viernes, 22 de noviembre de 2024

EXPECTO PATRONUM

Esta semana, como cada año, he empezado con el maratón de Harry Potter. Aunque cada día que pasa me gustan más los libros, soy del Equipo Hermione, siguen teniendo esa magia peculiar de cuando la vida era un poco más sencilla... La situación actual tampoco ayuda, pero no en vano han pasado casi 25 años desde la primera vez que Harry, Ron y Hermione se volvieron imagen real en la gran pantalla.

Ahora mismo he terminado de ver Harry Potter y el prisionero de Azkaban, posiblemente mi favorita, y en las escenas finales, cuando Harry Potter invoca el Patronum con forma de ciervo en las orillas del lago, me ha dado por preguntarme en cuales serían los recuerdos que podrían ayudarme a invocarlo... Y ciertamente son pocos, y en todo caso, mezclados con esas falsas memorias que vamos generando con el paso de los años.

El primer recuerdo, sería el de escuchar el fuerte sonido del corazón de mi abuelo Luis, el único que conocí, mientras me daba paseos en sus brazos por el pasillo de casa para que pudiera dormirme. Con ese retumbante ritmo se mezclaría el de la música clásica, que emanaba de la consulta de mi padre, por las tardes en casa. Ese sería mi recuerdo más antiguo y poderoso.

Luego surge otro, también ligado a mi abuelo, de las veces en las que yo tenía miedo por la noche, a pesar de dormir en la misma habitación que mi hermana, y le llamaba. La excusa era pedirle un vaso de agua (de pequeño y de mayor, siempre he tenido sed por la noche), pero al mismo tiempo combatía la oscuridad.


Según mi madre, me quedé embobado a los tres o cuatro años, la primera vez que vi el mar, en Cullera. Fui caminando por la orilla, hasta mojarme los pies, y volví rápidamente a la seguridad de lo conocido. Mi padre tuvo que tomarme de la mano, y meterse conmigo lentamente. Mi madre, con mi hermana de pocos años en los brazos, nos miraba desde debajo de la sombrilla, y sonreía.

Las Navidades siempre me han gustado, incluso ahora mantengo la ilusión, aunque soy yo quien ejerzo de Papá Noel para toda la familia, y mis sobrinas por supuesto, a sus diez años, afirman que nunca han creído ni en este personaje, ni en los reyes magos, "cosas de cristianos", como les dijeron sus padres. Sin embargo, yo recuerdo la aventura que era ir a la Plaza Mayor a comprar el árbol de Navidad todos los años, y luego por supuesto plantarlo en un recipiente adecuado en el hall de la casa y decorarlo con bolas, luces y guirnaldas. Incluso dos o tres veces quise ver al abuelo bonachón vestido de rojo, y me quedé haciendo guardia junto a la base del árbol, esperándole... hasta que me quedaba dormido, y mi padre me llevaba en brazos hasta la cama.

Con mi hermana tengo bastantes buenos recuerdos, uno de los mejores las carreras alocadas que hacíamos con los enormes triciclos alquilados en el Parque del Retiro en otoño (siempre es otoño, puedo oler el perfume de las hojas y escuchar la gravilla) bajo la atenta mirada de mi abuelo. O bien el subir a los columpios del mismo parque, yendo cada vez más alto, con la ayuda de los fuertes brazos de mi padre.

Otro recuerdo poderoso, también mitad verdadero y mitad fabulación, fue cuando nos llevaron a Disney World, en Orlando, en el año 1981. Ver a Mickey Mouse mucho más grande de su tamaño real, ese gran abrazo, o entrar en la tienda de regalos, de la que salimos con dos gorros de falsa piel de mapache y unas pistolas de pirata de madera y metal. O subir a lo alto del Empire State, y contemplar el panorama de la ciudad que nunca duerme, Nueva York.

Por aquél entonces también viajamos a París, con mi madre, mi padre y mi abuelo. Es una de mis ciudades preferidas (a la que espero volver dentro de poco), y recuerdo el sabor de las crèpes con chocolate en un puesto ambulante a los pies de la Torre Eiffel. O cómo se nos ocurrió usar de tobogán las placas de cobre que recubren las torres de Notre Dame, mientras que mi padre nos filmaba con el tomavistas. Mi madre, que se había quedado al pie de la torre con mi abuelo, se asustó muchísimo cuando vio nuestra "hazaña" en la gran pantalla semanas después (mi padre tenía un proyector de cine, y le encantaba hacer películas caseras).

Nunca fui feliz en el colegio ni en el instituto, fui victima de acoso por varios compañeros que me hicieron la vida imposible, y mi único refugio, allí donde no se atrevían a perseguirme ni a pegarme, eran las cuatro paredes de la biblioteca, bajo la atenta mirada de mi profesora favorita, la señora Marise Flambard. Gracias a ella, bueno y a mis padres que la fomentaron, fui descubriendo los placeres de la lectura. Pero en conjunto, y quitando los años finales, mi paso por aquél centro fue un auténtico infierno.

