31 de octubre de 2025, 21:45
¡No puedo creer mi fortuna! En
el centro del patio del instituto, que han habilitado en el centro del pueblo
de Dos Hermanas como pasaje del terror, hay… ¡Un amplio y profundo pozo,
rodeado por una simple cadena con estacas! Eso simplificará mucho mi labor en
esta noche tan… mágica y especial. Pero mejor regresemos al principio, y empecemos
a teclear este documento con las primeras luces del alba. Porque luego tendré
que cambiar de aspecto, de lugar, o desaparecer. Pero mejor empecemos por el principio.
30 de octubre de 2025.
Ten mucho cuidado con lo que
deseas y con quien invocas, y no sigas al pie de la letra todas las instrucciones
que encuentres en los viejos grimorios que puedes comprar a través de internet en
las tiendas de viejo y en los anticuarios con pocos escrúpulos, porque a veces,
el resultado puedo ser… yo. Claro que en cuanto pude meterme en tus sueños por
primera vez, y poseer tu alma, supe que eras el humano adecuado. Además, por tu
profesión tenías ahorros suficientes para comprarle el libro a Jose Luis, mi
marchante habitual… Él pertenece a una secta de adoradores del mal, y tienen
sus normas, sus tradiciones, todas ellas por escrito, y la más importante es
que tienen que favorecer el regreso del Destructor una vez cada 13 años, y ya había
llegado el momento de renacer.
Por supuesto que no soy humano.
Soy un semi dios de los Celtas, y resucitarme es bastante sencillo. Basta con
el hígado y el corazón de una vaca, y la cabeza de un jabalí de buen tamaño. Ni
siquiera es necesario que esté del todo fresca. Luego, prepararme ropa cómoda y
de mi tamaño, pensada para un ser de dos metros diez de altura: unas cómodas
botas de montaña del número 52, por eso de llevar una talla más, calcetines de
toalla, unos pantalones anchos de la talla 50 (esta vez me han puesto unos de
pirata, ya sabes, a rayas, y ¡me encantan!, y uno vaquero), un par de camisetas
negras holgadas, dos juegos de cadenas entrecruzadas para mi poderoso pecho, una
bolsa negra para llevarlo todo a la espalda cómodamente, y poco más. Bueno, el
pequeño detalle de conseguir un bebé o niño humano, en todo caso menor de dos
años, porque cuanto menor sea la edad, mayor será mi fuerza y mi tamaño, te lo
dejo a ti.
¡Y lo has conseguido, Bautista!
Has ido llevando todos los elementos al sótano de tu casa (el bebé estaba
amordazado porque no dejaba de berrear por el hambre), colocado todo lo
necesario sobre la gran mesa de roble en el centro mismo del pentáculo de velas
negras, y en el lugar donde debería estar mi pecho, junto al corazón del
animal, la criatura. Has usado un atril de pie como los de las iglesias para
colocar el grimorio, pronunciado las palabras mágicas coincidiendo con la
medianoche del día 30 de noviembre, y degollado al pequeño.
Y yo he regresado a la vida. Mi
cuerpo se ha ido regenerando bajo tus ojos, lenta pero eficazmente, de dentro hacia
afuera. Primero los huesos todos los órganos internos, luego los músculos, y,
por último, la piel. La cabeza de jabalí también ha recuperado su frescura y
lozanía, quedando firmemente soldada sobre mi poderoso cuello. No me puse la
ropa. Habría sido una pena mancharla con la primera muerte, y tenía que estar bien
limpio para el pasacalles.
