Pero
yo guardaba silencio, y les respondía con evasivas, quizás porque ni siquiera
yo mismo estaba demasiado seguro de mis sentimientos. Dolores y yo seguíamos
paseando un par de veces por semana, y eran los momentos más especiales y más
deseados. La acompañaba incluso a misa los domingos, en la parroquia cerca de
su casa. Me bastaba con verla, con un libro entre las manos, para ser feliz. El
día de Reyes de 1871, por fin me atrevía a ir a buscarla a casa de sus padres,
luego nos fuimos a la mía, y conoció al resto de la familia. Como yo tenía
cierta fama de libertino, hasta ese momento mi madre no estaba muy convencida
de la seriedad de mis intenciones… El 14 de febrero, al terminar una función de
ópera en el Teatro Real, le pregunté si aceptaba ser mi esposa. Incluso me
arrodillé en plena calle, para ofrecerle el anillo, con cierto temor.
Y
aceptó. Nos casamos el 15 de mayo de 1871, a las doce y media de la
mañana, en una pequeña iglesia cercana a la calle Mayor, junto con nuestros
padres, y un selecto grupo de amigos. Celebramos el banquete en la Casa Sobrino
de Botín. Nos fuimos de viaje de bodas a San Sebastián, dos semanas en un
pequeño hotel cercano a la Playa de la Concha. Regresamos de allí felizmente
embarazados, y nueve meses más tarde, el 10 de enero de 1872, nació nuestra
hija. El parto fue bastante duro, incluso para ser una primeriza existen
categorías de complejidades, y Dolores tardó casi doce horas en dar a luz a
nuestra pequeña Inmaculada, mientras que nuestras madres intentaban ayudar en
todo lo posible a la comadrona y nuestros padres fumaban puros en el salón. En
aquellos tiempos, un nacimiento, un parto, era algo que se celebraba mucho en
familia, no como ahora.
A
las diez de la noche, me permitieron entrar en la habitación a verla, y por fin
pude tener entre mis brazos a nuestra Inmaculada. Empezaba una nueva fase en
nuestra vida, que enfocábamos con mucha ilusión, incluyendo mi ascenso en el
bufete. Pero entonces empezaron los problemas… Dolores no se recuperaba, tuvo
una fuerte hemorragia a la noche siguiente, y pensé que la perdía. El doctor
Castro Cendeño la estuvo tratando desde el primer momento, prescribiéndole una
dieta sana, rica en carnes rojas y en verduras, muchos productos lácteos, y
ejercicio moderado, sobre todo paseos por el cercano Parque del Buen Retiro,
confiando en que Dolores se recuperaría en dos o tres meses.
Pero
no fue así. Contratamos un ama de cría, puesto que se le retiró la leche una
semana después del parto. Por suerte tenía buenos clientes y referencias en la
práctica privada, a la par que la situación económica tanto de mis padres como
de mis suegros, nos lo permitían. También solicitamos la opinión de otros
médicos, más especializados en madres recientes. Incluso nos fuimos el verano
de aquel año a un balneario de la sierra de Madrid, donde estuvimos tomando las
aguas, y sometidos a una dieta sana casi un mes, aunque yo solamente podía
estar con ella los fines de semana, mientras que su madre se quedaba con
Inmaculada y con el ama de cría en su domicilio de la calle Hortaleza. Según
avanzaba el otoño, ampliamos los criterios de nuestra búsqueda, probando nuevos
alimentos, otros suplementos de botica, mas el estado general de Dolores no
mejoraba, iba perdiendo fuerzas y vitalidad a diario. Hicimos un último
intento, en pleno invierno, de mejorar su salud pasando dos semanas en el pequeño
pueblo extremeño de Casas del Monte, famoso por sus piscinas de aguas termales
y ferruginosas, pero fue en vano.