También del colegio nace un recuerdo curioso, el del primer beso. No solían invitarme a los cumpleaños de los compañeros de clase, pero en esta ocasión, lo hicieron. ¿Qué edad tendríamos, once, doce años? Después de una merienda bastante copiosa en el jardín (los niños dentro de la casa estaban prohibidos), nos sentamos sobre la hierba recién segada para jugar a la botella, usando como base una superficie circular donde se ponía la barbacoa portátil en verano. Sí, ya sabes, con una botella vacía, se la hace girar sobre sí misma, y de esa forma el azar te empareja. Se podía elegir entre beso o una prueba. El dichoso artilugio primero me apuntó a mí, y  luego a otra chica, morenita, menuda, de pelo negro, ojos dulces, y bastante tímida. Creo recordar que se llamaba Diana. Y ella escogió beso. Nos metimos, también entre grandes carcajadas, en el cobertizo de las herramientas, entre telarañas y medio mareados por el olor a gasolina del cortacésped. Y nos besamos. Solamente un roce de los labios entreabiertos, con una pizca de lengua... Pero sigue siendo un hermoso recuerdo.

1983 fue sin duda alguna el año mágico. Conocí a mi amigo Quique, el director de un albergue para niños en el pueblo cántabro de Bárcena Mayor, y por primera vez me sentí valorado en mi faceta creativa, además de integrado en un grupo menos asfixiante que el del colegio. Me animó a escribir, a perseguir mis sueños, nos escribimos durante mucho tiempo. Fue ese padre al que siempre añoré (las relaciones con el mío eran cualquier cosa menos sencillas), y la prueba es que todavía, cuarenta y un años después, nos seguimos viendo como poco una vez al año (él vive en Santander, supera los setenta y está mal de salud) y hablando con cierta frecuencia.

Sí hubo una persona importante para mí en el último tramo de estancia en el instituto, y fue mi amiga S. Ella era mayor que yo, pero había tenido que repetir curso, por lo que no se encontraba a gusto. Y yo, bueno, pues me sentía tremendamente solo, y eso nos unió. Poco a poco, nos fuimos haciendo amigos, y entre comidas en el Nait (una magnífica hamburguesería cerca de la Plaza de Castilla y que todavía sigue en activo) o nuestras escapadas de los miércoles a La Vaguada para ir al cine en vez de a la clase de latín, me fui enamorando de ella. Sin embargo, tan solo la abracé en un par de ocasiones, en sus momentos de mayor tristeza y debilidad, y de besos mejor no hablamos. A pesar de todo, saldría un Patronum bastante bueno del tiempo que pasamos juntos.

Años más tarde, nos fuimos los cuatro a México, con otra familia con sus dos hijas, y un tercer matrimonio. Una de las hijas tendría diecisiete años, la otra catorce, pero desde el primer momento congeniamos la mayor y yo. La llamaban Gacela, y por mi parte fue un flechazo absoluto. Era una adolescente de lo más hermosa, y yo trataba de pasar el mayor tiempo posible con ella. ¿Que si me atraía? Muchísimo, sobre todo aquella vez que se puso el bañador bicolor, y el tejido blanco se pegaba como una segunda piel sobre sus senos, mientras que el negro moldeaba sus caderas y su trasero respingón. Ese es un recuerdo poderoso; otro una noche, en la que pusieron en la discoteca del hotel la canción "The lady in red", y pude convencerla de bailar juntos. Fue la primera vez que tuve entre mis brazos el cuerpo de una mujer. Volvimos a Madrid, nos vimos un par de veces, y luego desapareció de mi vida.

Pasé por los años de formación en la universidad con más pena que gloria, pero entonces conocí a la hija de uno de los mejores amigos de mi padre, R., quien se había trasladado a Madrid para estudiar Periodismo en una universidad privada cerca de Madrid. Creo que si he estado loquito por alguien, fue precisamente por ella. Nos vimos mucho menos de lo que me habría gustado, incluso una vez estuve a punto de revelarle mis sentimientos... La vida nos separó, perdimos el contacto... La última vez que supe de ella estaba trabajando como directora de cine en Nueva York.

Y después de eso, habría que dar un gran salto en el tiempo, hasta la noche en que, después de varios meses de noviazgo a distancia, mi ex mujer, la primera novia que tuve en toda mi vida, me enseñó a besar. Hacía un frío del demonio, estábamos en su pueblo de Extremadura en plena Semana Santa, los amigos que me habían acompañado allí hace tiempo que se habían separado de nosotros. Ese primer beso, y los que siguieron durante aquella madrugada, conforman tal vez el Patronum más poderoso. Otros momentos que ahora me dan paz, también relacionados con ella, son los viajes al pueblo desde Madrid, esas casi cinco horas con el murmullo en sordina del motor del coche y la carretera que se va desvelando a la luz de los faros. O el primer año que acampamos en Cantabria, en el Camping La Paz, y me despertaba pronto por las mañanas para ir a desayunar al bar sobre el acantilado, cuando las primeras luces asomaban en el horizonte.

Ya en los últimos dos años, he conocido a dos personas faro, ellas saben quienes son, cuyo recuerdo también es poderoso, y me ayuda en las horas bajas. Cada mensaje de voz o de texto es un acicate para seguir adelante en los momentos oscuros. O bien cierta mujer de Granada, de quien llevo enamorado muchos años, los abrazos que nos dimos hace un par de meses o pasar la tarde juntos equivalen a una larga temporada de terapia. El amor es el más poderoso generador de Patronum. 

