SUCEDIÓ EN MADRID, TOMA 13: EL
SECRETO DE LA ANTICUARIA.
En una
pequeña ciudad de provincias, de cuyo nombre, esta vez, no logro acordarme,
vive una gran mujer, mediana de tamaño, que afronta como tantas otras el
tremendo desafío de tener dos trabajos, uno dentro, y otro fuera de casa. El de
dentro, con el marido ausente, el hijo adolescente y el perro en celo
permanente, es casi el que más tiempo debería llevarle, pero no es así.
Sus momentos
de mayor felicidad los tiene en la trastienda de su pequeño negocio de
antigüedades, pues allí realiza su milagro cotidiano. Su manos, expertas,
recorren cautelosamente la superficie de cada mueble que traspasa las puertas
de madera recia y cristal biselado, aunque mucho antes ha sido su mirada quien
se ha fijado en todos y cada uno de los detalles, su forma, colores originales,
pequeños defectos, taras, incluso es capaz de dictaminar si de verdad se trata
de una antigüedad, o de uno de tantos muebles y objetos, que se hacen al estilo
de mil ochocientos, en cualquier taller, casi siempre clandestino y pobremente
iluminado de una ciudad europea. Por eso, por su capacidad de mirar, estaba
decidida a descartar aquél viejo armario, lacado espantosamente por cierto, en
color blanco. “Era de mi abuelo - le asegura una chica de poco más de veinte
años- y lo vendo, porque me cambio de casa, y no me queda sitio para él. Si le
interesa, se lo dejo por un buen precio, necesito el dinero.”

Aunque no le
convence demasiado, Sagra, pues así se llama, precisamente, nuestra anticuaria,
decide comprarlo: siempre le han gustado los desafíos, y devolver el viejo
armario a su estado original no deja de ser, en el fondo, una oportunidad de
demostrarse a sí misma que al menos tiene bajo control uno de los aspectos de
su existencia que más le preocupan. Antes que nada, se impone una limpieza a
fondo, sobre todo para detectar si existen problemas estructurales, como
grietas o roturas en la madera, golpes mal camuflados por la pintura, y
comprobar que no traiga inquilinos no deseados: la tan conocida carcoma.
Dentro del
almacén (se trata de una tienda grande, dividida en tres salas: la primera es
la exposición de muebles y artefactos antiguos, incluyendo el escaparate; la
segunda, más pequeña, es la oficina; y la tercera, del mismo tamaño que las dos
anteriores, es el almacén), Sagrario ha separado una zona por cortinajes de
plástico estilo Dexter (pero sin la finalidad que les daba este truculento
personaje), para efectuar los primeros exámenes de las piezas, y aplicar el
tratamiento anti-carcoma, que de todas formas utiliza a modo de prevención.
Con el mono
de trabajo, recuerdo de la mili de su hijo, una mascarilla como las de
laboratorio, la gorra de Repsol en la cabeza y el pulverizador en la mano
derecha se pone a estudiar su nueva adquisición en una tranquila mañana de
sábado. Y empieza a pulverizar por la parte de arriba, ayudándose de una
escalera que, por derecho propio, debería considerarse como una pieza digna de
ser vendida en la tienda. Al principio, todo va bien. Pero cuando decide abrir
las puertas, y empezar dentro, algo pasa…
Desde el
interior del segundo cajón, se empieza a oír una tos bronca, angustiada, como
si alguien se hubiera quedado encerrado dentro, y se estuviera asfixiando por
el tratamiento anti-carcoma, por otra parte de lo más suave que hay en el
mercado. Sorprendida, Sagrario, tras musitar un “¿Pero qué demonios está
pasando?”, decide abrir el cajón, manteniéndose a una distancia prudencial, por
si lo que está encerrado en el mismo resulta peligroso. Muy despacio, y con el
pulverizador apuntando a la abertura, de poco más de cinco centímetros, sigue
tirando del pomo. Y apenas si tiene tiempo de preguntarse una vez más “¿Pero
qué demonios?” cuando, a la vez, suceden dos cosas bastante difíciles de
explicar.
La primera
es la luz, muy fuerte, cegadora, como producida por mil bombillas halógenas
luciendo a la vez. Y la segunda, que una extraña y tremenda fuerza envuelve por
completo a la anticuaria, convirtiéndola en una especie de imagen
bidimensional, para en cuestión de segundos, sorberla literalmente (como si
fuera un gigantesco espagueti, y casi con el mismo ruido) y hacerla desaparecer
hacia las profundidades del misterioso armario.