Al
haber alcanzado los límites de la ciencia, tan solo nos quedaba recurrir a la
tradición, al folclore, y a la magia. Probamos la quina Santa Catalina, y el
Agua de Carabaña; los cocimientos de los boticarios de la Calle del Ángel, y
los remedios de algunas curanderas cerca de la Cuesta de la Vega. Incluso
hicimos venir a un famoso chamán africano, el profesor Yogurtu Ngué. Pero su
situación no mejoraba. Una tarde del mes de febrero de 1873, nuestro viejo
amigo el doctor Castro Cendeño, natural de Granada aunque llevaba casi toda su
vida adulta ejerciendo en Madrid, nos comentó que “según una vieja leyenda que
circula entre las gentes de Granada, existe una cueva oculta en las laderas de
la Alhambra, donde hay una fuente escondida, un manantial de propiedades
medicinales, que asegura recuperar la salud de los enfermos. Quizás, querido
Román, deberías emprender el viaje… Porque Dolores se encuentra más allá de las
medicinas de los simples mortales…”

Dejando
todos mis asuntos en orden, incluyendo una copia de mi testamento en el bufete
de Don Alfonso Rodríguez Arias, en el cual trabajaba, abandoné Madrid en los
primeros días la primavera de 1873, siguiendo los consejos del gran viajero
Richard Ford, cuyo libro se había convertido en mi mejor aliado para todos los
preparativos. Ford aconsejaba, con gran seriedad, “no realizar, en modo alguno,
una larga caminata a caballo sin compañía: no sería agradable para los amigos o
familiares que se quedan siempre con inquietud, ni es prudente exponerse sin
ayuda a los accidentes a los que están siempre sujetos caballo y jinete. Los
que tengan un amigo con quien puedan ir, harán muy bien en hacerlo así.” Por
ello, me decidí a solicitar a mi buen amigo Bautista González Casas, compañero
de tertulias del Ateneo y de alguna que otra francachela por las casas de
tolerancia en los aledaños de la calle de las Huertas, que me acompañase en
esta aventura. Los dos habíamos pedido un mes de libranza en nuestros
respectivos empleos, y partimos de Madrid el día cuatro de abril, a las diez de
la mañana. Reservamos
nuestro pasaje en una diligencia, que nos llevaría hasta la misma Granada en
poco más de tres días, una hazaña casi imposible tan solo diez o quince años
antes. Tuvimos la compañía de don Práxedes de Dios y de su hija
Merceditas, un boticario de renombre que emprendía viaje para visitar a su
hermana, que estaba casada con un médico granadino de postín y acababa de ser
madre, “a la provecta edad de treinta y cinco años, y siendo una primípara
añosa, precisaba de especiales cuidados”. Avanzamos unas treinta leguas
diarias, todo un logro. A pesar de no ser grandes conversadores ninguno de los
dos, Merceditas se pasaba el día leyendo folletines, y Don Práxedes musitando
oraciones con su rosario (le aterraba salir de Madrid), no nos importaba
demasiado, puesto que teníamos muchas cosas Bautista y yo que hacer para
preparar nuestra expedición a conciencia, incluyendo las inevitables paradas
para dar de comer a las mulas en ventas o villorrios.
Pasamos
la primera noche en una posada de buena categoría, donde nos sirvieron un
estofado estupendo (de carne de dudosa procedencia, pero sabrosa) y un vino
pasable. El segundo día fue igual al primero, quitando que Merceditas se mareó,
posiblemente por algo que había comido la víspera, y tuvimos que parar en
varias ocasiones para que pudiera vomitar en la cuneta, lo cual le generó una
gran vergüenza. La segunda noche descansamos en una venta al borde del camino,
donde degustamos un excelente guiso de alubias con oreja y chorizo, y un vinito
peleón pero agradable al paladar. Merceditas tuvo que limitarse a comer varias
rebanadas de pan y queso, y una infusión de hierbas misteriosas, lo cual le
mejoró bastante el estómago. Y a media tarde del tercer día, llegamos por fin a
nuestro objetivo, la ciudad de Granada.
Nos
alojamos en La Posada del Sol, en la placeta de la Alhóndiga, y dedicamos los
dos primeros días a descansar, probando incluso las delicias de un Haman o baño
turco, que acabada de abrir sus puertas a principios de marzo. Fue toda una
experiencia, que repetimos varias veces durante nuestra estancia. La ciudad nos
sorprendió muy gratamente, con su magia, su encanto, su embrujo, y sobre todo,
la amabilidad y el desparpajo de sus gentes. La comida, fuerte y especiada en
las pequeñas tabernas cercanas al río Darro. Las noches, estrelladas. Las ganas
de divertirse, sobre todo aquella vez que nos internamos en las calles del
Sacromonte, siguiendo a un guía gitano que nos prometió el más puro espectáculo
de cante y baile de toda la ciudad, “¡arsa!”, lo que dio lugar a una de las
noches más interesantes y confusas de toda mi existencia.