Mis dos gatos, Chiqui la panterita negra, mi primer gran amor gatuno, que murió hace algunos años, y el Agente Zeus, con sus mimos, sus maullidos y sus ronroneos, me dan fuerzas. Me dan paz. Confían en mí. Lo mismo me pasa con mi madre, o con mi familia, a pesar de los ocasionales desencuentros.

Me he pasado toda la vida tratando de encajar, de formar parte de una entidad superior a mí, sin importar que se tratase de una clase de instituto, de un gimnasio aprendiendo Judo, en una patrulla de las Boinas Verdes (esa es otra historia) o incluso de un equipo de seguridad mientras vigilamos en el Bernabéu. Pero nunca lo he conseguido. Esa misma necesidad de ser aceptado lo ha vuelto del todo imposible.

¿Y ahora? Ahora estoy aprendiendo, mientras me dejo llevar por los caminos del budismo, a buscar la paz y la felicidad en mi interior. A no exigir nada de nadie. A quererme y valorarme. En las sesiones de meditación encuentro la fuerza. La vida me está dando una buena tanda de hostias por todas partes, pero sigo adelante. Sin prisa pero sin miedo. Con sueños por cumplir, como ese viaje a París. Con planes. Y dejándome llevar por la magia de las letras en plena madrugada. Escribo para mí, y si alguien me lee, pues genial. Si no, con cada texto estoy un paso más cerca de alcanzar la inmortalidad en la red...

sábado, 9 de noviembre de 2024

RECORDANDO A MI PADRE EL DÍA DE SU CUMPLEAÑOS

 Este señor tan serio, que mira desde el ángulo de la foto, con los brazos cruzados y cierto aire de superioridad, era mi padre. Calculo que en la imagen tendría bastantes menos años que yo en la actualidad, pero es una de sus poses más famosas.

Hoy habría cumplido 86 años, lo que no deja de ser un motivo de tristeza, puesto que dentro de nada hará 22 que reposa, dentro de una urna cineraria, al lado de mi abuelo en una tumba del cementerio de la Almudena.

Mis sentimientos hacia él siguen siendo confusos. Necesité varios años de terapia para perdonarle por su cobardía ante la vida y su decisión de dejarme solo con poco más de 32 años, recién casado y en ese momento de la edad en la que le empezaba a parecer interesante.


Después de asistir durante varios años a la degeneración y agonía de mi abuelo, eso le reafirmó en su decisión de morir pronto, y de dejar tras de sí un bonito cadáver. Aunque esa alternativa la tomó mucho tiempo antes, cuando escogió fumar más de dos paquetes de tabaco diarios. Ducados para más señas. Un cáncer de lengua se lo llevó de este mundo, en poco más de 6 meses, y entre horribles dolores.


Pero esa es otra historia. Hoy estamos hablando de su cumpleaños.


Ignoro si le admiraba o no, si era un modelo en el que mirarme o alguien a quien parecerme mientras estuvo vivo. Era un señor serio y distante, con unos brutales cambios de humor, y que jamás lloraba. De hecho, tan solo recuerdo haberle visto llorar una sola vez en toda mi vida, y ni siquiera entonces fuimos capaces de fundirnos en un abrazo. No era partidario de expresar los sentimientos, y sobre todo en los últimos y aterradores años de vida de mi abuelo se volvió un déspota.


Mi madre siempre le defendía, a pesar de su mal carácter y de la manera en que pagaba su creciente frustración ante la muerte con el resto de la familia.


Pero era mi padre.


Quizás los recuerdos suyos más antiguos se remontan a mis primeros años de vida. Por una parte, la eterna nube de humo que le envolvía a todas horas. Ese olor acre a tabaco negro. Por otra, la colonia de lavanda. Y en cuanto a sonidos, el de la música clásica, que siempre le acompañaba, y que para mí se convirtió (y sigue siendo) en una forma de recordarle. Él era médico, atendía a muchos pacientes en casa, y la música, sobre todo las óperas de Mozart, se escuchaban en mi dormitorio a través de las paredes que lo separaban de la sala de espera.


No era, nunca lo fue, una persona dada a expresar sus sentimientos. A veces incluso creo que no los tenía. Alzaba un muro para separar las distintas facetas de su vida, y muchas veces nos dejaba fuera. Como meros espectadores.


Trataba de forma muy diferente a sus pacientes, todo eran sonrisas y buenos modales y paciencia cuando estaban en la consulta de casa, pero se ponía feroz con la familia por cualquier motivo. Muchas veces me hubiera gustado ponerme enfermo para de esa manera merecer algo de su cariño y atención.


Desde que empecé a trabajar en seguridad privada, prácticamente me retiró la palabra. Su hijo, con su carrera, su máster, su doctorado y sus idiomas, currando de segurata!! Nunca me lo perdonó. (A mi madre le ha costado aceptarlo unos cuántos años más).


