viernes, 22 de noviembre de 2024

EXPECTO PATRONUM

Esta semana, como cada año, he empezado con el maratón de Harry Potter. Aunque cada día que pasa me gustan más los libros, soy del Equipo Hermione, siguen teniendo esa magia peculiar de cuando la vida era un poco más sencilla... La situación actual tampoco ayuda, pero no en vano han pasado casi 25 años desde la primera vez que Harry, Ron y Hermione se volvieron imagen real en la gran pantalla.

Ahora mismo he terminado de ver Harry Potter y el prisionero de Azkaban, posiblemente mi favorita, y en las escenas finales, cuando Harry Potter invoca el Patronum con forma de ciervo en las orillas del lago, me ha dado por preguntarme en cuales serían los recuerdos que podrían ayudarme a invocarlo... Y ciertamente son pocos, y en todo caso, mezclados con esas falsas memorias que vamos generando con el paso de los años.

El primer recuerdo, sería el de escuchar el fuerte sonido del corazón de mi abuelo Luis, el único que conocí, mientras me daba paseos en sus brazos por el pasillo de casa para que pudiera dormirme. Con ese retumbante ritmo se mezclaría el de la música clásica, que emanaba de la consulta de mi padre, por las tardes en casa. Ese sería mi recuerdo más antiguo y poderoso.

Luego surge otro, también ligado a mi abuelo, de las veces en las que yo tenía miedo por la noche, a pesar de dormir en la misma habitación que mi hermana, y le llamaba. La excusa era pedirle un vaso de agua (de pequeño y de mayor, siempre he tenido sed por la noche), pero al mismo tiempo combatía la oscuridad.


Según mi madre, me quedé embobado a los tres o cuatro años, la primera vez que vi el mar, en Cullera. Fui caminando por la orilla, hasta mojarme los pies, y volví rápidamente a la seguridad de lo conocido. Mi padre tuvo que tomarme de la mano, y meterse conmigo lentamente. Mi madre, con mi hermana de pocos años en los brazos, nos miraba desde debajo de la sombrilla, y sonreía.

Las Navidades siempre me han gustado, incluso ahora mantengo la ilusión, aunque soy yo quien ejerzo de Papá Noel para toda la familia, y mis sobrinas por supuesto, a sus diez años, afirman que nunca han creído ni en este personaje, ni en los reyes magos, "cosas de cristianos", como les dijeron sus padres. Sin embargo, yo recuerdo la aventura que era ir a la Plaza Mayor a comprar el árbol de Navidad todos los años, y luego por supuesto plantarlo en un recipiente adecuado en el hall de la casa y decorarlo con bolas, luces y guirnaldas. Incluso dos o tres veces quise ver al abuelo bonachón vestido de rojo, y me quedé haciendo guardia junto a la base del árbol, esperándole... hasta que me quedaba dormido, y mi padre me llevaba en brazos hasta la cama.

Con mi hermana tengo bastantes buenos recuerdos, uno de los mejores las carreras alocadas que hacíamos con los enormes triciclos alquilados en el Parque del Retiro en otoño (siempre es otoño, puedo oler el perfume de las hojas y escuchar la gravilla) bajo la atenta mirada de mi abuelo. O bien el subir a los columpios del mismo parque, yendo cada vez más alto, con la ayuda de los fuertes brazos de mi padre.

Otro recuerdo poderoso, también mitad verdadero y mitad fabulación, fue cuando nos llevaron a Disney World, en Orlando, en el año 1981. Ver a Mickey Mouse mucho más grande de su tamaño real, ese gran abrazo, o entrar en la tienda de regalos, de la que salimos con dos gorros de falsa piel de mapache y unas pistolas de pirata de madera y metal. O subir a lo alto del Empire State, y contemplar el panorama de la ciudad que nunca duerme, Nueva York.

