de su madre… Y así le pillaron los dos, con aire de recién despertados, pero no vieron nada más que a su hijo, partiéndose el pecho, literalmente, de la risa… Incluso sin saber de qué se reía, se alegraron, por fin, de que haya terminado el miedo… Porque solo los niños pequeños podían verlo, al pavoroso monstruo, que no podía moverse del interior del círculo sagrado delimitado por las piedras mágicas.

 

Al final de la noche, con sus padres ya más tranquilos y de regreso a su cama, Grillito decidió hablar con el monstruo, “Conejosaurio”, así le ha bautizado y, tras hacerle prometer un cambio, “que a partir de este momento serás bueno con los niños, y les harás reír, o de lo contrario informaré a la Federación de Monstruos S.A. de tu aspecto verdadero y de tus actividades delictivas”, le liberó de las piedras mágicas (truco que aprendió en la red, como todo lo demás).

 

Y por lo que se sabe, “Conejosaurio” todavía sigue así, con la misma ropa ridícula, completamente invisible para los adultos. Pero no para todos los niños del mundo, que están en los hospitales y en las clínicas, y que sufren. En cualquier lugar donde haya un armario, él aparece, y con juegos malabares, historias ingeniosas, mímica, y un poco de magia, va repartiendo una cosa: alegría e ilusión a todos los pequeños… y es feliz…

lunes, 1 de diciembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 9: COMO EL MISMO DIOS...


 


SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 9: COMO EL MISMO DIOS...

 

Cuenta la leyenda, que en los bosques alrededor de la Alhambra de Granada (otros dicen que en las estribaciones de la Sierra Morena), existe una gruta oscura, y en su interior, una fuente de aguas cristalinas, que concede a quien las bebe algo muy parecido a la inmortalidad. Otros afirman que consigue la curación de todos los males de la salud. Numerosos son quienes han recorrido la Sierra en estos años, armados de paciencia, de bastones para caminar, recias alpargatas o botas de montaña, y una bien provista bota de vino o de agua fresca, para combatir los calores del verano, o un pañuelo alrededor de la cabeza, y así mitigar el sofoco. Unos van solos, otros acompañados de guías locales, en su mayor parte antiguos arrieros o pastores, pero nadie parece conocer el lugar preciso. No es una leyenda muy famosa, pero incluso así, todos los años desaparecen varios intrépidos exploradores, sin dejar rastro. También se rumorea que en el fondo de aquella fuente, se encuentran escondidos los diamantes de Al-Mutamin, uno de los últimos fieles del último sultán de Granada, y quizás ese sea el motivo de tanto interés.

Pero a mí, Román De Ortega y López, por encima de las posibles riquezas, me motivaba la salud para quien las probase, que concedían las prístinas aguas. Y no precisamente para mi propio bien, sino para el de la bella Dolores Sanz Briz, mi hermosa dama, pues en ellas confiaba encontrar la solución a sus problemas de salud. Una extraña enfermedad la consumía desde hace varios meses, al poco tiempo de nacer nuestra única hija. “Melancolía” decía su madre, “un mal del estómago” según su padre, y otra cosa opinaban los doctores, entre ellos Fernando Castro Cendeño, que al mismo tiempo era amigo de la familia, y estaba muy preocupado por su evolución. El caso es que no conseguía ganar peso, y le faltaban las fuerzas y las ganas de vivir. ¡Pensar que cuando nos conocimos, en el verano de 1870, me arrolló cuando salía del Ateneo Científico y Literario de Madrid, cargada de libros!

 


                 Aquella primera tarde la pasamos recorriendo el corazón de la ciudad, y nos tomamos una limonada en el Café Comercial. Fue el primero de otros muchos paseos, buscando los pequeños parques y jardines privados de una capital que a veces nos parecía tan grande, y otras tan pequeña (sobre todo al principio, cuando nuestras citas eran más clandestinas), entre otros lugares que ella conocía a la perfección. Y durante aquellos meses, sentí cómo algo nuevo empezaba a devorarme por dentro. Perdí el interés por mis otras conquistas, por ciertas amantes y señoritas de dudosa reputación, incluso dejé de jugar en locales en los que siempre eran bien recibidos los “señoritos con parné”. Era como si algo de mí me estuviera impulsando, de nuevo, hacia el recto camino, quizás hacia la “madurez” o la “monogamia”, palabras todas ellas que me generaban una peculiar desazón… Incluso mis padres, con quienes seguía viviendo a pesar de tener un buen empleo en el bufete del señor Rodríguez Arias y una floreciente clientela privada, notaron el cambio. “Algo le pasa a este niño”, decía mi madre… Y ya por navidades, mi padre, siempre tan prudente y discreto, no dudó en preguntarme si había conocido a alguien… especial…

                 Pero yo guardaba silencio, y les respondía con evasivas, quizás porque ni siquiera yo mismo estaba demasiado seguro de mis sentimientos. Dolores y yo seguíamos paseando un par de veces por semana, y eran los momentos más especiales y más deseados. La acompañaba incluso a misa los domingos, en la parroquia cerca de su casa. Me bastaba con verla, con un libro entre las manos, para ser feliz. El día de Reyes de 1871, por fin me atrevía a ir a buscarla a casa de sus padres, luego nos fuimos a la mía, y conoció al resto de la familia. Como yo tenía cierta fama de libertino, hasta ese momento mi madre no estaba muy convencida de la seriedad de mis intenciones… El 14 de febrero, al terminar una función de ópera en el Teatro Real, le pregunté si aceptaba ser mi esposa. Incluso me arrodillé en plena calle, para ofrecerle el anillo, con cierto temor.