Solo
recuerdo vino, tabaco recio, comida grasienta, cante y baile, sombras oscuras
en locales poco iluminados, el olor a rancia humanidad, y finalmente, el fresco
de la noche. Todavía ignoro cómo pudimos volver a nuestro alojamiento, entre
nubes de manzanilla y vino dulce, el recuerdo de las palmas de los gitanos y
del cuerpo cimbreante de La Bella Dorotea, una bailaora famosa en toda la
provincia. Quizás porque tuvimos un buen guía, Bartolomé De Dios, quien nos
esperaba tranquilamente a las nueve de la mañana en la puerta de nuestro
alojamiento, degustando un cuartillo de vino, y a quien al parecer habíamos
contratado en algún momento de la noche para que nos acompañase, por fin y una
vez cumplida una semana desde que salimos de Madrid, en la búsqueda de la cueva
de Al-Mutamin.
- “¿Así que los señores buscan los
tesoros de Al-Mutamin?”
- “En efecto. ¿Conoce usted la
leyenda?”
- “¡Quillo, cómo no voy a conocerla!
Como todo buen granaíno, puesto que son ustedes los primeros en buscarla, por
distintos motivos. Unos por las aguas que dan la salud y la eternidad, y otros
por el tesoro en diamantes de Al-Mutamin, casi todos los años por estas fechas
se organizan expediciones por los alrededores de la Alhambra… Pero hasta el
momento, ninguna de ellas ha tenido éxito.”
- “Pues espero, querido amigo, que
nosotros sí lo conseguiremos… puesto que está en juego la salud de mi esposa”,
le respondí, “y eso para mí es mucho más valioso que el incontable tesoro del
musulmán”.
- “¡Arsa, ese es el espíritu
necesario para triunfar en esta aventura! Y ahora, si no les importa, vayamos
al comercio de mi compadre Berrocal, para conseguir un calzado más adecuado,
unos pantalones recios, que con esos que llevan de ciudad no conseguirán estar
protegidos de las ramas y raíces, y un par de buenas varas de caminar donde el
Manolo. Sin olvidar luego escuchar misa y confesar en la Iglesia de Santa
María, para tener suerte en la búsqueda.”
Y con estas palabras, por fin nos
pusimos en marcha, el día 11 de abril de 1873, varios años después de que fuera
declarada Monumento Nacional, algo a todas luces necesario. Cierto es que la
tarde anterior habíamos subido a la explanada junto a la iglesia de San Nicolás
para tener una primera visión del monumento en su conjunto, y con las últimas
luces, los muros relumbraban, con esos tonos rojizos y dorados imposibles de
describir, las paredes que caían a pico, las siluetas de las torres en la
lontananza… Pero de sobra sabíamos que esa era la estampa más típica, aquella
que buscaban los turistas. Nosotros aspirábamos a descubrir sus secretos, con
la ayuda de nuestro fiel guía.
Tardamos poco más de dos horas en
conseguir los aditamentos para nuestra búsqueda, incluyendo misa y confesión,
una visita a un comercio donde comprar pan, recio queso y embutido, además de
un par de botas de vino, y a las doce y media ya estábamos avanzando, casi en
procesión junto a otros muchos viajeros, por la Acera de los Tristes, rumbo a
la misteriosa y enigmática Alhambra.

