sábado, 1 de noviembre de 2025

LOS AUSENTES

Hay ciertos momentos del año que te llevan a pensar en el pasado, a reflexionar hasta qué punto ha ido cambiando tu vida, e incluso a recordar a quienes desaparecieron de ella, aunque hayan pasado muchos años y las circunstancias sean muy diversas.

Si miro atrás, no veo más que un interminable reguero de muertos, que engloba a vecinos, amigos, compañeros de clase, familia ya sea cercana o lejana, incluso algún que otro enemigo declarado.

Eso es lo que me ha pasado esta noche, la de Halloween (perdón, Jalouín). Preparé mi pequeño altar en el despacho, con mi casa de hojalata encantada, las figuras de Jack y Sally de La Frikilería, y tres arañas portavelas del bazar oriental (decir chino es discriminatorio, según me enteré hace varios días). Y en mi dormitorio, sobre la mesa donde tengo instalado el altar permanente, tracé un pentáculo con cinco velas. Quizás fuera por eso, pero hoy en el sueño me han acompañado los difuntos.


La primera en visitarme fue una tía abuela, Gertrud Meiner, que venía a cenar a casa con su amante una vez a la semana. La buena señora debía superar los setenta años, y tenía un chulo a quien sacaba casi veinte años, que se encargaba en teoría de cuidarla... y de comerse los paquetes de jamón serrano cinco jotas que mi madre preparaba para ella en cada visita, a pesar de que no podía comerlos por tener la tensión demasiado alta. Pensábamos heredar algo, pero cuando murió, el chulo se había llevado todos los objetos de valor y vaciado las cuentas (su firma estaba reconocida). Mis padres y otros familiares indirectos (creo que unos primos lejanos) se encargaron de limpiar la casa, generando un montón de bolsas de basura, y encima resultó que la vivienda estaba hipotecada. Tuvimos incluso que pagarle un nicho para que reposasen sus restos en la Almudena. Pero a lo que iba. A pesar de nuestra corta edad (no más de siete u ocho años), mi madre siempre nos obligaba a besar en la mejilla a Gertrud, y a aguantar su beso de vuelta. Jamás olvidaré ese olor a antipolillas y a aliento rancio. Fue entonces cuando decidí que jamás besaría a un niño o niña pequeño. Un abrazo, o incluso un apretón de manos, era más que suficiente.

Años después murió mi tío Juan, hermano de mi abuelo Luis. Creo que fue de un infarto. Se quedó viuda la tía Isabel, una mujer de carácter, pero capaz de hacer los mejores sándwich mixtos de todo el mundo. Era una mujer reservada, su hija murió unos años después del padre adoptivo (mi tía era viuda de guerra), pero vino a nuestra boda, falleciendo poco tiempo más tarde. Fue entonces cuando nos enteramos de que tenía un cáncer de estómago bastante avanzado.

Durante las largas noches de verano en el chalecito de mi abuelo en Canillejas, nos juntábamos varios vecinos para jugar a la canasta hasta bien entrada la noche. Estaban Marta (creo que ese era su nombre), y Rufino que vivían enfrente de nosotros, ya jubilados hace años, Floro y Candelas (nuestros vecinos de la izquierda), mis padres, y mi hermana y yo. Jugábamos a las cartas  por equipos de dos o tres, bajo la atenta mirada de mi abuelo. Aunque nunca apostamos nada, las broncas entre mi padre y Floro cuando uno de los dos se equivocaba de carta y daba la victoria al equipo contrario eran monumentales. La situación duró varios años, hasta que murieron Marta y Rufino con pocos años de diferencia, y luego Floro. Candelas vendió la casa, y se fue a una residencia de monjitas, donde la trataron hasta el fin de sus días. Mi madre iba a verla con frecuencia, trataban de jugar a las cartas pero se le iba la cabeza... Y eso que vivió más años que mi padre...

En el año 2000, un lunes de mierda, falleció mi abuelo, después de unos últimos meses aterradores porque perdió la cabeza. Y en 2002, también en lunes y poco más de un mes más tarde de nuestra boda, lo hizo mi padre. También murió un tío abuelo mío, Alberto, representante para toda España de las camisas de la marca Alazán, y asistimos a su funeral en una iglesia muy cerca de la FNAC de Callao. Me resultó muy extraño que hubiera tanta gente.


Pocos años después murió Rosa, una de las mejores amigas de mi madre, por culpa de un cáncer; después una prima de mi madre, Maribel, un encanto de persona, por un cáncer de huesos; y luego su marido, Félix. De aquella rama de la familia solamente quedan ya Alberto y Alfredo, que más distintos no pueden ser. Uno es un alto ejecutivo, y el otro un ex vendedor de cupones de la ONCE, lo que le permitió cobrar una pequeña pensión mientras se vende la casa de la tía Isabel.

Cuando se iba acercando la fecha de los 25 años de nuestra promoción de Periodismo, una ex compañera de clase  de la facultad formó un grupo de Whatsap en el que laboriosamente fue incluyendo a todos los alumnos que pudo rastrear, entre ellos a una vieja amiga, Pilar, por quien siempre sentí un cariño especial. Me hizo mucha ilusión tener su teléfono, y durante mucho tiempo pensé en quedar con ella, mandarle un mensaje y tomar un café para hablar de cómo nos había tratado la vida, puesto que durante el almuerzo apenas si tuvimos ocasión de hacerlo. Pero no hubo ocasión, un par de años más tarde volvimos a quedar unos cuantos ex alumnos, y me dijeron que se había muerto de un cáncer de pecho. Ese café que no nos tomamos, esa charla que no tuvimos, me siguen doliendo ahora... También me enteré por los medios de comunicación del fallecimiento de un enemigo a quien conocía desde mis tiempos del colegio, no lo lamenté.

La vida, en el fondo, no deja de ser otra cosa que ir perdiendo gente. La muerte es lo que nos iguala a todos, y puede llegarnos en cualquier momento. Nadie está libre de un aneurisma o de un infarto (¡si incluso les dan a los futbolistas de veinte años, con más motivo a nosotros, que rebasamos los cincuenta!), o de que te caiga la proverbial maceta en la cabeza desde un séptimo piso, te atropelle un coche, te ahogues con el hueso de una aceituna...

Todo esto para deciros que esta noche me han visitado muchos de los muertos que me han acompañado en esta vida... Y que quizás por ello me he decidido a valorarla más... Y a demostrar más cariño a aquellas personas que forman parte de mi reducido círculo de familia y amigos...



4 comentarios:

  1. Como invocado, he de decir que me ha encantado el relato, con un propósito final muy loable. Además, ¿quién no se divertiría con tantos muertos? Así cualquiera, Fernando 😁 dejado por Alfonso Fernández Pacheco

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    1. pues la situación puede resultar un tanto agobiante, querido amigo... no cabía más gente en la habitación...

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  2. Esta vida es una sala de espera. Como la sala de embarque de un aeropuerto. Cada uno está esperando su partida.

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