Ahora bien, ¿hasta qué punto es
profundo el cajón de un viejo armario? ¿Cabe realmente un ser humano dentro de
él? Mucho me temo que no es a mí a quien debéis plantearle estas preguntas,
sino a Sagrario o, como mucho, al cajón. Durante lo que podrían ser minutos, o
bien horas, ella tiene la impresión de caer, desde lo que podría ser igualmente
tres que trescientos metros, y el tiempo en cierto sentido deja de ser
importante, pues se siente como una hoja llevada por el viento…
Afortunadamente,
el aterrizaje es muy suave, y tumbada boca arriba, se pone a mirar la bóveda
celeste. Es algo extraño, porque no hay uno, ni dos, sino tres soles, que
alumbran un cielo completamente despejado (salvo algunas nubes de las que nos
ocuparemos más tarde), y su color es verde esmeralda. Intenta levantarse, pero
no puede, lo que tampoco es demasiado extraño, pues de repente comprueba que
todo su cuerpo está en dos dimensiones: si levanta el brazo y lo pone de perfil
delante de su nariz, solo puede ver una delgada línea verde, que oscila con la
leve brisa.
- “Sopla tu pulgar derecho”, le dice una extraña voz… “Es la
única manera de recuperar las tres dimensiones, y el control de tu cuerpo.”
Sagrario mira una vez más a su
alrededor, buscando al dueño y al final lo encuentra, en una de las ramas de un
árbol de las fresas que ha aparecido de repente a su lado. Sí, todos sabemos
que las fresas nacen en unas pequeñas matas a nivel de tierra, pero aquí,
muchas cosas son distintas.
- “Te he dicho que soples. Y hazlo deprisa, que si no, te
pillará la tormenta de las seis y cuarto, y cualquiera sabe adónde te llevará
el viento.” ¿Cómo describiros al dueño de esa extraña voz? Bueno, imaginaos un
canario completamente verde, con el pico y las uñas de los pies de color
morado, corbata de lazo amarilla, y una extraña cresta en la espalda, que más
bien recuerda un bicho de las cavernas.
- “Sí, soy yo, el famoso Canarito Cavernícola, y si no me
haces caso ahora mismo, no sé adónde vas a irte, pero seguro que a cualquier
mucho peor que éste. ¡Así que sopla de una vez tu pulgar derecho!”
Sin mucha
más alternativa, Sagrario empieza a soplar y, para su gran sorpresa, comprueba
que efectivamente su cuerpo se va inflando poco a poco, como uno de esos globos
que usan los magos para hacer perritos y tonterías similares. Salvo que en este
caso, es su brazo el que recupera forma y peso, luego el pecho, después las dos
piernas a la vez, y termina por su mano izquierda. Cabe destacar que, en medio
del proceso de hinchado, Sagrario aprovecha para hacerse un pequeño retoque en
los pechos, y les da algo más de volumen, porque se siente más a gusto de
aquella manera. Pero, justo cuando terminaba el inflado, está a punto de
producirse la catástrofe: por el dedo meñique de la mano izquierda no para de
salir aire. “¡Corre, le dice el famoso Canarito Cavernícola o CC, métete el
dedo también en la boca, hasta que se cierre la herida!” Y, una vez más, le
hace caso.
Todo el
procedimiento de inflado ha durado unos cinco minutos, y Sagrario tiene el
tiempo justo de cobijarse debajo del árbol de las fresas donde se encuentra CC,
antes de que empiece a caer una lluvia, densa, de color rosa, que parece estar
cargada de arena azul del desierto, acompañada de un fuerte vendaval.
- “Si no fuera por ti, CC, seguro que estaría en problemas.
¿Por qué me has ayudado?”, le pregunta Sagrario a su peculiar guía.
- “Esa es mi función… Esperar junto al árbol de las fresas,
donde tengo el nido, y darles a los visitantes las primeras instrucciones para
sobrevivir en este mundo, que a veces puede resultar inquietante. Hay una cosa
que no debes olvidar, Sagrario: aquí, muchas cosas no son lo que parecen. Por
ejemplo, si se cruza en tu camino un león, no tengas miedo, que no te hará
nada. Pero como veas que un hámster o un conejo blanco se acercan a ti, sal
corriendo: aquí son súper depredadores, más o menos como los tiranosaurios de
tu universo. Los únicos que no engañan son perros y gatos. Que no en vano, éste
es su mundo…”
- “¿Por qué dices que éste es su mundo, CC? ¿Acaso son ellos
los amos?”
- “En cierto modo, es así… Digamos que has entrado en el
cielo de las mascotas, en el lugar donde terminan todos los perros y gatos del
mundo. Es un sitio perfecto, especialmente porque todo está limpio, y es
tranquilo, previsible. Nunca falta hierba fresca para purgarse, ni árboles a
los que trepar, ni comida de todo tipo. No hay que preocuparse por la caca y la
orina, pues en pocos segundos desaparece de esta dimensión y termina en otra,
el infierno de los humanos. El sexo tampoco es un problema, incluso los que
llegan aquí castrados pueden optar por vivirlo intensamente, o seguir tal y
como vienen. Pero siempre sin la posibilidad de tener crías o de quedarse
embarazados. Es puro sexo por diversión.”