                 Y aceptó. Nos casamos el 15 de mayo de 1871, a las doce y media de la mañana, en una pequeña iglesia cercana a la calle Mayor, junto con nuestros padres, y un selecto grupo de amigos. Celebramos el banquete en la Casa Sobrino de Botín. Nos fuimos de viaje de bodas a San Sebastián, dos semanas en un pequeño hotel cercano a la Playa de la Concha. Regresamos de allí felizmente embarazados, y nueve meses más tarde, el 10 de enero de 1872, nació nuestra hija. El parto fue bastante duro, incluso para ser una primeriza existen categorías de complejidades, y Dolores tardó casi doce horas en dar a luz a nuestra pequeña Inmaculada, mientras que nuestras madres intentaban ayudar en todo lo posible a la comadrona y nuestros padres fumaban puros en el salón. En aquellos tiempos, un nacimiento, un parto, era algo que se celebraba mucho en familia, no como ahora.

                 A las diez de la noche, me permitieron entrar en la habitación a verla, y por fin pude tener entre mis brazos a nuestra Inmaculada. Empezaba una nueva fase en nuestra vida, que enfocábamos con mucha ilusión, incluyendo mi ascenso en el bufete. Pero entonces empezaron los problemas… Dolores no se recuperaba, tuvo una fuerte hemorragia a la noche siguiente, y pensé que la perdía. El doctor Castro Cendeño la estuvo tratando desde el primer momento, prescribiéndole una dieta sana, rica en carnes rojas y en verduras, muchos productos lácteos, y ejercicio moderado, sobre todo paseos por el cercano Parque del Buen Retiro, confiando en que Dolores se recuperaría en dos o tres meses.

                 Pero no fue así. Contratamos un ama de cría, puesto que se le retiró la leche una semana después del parto. Por suerte tenía buenos clientes y referencias en la práctica privada, a la par que la situación económica tanto de mis padres como de mis suegros, nos lo permitían. También solicitamos la opinión de otros médicos, más especializados en madres recientes. Incluso nos fuimos el verano de aquel año a un balneario de la sierra de Madrid, donde estuvimos tomando las aguas, y sometidos a una dieta sana casi un mes, aunque yo solamente podía estar con ella los fines de semana, mientras que su madre se quedaba con Inmaculada y con el ama de cría en su domicilio de la calle Hortaleza. Según avanzaba el otoño, ampliamos los criterios de nuestra búsqueda, probando nuevos alimentos, otros suplementos de botica, mas el estado general de Dolores no mejoraba, iba perdiendo fuerzas y vitalidad a diario. Hicimos un último intento, en pleno invierno, de mejorar su salud pasando dos semanas en el pequeño pueblo extremeño de Casas del Monte, famoso por sus piscinas de aguas termales y ferruginosas, pero fue en vano.

                 Al haber alcanzado los límites de la ciencia, tan solo nos quedaba recurrir a la tradición, al folclore, y a la magia. Probamos la quina Santa Catalina, y el Agua de Carabaña; los cocimientos de los boticarios de la Calle del Ángel, y los remedios de algunas curanderas cerca de la Cuesta de la Vega. Incluso hicimos venir a un famoso chamán africano, el profesor Yogurtu Ngué. Pero su situación no mejoraba. Una tarde del mes de febrero de 1873, nuestro viejo amigo el doctor Castro Cendeño, natural de Granada aunque llevaba casi toda su vida adulta ejerciendo en Madrid, nos comentó que “según una vieja leyenda que circula entre las gentes de Granada, existe una cueva oculta en las laderas de la Alhambra, donde hay una fuente escondida, un manantial de propiedades medicinales, que asegura recuperar la salud de los enfermos. Quizás, querido Román, deberías emprender el viaje… Porque Dolores se encuentra más allá de las medicinas de los simples mortales…”

  


               Dejando todos mis asuntos en orden, incluyendo una copia de mi testamento en el bufete de Don Alfonso Rodríguez Arias, en el cual trabajaba, abandoné Madrid en los primeros días la primavera de 1873, siguiendo los consejos del gran viajero Richard Ford, cuyo libro se había convertido en mi mejor aliado para todos los preparativos. Ford aconsejaba, con gran seriedad, “no realizar, en modo alguno, una larga caminata a caballo sin compañía: no sería agradable para los amigos o familiares que se quedan siempre con inquietud, ni es prudente exponerse sin ayuda a los accidentes a los que están siempre sujetos caballo y jinete. Los que tengan un amigo con quien puedan ir, harán muy bien en hacerlo así.” Por ello, me decidí a solicitar a mi buen amigo Bautista González Casas, compañero de tertulias del Ateneo y de alguna que otra francachela por las casas de tolerancia en los aledaños de la calle de las Huertas, que me acompañase en esta aventura. Los dos habíamos pedido un mes de libranza en nuestros respectivos empleos, y partimos de Madrid el día cuatro de abril, a las diez de la mañana.

                 Reservamos nuestro pasaje en una diligencia, que nos llevaría hasta la misma Granada en poco más de tres días, una hazaña casi imposible tan solo diez o quince años antes.  Tuvimos la compañía de don Práxedes de Dios y de su hija Merceditas, un boticario de renombre que emprendía viaje para visitar a su hermana, que estaba casada con un médico granadino de postín y acababa de ser madre, “a la provecta edad de treinta y cinco años, y siendo una primípara añosa, precisaba de especiales cuidados”. Avanzamos unas treinta leguas diarias, todo un logro. A pesar de no ser grandes conversadores ninguno de los dos, Merceditas se pasaba el día leyendo folletines, y Don Práxedes musitando oraciones con su rosario (le aterraba salir de Madrid), no nos importaba demasiado, puesto que teníamos muchas cosas Bautista y yo que hacer para preparar nuestra expedición a conciencia, incluyendo las inevitables paradas para dar de comer a las mulas en ventas o villorrios.