Cuando no estaba trabajando, se encerraba en su despacho o en la sala de espera, envuelto por nubes de tabaco, y arropado por la música clásica, leía. Siempre estaba leyendo. Como una de sus pasiones era la música, tenía una una amplia selección de libros, casi todos biografías, sobre sus compositores favoritos. Muchos de ellos todavía los conservo. Otra gran parte de su biblioteca, muchos libros de historia y de sociología,los he ido donando con el tiempo. Algunos de ellos no se habían tocado desde años antes de su muerte...


Era una persona muy culta, le encanta ir al cine, al teatro, ir a exposiciones de arte, de pintura, al auditorio nacional los domingos por la mañana o al gallinero del Teatro Real. Todas esas pasiones las compartimos. Recuerdo un memorable viaje en tren hasta París, para ver una exposición sobre Egipto en el Louvre, y que no pudimos dormir por culpa de los ronquidos de nuestro compañero de departamento, o los días que pasamos en Berlín con mi hermana, que por aquel entonces estaba estudiando en Alemania...


Le apasionaba el antiguo Egipto, viajó dos veces al país de los Faraones, la última con mi hermana y conmigo, además de con mi madre claro. Un viaje memorable también fue el recorrido que hicimos durante casi dos semanas por México. Era buen conductor, y durante muchos años hacíamos escapadas los cuatro (mi abuelo no solía venir) para conocer distintos castillos de España. Como mi madre trabajaba en Iberia y le ofrecían billetes gratis o con grandes reducciones de precio, viajamos bastante por Europa. Pero lo más lejos que fuimos es a Estados Unidos, Méjico, Egipto, Jordania y Turquía. Siempre dejaron los viajes por España para después de la jubilación, y nunca pudieron cumplir ese deseo puesto que murió dos años antes de poder jubilarse...


Las vacaciones de verano eran especiales. Toda la familia en un Renault 6 TL, con la baca puesta, una maleta llena de libros para él y para mi madre, la lavadora Jata de color azul en el maletero y la cafetera dentro de ella. Alquilábamos por un mes completo un piso en la playa de Cullera, y él se pasaba toda la mañana leyendo y fumando al sol, en la orilla. Luego tocaba comer en casa, la siesta, algo más de lectura o un paseo por la tarde, y por la noche las carreras entre los dos cines al aire libre, el Neptuno y el Oasis. Tiempos de bocata de chorizo frito, pipas saladas y helados de cucurucho si nos portábamos bien. En esos cines vi por primera vez La guerra del fuego, una peli inquietante y que durante años me dio pesadillas, entre tantas otras.


Con los años fuimos cambiando de coche, de destino a partir de los 14, y a su debido tiempo dejamos de viajar en familia. Pero sigo recordando esos trayectos de madrugada, y me acostumbré a conducir de noche. Lo seguí haciendo durante muchos años con mi ex. Luego ya dejé de conducir pero esa es otra historia.


Mi padre era un señor serio y elegante. Tenía una amplia selección de chaquetas, pantalones y corbatas, que combinaba para formar múltiples conjuntos, y que solamente se quitaba durante las vacaciones de verano o en las excursiones de fin de semana, cuando los cambiaba por pantalones vaqueros y camisas de manga corta, y alguna que otra ocasional camiseta. Toda esa ropa la donamos a un asilo que regentaban las Hermanas de la Caridad. Me quedé solamente con una cazadora de cuero marrón, que todavía conservo y que siempre me gustó; y con una bata de andar por casa que me queda pequeña y me pongo de vez en cuando si necesito un abrazo.


Nunca tenía frío, creo que es algo que compartimos, y le costaba un triunfo hacer y mantener amigos. De hecho, creo que en toda su vida apenas si le conocí una decena. Algunos solamente por referencias ,y la mayor parte venían por el lado de mi madre... En eso nos parecemos bastante... Yo también tengo un sentido del humor bastante peculiar, pocos amigos y un fuerte concepto de la lealtad.


Hoy hubiera cumplido 86 años, mi madre le sigue echando muchísimo de menos, no ha superado su ausencia... Yo hace décadas que olvidé el sonido de su voz, y que solamente puedo escucharla en sueños. De vez en cuando, mientras estoy solo en casa, percibo el olor a su colonia de lavanda, o el menos agradable aroma de sus Ducados, y sé que ha venido de visita... que nunca se fue del todo... pero confío en poder encontrarnos de nuevo, más adelante, para tener esas charlas que nunca tuvimos, y quizás conocernos mejor... 


No creo en la muerte, la considero un mero trámite, y que en esencia somos energía... 


Pero eso no quita que ahora mismo lo que más deseo es uno de sus extraños y escasísimos abrazos...

sábado, 26 de octubre de 2024

AQUELLOS DÍAS DE TELE

Nacido en 1970, creo haber vivido la época dorada de la televisión española. Sí, incluso en aquellos tiempos en los que los aparatos eran en blanco y negro, de culo gordo, y sin mando a distancia. Mi madre me recuerda de vez en cuando la manera en que irrumpió en su vida, cómo se juntaban los vecinos, sobre todo los niños, a verla en casa del afortunado, la gran expectativa que se generaba con los concursos, con las viejas series. Cuando llegaba a casa una televisión, era todo un acontecimiento, algo que marcaba distinción social incluso, y una ceremonia bien coreografiada, desde el momento en el cual los transportistas la traían desde los grandes almacenes, el proceso de desembalarla (la caja terminaba convirtiéndose en un fuerte para los más pequeños, y aseguraba horas de diversión), sin olvidarnos por supuesto de la aventura de sintonizar los dos canales. Ahora, con una oferta casi ilimitada y múltiples plataformas, parece casi increíble recordarlo. Era una manera de asomarnos al mundo, a la información, pero también de disfrutar algo de ocio...
 