Ignoro cual iba a ser tu primera
petición, o tan siquiera el sonido de tu voz, porque cuando te has acercado a
mi cuerpo, he agarrado tu cuello con ambas manos y, con una poderosa torsión,
te la he arrancado. Luego, he empezado a alimentarme, de tu sangre y de tu
carne, que 33 años habían pasado desde la última vez que tuve cuerpo, el resto
del tiempo he estado vagando como un espíritu, observando este mundo que no
entiendo y metiéndome en las pesadillas de los hombres. Las tuyas eran tan intensas
y tan sangrientas que destacaban como un faro en medio de esta pequeña comunidad
cercana a Sevilla. Por eso decidí escogerte como mi involuntario socio. Son prácticos,
lo hacen todo por ti, ya que también puedo poseerlos mentalmente, y así fue,
Bautista, como te hice buscar en internet los más eficaces artesanos en las
artes del sado, para encargarles mi juguetito, y mandarlo a tu casa. Además de
la réplica exacta de dos machetes de Rambo, los que llevaba en la segunda de
sus películas, perfectamente afilados y equilibrados.

Luego, te he violado. Tengo un
pene gigantesco, de más de 50 centímetros de largo, y terminado en punta, que
funciona como una eficaz estaca puesto que lo he recubierto de acero y sujetado
con unas tiras detrás de mis piernas. Vamos, como el que usan ciertas mujeres
para darse placer, pero destinado a matar. Voy a pasar el resto de la noche
alimentándome, y dormiré durante el día, en cuanto haya violado y matado a tu
mujer y a tus dos hijas. Cuanto más pequeñas, más placer…
Noche de Halloween.
He despertado sobre tu cama de
matrimonio, Bautista. Las sábanas todavía estaban ensangrentadas en la zona
sobre la que dormía tu mujer Dorotea, joder con ella fue especialmente
placentero, tanto que incluso me quité la funda del pene para disfrutar incluso
más las primeras siete veces, luego me la puse para rematarla. Cuando terminé,
le mordí el cuello con saña, para beber su sangre a cada momento menos
palpitante. Con tus dos hijas tuve piedad, simplemente les desgarré el cuello
con los dientes, y las dejé morir en sus cunas. ¿Sabes que podrías haber
utilizado a cualquiera de ellas para el sacrificio, en vez de llevarte un prematuro
del Hospital en el que trabajabas de cirujano cardiovascular?
No me vestí al despertar, tenía
una enorme necesidad de alimentarme, y hay que ser un gran chef para cocinar los
senos de una mujer de 40 años. Fueron un manjar exquisito: la dosis justa de
ejercicio los dotaba de entidad, pensé mientras los sostenía sobre las manos
antes de añadirlos a la sartén, donde ya estaban los ajos picados, la cebolla y
las hierbas frescas de tu despensa. Las pequeñas vetas de grasa hacían que
apenas si fuera necesario añadir aceite, un Picual de gama alta. Descorché un
magnífico Ribera del Duero, y una vez que la carne estuvo en su punto, la fui
saboreando como un rey. Por cierto, Bautista, que te haya cortado la cabeza y
la lleve a todas partes no te da derecho a sacarme la lengua.
Después de ir al baño y de una
buena siesta, que la noche iba a ser especialmente larga, me he dado una buena
ducha, y me he vestido, sin olvidarme de ponerme la funda del pene. He mirado
en el Google Maps cómo llegar a la plaza de la Lealtad de Dos Hermanas, desde
donde saldría el pasacalles a las ocho, y me he ido tranquilamente dando un
paseo. Mi aspecto, sobre todo la cabeza de jabalí era inevitable que llamase la
atención. Por eso me gustan tanto las fiestas de Halloween y de Carnaval. Algunos
niños incluso me han aplaudido, otros me han pedido caramelos, y por suerte
llevaba una bolsa de chuches. Tu mujer, qué encanto, siempre tan previsora, los
había dejado sobre la mesa de la cocina, La misma sobre la que quedaron sus
pezones, traspasados por un piercing, justo en el centro del plato…
Después de haber metido la ropa
de recambio y los machetes en la bolsa negra, tardé unos quince minutos en
llegar a la plaza, y como todavía tenía tiempo, me metí en un bar (con mi
envergadura, no me fue difícil abrirme paso entre los parroquianos), y me pedí
un café con leche en vaso y una copita de anís. Luego, a las ocho en punto, ya
estaba encabezando el pasacalles. Siempre he sido bastante exhibicionista, pero
la oportunidad lo justificaba. ¡No muchas veces tiene un semi dios la ocasión
de lucirse en todo su esplendor ante un público tan entregado! Fuimos
recorriendo las principales calles del pueblo, una larga procesión de padres,
madres, hijos, abuelos, todos ellos más o menos vestidos de aquellas cosas que
más miedo les daban. Durante unos minutos estuve detrás de una mujer disfrazada
de monja de lo más peculiar, por su maquillaje me recordaba a Marilyn Manson,
una niña preciosa disfrazada de reina vampira, y un anciano vestido como Lord
Palpatine. La madre se llamaba Irene, lo sé porque estuvimos hablando unos
minutos y me felicitó por mi disfraz, igual que yo por el suyo, que tenía la
dosis justa de picardía para lucir sus hermosas piernas. Luego, les perdí de
vista.