Mientras preparábamos nuestro
viaje, habíamos tenido la ocasión de leer numerosas obras sobre la situación
del complejo monumental, en parte para buscar huellas y pistas que nos
permitieran localizar la misteriosa cueva. “La euforia destructiva desencadenada
por la desamortización eclesiástica en la década de 1840 afectó de manera muy
intensa al patrimonio monumental granadino, e indirectamente sobre el legado
hispanomusulmán”, decía nuestro buen amigo Richard Ford en su libro “Manual
para viajeros por España”, y en aquellos primeros días de nuestra expedición
pudimos comprobar hasta qué punto era verdad. No dejaba de ser curioso que,
coincidiendo con el nacimiento de la conciencia patrimonialista y su
institucionalización, fue en aquellos años cuando “desaparecieron numerosas
reliquias de un pasado que estaba siendo recuperado, valorado y admirado, no
solamente por los propios españoles, sino por numerosos extranjeros.”Pero este expolio no era algo
nuevo, ya en el año 1831 el marino e historiador militar Alexander Slidell
Mackenzie publicó “A year in Spain by a Young american”, que hablaba del triste
expolio de la Alhambra: “Antes de que pasen muchos años, el turista buscará en
vano cualquier vestigio de esta singular antigüedad, que salvada de la barbarie
de los pasados siglos, ha caído víctima de la insaciable codicia de nuestro
tiempo.” El propio Washington Irving mostraba su asombro por la resistencia de
la fortaleza, “no tanto a la incuria del tiempo y los asaltos de la guerra,
sino específicamente a los pacíficos y no menos dañosos saqueos del entusiasta
viajero.”
Por todo ello, fue con el corazón
en un puño como nos adentramos en las espesuras que rodeaban el monumento
nazarí… Las torres y restos de fortalezas. Los patios y fuentes. La piedra, el
mosaico, el ladrillo, la madera. El famoso Patio de los Leones. Los
artesonados. Las yeserías. Los azulejos. La magia de todo aquel monumento que
desde hace poco tiempo estaba siendo restaurado, con distinta fortuna, se
apoderaron de nosotros durante aquella primera tarde. Como todo turista que se
precie, recorrimos las estancias con la boca abierta, maravillados hasta lo
inaudito; nos asomamos a las murallas y adarves; subimos a las torres y
contemplamos la ciudad en la lejanía, en el otro extremo del valle.
Durante
diez días, con la fiel presencia de nuestro guía, recorrimos el monumento en
profundidad, buscando aquella fuente mágica, entrando en recónditas estancias,
algunas de ellas todavía en obras, en oscuros túneles y sótanos, al mismo
tiempo que disfrutábamos de cada pequeño descubrimiento. Bartolomé nos contó
que sus padres y abuelos, de etnia gitana, estuvieron viviendo muchos años en
la Torre de los Arrayanes cuando se marcharon las tropas francesas, y por ello
conocían tan bien los misteriosos lugares de la Alhambra… Pero también es
cierto que nunca habían encontrado ni la misteriosa fuente, ni los diamantes
del califa. “Aunque el monte es muy amplio, y el bosque guarda sin duda
misterios”, nos dijo, para animarnos…
Y
por ello, el día 21 de abril de 1873, decidimos dar por terminada la primera
parte de nuestra expedición, en el monumento propiamente dicho, y comenzar a
explorar la sierra colindante. Que no en vano la Alhambra está perimetrada por
una muralla de más de dos kilómetros, con treinta y una torres, rodeadas de
espesas zonas de arbolado… y en cualquier lugar podía hallarse nuestra
misteriosa fuente de aguas milagrosas. Fue en la base de la Torre de las
Infantas donde creímos encontrarla: una pequeña cueva, que llevaba hacia el
interior de la muralla… pero en su interior no había ni fuentes ni pozas.
Durante varios días estuvimos recorriendo la fronda sin rumbo fijo, basándonos
en un impreciso mapa que había sido elaborado para el restaurador del
monumento, Rafael Contreras, en 1847, y que seguía estando vigente. Creo que no
nos dejamos ni una sola oquedad por explorar, ni tampoco una sola fuente o
riachuelo por apuntar en nuestra libreta de viajero.