El 27 de octubre de 1956 tuvo lugar la primera emisión de televisión en blanco y negro en España; y hubo que esperar hasta 1972 para que llegase el color. Pero la pequeña pantalla traía la magia a nuestros hogares. Sí, nosotros crecimos con mis padres disfrutando de "Estudio Uno" (1965 - 1984) y sus monumentales montajes de teatro; y con los inquietantes episodios de "Historias para no dormir" (se estrenó en 1976, y por culpa de uno de ellos surgió mi pánico a los fantasmas). Son dos espacios que tengo asociados a mi más tierna infancia. También eran los tiempos de la Santa Misa los domingos por la mañana, los telediarios dictados por los censores, y el inevitable NODO. Las unidades móviles eran casi inexistentes, y las cámaras, unos armatostes tremendos. Mi padre era un gran defensor de los conciertos de la 2 y los programas culturales, poco importaba que fueran en blanco y negro o en color.
La tele era casi un miembro más de la familia. Siempre recordaré las noches de verano, cuando nos juntábamos con nuestros vecinos Floro y Candelas a jugar unas manos de canasta, y luego a ver la tele, intentando bajar el volumen en los anuncios con el socorrido truco del "niño, levántate y baja el sonido" que nos lanzaba mi padre. Aquella tele era más pequeña, a color por supuesto, y bajarla por las escaleras hasta la terraza interior una responsabilidad del cabeza de familia. ¡No veas lo que pesaba la condenada! Eso lo descubrí años más tarde, cuando me concedieron ese honor.


Nunca olvidaré la reunión familiar de los viernes por la noche para ver a Mayra Gómez Kemp (recientemente fallecida) al timón del "Un, dos, tres". Que solamente aquellos años bajo su batuta, con las súper tacañonas, los añorados Tip y Coll, y sobre todo las azafatas, con sus ajustados vestidos y o mini faldas que dejaban al descubierto sus piernas larguísimas y sus escotes pronunciados nos alegraban la noche a muchos. De vez en cuando aparecían otros humoristas en el programa, como el fantástico Miguel Gila, preguntando por el enemigo, con su teléfono rojo; incluso alguna vez participó el genial Bigote Arrocet, e incluso el elegante y parsimonioso Eugenio, con sus historias impregnadas de alcohol y de humo de cigarrillo, que invariablemente comenzaban por "Saben aquel que diu..." Ahora, con "El gran prix del verano" y algunos programas similares, no hacen sino copiar el formato, dándole una vuelta, pero sin conseguirlo. Ahora, simplemente, suena y sabe a rancio.



 "Me encanta cuando los planes salen bien". Sí. Aquella era una frase emblemática, que siempre pronunciaba Annibal Smith en la serie "El equipo A", en antena desde 1983 hasta 1987. Es una pena, que haya pasado más de una generación desde aquellos momentos en los que muchos chavales de instituto esperaban con ansia la llegada de los sábados por la tarde para disfrutar de las aventuras de este tipo de locos geniales, de su sentido del humor blando, su violencia suave y los enormes sopapos que pegaba M.A. Barracus. O de los eternos puros que Annibal Smith llevaba en el bolsillo para celebrar las victorias. ¡Si ya desde la introducción, con esa banda sonora tan especial con la que comenzaba la serie, y que muchos aprendimos de memoria, ya éramos felices! ¿La recuerdas? "En 1972, un comando compuesto por cuatro de los mejores hombres del Ejército Americano fueron encarcelados por un delito «que no habían cometido»: No tardaron en fugarse de la prisión en que se encontraban recluidos. Hoy, buscados todavía por el gobierno, sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene usted algún problema y se los encuentra quizá pueda contratarlos."


Pero si había algún programa que nos juntaba a todos delante de la pantalla del televisor, era la serie de "El hombre y la Tierra", de Félix Martínez de la Fuente. Esa sintonía, me parece estar escuchándola ahora, que combinaba percusiones distintas y el aullido del lobo. Creo que uno de los mayores traumas de mi infancia fue su muerte en el accidente de avioneta en Alaska, mientras rodaba una carrera de trineos tirados por perros. Y la cancioncita "Amigo Félix", de Enrique y Ana, la cantamos varias veces en clase, arrasados en lágrimas. A pesar de las críticas que recibió en su momento por la forma de rodar ciertos capítulos, él era un enorme comunicador, y uno de mis héroes, bueno, también de mi hermana... Estuvo en antena desde marzo de 1974 hasta junio de 1981, pero marcó un antes y un después en mi comprensión de la naturaleza.