                 Pasamos la primera noche en una posada de buena categoría, donde nos sirvieron un estofado estupendo (de carne de dudosa procedencia, pero sabrosa) y un vino pasable. El segundo día fue igual al primero, quitando que Merceditas se mareó, posiblemente por algo que había comido la víspera, y tuvimos que parar en varias ocasiones para que pudiera vomitar en la cuneta, lo cual le generó una gran vergüenza. La segunda noche descansamos en una venta al borde del camino, donde degustamos un excelente guiso de alubias con oreja y chorizo, y un vinito peleón pero agradable al paladar. Merceditas tuvo que limitarse a comer varias rebanadas de pan y queso, y una infusión de hierbas misteriosas, lo cual le mejoró bastante el estómago. Y a media tarde del tercer día, llegamos por fin a nuestro objetivo, la ciudad de Granada.

                 Nos alojamos en La Posada del Sol, en la placeta de la Alhóndiga, y dedicamos los dos primeros días a descansar, probando incluso las delicias de un Haman o baño turco, que acabada de abrir sus puertas a principios de marzo. Fue toda una experiencia, que repetimos varias veces durante nuestra estancia. La ciudad nos sorprendió muy gratamente, con su magia, su encanto, su embrujo, y sobre todo, la amabilidad y el desparpajo de sus gentes. La comida, fuerte y especiada en las pequeñas tabernas cercanas al río Darro. Las noches, estrelladas. Las ganas de divertirse, sobre todo aquella vez que nos internamos en las calles del Sacromonte, siguiendo a un guía gitano que nos prometió el más puro espectáculo de cante y baile de toda la ciudad, “¡arsa!”, lo que dio lugar a una de las noches más interesantes y confusas de toda mi existencia.

                 Solo recuerdo vino, tabaco recio, comida grasienta, cante y baile, sombras oscuras en locales poco iluminados, el olor a rancia humanidad, y finalmente, el fresco de la noche. Todavía ignoro cómo pudimos volver a nuestro alojamiento, entre nubes de manzanilla y vino dulce, el recuerdo de las palmas de los gitanos y del cuerpo cimbreante de La Bella Dorotea, una bailaora famosa en toda la provincia. Quizás porque tuvimos un buen guía, Bartolomé De Dios, quien nos esperaba tranquilamente a las nueve de la mañana en la puerta de nuestro alojamiento, degustando un cuartillo de vino, y a quien al parecer habíamos contratado en algún momento de la noche para que nos acompañase, por fin y una vez cumplida una semana desde que salimos de Madrid, en la búsqueda de la cueva de Al-Mutamin.

-          “¿Así que los señores buscan los tesoros de Al-Mutamin?”

-          “En efecto. ¿Conoce usted la leyenda?”

-          “¡Quillo, cómo no voy a conocerla! Como todo buen granaíno, puesto que son ustedes los primeros en buscarla, por distintos motivos. Unos por las aguas que dan la salud y la eternidad, y otros por el tesoro en diamantes de Al-Mutamin, casi todos los años por estas fechas se organizan expediciones por los alrededores de la Alhambra… Pero hasta el momento, ninguna de ellas ha tenido éxito.”

-          “Pues espero, querido amigo, que nosotros sí lo conseguiremos… puesto que está en juego la salud de mi esposa”, le respondí, “y eso para mí es mucho más valioso que el incontable tesoro del musulmán”.

-          “¡Arsa, ese es el espíritu necesario para triunfar en esta aventura! Y ahora, si no les importa, vayamos al comercio de mi compadre Berrocal, para conseguir un calzado más adecuado, unos pantalones recios, que con esos que llevan de ciudad no conseguirán estar protegidos de las ramas y raíces, y un par de buenas varas de caminar donde el Manolo. Sin olvidar luego escuchar misa y confesar en la Iglesia de Santa María, para tener suerte en la búsqueda.”

Y con estas palabras, por fin nos pusimos en marcha, el día 11 de abril de 1873, varios años después de que fuera declarada Monumento Nacional, algo a todas luces necesario. Cierto es que la tarde anterior habíamos subido a la explanada junto a la iglesia de San Nicolás para tener una primera visión del monumento en su conjunto, y con las últimas luces, los muros relumbraban, con esos tonos rojizos y dorados imposibles de describir, las paredes que caían a pico, las siluetas de las torres en la lontananza… Pero de sobra sabíamos que esa era la estampa más típica, aquella que buscaban los turistas. Nosotros aspirábamos a descubrir sus secretos, con la ayuda de nuestro fiel guía.

Tardamos poco más de dos horas en conseguir los aditamentos para nuestra búsqueda, incluyendo misa y confesión, una visita a un comercio donde comprar pan, recio queso y embutido, además de un par de botas de vino, y a las doce y media ya estábamos avanzando, casi en procesión junto a otros muchos viajeros, por la Acera de los Tristes, rumbo a la misteriosa y enigmática Alhambra.


Mientras preparábamos nuestro viaje, habíamos tenido la ocasión de leer numerosas obras sobre la situación del complejo monumental, en parte para buscar huellas y pistas que nos permitieran localizar la misteriosa cueva. “La euforia destructiva desencadenada por la desamortización eclesiástica en la década de 1840 afectó de manera muy intensa al patrimonio monumental granadino, e indirectamente sobre el legado hispanomusulmán”, decía nuestro buen amigo Richard Ford en su libro “Manual para viajeros por España”, y en aquellos primeros días de nuestra expedición pudimos comprobar hasta qué punto era verdad. No dejaba de ser curioso que, coincidiendo con el nacimiento de la conciencia patrimonialista y su institucionalización, fue en aquellos años cuando “desaparecieron numerosas reliquias de un pasado que estaba siendo recuperado, valorado y admirado, no solamente por los propios españoles, sino por numerosos extranjeros.”