Muchas
veces, estuve a punto de darme por vencido, de admitir la irracionalidad de
nuestra búsqueda, incluso de nuestra misma esperanza, cuando volvíamos a
nuestra posada por la noche, agotados, y con los recios pantalones tiesos de
barro y nuestros rostros acartonados por aquella inusual ola de frío que
azotaba la ciudad desde hace una semana. Los bosques de la Alhambra ocupaban
una extensión mucho mayor que ahora, y en su mayor parte eran una jungla
agreste y salvaje, que bien poco tiene que ver con el amable bosque de San
Esteban, con sus especies protegidas, sus senderos bien trazados, y sus bancos
para que reposen los caminantes y se detengan a disfrutar con el gorjeo de los
pájaros. Recorrerlos era toda una aventura, y a ella le dedicábamos cada hora
de luz, incluso ayudándonos con lámparas de queroseno en las últimas búsquedas
de la jornada. Regresábamos a la ciudad, agotados, cenábamos en una fonda, y
algunas tardes las pasamos en el famoso “Café Suizo”. Incluso volvimos a
adentrarnos por las calles del Albaicín y del Sacromonte un par de noches, para
ver si recuperábamos la alegría que tanta y tan infructuosa búsqueda dejaba en
nuestra alma.
Pero
cada mañana, al comulgar en la iglesia casi desierta, era como si estuviera
renovando los votos con mi esposa, Dolores, y en ella, en su imagen, en su
recuerdo, encontraba la fuerza para aguantar un día más, tan solo uno. Todas
las noches, después de lavarnos lo mejor posible en nuestra habitación, le
escribía unas líneas, y al día siguiente se las mandaba, para tenerla al tanto
de nuestras investigaciones, pero sus respuestas demoraban varias jornadas en
llegar hasta nosotros. Las visitas al Haman nos permitían incluso sentirnos
vagamente humanos, es una experiencia que recuerdo con cariño. Y volvíamos a la
rutina.
Pero entonces, el día 2 de mayo,
sucedió. Por accidente. Estaba apoyado en una roca de gran tamaño, para atarme
los cordones de las botas, y esta se desplazó lateralmente, revelando una
oquedad, una pequeña caverna, en la que se oía el cristalino murmullo de una
fuente. Entonces lo supe, que mi búsqueda había terminado. ¡Aquellas eran las
aguas que sanarían a mi esposa! Con un temor casi reverencial, me introduje en
la oquedad, bebí un generoso trago de agua, y recogí una generosa cantidad en
una botella que llevaba en el zurrón. También encontré en una pequeña arqueta
el famoso tesoro, trece diamantes purísimos del tamaño del huevo de una
codorniz, lo cual me devolvió la esperanza en que aquél fuera precisamente el
manantial que podía sanarla. Y una inscripción medio borrada, en la que se
confirmaba que aquella era la fuente de aguas milagrosas. Pletórico de energía,
al mismo tiempo que bebía hasta saciarme y notaba que el agua se diluía en mi
organismo, metí los diamantes en una bolsa de tafetán y la escondí en mi
mochila. Salí de la caverna, enseñando la botella a mis acompañantes con una
expresión triunfal, y luego volvimos a tapar de nuevo la abertura, y regresamos
a la ciudad. Cenamos los tres juntos, como de costumbre, puesto que Bartolomé
se había convertido durante todos aquellos días en uno más del grupo, lo
celebramos con unas cuantas botellas de vino por locales de mala fama del
Sacromonte, y al día siguiente, emprendimos el regreso a Madrid.
Yo
estaba tan feliz, de volver con el agua milagrosa, que soborné al cochero para
que no parásemos a almorzar en ninguna posada durante todo el viaje, y comíamos
de unas cestas que nos preparaba el ventero donde habíamos pernoctado. Porque
intuía que el tiempo se estaba terminando para la bella Dolores…
Y
así fue. El día 6 de mayo de 1873, regresé a mi casa, acompañado por el fiel
Bautista. Subimos los dos tramos de escalera hasta el piso principal. Había un
crespón negro en la puerta de entrada. Loco de dolor, empecé a aporrearla, con
desesperación, como si mi alma se hubiera roto en dos. Mi madre y mi suegra
abrieron, intentaron retenerme, pero yo tenía que verla. “Ha fallecido
cristianamente, habiendo recibido los santos sacramentos, ayer por la tarde.