Y surgieron series como "Bonanza", de 1962 a 1970, que fue pionera en muchas cosas;  o "La casa de la pradera" (1975-1981). Luego vinieron las series de policías, como "Starsky y Huch" (1975 - 1980),  y "Colombo" desde 1971 hasta 1978 en un primer momento, con sucesivas temporadas casi hasta 1984, de la cual mi padre era un gran aficionado. Y no nos olvidemos del fenómeno "Fama". Emitida desde 1983, también contaba con una de esas  introducciones inolvidables: "Buscáis la fama, pero la fama cuesta, y aquí es donde vais a empezar a pagar, con dolor". En nuestro colegio, se hizo  muy famosa, y durante varios años la máxima expresión de la modernidad y de la belleza para las adolescentes eran las mallas bien ceñidas y los suéter de punto anchos. Pero una de mis series preferidas era "Se ha escrito un crimen" de 1984 a 1996, aunque la siguen reponiendo en la actualidad en muchas plataformas, por lo que muchos jóvenes las conocen.


En otro momento ya hablaremos de las series destinadas al público infantil, de dibujos animados, de muñecos o de marionetas, que merecen mención aparte... Pero sí os he presentado unas cuantas series de otros tiempos. Viejas amigas de las que pude disfrutar en persona, y que recuerdo, quizás con esa pátina que da el tiempo. Quizás no todas ellas fueran la mejor opción para un niño o para un joven adolescente, pero en todo caso, me hicieron mucha compañía. Otros tiempos, otros actores, otras tramas. Un mundo en todo caso que ahora me parece muy lejano, cuando todo era más sencillo. Si todas eran buenas o no, si flojeaban, es algo que solamente podemos valorar quienes las vivimos, como hijos de una época, de una sociedad, diferente, y que ahora me es imposible no recordar sin una cierta nostalgia.


sábado, 31 de agosto de 2024

ENTRE PALABRAS Y SILENCIOS

Una vez más, las palabras se acumulan en mi garganta, como hace tantos años. Pero en esta ocasión, no generan un bezoar creativo, que se termina convirtiendo en mi primer poema, Hombres de tinta y de sangre, y que fue el comienzo de mi trayectoria como bloguero. 

Era el año 2009, y estaba haciendo frente a una pérdida amorosa por una parte, y mi matrimonio se encontraba en horas bajas: el silencio se había instalado entre nosotros, con su barrera de incomprensión, de soledad y de hielo. Y encontré el camino, la liberación, en las palabras. Por aquél entonces, mis primeros escritos tenían numerosos lectores, muchos de ellos en el banco donde trabajaba, y luego venía el efecto boca oreja. Considero haber mejorado bastante desde entonces, eso es algo que no se nota en el número de visitas al blog o en su difusión.

Me da un poco igual. Sigo escribiendo porque me gusta, porque se me da bien, y porque me hace sentir libre. Es incluso uno de los escasos momentos de auténtica libertad, cuando me enfrento a la pantalla blanca del ordenador, a ese documento en word que antes me asustaba tanto. 

Sí, el vacío existe, es la vida quien se encarga de generarlo, y la Nada gana y se extiende por el Reino de Fantasía. Últimamente no me visita ningún Bastián Baltasar Buch, a lomos de Fujur, para traerme noticias de otros mundos. Por ello he abandonado el esqueleto de dos novelas, y de un tercer poemario que pese a todo sigue avanzando muy lentamente.

Me muevo entre palabras y silencios, dedicado a otros placeres culpables que no tienen nada que ver con el helado: a leer, a ver películas en el trabajo (beneficios de trabajar en seguridad privada en el edificio de oficinas que depende de una fundación), a hacer cursos en línea para satisfacer mi curiosidad. Durante el turno de noche y en los fines de semana, una vez que has realizado tus dos rondas, poco más debes hacer. Y cuando cuelgo el uniforme, me espera el resto de la vida, que ocupo en estar con la familia, jugar con el Agente Zeus, mi gato, amo y señor, ir al cine, al teatro, a conciertos y exposiciones, y de vez en cuando a quedar con amigos o viajar. Cosas sencillas pero que me hacen feliz.

Pero las palabras, como ya os dije, se acumulan. Los sentimientos que no verbalizas. Los miedos que no compartes. Los planes que no llevas a cabo. Los sueños que te callas. Esa necesidad de decir "Te quiero" a la chica perfecta. Que puede no serlo para otros, pero sin duda lo es para mí, porque me hace sentir y soñar. Los amigos a los que echas intensamente de menos. Las ganas de llorar que a veces me asaltan cuando estoy solo. El cansancio que provoca ser fuerte demasiado tiempo. La sensación de la vida que se te escapa de las manos. La inquietud que de repente me ocasiona el futuro. El miedo al dolor y a la enfermedad.