Estuvimos recorriendo el pueblo
hasta las nueve y media, cuando los niños se retiraron a participar en las múltiples
actividades para ellos organizadas. Allí estaba Irene, comiendo palomitas
mientras su hija disfrutaba en las camas elásticas y Lord Palpatine se tomaba un
anisete. Les saludé cordialmente y me dirigí al viejo instituto, todavía en uso,
un edificio situado junto al ayuntamiento, que por aquella noche habían
convertido en Pasaje del Terror. Los operarios municipales y las monjitas del
convento habían estado los últimos tres días decorando el edificio con falsas
telas de araña, esqueletos de plástico, bolsas de basura rasgadas, luces rojas
estratégicamente situadas, máscaras espeluznantes, y una compañía de cómicos de
la legua especializada en este tipo de eventos, doce chicos y ocho chicas
disfrazadas de seres terroríficos que se fueron distribuyendo por todo el
edificio, que con sus dos plantas, patio interior y largos pasillos y aulas
cuyos muebles habían sido apilados y cubiertos por sábanas para dar una mayor
sensación de inquietud.

A la hora prevista, se abrieron
las puertas del instituto… y empezó la cacería. El ambiente resultaba bastante
agobiante, habían combinado luces estroboscópicas en algunas habitaciones, con negras
en otras; y la música era atronadora, de uno de estos grupos de adoradores del
diablo (lo que no dejaba de ser bastante oportuno).
Como fui de los primeros en
entrar, no tardé apenas tiempo en esconder mi bolsa con el equipo sobrante,
cogí los dos cuchillos, me puse la funda en el pene y me dispuse a “pasármelo
bien”, como dicen en esa canción de los Hombres G que tan de moda estaba en una
de mis encarnaciones anteriores en los años ochenta.
Los primeros gritos se oyeron a
las diez de la noche: los de una parejita a quienes pillé dándose el lote en
los cuartos de baño de la primera planta. A él le corté el cuello con el
machete, a ella se lo clavé en el estómago, y luego la violé mientras se
desangraba. Lancé los cadáveres al patio por la ventana del baño. La siguiente
víctima fue un chaval de unos quince años, vestido de momia con papel higiénico.
Parece mentira la cantidad de sangre que puede absorber el de una buena marca.
Minutos después, dentro del despacho del director, cacé a una chica, vestida de
bruja, qué poca originalidad. Sodomización, corte de cuello y ventana. Nos pilló
en mitad del acto un chavalillo de unos dieciocho, pero en vez de gritar o de
dar la voz de alarma, empezó a manipularse torpemente el aparato genital por
encima de su sudario de fantasma. Ni siquiera dejó de masturbarse cuando resultó
evidente que ni la chica ni yo éramos extras. Lo sodomicé para que conociera
una nueva experiencia. Su cuerpo se estrelló en el patio.
Decidí un rato más tarde que
era el momento de hacer limpieza. Había diez cuerpos en las más variadas
posturas estrellados sobre los adoquines del patio. Los lancé al pozo sin
miramientos, me volqué antes un cubo de agua por encima del cuerpo y retomé la
matanza.
A nadie parecían extrañarle las
manchas de sangre por el suelo ni las salpicaduras de sangre por las paredes.