Por aquél entonces también viajamos a París, con mi madre, mi padre y mi abuelo. Es una de mis ciudades preferidas (a la que espero volver dentro de poco), y recuerdo el sabor de las crèpes con chocolate en un puesto ambulante a los pies de la Torre Eiffel. O cómo se nos ocurrió usar de tobogán las placas de cobre que recubren las torres de Notre Dame, mientras que mi padre nos filmaba con el tomavistas. Mi madre, que se había quedado al pie de la torre con mi abuelo, se asustó muchísimo cuando vio nuestra "hazaña" en la gran pantalla semanas después (mi padre tenía un proyector de cine, y le encantaba hacer películas caseras).

Nunca fui feliz en el colegio ni en el instituto, fui victima de acoso por varios compañeros que me hicieron la vida imposible, y mi único refugio, allí donde no se atrevían a perseguirme ni a pegarme, eran las cuatro paredes de la biblioteca, bajo la atenta mirada de mi profesora favorita, la señora Marise Flambard. Gracias a ella, bueno y a mis padres que la fomentaron, fui descubriendo los placeres de la lectura. Pero en conjunto, y quitando los años finales, mi paso por aquél centro fue un auténtico infierno.

También del colegio nace un recuerdo curioso, el del primer beso. No solían invitarme a los cumpleaños de los compañeros de clase, pero en esta ocasión, lo hicieron. ¿Qué edad tendríamos, once, doce años? Después de una merienda bastante copiosa en el jardín (los niños dentro de la casa estaban prohibidos), nos sentamos sobre la hierba recién segada para jugar a la botella, usando como base una superficie circular donde se ponía la barbacoa portátil en verano. Sí, ya sabes, con una botella vacía, se la hace girar sobre sí misma, y de esa forma el azar te empareja. Se podía elegir entre beso o una prueba. El dichoso artilugio primero me apuntó a mí, y  luego a otra chica, morenita, menuda, de pelo negro, ojos dulces, y bastante tímida. Creo recordar que se llamaba Diana. Y ella escogió beso. Nos metimos, también entre grandes carcajadas, en el cobertizo de las herramientas, entre telarañas y medio mareados por el olor a gasolina del cortacésped. Y nos besamos. Solamente un roce de los labios entreabiertos, con una pizca de lengua... Pero sigue siendo un hermoso recuerdo.

1983 fue sin duda alguna el año mágico. Conocí a mi amigo Quique, el director de un albergue para niños en el pueblo cántabro de Bárcena Mayor, y por primera vez me sentí valorado en mi faceta creativa, además de integrado en un grupo menos asfixiante que el del colegio. Me animó a escribir, a perseguir mis sueños, nos escribimos durante mucho tiempo. Fue ese padre al que siempre añoré (las relaciones con el mío eran cualquier cosa menos sencillas), y la prueba es que todavía, cuarenta y un años después, nos seguimos viendo como poco una vez al año (él vive en Santander, supera los setenta y está mal de salud) y hablando con cierta frecuencia.

Sí hubo una persona importante para mí en el último tramo de estancia en el instituto, y fue mi amiga S. Ella era mayor que yo, pero había tenido que repetir curso, por lo que no se encontraba a gusto. Y yo, bueno, pues me sentía tremendamente solo, y eso nos unió. Poco a poco, nos fuimos haciendo amigos, y entre comidas en el Nait (una magnífica hamburguesería cerca de la Plaza de Castilla y que todavía sigue en activo) o nuestras escapadas de los miércoles a La Vaguada para ir al cine en vez de a la clase de latín, me fui enamorando de ella. Sin embargo, tan solo la abracé en un par de ocasiones, en sus momentos de mayor tristeza y debilidad, y de besos mejor no hablamos. A pesar de todo, saldría un Patronum bastante bueno del tiempo que pasamos juntos.

