jueves, 15 de mayo de 2025

BODAS DE PLATA CON LA MUERTE

Tal día como hoy, pero hace ya 25 años, moría mi abuelo Luis. Fue el único al que recuerdo, su mujer, la abuela Pilar, falleció cuando yo no tendría ni dos años, y que se convirtió en amigo, consejero, y tantas cosas más, durante mi infancia, adolescencia y primeros años de madurez. Con su sempiterna boina negra con el rabito, toda vasca ella, desde el mes de octubre, a veces incluso septiembre si a finales hacía frío, y hasta bien entrada la primavera; y con la gorra blanca de tenista durante los meses de verano (sobre todo en nuestras escapadas familiares a la playa de Cullera), creo que es una de las personas que más han influido en mi vida.

Todavía le sigo sintiendo a mi lado, sobre todo cuando me instalo frente al ordenador y las palabras van conquistando el espacio en blanco de la pantalla. Mis recuerdos más antiguos están asociados a él: los paseos que me daba por el pasillo de nuestro piso alquilado en la calle Juan de Mena de Madrid. Mi padre, también fallecido dentro de nada hace 23 años, era médico, y tenía instalada en casa su consulta por las tardes; y como le encantaba la música clásica, esa mezcla de sonidos, los fuertes latidos del corazón de mi abuelo y las escalas y arpegios, conformaban una sinfonía casi mágica. Yo me agarraba con fuerza a su cuello, como si tuviera miedo de caerme de sus brazos, y al mismo tiempo olía su colonia, Álvarez Gómez, todavía hoy me genera extraños sentimientos cuando la percibo en casa o en la piel de cualquier persona.

Mi abuelo era una gran persona, siempre atento, siempre cordial, siempre de buen humor y con una sonrisa en los labios. También era bastante glotón, y comía demasiado rápido, como si le fueran a quitar la comida del plato, recuerdo sin duda de sus años de cárcel por haber luchado en el bando perdedor de la Guerra Civil Española. Le capturaron en el puerto de Valencia en los últimos días del conflicto, recorrió numerosas cárceles, incluso estuvo preso en el campo de concentración de los Almendros. Fue condenado a muerte por su posición en el Servicio de Inteligencia Militar (o SIM) de la República, aunque finalmente cambiaron su pena primero por la cadena perpetua, y luego por siete años de cárcel. Se salvó, y nunca, durante el resto de sus años de vida, quiso hablar ni de la guerra, ni de los bandos. Mantuvo, eso sí, sus ideas políticas: republicano, comunista y masón.

Después de la guerra, se puso a estudiar para ser intendente mercantil, la actual carrera de empresariales. Ya la había realizado antes de la guerra, pero las nuevas autoridades no le reconocieron el título, y retomó su trabajo en la Diputación Provincial de Madrid hasta que se jubiló. Con el tiempo le reconocieron el grado de Teniente en el SIM, con lo que percibió una pensión complementaria. Al nacer mi hermana y yo, le dijo a mi madre: "Puedes escoger: o ahorro y te dejo una cantidad en herencia después de mi muerte, o bien le pago toda la educación a tus hijos hasta el final de la carrera." Y eso hizo, financiarnos una formación de calidad. También era un estudiante ejemplar, antes que nadie en nuestra casa, vio las posibilidades de la informática y de la programación, suyo fue el primer ordenador, un Commodore 64, que él utilizaba para sus programas y ejercicios, y mi hermana y yo para jugar al "Rat Race". Asimismo aprendió italiano y ruso, y todo esto después de la jubilación. Le encantaba pasear, todas las mañanas, mientras la salud se lo permitió, salía a la calle, buscando el sol (yo hago lo mismo). Cuando su salud se lo impidió, empezaron los años oscuros.

Pero si hay cosas que recuerdo de mi abuelo, son por ejemplo las veces en que le llamaba en mitad de la noche (a pesar de compartir el dormitorio con mi hermana, siempre le tuve miedo a la oscuridad de niño), y le pedía un vaso de agua. Él dormía con la puerta semi abierta, así que siempre venía, esa presencia cálida y amable, esa silueta con la promesa del agua fresca y del abrazo que cerraba heridas y alejaba a los fantasmas y los monstruos nocturnos.

También nos contaba cuentos a mi hermana y a mí. Bien de los de toda la vida, o bien inventados, tenía mucha imaginación. Algunos de ellos los tengo guardados en cintas de casete, en lo alto del armario del despacho, es una forma de recordar su voz. Era una persona culta, inquieta, a quien le encantaba estar informado. Por la noche, escuchaba la radio hasta la hora de dormir, no se perdía el telediario de la uno durante la comida, y una de las primeras cosas que hacía por la mañana, después de desayunar su leche malteada, era ir al quiosco de prensa de la esquina a comprar el periódico, desde que empezó a publicarse, El País. Se sentaba en uno de los sillones de la consulta de mi padre, y lo devoraba página tras página. Luego le gustaba comentar algunas de las noticias que le habían llamado la atención con mis padres. Y tampoco se perdía el telediario de la hora de cenar.

Le encantaba leer, casi cualquier cosa; y escribir. Creo que de él saqué el hábito de la creación literaria, aunque mientras él vivió no lo practiqué demasiado. Como mucho en el primer año de carrera, con Sara, la profesora de Redacción Periodística, algunos de esos escritos se los leí. Él era un escritor infatigable, dejó atrás un par de archivadores, llenos de sus obras, desde novelas o poesías, pasando incluso por alguna zarzuela. No llegó a ver publicado nada, una vez muerto edité y publiqué uno de sus poemarios, como recuerdo y homenaje.

Creo que él habría estado orgulloso de mis pinitos como escritor... Muchas veces, noto su presencia, su mano en mi hombro, cálida y reconfortante, mientras escribo en el despacho, o me vienen de repente vaharadas de Álvarez Gómez, una colonia que no tenemos en casa... Ambas cosas me dicen que está a mi lado... Y me gusta imaginarle, leyendo al mismo tiempo que yo escribo...

Todos los años, por estas fechas, suelo escribir sobre él, como una especie de homenaje, o de forma de no olvidarle (¡como si eso fuera posible!), pero esta vez, noto que es algo especial. 25 años son muchos, y quien sabe si yo mismo permaneceré con vida para las bodas de oro... De repente, te notas más viejo, pero no más sabio, y te parece escuchar su voz, traída por esas misteriosas ráfagas de viento que de vez en cuando hacen oscilar las cortinas del salón... Y esa voz te insiste en que no te rindas, que persigas tus sueños, y que seas una buena persona. Sobre todo, habla de tolerancia, y de amor, y de respeto...

Murió con las primeras luces de un lunes del mes de mayo, en una triste e impersonal habitación de hospital, el día de San Isidro del año 2000. No tuve la ocasión de despedirme de él en vida; y una de las cosas que más me llamó la atención al día siguiente en el tanatorio, fue hasta qué punto se parecía a Franco. ¡Si él lo hubiera notado, se moría otra vez del susto! Nadie se quedó a velarle, y fueron muy pocas las personas que se acercaron a presentar sus respetos. Cuando mueres a los 91 años, ya queda muy poca gente de tu generación que conserve tu memoria. Gracias a mi amigo Enrique Krause, y a un par de gestiones telefónicas, conseguimos enterrarle con la urna envuelta en su bandera, la republicada, en una tumba del Cementerio de la Almudena...

Y ahora, cuando noto que las lágrimas me empiezan a nublar la vista, no puedo evitar pensar en él, y echarle de menos, incluso más que los otros días...