Y entre palabras y silencios, sigues adelante, como el típico burro con anteojeras, pasito a pasito, criatura de presente que intenta hacerle caso a la voz interior. Esa que te lleva a confiar en un destino que no está escrito y en la medicina de los hombres. Esa que cada día te hace plantearte la necesidad de que haya un mañana, una esperanza, y en definitiva, algo a lo que llamamos dios... y que quizás resida en las pequeñas cosas.

domingo, 10 de marzo de 2024

PALABRAS DEL AGENTE ZEUS (BUENO, CASI ÓRDENES)

SOBRE LAS FUNCIONES DE MI HUMANO DE CABECERA

LA ABUELA PILAR ES OTRA HISTORIA.
El otro día tuve una charla muy seria con mi humano y, a pesar de los problemas de comunicación iniciales, porque no respeta las pausas intermaullidos y responde en un sol mayor en vez de fa sostenido, creí que lo había dejado todo bien claro.
Pero no.
Por eso, ahora, aprovechando que se ha dejado el ordenador encendido, le voy a escribir una lista de tareas y responsabilidades, desde su punto de vista claro, para que lo entienda.
Sí, es cierto, los gatos sabemos usar los ordenadores, las impresoras, incluso el lavavajillas (por eso lo inspecciono con frecuencia) y otros electrodomésticos. Pero solamente cuando estamos solos. Si hay humanos por delante, pues nos hacemos el gato.
En fin, que esta es la lista de sus utilidades, siempre desde su perspectiva:
Mi función, la más importante en mi vida, es ocuparse del Agente Zeus, mi amo y señor. Lo que incluye estas tareas ineludibles, tanto suyas como mías:
- limpiar su arenero,
- darle de comer su loncha de jamón York clandestina,
- dejarle que se afile las uñas en mis vaqueros,
- robarme la silla del despacho,
- morder mis codos,
- perseguirme por toda la casa con el juguete,

- darme sustos... ¿sigo?
- asustarme corriendo por toda la casa como loco,
- pasarse un buen rato mirando una esquina del despacho y luego acercarse a saludar
- tirar las macetas de la mesa,
- cazar la varita de incienso,
- salir sobre el aire acondicionado de la ventana de mi dormitorio,
- dejarle que se atrinchere dentro de mi armario o del de la ropa blanca,
- ayudarle a bajar desde encima de la nevera cuando le apetece o le entra el vértigo,
- interrumpir las grabaciones de tiktok con sus maullidos,
- pasear por encima del teclado cuando estoy escribiendo
- comprobar la temperatura del agua de la ducha,
- ser su acompañante cuando tiene que ir al veterinario (todo un drama),
- ser su proveedor de latitas y cosas ricas,
- recoger sus cacas en el arenero (menos mal que no es un Gran Danés),
- buscarle por toda la casa cuando se esconde,
- dejarle ponerse delante de mis pies en la oscuridad (y casi hacerme caer),
- perseguirle hasta el octavo piso cuando se escapa de la casa,
- negociar con el vecino su regreso desde el balcón ajeno,
- que le masajee la tripa después de comer,
- proveer las sesiones de peinado cada dos noches,
- hacerle compañía a primera hora de la mañana cuando se aburre,
- cambiar la cadena de televisión cuando no le gusta lo que están echando (le encantan los programas de reformas y las tertulias de la sexta, pero no tolera a Jordi Hurtado),
- jugar al escondite cuando me roba el móvil,
- y otras muchas cosas de las que seguiremos hablando en otro momento.

viernes, 8 de marzo de 2024

SOBRE LAS VENTAJAS DE SER ESCRITOR

 ¡SÍ, QUE DEMONIOS, ESCRITOR! Hasta no hace demasiado tiempo, me daba un poco de corte el considerarme un escritor en activo. Hizo falta que llegara Ella, para aceptar que el diagnóstico de mi patología era el correcto. Narrador, fabulista, creador de historias, poeta, da igual cómo lo llames, en todo caso, la escritura se convierte en tu más fiel amante, en tu pasión, y en tu forma de expresión. 

No deja de ser curioso, que mi primer texto, un poema "Hombres de tinta", naciera a raíz de una pérdida, de uno de esos amores imposibles que te persiguen desde la Realidad. Todavía se puede leer en mi blog hdtesenciadeversos.blogspot.com. Sí, fue el año 2009, pero todavía recuerdo su cara, sus manos, y su sonrisa, aunque no conservo ninguna foto de aquella época... He usado su nombre, Bea, en muchas de mis creaciones, como homenaje o invocación, por lo que nunca fue ni podría haber sido.

Incluso, cuando estás unos cuantos días sin darle a la tecla, llega a producir el síndrome de abstinencia, las letras ansían escaparse de tu mente, y te persiguen en sueños. Mi último proyecto de novela, en el que espero poder centrarme a partir del verano, nació precisamente, en tres ordenados bloques, mientras dormía. Cada vez que alcanzaba un giro de la trama, me despertaba sobresaltado. Y no me quedó mas remedio que, alrededor de las cuatro de la madrugada (menos mal que al día siguiente no trabajaba) coger la grabadora de la mesilla de noche, y volcarla por entero durante casi una hora...


Sin embargo, esa no es una de las principales ventajas. Sí, mola mucho dar vida a una narración, desde cero o como parte de un argumento ya existente. Recuerda que hace milenios que no hay historias originales, sino aproximaciones más o menos logradas a los temas recurrentes. Que está muy bien "crear" a Harry Potter, o a Antonia Scott y John Gutiérrez. Que sin duda darle la vida a un personaje tan poderoso como el Coronel Aureliano Buendía es algo casi orgiástico. Y que los creadores de historias de los próximos cien años seguirán rindiendo pleitesía a Sancho Panza.