Pero este expolio no era algo nuevo, ya en el año 1831 el marino e historiador militar Alexander Slidell Mackenzie publicó “A year in Spain by a Young american”, que hablaba del triste expolio de la Alhambra: “Antes de que pasen muchos años, el turista buscará en vano cualquier vestigio de esta singular antigüedad, que salvada de la barbarie de los pasados siglos, ha caído víctima de la insaciable codicia de nuestro tiempo.” El propio Washington Irving mostraba su asombro por la resistencia de la fortaleza, “no tanto a la incuria del tiempo y los asaltos de la guerra, sino específicamente a los pacíficos y no menos dañosos saqueos del entusiasta viajero.”

Por todo ello, fue con el corazón en un puño como nos adentramos en las espesuras que rodeaban el monumento nazarí… Las torres y restos de fortalezas. Los patios y fuentes. La piedra, el mosaico, el ladrillo, la madera. El famoso Patio de los Leones. Los artesonados. Las yeserías. Los azulejos. La magia de todo aquel monumento que desde hace poco tiempo estaba siendo restaurado, con distinta fortuna, se apoderaron de nosotros durante aquella primera tarde. Como todo turista que se precie, recorrimos las estancias con la boca abierta, maravillados hasta lo inaudito; nos asomamos a las murallas y adarves; subimos a las torres y contemplamos la ciudad en la lejanía, en el otro extremo del valle.

                 Durante diez días, con la fiel presencia de nuestro guía, recorrimos el monumento en profundidad, buscando aquella fuente mágica, entrando en recónditas estancias, algunas de ellas todavía en obras, en oscuros túneles y sótanos, al mismo tiempo que disfrutábamos de cada pequeño descubrimiento. Bartolomé nos contó que sus padres y abuelos, de etnia gitana, estuvieron viviendo muchos años en la Torre de los Arrayanes cuando se marcharon las tropas francesas, y por ello conocían tan bien los misteriosos lugares de la Alhambra… Pero también es cierto que nunca habían encontrado ni la misteriosa fuente, ni los diamantes del califa. “Aunque el monte es muy amplio, y el bosque guarda sin duda misterios”, nos dijo, para animarnos…

                 Y por ello, el día 21 de abril de 1873, decidimos dar por terminada la primera parte de nuestra expedición, en el monumento propiamente dicho, y comenzar a explorar la sierra colindante. Que no en vano la Alhambra está perimetrada por una muralla de más de dos kilómetros, con treinta y una torres, rodeadas de espesas zonas de arbolado… y en cualquier lugar podía hallarse nuestra misteriosa fuente de aguas milagrosas. Fue en la base de la Torre de las Infantas donde creímos encontrarla: una pequeña cueva, que llevaba hacia el interior de la muralla… pero en su interior no había ni fuentes ni pozas. Durante varios días estuvimos recorriendo la fronda sin rumbo fijo, basándonos en un impreciso mapa que había sido elaborado para el restaurador del monumento, Rafael Contreras, en 1847, y que seguía estando vigente. Creo que no nos dejamos ni una sola oquedad por explorar, ni tampoco una sola fuente o riachuelo por apuntar en nuestra libreta de viajero.

                 Muchas veces, estuve a punto de darme por vencido, de admitir la irracionalidad de nuestra búsqueda, incluso de nuestra misma esperanza, cuando volvíamos a nuestra posada por la noche, agotados, y con los recios pantalones tiesos de barro y nuestros rostros acartonados por aquella inusual ola de frío que azotaba la ciudad desde hace una semana. Los bosques de la Alhambra ocupaban una extensión mucho mayor que ahora, y en su mayor parte eran una jungla agreste y salvaje, que bien poco tiene que ver con el amable bosque de San Esteban, con sus especies protegidas, sus senderos bien trazados, y sus bancos para que reposen los caminantes y se detengan a disfrutar con el gorjeo de los pájaros. Recorrerlos era toda una aventura, y a ella le dedicábamos cada hora de luz, incluso ayudándonos con lámparas de queroseno en las últimas búsquedas de la jornada. Regresábamos a la ciudad, agotados, cenábamos en una fonda, y algunas tardes las pasamos en el famoso “Café Suizo”. Incluso volvimos a adentrarnos por las calles del Albaicín y del Sacromonte un par de noches, para ver si recuperábamos la alegría que tanta y tan infructuosa búsqueda dejaba en nuestra alma.

                 Pero cada mañana, al comulgar en la iglesia casi desierta, era como si estuviera renovando los votos con mi esposa, Dolores, y en ella, en su imagen, en su recuerdo, encontraba la fuerza para aguantar un día más, tan solo uno. Todas las noches, después de lavarnos lo mejor posible en nuestra habitación, le escribía unas líneas, y al día siguiente se las mandaba, para tenerla al tanto de nuestras investigaciones, pero sus respuestas demoraban varias jornadas en llegar hasta nosotros. Las visitas al Haman nos permitían incluso sentirnos vagamente humanos, es una experiencia que recuerdo con cariño. Y volvíamos a la rutina.