Años más tarde, nos fuimos los cuatro a México, con otra familia con sus dos hijas, y un tercer matrimonio. Una de las hijas tendría diecisiete años, la otra catorce, pero desde el primer momento congeniamos la mayor y yo. La llamaban Gacela, y por mi parte fue un flechazo absoluto. Era una adolescente de lo más hermosa, y yo trataba de pasar el mayor tiempo posible con ella. ¿Que si me atraía? Muchísimo, sobre todo aquella vez que se puso el bañador bicolor, y el tejido blanco se pegaba como una segunda piel sobre sus senos, mientras que el negro moldeaba sus caderas y su trasero respingón. Ese es un recuerdo poderoso; otro una noche, en la que pusieron en la discoteca del hotel la canción "The lady in red", y pude convencerla de bailar juntos. Fue la primera vez que tuve entre mis brazos el cuerpo de una mujer. Volvimos a Madrid, nos vimos un par de veces, y luego desapareció de mi vida.

Pasé por los años de formación en la universidad con más pena que gloria, pero entonces conocí a la hija de uno de los mejores amigos de mi padre, R., quien se había trasladado a Madrid para estudiar Periodismo en una universidad privada cerca de Madrid. Creo que si he estado loquito por alguien, fue precisamente por ella. Nos vimos mucho menos de lo que me habría gustado, incluso una vez estuve a punto de revelarle mis sentimientos... La vida nos separó, perdimos el contacto... La última vez que supe de ella estaba trabajando como directora de cine en Nueva York.

Y después de eso, habría que dar un gran salto en el tiempo, hasta la noche en que, después de varios meses de noviazgo a distancia, mi ex mujer, la primera novia que tuve en toda mi vida, me enseñó a besar. Hacía un frío del demonio, estábamos en su pueblo de Extremadura en plena Semana Santa, los amigos que me habían acompañado allí hace tiempo que se habían separado de nosotros. Ese primer beso, y los que siguieron durante aquella madrugada, conforman tal vez el Patronum más poderoso. Otros momentos que ahora me dan paz, también relacionados con ella, son los viajes al pueblo desde Madrid, esas casi cinco horas con el murmullo en sordina del motor del coche y la carretera que se va desvelando a la luz de los faros. O el primer año que acampamos en Cantabria, en el Camping La Paz, y me despertaba pronto por las mañanas para ir a desayunar al bar sobre el acantilado, cuando las primeras luces asomaban en el horizonte.

Ya en los últimos dos años, he conocido a dos personas faro, ellas saben quienes son, cuyo recuerdo también es poderoso, y me ayuda en las horas bajas. Cada mensaje de voz o de texto es un acicate para seguir adelante en los momentos oscuros. O bien cierta mujer de Granada, de quien llevo enamorado muchos años, los abrazos que nos dimos hace un par de meses o pasar la tarde juntos equivalen a una larga temporada de terapia. El amor es el más poderoso generador de Patronum. 

Mis dos gatos, Chiqui la panterita negra, mi primer gran amor gatuno, que murió hace algunos años, y el Agente Zeus, con sus mimos, sus maullidos y sus ronroneos, me dan fuerzas. Me dan paz. Confían en mí. Lo mismo me pasa con mi madre, o con mi familia, a pesar de los ocasionales desencuentros.

Me he pasado toda la vida tratando de encajar, de formar parte de una entidad superior a mí, sin importar que se tratase de una clase de instituto, de un gimnasio aprendiendo Judo, en una patrulla de las Boinas Verdes (esa es otra historia) o incluso de un equipo de seguridad mientras vigilamos en el Bernabéu. Pero nunca lo he conseguido. Esa misma necesidad de ser aceptado lo ha vuelto del todo imposible.

¿Y ahora? Ahora estoy aprendiendo, mientras me dejo llevar por los caminos del budismo, a buscar la paz y la felicidad en mi interior. A no exigir nada de nadie. A quererme y valorarme. En las sesiones de meditación encuentro la fuerza. La vida me está dando una buena tanda de hostias por todas partes, pero sigo adelante. Sin prisa pero sin miedo. Con sueños por cumplir, como ese viaje a París. Con planes. Y dejándome llevar por la magia de las letras en plena madrugada. Escribo para mí, y si alguien me lee, pues genial. Si no, con cada texto estoy un paso más cerca de alcanzar la inmortalidad en la red...

sábado, 9 de noviembre de 2024

RECORDANDO A MI PADRE EL DÍA DE SU CUMPLEAÑOS

 Este señor tan serio, que mira desde el ángulo de la foto, con los brazos cruzados y cierto aire de superioridad, era mi padre. Calculo que en la imagen tendría bastantes menos años que yo en la actualidad, pero es una de sus poses más famosas.

