Dentro de menos de una hora, termina la guardia. Ha sido la sexta de esta semana, lo que a doce horas cada una, implica una bonita cantidad. Pero aquí sigo, despierto, y maquinando. Nada como la oscuridad para darle vuelta a las cosas, encontrar soluciones, o quizás simplemente hablar contigo mismo. He estado bastante entretenido, desde las nueve de la noche con el edificio vacío y cerrado a cal y canto. Y quitando una hora y pico que he pasado tomando café y charlando con Gabriel, el compañero del otro edificio, no he visto a nadie; salvo algunos barrenderos limpiando la calle a fondo, y dentro de un rato vendrá la guardia civil y las grúas, ya que tenemos un evento importante. Claro que me da un poco igual, empiezo mi semana libre, y la tengo bastante ocupada. Me apetece mucho meter el uniforme en la lavadora, y disfrutar de unas horas de bien merecido sueño.
El otro día me preguntaba un amigo si no era duro trabajar tantas horas y pasar las noches en vela. Bueno, después de tantos años, más de veinte en el gremio de la seguridad privada, te acostumbras a todo. Cambias el ritmo y el momento del sueño como de camisa. Si no fuera por el inconveniente de que apenas si puedes ver a nadie, ni familia ni amigos, y de tener que vivir al revés que el resto de los mortales, casi prefiero la noche. Está mejor pagada, y en mi edificio, es más tranquila. Una vez que el parking está vacío y que se ha ido el último agente de bolsa, dispones de tiempo libre para hacer casi cualquier cosa. De todas formas nuestro jefe, Jesú R., nos prefiere activos y entretenidos, así que tenemos su permiso para leer, ver pelis... siempre que no perdamos de vista los monitores de las cámaras y estemos pendientes del sistema. Yo suelo aprovechar para escribir (en los últimos seis meses, he pasado muchas vigilias escribiendo y retocando la novela), leer (aunque me está costando bastante Harry Potter y la orden del fénix en inglés, y eso que tengo un buen nivel) y ver películas (hoy ha sido Aterriza como puedas, y un episodio de la serie Historias del Otro Lado, dirigidas por José Luis Garci). Y ahora, cuando vuelva a casa, mi gato, el agente Zeus, me estará esperando al otro lado de la puerta, y me acompañará a la cocina, para que le de su loncha de jamón York. Luego desayunaré algo ligero, una sopa de sobre y un vaso de agua, y después de los minutos destinados al masaje gatuno, me lavaré los dientes y a la cama. Ese es mi plan cuando estoy en el turno vampiro.
El turno de día no me desagrada, la mayor ventaja es que como tienes que estar muy pendiente del aparcamiento y del personal que accede al edificio, estás bastante entretenido. Solemos trabajar en colaboración con las secretarias de las distintas plantas y empresas. Ejercemos de relaciones públicas en muchas ocasiones, recepcionistas, gestores de paquetería, orientadores para los mensajeros que traen la comida, e intermediarios con el mundo exterior. Desde mi puesto de control veo la calle, al menos en parte, y el resto por las cámaras. Además, tienes compañía durante unas cuantas horas, hablas con el servicio de limpieza y de mantenimiento (aliados naturales del departamento de seguridad), hay tiempo incluso para alguna broma y risas; saludas a los agentes, becarios y jefes de departamentos, a nadie se le debe negar una sonrisa o unas buenas palabras. Me gusta mi trabajo, porque me permite mantener esa distancia social que tanto necesito, y al mismo tiempo ayudar a la gente en lo que puedo; y para alguien tan curioso como yo, no hay dos días iguales.
Mi madre, pese a todo el tiempo que llevo dedicado a la seguridad privada, sigue pensando que el mío es un trabajo de vagos y de maleantes, y no para de decírselo por teléfono y en persona a sus mejores amigas. Estima que he desperdiciado mis años de formación como periodista (incluyendo un doctorado que no terminé y una tesis que sigue estando pendiente), y los tres masters. Parte de razón no le falta. Creo que en lo laboral solamente se sintió orgullosa de mi durante los dos cursos que estuve trabajando de profesor de instituto. ¡Cuánto prestigio! Mi padre murió en aquél periodo, al menos se fue feliz, pensando que su hijo había encontrado un trabajo acorde con su posición social. Él nunca lo aceptó, durante un tiempo su desprecio era tan patente que dejamos incluso de hablarnos.
Pero yo lo recuerdo de manera distinta, como uno de los peores periodos de mi vida (quizás no tan malo como el mes que pasé haciendo entrevistas por teléfono y recomendando el cambio de aparatos para Telefónica). Nunca he tenido vocación como docente, y tampoco fui un buen profesor. Sí recuerdo a algunos alumnos, como Lucía B, una niña prodigio, que luego mantuvo el nivel por lo que pude averiguar a través de su página de Facebook. Odiaba los jueves, porque debía aguantar al grupo de repetidores de cuarto de la ESO, que estaban mucho más pendientes del despertar sexual y de acosar a las chicas que de otra cosa. Además, siempre me ha costado recordar los nombres de las personas y asociarlos con las caras, ¡imagina dando clases, y encima de francés, a más de ciento sesenta alumnos! El sueldo no estaba mal, pero era lo único.
Sigo pensando que la etapa más bonita de mi vida fue el curso académico durante el que fui alumno de la quinta promoción del Máster de Radio Nacional de España. Tuve la ocasión de conocer a unos profesores de lo más interesantes, como Federico Volpini; y luego realicé mis prácticas en la sección de Noticias Locales, a las órdenes de María Jesús Cañellas, una profesional de raza y tronío. Creo que me llevé bastante bien con los compañeros, pero no mantengo el contacto con ninguno de ellos, que no en vano han pasado más de veinticinco años. Pero sigo recordando la sonrisa de Susana H. y la dulzura de su voz, se parecía tanto a la Princesa Yasmin de Aladino que era increíble. También recuerdo a la bella y menudita Elisa B., con su voz ronca y tan personal. O la genialidad sin discusión (y esa voz prodigiosa) de Ignacio A. Yo fui feliz, escribiendo reportajes e historias, haciendo algunas entrevistas, y siendo libre. Este año me gustaría volver a una radio local, es mi asignatura pendiente.
Pese a todo, a esa espinita que tengo clavada por el mundo de las ondas, soy feliz. Creo que es una opción vital, disfrutar con lo que tienes, con las cosas buenas que te rodean: casa, trabajo, familia, amigos, sueños, y por encima de todo, buena salud e ilusiones. Total, me van a pagar lo mismo por estar encabronado como una mona todo el día que por mantener el buen humor y la sonrisa. Vale, es cierto que en el campo pareja las cosas podrían ir mejor, aunque ya me ocuparé de eso más adelante. Y de todas formas, creo que la vida es un milagro, y que puedo dar las gracias a conciencia por el simple hecho de despertar después de una noche (o un día) de plácido sueño. Y el infinito es el límite.
En fin, gracias, querido lector, por haber llegado hasta aquí, y leído y disfrutado con estas pequeñas historias y pensamientos. La próxima vez, hablaré de otras cosas...


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