- “¿Y por qué estoy aquí? ¿Y cómo he llegado?”
- “Es muy sencillo: has utilizado uno de los
teletransportadores Gataweb, que están repartidos por todo el mundo (incluyendo
Hogwarts), y que de vez en cuando se activan cuando una persona especial se
detiene delante de uno de ellos. Al margen de la tecnología habitual en estas
máquinas, tienen un detector de cariño hacia perros y gatos, y cuando un humano
alcanza los niveles adecuados, se pone en marcha el procedimiento. Yo soy quien
os recibe, e interroga, sobre vuestros intereses, disponibilidades, y otras
preguntas parecidas. ¿Te gustaría quedarte unos días aquí?”
- “Bueno, es posible, pero tampoco quiero que mi familia se
preocupe. De todas formas, ¿por qué reclutáis humanos?”
- “Piénsalo fríamente, Sagrario… Ni los perros ni los gatos
saben estar solos, no les gusta. Necesitan algunos mimos, algunos juegos, y eso
es algo que no pueden hacer los robots. Por eso os reclutamos. ¿Te gustaría
quedarte unos días? Recuerda, sobre todo, que ahora mismo estás viviendo al
margen del tiempo, por lo que cuando vuelvas, habrás pasado fuera de tu tienda
como mucho diez minutos, que para nosotros serían diez días con sus noches.”.
- “Si es así, y puedo escoger volver a mi casa y a mi tienda,
estoy de acuerdo. ¿Me puedes acompañar donde están ellos?”
- “Ven y sígueme”, respondió el canarito.
Y de esa
manera, llegaron a la primera gran sala de mimos. Era una inmensa habitación,
con una gran chimenea falsa y un enorme sillón de orejas, en el que se sentaba
una mujer mayor, la típica abuelita de pelo blanco, cara llena de arrugas, que
está haciendo calceta, rodeada por una decena de gatos, y seis perros de todos
los colores y tamaños.
- “¿Nos traes compañera nueva, CC? Haces bien, que los
pobrecitos necesitan -muchos mimos.”
- “Esta señora se llama Candelas, lleva muchos años viniendo
aquí, aunque últimamente le es bastante difícil, porque casi no puede moverse,
y está en una residencia de ancianos. Cuando se muera, la echaremos mucho de
menos…”
- “¿No te puedes quedar aquí después de muerto?” pregunta
Sagrario.
- “No. Tienes que estar vivo en tu mundo, para poder viajar y
permanecer en éste. Es una de las pocas condiciones. La otra es no haber
maltratado nunca, al menos de manera consciente, a un animal.”
Entraron en otra gran sala, muy
parecida a la anterior, donde seis perros y ocho gatos esperaban a los pies de
un gran sillón de orejas, junto al que había una pequeña mesa, un vaso y una
jarra llena de agua, y lo que parecía ser un libro de cuentos.
- “Este sería tu sillón, Sagrario. Y estos, tus primeros
compañeros… Ellos solo vienen aquí cuando se sienten solos, añoran a sus amos
humanos, o simplemente necesitan que les rasquen las orejas o el lomo. Nunca
serán los mismos, pero todos necesitan cariño y mimos. Dentro de un tiempo,
cuando te conozcan mejor, serán capaces de detectar cuando vienes aquí. Otra
peculiaridad: aquí todos hablamos el animalanto, es una especie de lenguaje
universal, que permite unir a los animales de todas clases. Pero eso ya lo
sabes, porque me has entendido desde el principio…”
- “¿Y qué tengo que hacer, mientras esté aquí?”
- “Normalmente, basta con que te sientes en el sillón de
orejas, y les permitas subirse a tu regazo de vez en cuando; o simplemente con
que les rasques las orejas, o juegues un poco con ellos. También verás que hay
un libro de cuentos sobre la mesa, y un par de pelotas de tenis. Hoy hace mal
tiempo, pero cualquier otro día, te puedes ir a dar un paseo con tus
protectores, a jugar en la hierba, perseguir reflejos, o nadar en la laguna…”
Con tantos
datos, y conociendo bien a Sagrario, os podréis imaginar que aquella mañana al
margen del tiempo, rodeada por tantos animales tan mimosos, se convirtió en el
primer viaje de una larga serie. Y por cierto, nunca llegó a vender el viejo
armario ropero. De hecho, lo restauró con mucho mimo, porque era la mejor
manera de viajar entre dos mundos…
Y ese era,
precisamente, el secreto de la anticuaria…