Incluso pude comentar ese detalle, el realismo, con un grupo de tres mozos bastante
borrachos antes de degollarlos a los tres de un solo movimiento en arco, tan
fluido como si yo fuera Víctor Ullate en sus mejores tiempos. Los cuerpos
cayeron al suelo con cierto estruendo, y me costó bastante arrastrarlos
escaleras abajo hasta la puerta del patio. Después localicé a otra parejita
acaramelada. Atravesé sus cuellos al mismo tiempo con el machete.
Estaba empezando a sentirme
cansado, así que recogí la docena de cuerpos que se hallaban en el patio, volví
a los vestuarios del gimnasio (en donde había dejado mi bolsa), me di una buena
ducha y merendé. La atracción no cerraba hasta las dos de la mañana, era poco
más de medianoche, todavía podía pasármelo muy bien en el pasaje del terror.
Y eso hice. Luego, minutos
antes de la hora de cierre, me di una nueva ducha, y salí con el disfraz, el
equipo guardado en la bolsa, sobre todo la funda filosa para el pene, que era pura artesanía, y comentando con los policías locales a la salida lo bien que lo había pasado aquella
noche. Maté a algunas personas más que fui encontrando por los rincones de
regreso a casa, la mayoría estaban tan borrachos que no prestaron ninguna resistencia,
unos a puñaladas, otros con las manos, que era lo más placentero.
Día uno de noviembre.
Volví a casa de Bautista a
descansar. Antes de salir ya había bajado el cuerpo de la mujer y de las hijas al
sótano, con lo cual apenas si había insectos. Me duché nuevamente, y puse una
lavadora con todas mis ropas. Luego me derrumbé sobre la cama del cuarto de
invitados. El asesinato resulta agotador. Dormí casi ocho horas seguidas, y
como tenía hambre, guisé los brazos de Dorotea, que había tenido la precaución
de amputar y meter en la nevera la tarde anterior. Con cebollitas francesas,
patatas, zanahorias baby, y un buen vino dulce, me quedaron exquisitos.
Mientras cenaba, puse la
televisión, hablaban de mí…
“Encontrados cuarenta y cinco
cuerpos en el pozo del instituto. Se cree que uno o varios asesinos llevaron a
cabo la matanza a lo largo de toda la noche, y se sirvieron del pozo para
ocultar los cadáveres, lo cual implica cierto conocimiento del lugar… La
policía carece de pistas o de descripciones del asesino, parece ser que no dejó
ningún testigo. “Claro, esas cosas solamente pasan cuando se celebran fiestas
paganas. Aquí somos más de Semana Santa y del Rocío”, manifestó una de las vecinas
de la zona…”
“Macabro descubrimiento en el
parque de las almas. Un ciclista madrugador ha encontrado esta mañana los cuerpos
entrelazados de dos adolescentes, a quienes sus amigos llamaban Romeo y
Julieta, cosidos a puñaladas. Las fuerzas del orden piensan que haya sido el
mismo asesino del Instituto…”
“Encuentran al panadero
crucificado en la puerta de su negocio, con los intestinos colgando fuera del
cuerpo. El asesino utilizó dos machetes de la película Rambo, según los
especialistas.” (Muy especialistas no
serán si no logran distinguir los de la primera y la segunda, son totalmente
diferentes.)
Había llegado el momento de coger
el coche y seguir mi camino, de volver al Cementerio de los
Italianos, en el corazón de Extremadura, donde descansaría una vez más, dejando
tras de mí un reguero de cuerpos. Me gustaba ese camposanto, estaba casi
completamente olvidado, al borde de una carretera comarcal que no llevaba a
ninguna parte. Lo encontré por casualidad, y era el lugar perfecto para hallar
la paz y la tranquilidad. Me sentaría sobre el monumento circular, apoyado en la placa conmemorativa, difuminándome lentamente con las primeras luces del dos de noviembre, el día de los fieles difuntos.
Porque hasta los semi dioses
demoniacos merecemos descansar en paz…