Hoy habría cumplido 86 años, lo que no deja de ser un motivo de tristeza, puesto que dentro de nada hará 22 que reposa, dentro de una urna cineraria, al lado de mi abuelo en una tumba del cementerio de la Almudena.

Mis sentimientos hacia él siguen siendo confusos. Necesité varios años de terapia para perdonarle por su cobardía ante la vida y su decisión de dejarme solo con poco más de 32 años, recién casado y en ese momento de la edad en la que le empezaba a parecer interesante.


Después de asistir durante varios años a la degeneración y agonía de mi abuelo, eso le reafirmó en su decisión de morir pronto, y de dejar tras de sí un bonito cadáver. Aunque esa alternativa la tomó mucho tiempo antes, cuando escogió fumar más de dos paquetes de tabaco diarios. Ducados para más señas. Un cáncer de lengua se lo llevó de este mundo, en poco más de 6 meses, y entre horribles dolores.


Pero esa es otra historia. Hoy estamos hablando de su cumpleaños.


Ignoro si le admiraba o no, si era un modelo en el que mirarme o alguien a quien parecerme mientras estuvo vivo. Era un señor serio y distante, con unos brutales cambios de humor, y que jamás lloraba. De hecho, tan solo recuerdo haberle visto llorar una sola vez en toda mi vida, y ni siquiera entonces fuimos capaces de fundirnos en un abrazo. No era partidario de expresar los sentimientos, y sobre todo en los últimos y aterradores años de vida de mi abuelo se volvió un déspota.


Mi madre siempre le defendía, a pesar de su mal carácter y de la manera en que pagaba su creciente frustración ante la muerte con el resto de la familia.


Pero era mi padre.


Quizás los recuerdos suyos más antiguos se remontan a mis primeros años de vida. Por una parte, la eterna nube de humo que le envolvía a todas horas. Ese olor acre a tabaco negro. Por otra, la colonia de lavanda. Y en cuanto a sonidos, el de la música clásica, que siempre le acompañaba, y que para mí se convirtió (y sigue siendo) en una forma de recordarle. Él era médico, atendía a muchos pacientes en casa, y la música, sobre todo las óperas de Mozart, se escuchaban en mi dormitorio a través de las paredes que lo separaban de la sala de espera.


No era, nunca lo fue, una persona dada a expresar sus sentimientos. A veces incluso creo que no los tenía. Alzaba un muro para separar las distintas facetas de su vida, y muchas veces nos dejaba fuera. Como meros espectadores.


Trataba de forma muy diferente a sus pacientes, todo eran sonrisas y buenos modales y paciencia cuando estaban en la consulta de casa, pero se ponía feroz con la familia por cualquier motivo. Muchas veces me hubiera gustado ponerme enfermo para de esa manera merecer algo de su cariño y atención.


Desde que empecé a trabajar en seguridad privada, prácticamente me retiró la palabra. Su hijo, con su carrera, su máster, su doctorado y sus idiomas, currando de segurata!! Nunca me lo perdonó. (A mi madre le ha costado aceptarlo unos cuántos años más).


Cuando no estaba trabajando, se encerraba en su despacho o en la sala de espera, envuelto por nubes de tabaco, y arropado por la música clásica, leía. Siempre estaba leyendo. Como una de sus pasiones era la música, tenía una una amplia selección de libros, casi todos biografías, sobre sus compositores favoritos. Muchos de ellos todavía los conservo. Otra gran parte de su biblioteca, muchos libros de historia y de sociología,los he ido donando con el tiempo. Algunos de ellos no se habían tocado desde años antes de su muerte...