Sus últimas palabras fueron para ti. No ha sufrido.” Eso me dijeron. Pero yo
necesitaba verla, abrazarla. Estaba de cuerpo presente, con un vestido negro, y
cuatro velones encendidos. Varias coronas de flores esparcían su empalagoso
aroma por toda la estancia, disimulando quizás el hedor de la carne que se
estaba empezando a corromper en su interior. Con la mayor dulzura de la que fui
capaz, le abrí la boca, y le hice beber aquella agua casi milagrosa que había
ido tan lejos a buscar. No sé, quizás esperaba que ella volviera a mi lado, que
resucitase, que abriese los ojos, y me mirase, con esos estanques de color
azul, en los que me gustaba tanto verme reflejado.
Evidentemente,
no sucedió nada, no volvió a la vida. A la mañana siguiente, el padre Pascual
pronunció un responso en la puerta del panteón familiar, en el cementerio de
San Isidro. El ama de cría tenía entre sus brazos a la pequeña Inmaculada,
quise que al menos de esa manera conservase el recuerdo de su madre. Era el 7
de mayo de 1873. Yo tenía 34 años de edad, y nuestro matrimonio, nuestra
historia de amor, había durado menos de cuatro años.
Pero
aquél no fue el final de nuestra historia… Porque pasaban los años, la pequeña
Inmaculada se hacía mayor. Mis padres, mis suegros, mis amigos cambiaban, y en
algunos casos, morían. Y yo no envejecía. Tenía siempre el mismo aspecto. Y
gozaba de una excelente salud. Consulté con varios médicos, incluyendo al
venerable doctor Castro Cendeño, quien me sometió a un reconocimiento
exhaustivo en la última década del siglo XIX. “Está usted perfectamente sano,
mucho más en todo caso de lo que corresponde con su edad, querido amigo.
Limítese por lo tanto a disfrutar de este tiempo extra.”
Ya desde el año 1880, y para no
destacar en exceso, aprendí a maquillarme, para aparentar un poco más de edad,
prometiéndome a mí mismo que lo seguiría haciendo mientras mi hija siguiera con
vida, para poder estar siempre a su lado, simulando los estrados de la
senectud. Y la bella Inmaculada se hizo mayor, se casó con un buen hombre, tuvo
a su primer hijo, luego a su primera hija, y todos ellos se hicieron mayores.
Menos yo. Ella falleció por culpa de la gripe en el año 1915, a los
43 años de edad, sin llegar a conocer a su primer nieto.
Al
final, me fui alejando de los restos de mi familia, de mis amigos fieles,
anuncié que me iba a pasar mis últimos años de vida a un balneario de la Rioja,
abandoné Madrid. Y desde entonces, gracias a las herencias de mis padres y de
mis suegros, que había invertido sabiamente en bolsa el siglo pasado, y a la
venta de varios de los diamantes de Al-Mutamin en algunos de los
establecimientos más selectos de Madrid y de Amberes, llevo un tren de vida
modesto. Trabajo como asesor de numerosos banqueros y políticos, internet ha
facilitado mucho las cosas. Vivo errante de todas formas. Unos años en una
ciudad, luego emprendo de nuevo el camino, hacia otros horizontes.

Me
he vuelto a casar en varias ocasiones, he enterrado a dos esposas, a tres
hijos, a seis nietos. He superado dos guerras mundiales, dos pandemias. Tengo
una salud de hierro. He recorrido de nuevo los bosques de la Alhambra, buscando
aquella fuente que no me cabe la menor duda, ha sido la causa de mi inaudita
longevidad, puesto que nací en el año 1839, y tengo el aspecto y la robustez de
un hombre en los primeros años de la treintena. Las aguas milagrosas ejercieron
toda su magia, y me volvieron casi inmortal. Pero al mismo tiempo me condenaron
a la maldición de ver morir a todos mis seres queridos (bueno, pero también a
muchos de mis enemigos); y al no conseguir encontrarla de nuevo, la fuente de
Al-Mutamin me ha impedido otorgarle el don a ninguna de mis esposas, amantes ni
amigos. Y sigo recorriendo el mundo, con 181 años de edad, condenado
a mudarme cada pocos años, para no llamar la atención. A ocultarme, a perderme
entre la multitud, a no ser más que un espíritu de otros tiempos, una criatura
que desafía al mismísimo Dios por su supervivencia, y que quizás, sea ella
misma Dios.