No, lo más atractivo de ser escritor puede resumirse en dos aspectos.

Por una parte, que ya has derrotado a la muerte. Los libros en papel permanecen, unos meses, años o décadas, según te trate la Diosa Fortuna. O lo eficaz que sea tu editorial haciendo una buena promoción. También de lo mucho y bien que seas capaz de venderte. Pero ya en lo virtual, que mucho me temo sea el futuro de la creación literaria, incluso blogs tan humildes y casi desconocidos como este, perdurarán en el hiperespacio, en el limbo de las palabras. Y quién sabe, si dentro de algún tiempo, alguien, en su soberano despiste, decide leer estas palabras. En ese momento, habré derrotado a la muerte.

Pero la segunda, y nada desdeñable ventaja de esta forma de expresión, es la Libertad casi absoluta que te otorga... De manifestar los deseos, las ansias y las voluntades más secretas. Cierto que existen algunos límites, al menos para mí; y que algunos temas es mejor no tocarlos... Pero, en general, todo se te perdona, dentro de la amistad, o del amor, que es una de sus formas, si lo expresas con la necesaria elegancia. Entonces, confiesas tus sentimientos, tus anhelos, y siempre podrán poner la excusa de que "lo tuyo es la escritura".

Sí, nunca he sido más libre, y al mismo tiempo más feliz, que cuando descubrí estas dos ventajas. Por ello, te animo, a ti, lector casual, despistado y desconocido, pero que alguna vez te has planteado escribir, a que te expreses con libertad, con amor, con respeto, y con toda la pasión del mundo.

¿Que tu blog no tiene apenas audiencia, ni críticas, ni reseñas, ni visitantes, ni mucho menos comentarios? ¡Bueno, y qué más da! Habrás encontrado la paz, y te habrás realizado como persona, y sobre todo, como Escritor.

Y el tiempo, y el azar, ya se encargarán de poner cada cosa en su sitio...


martes, 23 de enero de 2024

¿Entiendo el sentido de la vida?

Muchas veces me lo planteo, sobre todo en esos minutos que preceden al sueño, y sigo sin encontrar respuestas. Siempre pensé que consiste en ser buena persona, en estar ahí para los amigos. En conformarse con poca cosa, y que tu ambición sea moderada. No olvidemos la bondad, ser bueno es importante, pero también justo: ambos factores son muy necesarios. No tenerle ya ningún miedo a la muerte, respeto sí (hace muchos años que creo en la reencarnación) ayuda mucho. Pero me planteo si todo este conjunto de ideas, de matices, no son demasiado abstractos. Porque justamente, quienes parecen triunfar en la vida y obtener la admiración y el reconocimiento de los mortales son justamente quienes no respetan ninguno de estos principios. Y eso es algo que me duele.

Porque ser bueno, ya sea como persona o como individuo, no está de moda. Si te tienen que pisar, te pisarán, con tal de conseguir el éxito. Si es necesario mentir, robar, lo harán. Incluso están bien vistas otras cosas, como la violencia contra las mujeres, o contra los niños. Son cosas que no comprendo. Si en muchas canciones, por ejemplo, de esas que escuchan los niños y los adolescentes, se justifican las palizas y las violaciones, porque son cosas de machos alfa, de conquistadores, de triunfadores.


Mi concepto del mundo quizás sea anticuado, pero creo en la bondad inherente del ser humano; que puestos a elegir, escogeré la mejor solución, o aquella que haga el menor daño posible; que actuaré llevado por el amor y los buenos sentimientos; y que lucharé por ese concepto tan abstracto que denominamos "el bien común". Llámame idealista trasnochado, esos son o intento que sean mis principios rectores. No soy especialmente ambicioso, ni tengo grandes necesidades: con tener salud, trabajo, y amigos, me conformo. Puede que sea mucho, o poco, no lo sé.

Intento ser bueno, aunque a veces me cuesta. Mis habilidades sociales son francamente mejorables, pero estoy trabajando en ello. Soy más de charlas con amigos, incluso con una sola persona, que de grandes grupos o multitudes, me dan un poco de miedo las masas. Tengo la enorme suerte de disfrutar con mi trabajo, unos pocos pero fieles amigos me acompañan (mención especial a Gisela Giawulf, mi persona vitamina, de quien estoy aprendiendo tanto), y en el mundo de las letras me refugio, y he encontrado mi forma de expresión. Sigo buscando el amor, como los premios debajo de las tapas de los yogures, algún día llegará. Hay algunas cosas que me sacan de mis casillas, y en algunas ocasiones puedo perder el control durante algunos minutos, necesito un poquito de entrenamiento suplementario.

¿Y por qué escribo todo esto, de madrugada, y por aquí? Tal vez porque me puede el cansancio, o necesito creer que estoy en el camino adecuado. Aunque si tú has leído todos estos mensajes, después de un primer comentario tan curioso y bonito, con sus flores y todo eso, sea porque también estás buscando algo. Tu propio camino. Sigue adelante, lucha por tus sueños, y vive centrado en el presente. Quizás con esos tres conceptos ya estás empezando el cambio...