Pero entonces, el día 2 de mayo, sucedió. Por accidente. Estaba apoyado en una roca de gran tamaño, para atarme los cordones de las botas, y esta se desplazó lateralmente, revelando una oquedad, una pequeña caverna, en la que se oía el cristalino murmullo de una fuente. Entonces lo supe, que mi búsqueda había terminado. ¡Aquellas eran las aguas que sanarían a mi esposa! Con un temor casi reverencial, me introduje en la oquedad, bebí un generoso trago de agua, y recogí una generosa cantidad en una botella que llevaba en el zurrón. También encontré en una pequeña arqueta el famoso tesoro, trece diamantes purísimos del tamaño del huevo de una codorniz, lo cual me devolvió la esperanza en que aquél fuera precisamente el manantial que podía sanarla. Y una inscripción medio borrada, en la que se confirmaba que aquella era la fuente de aguas milagrosas. Pletórico de energía, al mismo tiempo que bebía hasta saciarme y notaba que el agua se diluía en mi organismo, metí los diamantes en una bolsa de tafetán y la escondí en mi mochila. Salí de la caverna, enseñando la botella a mis acompañantes con una expresión triunfal, y luego volvimos a tapar de nuevo la abertura, y regresamos a la ciudad. Cenamos los tres juntos, como de costumbre, puesto que Bartolomé se había convertido durante todos aquellos días en uno más del grupo, lo celebramos con unas cuantas botellas de vino por locales de mala fama del Sacromonte, y al día siguiente, emprendimos el regreso a Madrid.

                 Yo estaba tan feliz, de volver con el agua milagrosa, que soborné al cochero para que no parásemos a almorzar en ninguna posada durante todo el viaje, y comíamos de unas cestas que nos preparaba el ventero donde habíamos pernoctado. Porque intuía que el tiempo se estaba terminando para la bella Dolores…

                 Y así fue. El día 6 de mayo de 1873, regresé a mi casa, acompañado por el fiel Bautista. Subimos los dos tramos de escalera hasta el piso principal. Había un crespón negro en la puerta de entrada. Loco de dolor, empecé a aporrearla, con desesperación, como si mi alma se hubiera roto en dos. Mi madre y mi suegra abrieron, intentaron retenerme, pero yo tenía que verla. “Ha fallecido cristianamente, habiendo recibido los santos sacramentos, ayer por la tarde. Sus últimas palabras fueron para ti. No ha sufrido.” Eso me dijeron. Pero yo necesitaba verla, abrazarla. Estaba de cuerpo presente, con un vestido negro, y cuatro velones encendidos. Varias coronas de flores esparcían su empalagoso aroma por toda la estancia, disimulando quizás el hedor de la carne que se estaba empezando a corromper en su interior. Con la mayor dulzura de la que fui capaz, le abrí la boca, y le hice beber aquella agua casi milagrosa que había ido tan lejos a buscar. No sé, quizás esperaba que ella volviera a mi lado, que resucitase, que abriese los ojos, y me mirase, con esos estanques de color azul, en los que me gustaba tanto verme reflejado.

                 Evidentemente, no sucedió nada, no volvió a la vida. A la mañana siguiente, el padre Pascual pronunció un responso en la puerta del panteón familiar, en el cementerio de San Isidro. El ama de cría tenía entre sus brazos a la pequeña Inmaculada, quise que al menos de esa manera conservase el recuerdo de su madre. Era el 7 de mayo de 1873. Yo tenía 34 años de edad, y nuestro matrimonio, nuestra historia de amor, había durado menos de cuatro años.

                 Pero aquél no fue el final de nuestra historia… Porque pasaban los años, la pequeña Inmaculada se hacía mayor. Mis padres, mis suegros, mis amigos cambiaban, y en algunos casos, morían. Y yo no envejecía. Tenía siempre el mismo aspecto. Y gozaba de una excelente salud. Consulté con varios médicos, incluyendo al venerable doctor Castro Cendeño, quien me sometió a un reconocimiento exhaustivo en la última década del siglo XIX. “Está usted perfectamente sano, mucho más en todo caso de lo que corresponde con su edad, querido amigo. Limítese por lo tanto a disfrutar de este tiempo extra.”

Ya desde el año 1880, y para no destacar en exceso, aprendí a maquillarme, para aparentar un poco más de edad, prometiéndome a mí mismo que lo seguiría haciendo mientras mi hija siguiera con vida, para poder estar siempre a su lado, simulando los estrados de la senectud. Y la bella Inmaculada se hizo mayor, se casó con un buen hombre, tuvo a su primer hijo, luego a su primera hija, y todos ellos se hicieron mayores. Menos yo. Ella falleció por culpa de la gripe en el año 1915, a los 43 años de edad, sin llegar a conocer a su primer nieto.

                 Al final, me fui alejando de los restos de mi familia, de mis amigos fieles, anuncié que me iba a pasar mis últimos años de vida a un balneario de la Rioja, abandoné Madrid. Y desde entonces, gracias a las herencias de mis padres y de mis suegros, que había invertido sabiamente en bolsa el siglo pasado, y a la venta de varios de los diamantes de Al-Mutamin en algunos de los establecimientos más selectos de Madrid y de Amberes, llevo un tren de vida modesto. Trabajo como asesor de numerosos banqueros y políticos, internet ha facilitado mucho las cosas. Vivo errante de todas formas. Unos años en una ciudad, luego emprendo de nuevo el camino, hacia otros horizontes.

                 


Me he vuelto a casar en varias ocasiones, he enterrado a dos esposas, a tres hijos, a seis nietos. He superado dos guerras mundiales, dos pandemias. Tengo una salud de hierro. He recorrido de nuevo los bosques de la Alhambra, buscando aquella fuente que no me cabe la menor duda, ha sido la causa de mi inaudita longevidad, puesto que nací en el año 1839, y tengo el aspecto y la robustez de un hombre en los primeros años de la treintena. Las aguas milagrosas ejercieron toda su magia, y me volvieron casi inmortal. Pero al mismo tiempo me condenaron a la maldición de ver morir a todos mis seres queridos (bueno, pero también a muchos de mis enemigos); y al no conseguir encontrarla de nuevo, la fuente de Al-Mutamin me ha impedido otorgarle el don a ninguna de mis esposas, amantes ni amigos.  Y sigo recorriendo el mundo, con 181 años de edad, condenado a mudarme cada pocos años, para no llamar la atención. A ocultarme, a perderme entre la multitud, a no ser más que un espíritu de otros tiempos, una criatura que desafía al mismísimo Dios por su supervivencia, y que quizás, sea ella misma Dios.

