Llueve desde hace 24 horas, con pequeñas pausas para dejar que brille el sol. Esta noche me desperté varias veces, y el rumor de las gotas sobre el tejado de la iglesia o contra el cristal de la ventana hacía complicado el retomar el sueño, pero lo conseguí. Escampó justo cuando iba hacia el trabajo, algo que agradezco porque todavía sigo con el uniforme de verano: sandalias, pantalón corto y camiseta; la única concesión al mal tiempo ha sido un ligero impermeable. La lluvia siempre me ha gustado, me hace soñar, y me trae recuerdos de otros tiempos y lugares, de otras personas, de otros sueños.
Quizás la que recuerdo con más cariño fue la que nos sorprendió en la ciudad de Palenque, en México, cuando estábamos visitando las ruinas y la famosa tumba del astronauta. Fue un momento especial, era un viaje organizado por mis padres con un par de familias más, y entre ellas estaba Gacela. Una adolescente de 16 años, de la que me enamoré perdidamente, por supuesto sin el menor éxito. Yo tenía 18 recién cumplidos, y a su lado me sentía muy mayor y muy maduro. Me fascinó desde el mismo momento en que nos conocimos en el aeropuerto. Y creo que el ser los mayores (viajábamos con nuestras dos hermanas, ambas más pequeñas) facilitó bastante las cosas. Pero cuando nos sorprendió la lluvia, su camiseta blanca se le pegó al cuerpo como una segunda piel, revelando la forma de sus senos perfectos, que yo ya había visto con el bikini cuando nos bañamos todos en la piscina, pero no era lo mismo. Era algo mucho más íntimo. Esa imagen suya, chorreando por culpa de la lluvia, es algo que no olvidaré nunca...
Años más tarde, mientras estaba haciendo la mili, nos sorprendió una tormenta en pleno monte durante las maniobras mensuales. Tuvimos que volver casi a marchas forzadas al precario refugio de las tiendas, pero aun así el sargento Bueno nos tuvo formando bajo el aguacero hasta que llegó el último del grupo, un chaval que estaba destinado a las cocinas. En esos meses, estuvimos sometidos a los elementos unas cuantas veces, todavía lo recuerdo. Al calor y a los mosquitos en la costa de Murcia, nos habíamos establecido en una base abandonada por el ejército. A la nieve en una vaguada por los montes de Toledo. Los camiones no podían salir, así que tuvimos que empujarlos. Al sol inclemente durante los ensayos de la jura de bandera. Al viento muchas mañanas cuando salíamos para entrenar corriendo alrededor de la base de San Pedro.
También recuerdo una noche de intensa lluvia, cierto verano que estuvimos acampando en Asturias mi ex, nuestro gato, y yo. La tienda era grande, de dos cuerpos y con un toldo intermedio, así que dispusimos de algo más de libertad. El viento y el agua se llevaron varias tiendas de campaña, pero aun así, bajé por el empinado sendero del camping La Paz, en la Playa de Vidiago, muy cerca de Llanes, para bañarme a mediodía. Sí, era bastante imprudente por aquél entonces, pero el agua estaba perfecta.
Muchas veces, me gusta salir a pasear bajo la lluvia, y no me importa que me pille estando en la calle. Lo más deseable es llevar un buen paraguas y calzado adecuado, pero en ocasiones no se puede elegir, y simplemente hago como Gene Kelly, y me dejo llevar por una música que tan solo yo alcanzo a escuchar. Cuando caen las lágrimas del cielo, siento que disminuye un poco mi tristeza, me hace sentir vivo... y entero.
Algunos de mis personajes, como Beatrice Golden, comparten ese amor por el líquido elemento, como si fuera una amante incierta. A otros les sirve de escudo, para escaparse del enemigo. Incluso hay quienes la usan como excusa para dejar atrás un presente que se ha convertido en prisión. Nunca se sabe lo que traerá la tormenta...

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