Era una persona muy culta, le encanta ir al cine, al teatro, ir a exposiciones de arte, de pintura, al auditorio nacional los domingos por la mañana o al gallinero del Teatro Real. Todas esas pasiones las compartimos. Recuerdo un memorable viaje en tren hasta París, para ver una exposición sobre Egipto en el Louvre, y que no pudimos dormir por culpa de los ronquidos de nuestro compañero de departamento, o los días que pasamos en Berlín con mi hermana, que por aquel entonces estaba estudiando en Alemania...


Le apasionaba el antiguo Egipto, viajó dos veces al país de los Faraones, la última con mi hermana y conmigo, además de con mi madre claro. Un viaje memorable también fue el recorrido que hicimos durante casi dos semanas por México. Era buen conductor, y durante muchos años hacíamos escapadas los cuatro (mi abuelo no solía venir) para conocer distintos castillos de España. Como mi madre trabajaba en Iberia y le ofrecían billetes gratis o con grandes reducciones de precio, viajamos bastante por Europa. Pero lo más lejos que fuimos es a Estados Unidos, Méjico, Egipto, Jordania y Turquía. Siempre dejaron los viajes por España para después de la jubilación, y nunca pudieron cumplir ese deseo puesto que murió dos años antes de poder jubilarse...


Las vacaciones de verano eran especiales. Toda la familia en un Renault 6 TL, con la baca puesta, una maleta llena de libros para él y para mi madre, la lavadora Jata de color azul en el maletero y la cafetera dentro de ella. Alquilábamos por un mes completo un piso en la playa de Cullera, y él se pasaba toda la mañana leyendo y fumando al sol, en la orilla. Luego tocaba comer en casa, la siesta, algo más de lectura o un paseo por la tarde, y por la noche las carreras entre los dos cines al aire libre, el Neptuno y el Oasis. Tiempos de bocata de chorizo frito, pipas saladas y helados de cucurucho si nos portábamos bien. En esos cines vi por primera vez La guerra del fuego, una peli inquietante y que durante años me dio pesadillas, entre tantas otras.


Con los años fuimos cambiando de coche, de destino a partir de los 14, y a su debido tiempo dejamos de viajar en familia. Pero sigo recordando esos trayectos de madrugada, y me acostumbré a conducir de noche. Lo seguí haciendo durante muchos años con mi ex. Luego ya dejé de conducir pero esa es otra historia.


Mi padre era un señor serio y elegante. Tenía una amplia selección de chaquetas, pantalones y corbatas, que combinaba para formar múltiples conjuntos, y que solamente se quitaba durante las vacaciones de verano o en las excursiones de fin de semana, cuando los cambiaba por pantalones vaqueros y camisas de manga corta, y alguna que otra ocasional camiseta. Toda esa ropa la donamos a un asilo que regentaban las Hermanas de la Caridad. Me quedé solamente con una cazadora de cuero marrón, que todavía conservo y que siempre me gustó; y con una bata de andar por casa que me queda pequeña y me pongo de vez en cuando si necesito un abrazo.


Nunca tenía frío, creo que es algo que compartimos, y le costaba un triunfo hacer y mantener amigos. De hecho, creo que en toda su vida apenas si le conocí una decena. Algunos solamente por referencias ,y la mayor parte venían por el lado de mi madre... En eso nos parecemos bastante... Yo también tengo un sentido del humor bastante peculiar, pocos amigos y un fuerte concepto de la lealtad.


Hoy hubiera cumplido 86 años, mi madre le sigue echando muchísimo de menos, no ha superado su ausencia... Yo hace décadas que olvidé el sonido de su voz, y que solamente puedo escucharla en sueños. De vez en cuando, mientras estoy solo en casa, percibo el olor a su colonia de lavanda, o el menos agradable aroma de sus Ducados, y sé que ha venido de visita... que nunca se fue del todo... pero confío en poder encontrarnos de nuevo, más adelante, para tener esas charlas que nunca tuvimos, y quizás conocernos mejor... 


No creo en la muerte, la considero un mero trámite, y que en esencia somos energía... 


Pero eso no quita que ahora mismo lo que más deseo es uno de sus extraños y escasísimos abrazos...