 

 

jueves, 27 de noviembre de 2025

SUCEDIÓ EN MADRID TOMA 8: EL “RATONCITO LÓPEZ”

 

SUCEDIÓ EN MADRID TOMA 8: EL “RATONCITO LÓPEZ”

 

Toda bonita historia de Navidad tiene un comienzo… y un final. Menos quizás esta, la del Niño Jesús de mazapán, que se viene colocando año tras año en la residencia de los señores de Rodríguez, en pleno corazón del Barrio de Salamanca. Mi nombre es Luis Rodríguez Márquez, y ahora vivo con mi yerno Fernando, mi hija Pilar, y mis dos nietos Fernando y Pilar. Sí, no somos demasiado originales en esta familia. Pero más me vale no andarme por las ramas. Así que os contaré la historia del ratón de la Navidad.

           

La primera vez que la escuché, fue de los labios de mi abuelo Luis, que en paz descanse, y cuyo nombre heredé. Y todavía la recuerdo, ahora que yo mismo soy abuelo de dos criaturas tiernas y preguntonas de cinco y siete años. Hace ya mucho tiempo que no creen en Papá Noel ni en los Reyes Magos, puesto que sus padres les contaron “su verdad” meses antes de cumplir los seis. Cosas de la política: ellos son votantes convencidos de Nosotras Podemos, y por lo tanto, anti-monarquía (fuera los Reyes) y anti-explotación de las criaturas mágicas (fuera Papá Noel, por la explotación laboral de los elfos y de los renos).

 

Pero yo todavía sigo poniendo el Niño Jesús de mazapán… y todos los años, cuando amanece el día de Reyes, tiene los pies mordisqueados, eso cuando la figura directamente no ha desaparecido durante la noche.

 

Todo empezó en los años cuarenta, del siglo pasado, en plena posguerra. Fue una época muy dura para todo el mundo en España, tanto vencedores como vencidos, sobre todo porque ese mismo concepto deja de tener sentido cuando es una guerra que enfrenta a miembros del mismo pueblo, del mismo país, incluso de la misma familia. En mi casa, no sobraba nada, las prendas de ropa eran heredadas de un hermano a otro (menos en el caso de mi hermana Margarita, la única entre cuatro hermanos varones, y que por lo tanto siempre estrenaba ropa, o en todo caso la recibía de las hijas de la tía Encarna). En un pequeño piso de poco más de cincuenta metros, vivíamos el abuelo Luis, mi madre María, mi padre Eduardo, mi hermana Margarita, mi hermano Sebastián y yo, Luis, el benjamín, y por ello quizás el más mimado.

 

A pesar de todo, en mi casa éramos muy navideños, nos encantaban aquellas fiestas, no tanto por su significado religioso, como por la oportunidad que representaban de olvidarnos de la política, de la pobreza que acecha a la clase media, y reunirnos todos, por unas horas, bajo el mismo techo. Y aquellas fiestas tenían dos grandes símbolos: el árbol de Navidad (bueno, más bien una gran rama de pino que nos vendían los gitanos de la Plaza Mayor, con un cepellón de arcilla para simular las raíces), y el Belén.

           

Cada año, ir a comprar el árbol se convertía en toda una aventura, sobre todo porque no teníamos una furgoneta, y había que traerlo a casa, un cuarto piso exterior en la calle Espíritu Santo, con el 600 que nos prestaba mi tío Andrés. Evidentemente, un árbol de más de metro y medio era imposible que cupiera dentro de ese cochecito, por lo que había que asegurarlo sobre el techo con un montón de vueltas de la cuerda del tendedero (que mi madre había desmontado aquella mañana). La elección del abeto más bonito era muy importante: había que considerar la altura, la anchura de sus ramas más largas, si el cepellón con las raíces estaba bien cubierto de tierra para que no se secase en menos de una semana. Luego, venía el inevitable regateo con los gitanos, que a veces se convertía en una rebaja de hasta el cincuenta por ciento, si íbamos a visitar otros puestos ubicados en los distintos rincones de la Plaza Mayor. Y al final, el traslado, casi en procesión, hasta la calle lateral donde habíamos conseguido estacionar el bólido. Vueltas y más vueltas de cuerda, y conducir con mucho cuidado hasta la puerta de casa. Yo solía ir siempre sentado delante con mi padre, y también mi hermana Margarita. Ella se bajaba de los asientos posteriores, nos abrían la puerta de la calle con gran solemnidad, y nos acompañaban, sosteniendo yo la copa, hasta nuestro piso.

                       

Mi madre ya se había encargado, con la ayuda de Sebastián, de despejar el comedor, moviendo la mesa hasta una de las esquinas, y preparando la maceta para el árbol cerca del ventanal, pero con cuidado para que el sol no lo secase en pocos días. Colocarlo en su sitio era también una aventura, estabilizándolo con tierra, piedras y gravilla, y por último, regándolo con cariño. Normalmente, aprovechábamos el día de la Inmaculada para comprarlo, y después, durante la tarde, lo decorábamos.

 

Del altillo del armario de mis padres, salían caja tras caja las bolas, todas ellas de cristal, las guirnaldas de espumillón de distintos colores, y por supuesto, la estrella de la punta. Más adelante, se unieron varias ristras de lucecitas de distintos colores, pero aquella Navidad, en el año 1942, todavía era un árbol de lo más tradicional. El mayor drama era que se nos cayese alguna bola, alguna vez tuvimos que volver a la Plaza Mayor para comprarlas en el puesto de doña Manolita, porque eran las que más nos gustaban; y también adquiríamos figuras nuevas para el Belén.

