SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 10: GRILLITO Y EL FINAL
DEL MIEDO
No hace
muchos años, en todo caso menos de diez, que un niño pequeño, casi todas las
noches de luna llena, se las pasaba mirando aquella cara tan grande y pálida,
pidiéndole que no le abandonase jamás, pues solo ella, y nadie más que ella,
era capaz de permitirle conciliar el sueño. Porque estaba aterrorizado por lo
que vivía, os lo juro, en el fondo de su armario, y que, a veces, se arrastraba
debajo de su cama, y se quedaba, acechando, esperando a que se quedase dormido,
para reptar, silenciosamente, por el colchón, como una serpiente, pero de ojos
inmensos, y mucho más amenazador.
El niño, que
se llamaba Juan, pero que todo el mundo le decía “Grillito”, con sus nueve
años, ya no sabía qué más cosas llevarse a la cama como armas. Ya tenía cuatro
Geyperman, una Barbie Malibú de su hermana mayor, un tirachinas, una cebolla,
una cabeza de ajos, un aerosol para el asma de su madre (recordad lo bien que
iba contra el payaso demoniaco y asesino de “IT”, de Stephen King), tres támpax
en su envoltorio original, un paquete de kleenex y, lo más útil, una linterna
sin pilas, de esas que funcionan con una dinamo manual. Por eso, cuando la luna
mostraba su oronda faz, Grillito dormía feliz, y tranquilo, pues nada malo
saldría del armario, para devorarlo en la madrugada. Pero el resto de las
noches, el miedo se apoderaba de él.
Se lo contó
a su padre, un fornido camionero, y le dio un bofetón de ida y vuelta, “para
que tengas algo que temer, y no un bobo monstruo.” Se lo dijo a su madre, y le
dio “dos cucharadas de aceite de ricino, que a los monstruos no les gusta.” Ni
a él tampoco. Con su hermana de catorce años hacía ya mucho tiempo que no podía
ni hablar, estaba en plena edad del pavo. Y Grillito, sintiéndose más triste,
solo y desamparado que nunca, en aquél atardecer de lunes doce de enero,
comprendió que ahora y siempre, estaría solo con el miedo, y por eso, quizás
por el ricino, o por la bofetada, decidió preparar una trampa infalible, para
cazarlo, a él, al monstruo que acechaba en el armario y bajo la cama…
Aprovechando
la siesta de sus padres, de esas de pijama y orinal, se conectó a la red,
empezando una búsqueda que le llevó casi dos horas, sobre los remedios
conocidos para enfrentarse a los monstruos del armario, y encontró una curiosa
receta, que estaba al alcance de sus posibilidades. Lo más complicado fue
conseguir un vasito de agua bendita en su siguiente visita a la iglesia,
aprovechando que el sacerdote estaba entretenido durante la misa. Porque no
valía con coger agua del grifo y bendecirla en casa.
Por eso, la
primera noche sin luna, trazó con el agua bendita un círculo de protección, con
cuatro piedras (malaquita, turmalina, diorita y esteatita) que ha comprado en
la red con el permiso de su madre, muy fan de las creencias new age y firme
defensora del reiki, inició la trampa mística… Ya solo le faltaba colocar la
última piedra, cuarzo rosado, para cerrar el pentángulo, cuando la fiera
entrase…
Pero dieron
las dos, y las tres, y no pasó nasa. A las cuatro menos dos de la madrugada,
cuando ya le estaba venciendo el sueño, Grillito escuchó la puerta del armario,
que chirría suavemente, y la ronca y profunda respiración del temible monstruo,
que se acercaba lentamente a la cama… Él no se movió, la fiera se acercó, y
penetró en el círculo, incompleto, de las piedras… Notó algo… Se paró… Olió el
ambiente… Algo nuevo había en el cuarto: ¡no se olía el miedo! Y justo cuando
se preparaba para meterse debajo de la cama, descubrió que no podía hacerlo, un
poderoso sortilegio se lo impedía: la vieja y ajada mantita de lana, y el
primer oso de peluche del niño, con seis pelos de gato negro, eran más de lo
que él, una bestia de buena familia podía soportar…
Por eso,
retrocedió, y en ese momento, Grillito salió del cesto de la ropa sucia, y con
un gesto decidido, colocó la quinta piedra mística, la trampa se cerró,
quedando atrapada la temida fiera… Con voz de Golum, prometió una y mil veces
darle cualquier cosa, lo que quisiera, con tal de dejarle salir, y sobre todo,
le pidió que no encendiera la luz, que tuviera piedad, que él era una criatura
de las sombras, y le cegaría, tal vez para siempre, si lo hacía… Y se resistió,
y bufó, y gruñó tan alto, que Grillito tuvo miedo de que se despertasen sus
padres… Pero de todas formas, el niño tenía que verlo que verlo, y por eso,
lentamente, se acercó a la pared y pulsó el interruptor…
Y llegó la
luz… Y Grillito, al ver el auténtico aspecto del pavoroso “monstruo” que tanto
tiempo le ha asustado, no puede evitarlo, y se tira al suelo, retorciéndose de
la risa. Porque vio la verdad… Ante él se erguía, con más de dos metros de
altura, lo que parecía el hijo bastardo de Chewaka y un Bichón Frisé… Un
engendro de pelaje rosáceo, pelado a franjas, sí, a franjas, como los caniches,
que llevaba unas gafas de sol horteras, recién salidas del “Un dos tres” o más
propias de Elton John, el cantante favorito de su madre, unas sandalias de
plataforma, sin las cuales se queda en poco más de un metro y diez, minifalda
de cuero amarilla y camiseta blanca anudada al ombligo…
Y la cosa de
sexualidad dudosa se retorcía bajo la luz, y Grillito se reía, ahora ya a
mandíbula batiente, del miedo, de él mismo, de la criatura, de las veces que no
ha dormido, de la bofetada de su padre, del ricino de su madre… Y así le
pillaron los dos, con aire de recién despertados, pero no vieron nada más que a
su hijo, partiéndose el pecho, literalmente, de la risa… Incluso sin saber de
qué se reía, se alegraron, por fin, de que haya terminado el miedo… Porque solo
los niños pequeños podían verlo, al pavoroso monstruo, que no podía moverse del
interior del círculo sagrado delimitado por las piedras mágicas.
Al final de
la noche, con sus padres ya más tranquilos y de regreso a su cama, Grillito
decidió hablar con el monstruo, “Conejosaurio”, así le ha bautizado y, tras
hacerle prometer un cambio, “que a partir de este momento serás bueno con los
niños, y les harás reír, o de lo contrario informaré a la Federación de
Monstruos S.A. de tu aspecto verdadero y de tus actividades delictivas”, le
liberó de las piedras mágicas (truco que aprendió en la red, como todo lo
demás).
Y por lo que
se sabe, “Conejosaurio” todavía sigue así, con la misma ropa ridícula,
completamente invisible para los adultos. Pero no para todos los niños del
mundo, que están en los hospitales y en las clínicas, y que sufren. En
cualquier lugar donde haya un armario, él aparece, y con juegos malabares,
historias ingeniosas, mímica, y un poco de magia, va repartiendo una cosa:
alegría e ilusión a todos los pequeños… y es feliz…


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