Una vez más, las palabras se acumulan en mi garganta, como hace tantos años. Pero en esta ocasión, no generan un bezoar creativo, que se termina convirtiendo en mi primer poema, Hombres de tinta y de sangre, y que fue el comienzo de mi trayectoria como bloguero.
Era el año 2009, y estaba haciendo frente a una pérdida amorosa por una parte, y mi matrimonio se encontraba en horas bajas: el silencio se había instalado entre nosotros, con su barrera de incomprensión, de soledad y de hielo. Y encontré el camino, la liberación, en las palabras. Por aquél entonces, mis primeros escritos tenían numerosos lectores, muchos de ellos en el banco donde trabajaba, y luego venía el efecto boca oreja. Considero haber mejorado bastante desde entonces, eso es algo que no se nota en el número de visitas al blog o en su difusión.
Me da un poco igual. Sigo escribiendo porque me gusta, porque se me da bien, y porque me hace sentir libre. Es incluso uno de los escasos momentos de auténtica libertad, cuando me enfrento a la pantalla blanca del ordenador, a ese documento en word que antes me asustaba tanto.
Sí, el vacío existe, es la vida quien se encarga de generarlo, y la Nada gana y se extiende por el Reino de Fantasía. Últimamente no me visita ningún Bastián Baltasar Buch, a lomos de Fujur, para traerme noticias de otros mundos. Por ello he abandonado el esqueleto de dos novelas, y de un tercer poemario que pese a todo sigue avanzando muy lentamente.
Me muevo entre palabras y silencios, dedicado a otros placeres culpables que no tienen nada que ver con el helado: a leer, a ver películas en el trabajo (beneficios de trabajar en seguridad privada en el edificio de oficinas que depende de una fundación), a hacer cursos en línea para satisfacer mi curiosidad. Durante el turno de noche y en los fines de semana, una vez que has realizado tus dos rondas, poco más debes hacer. Y cuando cuelgo el uniforme, me espera el resto de la vida, que ocupo en estar con la familia, jugar con el Agente Zeus, mi gato, amo y señor, ir al cine, al teatro, a conciertos y exposiciones, y de vez en cuando a quedar con amigos o viajar. Cosas sencillas pero que me hacen feliz.
Pero las palabras, como ya os dije, se acumulan. Los sentimientos que no verbalizas. Los miedos que no compartes. Los planes que no llevas a cabo. Los sueños que te callas. Esa necesidad de decir "Te quiero" a la chica perfecta. Que puede no serlo para otros, pero sin duda lo es para mí, porque me hace sentir y soñar. Los amigos a los que echas intensamente de menos. Las ganas de llorar que a veces me asaltan cuando estoy solo. El cansancio que provoca ser fuerte demasiado tiempo. La sensación de la vida que se te escapa de las manos. La inquietud que de repente me ocasiona el futuro. El miedo al dolor y a la enfermedad.
Y entre palabras y silencios, sigues adelante, como el típico burro con anteojeras, pasito a pasito, criatura de presente que intenta hacerle caso a la voz interior. Esa que te lleva a confiar en un destino que no está escrito y en la medicina de los hombres. Esa que cada día te hace plantearte la necesidad de que haya un mañana, una esperanza, y en definitiva, algo a lo que llamamos dios... y que quizás resida en las pequeñas cosas.

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