     

     

Y entonces, con la decoración del árbol terminada, era el momento favorito por todos: a media tarde, la colocación del Belén, en la mesita de alas extensibles sobre la que habitualmente poníamos la radio. Por supuesto, no era una de esas radios pequeñas a pilas, como la que tengo en la mesita de noche, sino uno de esos aparatos de medio metro de largo, por treinta centímetros de alto y casi cuarenta de ancho, y con un peso de varios kilos, lo que nos garantizaba que la mesa aguantaría el peso de nuestro adorno.

           

Era un proceso largo y complicado. Lo primero era poner un mantel de tonos marrones, para simular la tierra del desierto. Luego, un río de papel de plata, con su pequeño puente de madera. Más tarde, el portal de Belén, en nuestra casa era un establo, que había sido construido por mi padre. Al fondo, varias casas del pueblo, dibujadas en cartón piedra. No podían faltar unos cuantos pastorcillos, con sus ovejas. Ni el buey, la mula, de primorosa madera tallada y pintada. Y mucho menos, la virgen María, San José, y el niño, en su cunita. Todas las figuras estaban hechas de madera, con un gran realismo, y vestidas con pequeños trozos de tela, y las manos y la cara pintadas de rosa. El Niño Jesús era una obra de artesanía, cubierto solamente por un pequeño paño azul, y con sus brazos, piernas, torso regordete y carita tan dulce, con una pequeña corona dorada en la cabeza.

           

De todas aquellas figuras, era sin duda alguna mi favorita. A medida que pasaban los días, el cortejo de los Reyes Magos se iba acercando, centímetro a centímetro, desde la esquina opuesta de la mesa, para alcanzar el portal en el momento adecuado. Bueno, también me gustaba mucho el Rey Baltasar, con esa cara tan negra, pero que nunca me asustó. El día de reyes, cuando por fin alcanzaban el pesebre, lo celebrábamos todos con alegría, y multitud de regalos, besos y abrazos. Aunque no cabíamos todos en el piso, venían nuestros tíos y primos, mi padre descorchaba varias botellas de sidra (el champán siempre ha sido para los ricos), mi madre sacaba varias bandejas de mazapanes, turrones y polvorones. Para los niños, no podía faltar el chocolate caliente a la taza recién hecho, ni los picatostes, calientes, pringosos y llenos de aceite. Durante unas horas, casi veinte personas, y algún vecino, abarrotaban la casa…

 

Pero aquella Navidad del año 1942, iba a producirse una pequeña tragedia… Y a dar comienzo a una nueva tradición. Porque justamente el día de reyes, cuando los hermanos nos levantamos para buscar nuestros regalos a los pies del árbol, enseguida vimos que había pasado algo con el Belén… Las figuras de los Reyes Magos estaban por el suelo. La mula se recostaba contra San José. A la Virgen María le faltaba el manto de tela azul. Y el Niño Jesús… ¡Y el Niño Jesús! ¡Al Niño Jesús le faltaban los pies!

 

Mi hermana Margarita no pudo contenerse, y se puso a llorar. Mi hermano puso un poco de orden en la mesa, enderezando a la mula, colocando de nuevo las ovejas y los pastorcillos, recogiendo a los Reyes Magos del suelo. Y yo avisé a nuestros padres, que todavía seguían durmiendo en su habitación. Mientras que Margarita acunaba en mis manos al pobre muñeco mutilado, que para mí encarnaba la esperanza y la misma ilusión de la Navidad. Mis padres, un poco confundidos por tanto llanto, salieron raudos de la cama, y se encontraron con todo el pastel. Mi abuelo Luis, con su pragmatismo habitual, empezó a buscar causas y consecuencias.

 

-          “Si tuviéramos gato, sin duda él sería el culpable de este desaguisado”, nos dijo. “Pero en este caso, los sospechosos habituales son los de siempre, estos tres pilluelos…”

-          “¡Pero si nosotros no hemos sido!”, alegó raudo y veloz mi hermano Sebastián.

-          “¡Han sido los fantasmas! ¡Qué miedo!”, opinó mi hermana Margarita.

-          “Que yo no he sido, abuelo…”, dije yo.

-          “Pues algo raro ha pasado entonces…”, alegó mi madre, “y hasta que no se encuentre al culpable, esta mañana no hay regalos ni dulces.”

 

Entonces fue cuando los cinco nos pusimos a llorar desconsolados. Quedarnos sin los juguetes con los que llevábamos soñando todo el año, y cuyas formas intuíamos entre los paquetes de brillantes colores, nos parecía el mayor de los castigos, y una tremenda injusticia. Mi padre, siempre tan pragmático, nos hizo pasar de uno en uno al dormitorio, y nos interrogó por separado. Su objetivo era que el culpable confesase… pero no lo consiguió, porque el responsable era otro…

 

Y fue mi abuelo Luis el que se dio cuenta, a media mañana, de que había una pequeña madriguera de ratón en una de las esquinas del comedor. Tan pequeña, que había pasado desapercibida hasta ese momento, cuando movimos el sofá para buscar el turbante del rey Melchor.

-          “¿Pero bueno, qué tenemos aquí? Lo mismo nuestro culpable está más cerca de lo que pensaba…”

-          “¿Un ratón? ¡En esta casa no hay ratones! En todo caso, en la del vecino, que Mercedes es una guarra y deja las cosas en la cocina sin recoger durante días…”, opinó mi madre.

-          “Haya paz”, dijo mi padre. “Algo tendremos que hacer, porque de todas formas, no se puede acusar a nadie sin pruebas. Ni siquiera a un ratón”.

-          “Lo que vamos a hacer”, dijo mi abuelo, “es colocarlo todo tal y como estaba, y esta noche, esperar con una linterna, para ver si regresa el roedor. Voy a poner una trampa, cerca del Niño Jesús, que tanto le gusta. Y después, ya decidiremos.”

 

El resto de la jornada, lo pasamos rodeados de la familia y amigos, un gran trasiego, con regalos, cosas ricas que comer, la emoción de estrenar ropa nueva (solo reservada a la Navidad y a los cumpleaños). Aquel año tuve derecho a unos patines de ruedas, una cazadora de pana, y un par de calcetines. La bicicleta se resistía a aparecer, pero con tantos hermanos, aprendimos a conformarnos con las cosas pequeñas. Llegó la noche. Y con ella, el momento de poner en marcha el plan de mi abuelo.          

 

Lo primero que hizo fue coger un plato llano de la vajilla de Duralex, y verter sobre él una pequeña cantidad de melaza, bien pegajosa; y en el centro, puso al Niño Jesús en su cuna. Luego, se sentó en su mecedora, y con termo de café, se preparó para una larga noche en vela… Sin embargo, se quedó dormido.

 

Lo cual no impidió que a la mañana siguiente, con las cuatro patitas y el rabo presas en la melaza, apareciese un pequeño ratoncito blanco, de esos de laboratorio. ¡Ya teníamos al criminal!

-          “¡Un ratón, qué asco! ¡Mátalo!”, dijo mi madre, mientras que mi abuelo lo señalaba, acusador.

-          “Algo habrá que hacer con él”, opinó mi padre, “pero ya sabes que yo soy contrario a la pena de muerte.”

-          “Pero si es muy mono”, dijo mi hermana Margarita.

-          “¿Y si nos lo quedamos como mascota? Prometo cuidarlo mucho” dije yo.

 

Y en esas estábamos, dilucidando el futuro, bastante negro, del ratón, cuando mi abuelo se acercó a la pequeña fiera, que ya había dejado de tratar de escapar de la melaza… Y le miró a los ojos.

 

“Fue un momento muy especial, de comunión de almas”, me dijo meses más tarde. “Sentí que yo era responsable de la vida de ese ratón, al haberlo cazado con mis malas artes. Y también supe que no sería capaz de matarlo… Así que me acerqué a él, levanté el plato, y con el mayor cuidado, lo llevé a la cocina, lo metí en la pila, y empecé a dejar correr el agua. Se mojó bastante, pero al mismo tiempo se quedó libre. No se atrevía a moverse, así que lo cogí entre mis manos, y lo sequé con un trapo de limpiar los platos. Luego, rodeado por la familia, me dirigí hasta la puerta de la casa, lo deposité sobre el felpudo del rellano, y volví a entrar.”

 

Así debería haber terminado la aventura del ratón… Pero estábamos muy equivocados. Porque a la mañana siguiente, el Belén estaba de nuevo patas arriba, y los pies del Niño Jesús un poquito más mordidos. Mi abuelo lo examinó con atención, y comprobó una cosa bastante extraña: ¡la pintura sabía dulce! Igual era de esas elaboradas con azúcar y clara de huevo. ¿Y si era eso lo que atraía al ratón?

 

Por eso, aquella noche, la víspera de la recogida del montaje navideño, decidió cambiar el Niño Jesús por una figurita de mazapán… Y al día siguiente, no quedaba ni rastro. Resultaba que teníamos por vecino a un ratón goloso. Y nos hizo mucha gracia, tanta que incluso le pusimos un nombre, “Ratoncito López”. Al año siguiente, en 1943, la primera noche, el belén apareció un poco revuelto, pero como ya teníamos a nuestro perro, Lucas, regalo de Navidad de nuestros padres después de tanto insistir, le echamos la culpa. Durante varios días, todo estuvo tranquilo. Pero la noche del 31, una vez más, alguien saqueó la mesa del salón, tiró los Reyes Magos, y mordisqueó al Niño Jesús. Y mi madre encontró una pequeña madriguera en su dormitorio. Mi abuelo, un poco en broma, cambió la figura por un hombrecito de mazapán, y al día siguiente, no quedaba ni rastro. Y así, durante las demás noches hasta el día 6 de enero, durante el día estaba la figurita de cerámica, y por la noche, la de dulce. A la mañana siguiente, todos nos juntábamos ante la mesa, para comprobar si el “Ratoncito López” se había paseado por nuestra creación.

 

De esa manera tan tonta, surgió una nueva costumbre navideña, la de poner una pequeña ofrenda para “nuestro huésped no muy deseado” en aquellas fechas tan señaladas. Y durante muchos años, las aventuras de nuestro ratonil compañero se convirtieron en parte de nuestras vidas. Incluso mi hermano Teodoro escribió una redacción para la escuela sobre “el misterio del Niño Jesús”. Durante el año, no daba señales de vida, pero al llegar la Navidad, la figurita de mazapán desaparecía con gran rapidez, todas y cada una de las noches.

 

Pasaron los años, y el “Ratoncito López” nos seguía visitando. Cuando cumplí los 16, una noche de Reyes en que no podía dormir, me asomé al comedor… Y resolví el misterio. Allí estaba mi abuelo Luis, comiéndose tan feliz la figurita de mazapán, con una pequeña copa de vino dulce, cosas ambas prohibidas por el médico de cabecera, porque tenía el azúcar muy elevado. Él me guiñó un ojo, me sonrió, y siguió degustando su mazapán…

 

Ahora bien… ¿Alguna vez el “Ratoncito López” se comió el dulce, o siempre fue obra de mi abuelo? Supongo que es algo que nunca sabremos… Pero durante todos estos años, y sin importar que nos hayamos cambiado de casa, que yo haya formado mi propia familia, y que ahora viva con mis nietos… Nunca ha faltado la figurita de mazapán dentro del pesebre el día de Reyes… ni la pequeña copa de vino dulce…

 

Y mis nietos siguen hablando del “Ratoncito López”, y su afición al mazapán.